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China
El PC chino, Japón y el mar del Sur de China
17/10/2014 | Au Loong-Yu

[Publicamos a continuación un amplio extracto del prólogo/1de la edición japonesa del libro titulado China’s Rise: Strengths and weaknesses (El ascenso de China: lados fuertes y puntos débiles) de Au Loong-Yu/2. Esta edición sale a la luz en un momento en que se produce una disputa violenta entre Pekín y Tokio en torno a las islas Diaoyu (nombre chino) o Senkaku (nombre japonés). El autor se dirige en especial a los lectores y lectoras del archipiélago japonés, a quienes explica por qué es necesario hoy en día unirse contra las afirmaciones de uno y otro gobierno que pretenden establecer su soberanía sobre una islas lejanas y despobladas, mientras que él mismo había “defendido las Diaoyu” en su juventud, al principio por razones nacionalistas y más tarde por motivos internacionalistas. Este prólogo es una oportunidad para pasar revista a la historia del nacionalismo chino y formular una crítica contundente del chovinismo de gran potencia de que hace gala actualmente el Partido Comunista Chino frente a los países menores del sudeste asiático, entre otros.]

Comencé a participar en el movimiento social a los 14 años de edad, en 1971, en plena campaña de defensa de las islas Diaoyu (Senkaku para los japoneses). En aquel entonces, mi implicación se basaba en un nacionalismo basto, un estado de conciencia poco pulido que había ido desarrollándose desde que yo era mucho más joven. Sin embargo, ese espíritu no me lo inculcaron en el colegio, pues bajo la dominación británica el escaso conocimiento que adquirí sobre China en la escuela primaria se redujo prácticamente a las biografías de dos individuos icónicos: Confucio y Sun Yat-sen. Me enteré de que Japón había invadido la China continental y Hong Kong y de que ello despertó el sentimiento nacionalista chino, pero todo esto me vino de los recuerdos de los adultos con los que tuve trato y de historias transmitidas oralmente. En ocasiones, mi padre hablaba de “la caída de Hong Kong” en manos de los japoneses y en particular contaba una historia acaecida en aquel periodo: cuando un hombre pasó junto a un soldado japonés sin saludarle, este sacó su bayoneta y sin mediar palabra se la clavó en la espalda al hombre, matándolo en el acto.

Por qué yo defendía Diaoyu

La juventud radicalizada de aquella generación se polarizó rápidamente en dos grandes corrientes: los nacionalistas y los internacionalistas de izquierda. La mayoría de la juventud radicalizada se identificó con la primera, y en este grupo la mayoría apoyaba incondicionalmente la “tendencia Guo Cui”, un frente del Partido Comunista Chino (PCC). Los nacionalistas favorables al Kuomintang (KMT) ya eran un grupo bastante marginal en aquella época. La juventud propensa al liberalismo, que simpatizaba con los luchadores de las capas inferiores de la pirámide social, también formaba una corriente diferenciada, pero hasta entonces había evitado toda acción política tanto contra el gobierno colonial como contra el PCC.

Al cabo de un par de años de clarificación y observación, acabé adoptando una posición socialista y posteriormente pasé a formar parte de un grupo trotskista. Eso fue en 1976 y el nacionalismo dejó de atraerme. Cada vez que leía sobre los esfuerzos de la resistencia antijaponesa bajo el KMT, invariablemente diseccionaba mentalmente toda la concepción del nacionalismo. Una canción popular satírica de la época de la resistencia antijaponesa reflejaba muy bien la situación cuando decía que “mientras los del frente mueren de hambre, los de la retaguardia se atiborran de fiambre”, refiriéndose a los peces gordos del KMT y denunciando la cruda realidad que se pretendía ocultar tras el cuento de la “comunidad nacional homogénea”, cuando en realidad las desigualdades sociales eran igual de fuertes que siempre. Esto lo expresa muy bien un antiguo proverbio chino: una jerarquía de los colores de la ropa que lleva uno –tres grados– y de los platos que ha consumido –nueve niveles–. En terminología actual, esta es la dicotomía y contradicción entre la elite del 1% frente al 99% restante. Por importante que sea la cuestión de la independencia nacional, resolver esta cuestión por sí sola no nos lleva muy lejos. Lo que significaría esencialmente en este caso es que las clases privilegiadas dentro del grupo nacional ocuparían una posición dominante para oprimir y explotar a los demás miembros de dicho grupo nacional, con lo que permanecería intacto el sistema de opresión y explotación. Esto refleja en gran medida la realidad de China bajo el KMT.

