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.Nicaragua .
"Ay Nicaragua, Nicaragüita..." (1) A veinticinco años de la revolución sandinista
VS 75 | agosto 2004 | sección: el desorden internacional | 12/09/2004
Adolfo Rodríguez Gil

El 19 de julio de 1979, las formaciones guerrilleras del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) entraron en Managua y tomaron los últimos símbolos del poder somocista: el Palacio Nacional y el complejo de la loma de Tiscapa. Dos días antes, el tercero de la dinastía de los Somoza, Anastasio, había abandonado el país forzado por el avance de las columnas guerrilleras que iban tomando una tras otra todas las ciudades del país y por la descomposición de su Guardia Nacional y de su poder, pero también presionado por la Administración Carter, de los Estados Unidos, que buscaba a toda prisa aguar el anunciado triunfo revolucionario propiciando una salida pactada y un gobierno que incluyera sectores somocistas.
Ese día millones de personas vivimos una alegría como sólo puede proporcionar una revolución, sentimos que todos los sacrificios merecen la pena aunque sólo sea por vivir un momento así. La victoria fue especialmente celebrada en toda América Latina. En los pueblos, en las ciudades, en las fábricas, en los barrios de trabajadores, en las universidades, en las casas, hubo miles de fiestas. Incluso en los países que, como Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay... vivían una dictadura. América Latina fue una sonrisa ese día y muchos más, porque la revolución nos seguiría dando a todos muchos motivos para sentirnos orgullosos y todavía hoy, a pesar de todo, nos los sigue dando. A ese recuerdo y a este presente, porque el fermento revolucionario sigue vivo en Nicaragua y en toda América Latina, está dedicado este artículo.

¿Una revolución imposible?