Aunque las cosas no estaban tan mal en la China de Mao, no se podía simplemente barrer bajo la alfombra la existencia de desigualdades sociales en aquel periodo. Pese a que en la época de Mao las disparidades sociales eran menores que en la China del KMT, esto no quiere decir que el problema fuera insignificante en aquel entonces. Es más, a menos que uno adopte el punto de vista maoísta de fijarse únicamente en el aspecto económico y no político de las cosas y cerrar los ojos ante el hecho de la dictadura del partido único, que en realidad era una dictadura unipersonal, una flagrante violación de las normas más elementales de la igualdad política, ¿acaso no debería admitir que la fuerte polarización entre las elites y sus súbditos seguía existiendo y lastrando a la nueva “nación china” de Mao?

No obstante, yo seguía apoyando la defensa de las islas Diaoyu, pero ese apoyo ya no se basaba en el nacionalismo, sino en una posición internacionalista. En aquel entonces, China se había liberado poco tiempo antes de su sometimiento semicolonial gracias a una revolución desde abajo –protagonizada por sus clases trabajadoras–, mientras que Japón era un país imperialista que durante la guerra fría trataba de contener a China de común acuerdo con EE UU. El régimen del PCC no era, desde luego, tan socialista como proclamaba (China no era bajo su dominio un país socialista, ni siquiera una sociedad en transición al socialismo), pero sí era antiimperialista, con todas sus limitaciones, y una fuerza más progresista que Japón. Todo lo que favoreciera las conquistas territoriales y la base de poder del imperialismo, como sería la ocupación japonesa de las islas Diaoyu, debía condenarse sin rodeos. Esta fue la razón por la que yo, junto con otros camaradas, seguimos apoyando la defensa de Diaoyu. Otro aspecto a tener en cuenta fue la relación de fuerzas entre los dos bandos opuestos: la de la poderosa alianza de Japón con EE UU frente a una débil China. El marco moral aplicable a las relaciones entre naciones es el mismo que el que rige las relaciones humanas, es decir, hay que estar con los débiles para oponerse a los matones.

Hoy en día ya no apoyo la defensa de Diaoyu. Las dos condiciones que acabo de esbozar ya no se cumplen, pues ahora China ya no es anticapitalista ni antiimperialista y de hecho ha retornado al capitalismo, que además es de una variante infame. Con el PCC a la cabeza, el capital burocrático chino vive y se enriquece a expensas del pueblo chino. Mientras por un lado pretende defender el interés nacional, por otro no tiene ningún reparo en destruir la base de sustento de la población rural para conseguir ingresar en la Organización Mundial del Comercio, condenando de paso la economía rural a la ruina y empujando a los 250 millones de campesinos desahuciados y marginados a las ciudades para convertirlos en trabajadores asalariados. Cada vez que estos migrantes del interior intentan ir a la huelga en defensa de sus derechos y ejercer su libertad de asociación, el PCC les propina una fuerte colleja con su aparato represivo estatal a fin de ayudar a los capitalistas privados (entre los que hay que incluir una buena proporción de capitales extranjeros) a meterlos en cintura para que las ruedas de la maquinaria explotadora sigan girando. En este proceso, si el PCC se negara a hacer de pareja del imperialismo estadounidense, la gran fábrica global en suelo chino no sobreviviría. Al final resulta que el régimen del PCC no tiene problemas en vender –en sentido figurado– a los pobres del país y sus recursos naturales a cambio de las enormes sumas de divisas extranjeras que está amasando.

Poco a poco, China se convirtió no solo en el principal exportador de mercancías del mundo, sino que también comenzó a adquirir un predominio similar como exportadora de capitales. Desde hace tiempo, el “drama” del ascenso del capital chino se encuentra ya en el segundo acto, en el que extiende sus tentáculos económicos por todo el globo, al igual que todas las empresas multinacionales, y sobre todo en los países subdesarrollados, perpetuando así el colonialismo económico, explotando a los trabajadores de estos países y devastando su medio ambiente. En Perú, la empresa siderúrgica china Shougang ha reprimido al personal de su fábrica de allí por su activismo sindical, dando lugar a frecuentes huelgas por la negativa de los trabajadores a someterse y ceder ante los ataques de la dirección. En Birmania, los vecinos de una localidad han protestado contra la empresa minera china Wanbao por contaminar el medio ambiente de la zona. En Grecia, la Compañía Naviera Oceánica China (COSCO) blandió una gran maza y asestó un duro golpe a la mano de obra del puerto más grande de Grecia después de adquirir una parte de la propiedad del puerto. Para premiar a COSCO por este golpe audaz, el gobierno griego le ofreció una participación todavía mayor en el puerto. (Esto propició la emisión de una declaración conjunta de sindicatos de trabajadores marítimos de 16 países el pasado 16 de marzo de 2014, que condena la iniciativa del gobierno griego.)

Cuando China se embarcó en su viaje de retorno al capitalismo hace tres decenios, las economías china y japonesa eran más complementarias entre sí que no competidoras. Tras el largo ascenso de China por la escala tecnológica y su transformación en uno de los países exportadores de capitales más grande del mundo, ambos países son ahora más rivales que complementarios, especialmente en Asia. Esta dinámica enmarca el entorno general en que ambos gobiernos se enfrentan por la cuestión de Diaoyu/Senkaku. Esta confrontación es nada menos que una estribación de la expansión hegemónica de estas dos potencias asiáticas, que no traerá más que sufrimiento a su población trabajadora, cualquiera que sea el país que al final se lleve la palma.

Por último, el escenario secular de una China débil mirando a un Japón fuerte ha sido sustituido por una rivalidad más equilibrada entre las dos potencias. De este modo, en el contexto actual ya no es necesario que el movimiento popular intervenga para echar una mano al bando más débil para enfrentarse al matón. La resistencia a la invasión japonesa todavía está viva en la memoria del pueblo chino, como se desprende de la referencia a dicha resistencia en el himno nacional chino. Sin embargo, al haberse convertido China en una gran potencia, está claro que ya no corre el riesgo de ser invadida otra vez. Los peores enemigos de China ya no vienen de fuera, sino que están parapetados en el doble azote de una dictadura burocrática perversa y de un capitalismo burocrático. Del mismo modo, si decimos que el nacionalismo chino era progresista bajo la ocupación japonesa por su contenido social, hoy en día no puede ser más que reaccionario desde el punto de vista de su carácter social y no tiene otro rumbo que el que le marca el chovinismo han.

La política exterior del PCC tras su retorno al capitalismo

Ya no defiendo las islas Diaoyu. Con esto quiero decir que no apoyaría a China como país si emprende acciones militares, o incluso desata una guerra, para defenderlas Tampoco apoyaría que el pueblo se movilizara en defensa de Diaoyu. Lo contrario sería echar más leña al fuego. Esto no significa que yo apoye la continuidad de la ocupación japonesa de Diaoyu. Un escritor japonés de izquierdas que se negó a apoyar la ocupación por parte de Japón de Diaoyu/Senkaku describió su postura con las siguientes palabras: “Siempre hemos rechazado la reivindicación japonesa de su soberanía sobre ‘Senkaku’ y esto se basa en el hecho de que la ocupación japonesa de esas islas estuvo asociada a la colonización de Taiwán a raíz de la primera guerra chino-japonesa en 1894-1895. Ni siquiera el Derecho internacional reconocería la legitimidad de semejante acto de guerra/3. Especialmente desde el acceso al poder de Shinzo Abe, su gabinete se ha convertido en el gobierno más derechista que ha conocido Japón en muchos años. El éxito de su iniciativa militarista de permitir que sus fuerzas armadas participen en acciones de “autodefensa colectiva” [es decir, de defensa de los aliados] es un ejemplo paradigmático. No podemos dejar que este gobierno de derechas se salga con la suya en la cuestión de Diaoyu/Senkaku.

Para ser sinceros, hemos de reconocer que el gobierno japonés carga con la mayor responsabilidad en la reciente escalada del conflicto en torno a Diaoyu/Senkaku. La postura tradicional del PCC en esta cuestión ha consistido en no despertar al perro dormido, pero el gobierno japonés ha roto unilateralmente este consenso de décadas al declarar las islas de propiedad nacional. Aunque no haya sido el PCC el que ha hecho saltar la liebre esta vez, no hay motivo para confiar en que busque resolver la discordia en interés de los pueblos. Por eso, el pueblo de China, Hong Kong y Taiwán no solo no debe proseguir con sus acciones en defensa de Diaoyu, sino que también han de tratar de forjar lo antes posible una alianza con el pueblo japonés con ánimo de crear un movimiento popular pacífico en las dos naciones y unir las fuerzas para oponerse a toda acción militarista que pudieran emprender ambos gobiernos en este contexto.

Hace dos décadas, un activista cultural anarquista de Hong Kong señaló que las islas Diaoyu deberían pertenecer a los peces [“yu” significa pez en chino. Y la traducción literal de Diaoyutai, el nombre chino de las islas en cuestión, es “plataforma de pesca”]. Si esta propuesta no resultó entonces muy convincente, hoy en día debería serlo mucho más. ¿Por qué no declarar las islas Diaoyu y sus alrededores zona marítima protegida? De ninguna manera debemos consentir que los gobernantes de los dos países organicen confrontaciones militares en torno a las islas y mucho menos que se declaren la guerra en nuestro nombre. Si la postura original del PCC en relación con las cuestión de Diaoyu (aparcar el conflicto en torno a la soberanía de las islas) no parece desmesurada, sí hay que admitir que se muestra mucho más arrogante con respecto a los acontecimientos en el mar del Sur de China. Al declararse heredero de los derechos “en nueve puntos” de la República de China durante el régimen del KMT, ha extendido enormemente sus reclamaciones de territorios marinos, provocando la oposición de muchos países. Contrariamente a su política hacia Japón, consistente en no avivar el fuego, el PCC ha llevado a cabo cada vez más a menudo acciones armadas para imponer su voluntad en el mar del Sur de China.

No soy experto en Derecho internacional y no me es posible comentar la cuestión desde este punto de vista. Prefiero analizar más en detalle la tradicional afirmación nacionalista, con el PCC al frente, de que “no cederán ni un ápice del territorio sagrado el país”. Esto es una necedad: en las siete décadas que lleva en el poder, el PCC ha limado una y otra vez diferencias territoriales con sus vecinos. ¿Siempre ha aseverado que mantendrá intacto todo el territorio heredado de la dinastía Qing o de la República de China? Está claro que no, y sin duda no fue el caso en su tratado fronterizo con Corea del Norte después de la creación de la República Popular de China. En China’s Search for Security, Andrew Nathan y Andrew Scobell han señalado que “no todo el territorio chino ha sido innegociable. A lo largo de los años, Pekín ha entregado 1,3 millones de millas cuadradas de territorio en disputa a Corea del Norte, Laos, Birmania, Pakistán, Tayikistán, Kirguistán, Kasajstán, Rusia y otros países con el fin de poner fin a conflictos territoriales”/4.

El chovinismo de gran potencia del PCC

El PCC nunca se ha guiado por un único principio (sus territorios proclamados) en las negociaciones en torno a fronteras controvertidas. Tampoco ha dejado de “entregar siquiera un milímetro de su territorio”. Lo que ha ocurrido más bien es que ha sopesado tanto las relaciones de China con el país vecino como la correlación de fuerzas entre ambos y “la política fundamental que guía al partido”. Lo que importa es que China se ha mostrado mucho más arrogante en sus disputas territoriales en el mar del Sur de China porque los rivales del sudeste asiático son todos países pequeños. Igual de importante es el hecho de que “la política fundamental que guía al partido” ha experimentado grandes cambios desde el retorno de China al capitalismo. Desde que el PCC accedió al poder en 1949 hasta comienzos de la década de 1970, en su seno predominaba la retórica revolucionaria y anticapitalista y no solo mantuvo en jaque el chovinismo latente, sino que incluso hizo que el PCC pareciera en ocasiones, hasta cierto punto, un partido internacionalista. Cuando Mao Zedong y Shu Enlai se reunían en aquel entonces con líderes asiáticos, nunca dejaban de pedir perdón por la invasión de sus respectivos territorios por las dinastías chinas en el pasado. Este enfoque también se aplicó a las relaciones de China con Corea del Norte. Mao dijo a Kim Il Sung cuando este visitó Pekín en 1958: “Históricamente, China no ha tratado bien a Corea y por eso nuestros antepasados estaban en deuda con los antepasados de ustedes… Los antepasados de ustedes decían que su frontera [con China] era el cauce del río Liao, pero ya ven, tuvieron que retroceder hasta el río Yalu/5.

Hoy en día, los medios oficiales pregonan sin descanso que “China siempre ha sido un país amante de la paz a lo largo de su dilatada historia y nunca ha invadido otros países” o que “ese territorio siempre ha pertenecido a China desde tiempos inmemoriales”. Mientras que Deng Xiaoping insistió en establecer una política exterior de “disimular los propios talentos y aguardar el momento oportuno”, proponiendo que se diera carpetazo también a las disputas con los países vecinos en torno al mar del Sur de China, ahora el gobierno de Xi Jinping, amparándose en el creciente predominio de China y dispuesto a aprovechar la distracción que supondría una amenaza exterior para quitar hierro a las crecientes contradicciones en el frente interno, se muestra cada vez más arrogante, especialmente con respecto a los pequeños vecinos asiáticos.

¿A qué se debe este cambio? El cambio de la naturaleza de clase del PCC comportó una transformación cualitativa del mismo, tanto en el plano ideológico como en el aspecto material. La política exterior de un país suele ser una prolongación de su política interior, y la política interior es poco más que un instrumento de los intereses de clase. Por tanto, si cambia el carácter de clase de un régimen, es difícil que su política interior y su política exterior sigan siendo las mismas. Mientras que durante el periodo de Mao China trataba de “basarse en sus propias fuerzas”, en la era post-Deng se sumergió profundamente en el capitalismo global para llevarse una parte del pastel. Con el fin de reforzar su papel de fábrica del mundo y en aras a acumular divisas extranjeras, el país depende ahora de la importación de la mitad del petróleo que necesita y de otras materias primas de toda clase y de la exportación de mercancías para alimentar la mitad de su crecimiento económico. China se ha convertido incluso en un importante país exportador de capitales. La expansión económica comporta inevitablemente la extensión política y militar, y esta lógica es la razón fundamental de que el PCC se viera empujado cada vez más e inevitablemente a un chovinismo de gran potencia.

En vez de recurrir a la violencia, un país debería hacer todo lo posible por fijar sus fronteras exactas por medios amistosos y pacíficos, máxime cuando las fronteras en cuestión son islas remotas situadas a miles de kilómetros de las costas de su territorio principal. Está claro que siempre es posible una solución que implique concesiones, y estas son incluso preferibles cuando la parte contraria es un país mucho más pequeño que el propio. En una negociación no existe esa noción de “no ceder ni un ápice del propio territorio”, y si un país ha podido desprenderse de miles de kilómetros cuadrados en el pasado y ahora pretende “no ceder ni un ápice de su territorio”, significa que o bien sus dirigentes han sufrido un cambio cualitativo, o bien se siente fuerte frente a sus vecinos mucho más pequeños y cree que tiene derecho a lanzar una ofensiva militar y “darles una lección”. De ahí que la China de Mao, pese a sus deficiencias, se hubiera ganado el respeto de los trabajadores, campesinos y movimientos anticoloniales de numerosos países, mientras que hoy en día en África y Asia proliferan pancartas blandidas por personas que se manifiestan contra el capital de China continental y le exigen que “vuelva por donde ha venido”. Lo que resulta aún más preocupante es la disposición del PCC a suprimir toda clase de oposición, especialmente la que procede de las masas trabajadoras. De ahí que a los trabajadores de otros países les resulte difícil distinguir entre los dirigentes del PCC y el pueblo chino y que no se den cuenta de que no son lo mismo.

Por la unidad de chinos y japoneses en un movimiento por la paz en ambos países

Está claro que la nación china bajo el régimen del PCC no es una comunidad homogénea con intereses idénticos. Esta nación comprende de hecho dos “grupos nacionales” contrapuestos, el del 1% que manda y el del 99% restante. El primero es despótico, desvergonzado y codicioso y no podría descuidar menos los intereses de su propio país. De ahí que muchos miembros de la élite dirigente tengan probablemente cuentas bancarias en otros países con cuantiosos saldos a modo de reserva para sus familias y su propia complacencia cuando viajan al extranjero. El segundo es el pueblo oprimido, pisoteado, explotado y engañado. Una encuesta realizada por la página web NetEast.com en 2006 mostró que el 64% de los chinos entrevistados deseaban ardientemente “no volver a ser un chino en su otra vida”. La razón principal aducida de esta aversión era que “ser chino no te hace merecer mucho respeto/6. Deseamos que cuando otros países protesten por el daño que les ha infligido el capital chino tengan cuidado de no perjudicar a las partes inocentes. Un ejemplo al respecto fue el ataque indiscriminado contra ciudadanos chinos que tuvo lugar en Vietnam en el mes de mayo de este año.

Al mismo tiempo, los chinos también han de ser conscientes de que realmente existen dos “Japones”: un “Japón” de los zaibatsu o magnates financieros y burócratas y un “Japón” de las masas trabajadoras. Es el primero de ellos el que realmente es responsable de las guerras de agresión y expansionismo económico, mientras que el otro “Japón” siempre lo llevo en el corazón. Muchos grupos japoneses progresistas y de izquierda llevan años luchando contra el imperialismo japonés en la medida de sus posibilidades, incluida la iniciativa del gobierno nipón de anular la prohibición que pesaba sobre el ejército de implicarse en operaciones de “defensa colectiva”. En la época en que todavía defendíamos las islas Diaoyu recibimos durante años el apoyo solidario de la revista japonesa Bridge. Además, amigos míos, miembros de sindicatos japoneses, también han hecho gala de su internacionalismo en la acción. En noviembre de 2010 participé en la “Ofensiva General de Tokio Este por los Derechos y Potestades” que organiza el Consejo Sindical Nacional Zenrokyo en la primavera y otoño de todos los años. […] He tenido la oportunidad de hablar con amigos de varios movimientos sindicales de Europa, EE UU y otros lugares durante mis viajes y una y otra vez me he encontrado con situaciones en que se puso de manifiesto el espíritu altruista del internacionalismo. La consigna de Karl Marx “Proletarios del mundo, uníos” no ha perdido fuerza ni vigencia con el paso del tiempo.

07/07/2014

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article32959

Traducción: VIENTO SUR

Notas

1/Titulado “Por la unión de los pueblos chino y japonés para forjar un movimiento popular por la paz entre las dos naciones”.

2/ Merlin Press, Resistance Books e IIRE (2012).

3/ Down with “Territorial Nationalism”!, Junichi Hirai, traducido por Zhao Wen.

http://www.workerdemo.org.hk/0001/2...

4/ China’s Search for Security, Andrew Nathan y Andrew Scobell, Columbia University Press, 2012, página 196.

5/ Shen Zhihua y Dong Ji, op. cit.

6/ http://www.wyzxsx.com/Article/Class...





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