En todas las revoluciones hay una aleación inseparable de necesidad histórica y de “milagro”, pero cuando se estudia la revolución nicaragüense ese último componente parece ocupar casi toda la mezcla. Casi da miedo analizar la secuencia de pasos quebradizos que la armaron.
Cualquier análisis “objetivo”, anterior a la toma del poder, proporcionaba una visión pesimista de las posibilidades revolucionarias en Nicaragua. Es verdad que Nicaragua era un país de “revoluciones”. Un país en el que la política parecía asentada en el siglo diecinueve y en el que las disputas entre los grupos con aspiraciones al gobierno en muchas ocasiones se resolvían a tiros. En el que burgueses, terratenientes, ganaderos poderosos, gentes de la pequeña burguesía urbana, hijos segundones en busca de fortuna... se montaban a caballo al frente de sus partidarios (o de sus empleados y colonos) para hacer una “revolución” contra el gobierno. Una práctica que todavía se arrastraba desde la interminable cadena de guerras civiles que recorrió América Latina tras la independencia, en las luchas por la configuración de los nuevos Estados y en las disputas por las regalías y ventajas que siempre otorga el poder político.
Es cierto también que, además de esas pugnas entre oligarcas, aventureros, oportunistas y, también hay que decirlo, algún burgués visionario, en Nicaragua hubo otra tradición de lucha desde los oprimidos, de insurrecciones indígenas, de alzamientos de pobladores, de revueltas de estudiantes de secundaria y de la universidad, de huelgas de mineros y jornaleros, de asonadas ciudadanas... y, sobre todo “el pequeño ejército loco” comandado por Augusto Cesar Sandino en los años treinta, declarando la guerra a todos: a su propio Partido Liberal, al gobierno traidor, a los vendepatrias y a los Estados Unidos, y lo que es más increíble ganándola y obligando a los marines a replegarse, para luego perderla, junto con la vida, en los pactos negros y espinosos de la paz que dieron nacimiento a la saga de los Somoza.
Después de la derrota de Sandino, se sucedieron periódicamente rebeliones antisomocistas y en gran medida dirigidas o capitalizadas por el Partido Conservador, frente al Partido Liberal somocista, hasta el nacimiento del FSLN. Pero hablemos de la situación de la Nicaragua en la que nació el movimiento revolucionario.
Nicaragua antes de la revolución era un pequeño país subdesarrollado y dependiente, de poco más de dos millones de habitantes (unos 2.700.000 en 1979), la gran mayoría de ellos niños y niñas, con un analfabetismo superior al 50% en la población adulta y del 90% entre las mujeres campesinas. Un país apenas comunicado en el Oeste (en la zona del Pacífico) por unas pocas carreteras, de las cuales, en 1979, sólo estaban asfaltados 1.612 kilómetros, y por un pequeño ferrocarril construido para facilitar la salida de la agroexportación hacia el principal, y casi único, puerto.
Su economía era preponderantemente agropecuaria y en este sector predominaba el pequeño campesino, propietario de pequeñas parcelas situadas en las peores tierras (a las que había sido progresivamente desplazado), en las que producía para el consumo interno con una tecnología muy atrasada /1. A su lado existía una mediana propiedad bastante extendida, que producía tanto para el mercado interno como para la exportación, y una gran propiedad latifundista, encaminada fundamentalmente hacia la exportación (café, algodón, azúcar, banano, tabaco...), que se había apropiado de las mejores tierras y que contaba con un relativamente alto nivel de tecnificación y con un bajo empleo de mano de obra permanente /2.
Su industrialización era muy precaria. Predominaba una gran masa de pequeños talleres artesanales familiares a caballo entre la producción y el comercio, junto con una mediana industria orientada hacia el consumo interno y alguna industria de tamaño mediano-grande (incluida la agroindustria) orientada hacia el mercado local y el centroamericano (proveniente de la época en que la “Alianza para el Progreso” impulsó el Mercado Común Centroamericano). Esta última nació de la política de sustitución de importaciones, pero que en realidad aumentó la dependencia del exterior, en la medida que importaba los insumos básicos, la maquinaria y los repuestos. Se trataba sobre todo de una industria de “toque final”, muy parecida a las actuales maquilas. Una industria que, por ejemplo, compraba en el exterior el hilo de algodón, cuando Nicaragua era un importante exportador de algodón en bruto.
No obstante, Nicaragua era un país altamente urbanizado y terciarizado. Casi la mitad de la población vivía en ciudades en las que predominaba un sector servicios sobredimensionado, en el que prevalecían los negocios familiares instalados en la propia casa (la “pulpería”, la casa de comidas, la peluquería, el taller de reparaciones, etc.), junto con una burocracia gubernamental privilegiada y una clase media nada despreciable.
Esta estructura productiva y social, ocasionaba que no hubiera una clase obrera desarrollada ni en el campo ni en las ciudades. La gran mayoría de los jornaleros eran a la vez pequeños propietarios y los trabajadores industriales eran apenas el 5% del total de la población activa /3, tenían por lo general poca cualificación, se daba en su seno un alto nivel de rotación /4 y tenían un bajo nivel de organización /5.
Llamaba la atención, como un rasgo distintivo, la amplitud del sector financiero. Los bancos, en manos de tres grupos oligárquicos (liberales, conservadores y somocistas) llegaban a todas partes. Incluso el pequeño campesinado utilizaba el crédito para comprar los insumos antes de la cosecha y la deuda campesina era un instrumento que la oligarquía y los caciques locales utilizaban sabiamente para explotar y, cuando le convenía, expropiar a los pequeños productores.
El sector hegemónico de la economía nicaragüense era la exportación de productos agropecuarios, en manos de las oligarquías terratenientes y financieras, que no sólo exportaban lo producido en sus latifundios sino también acopiaban la producción de las medianas propiedades (de las que provenían la mayor parte de lo exportado). Las divisas así obtenidas permitían, además de la acumulación de capitales por parte de estos sectores, atender la creciente necesidad de divisas para el pago de la deuda externa, las importaciones industriales, de combustible y de bienes de lujo, y también la creciente importación de alimentos.
Junto con estos factores, la geopolítica situaba al país en lo que sucesivos presidentes de los Estados Unidos llamaron su “patio trasero”, y si bien no hubo nunca una presencia destacada de empresas norteamericanas, en comparación con el resto de países centroamericanos, el factor geopolítico, reforzado por el hecho de que en Nicaragua fuera factible la construcción de un canal alternativo al de Panamá, hacía que el vecino del Norte vigilara con cuidado todo lo que pasaba en este país e interviniera continuamente en su vida política. “La Embajada” por antonomasia ponía y quitaba presidentes, dictaba leyes, definía el presente y el futuro con todo detalle y de manera cotidiana.
Este panorama configuraba unas “condiciones objetivas” donde las perspectivas de una revolución anticapitalista parecían más que lejanas /6.

El FSLN: la tozudez del factor subjetivo

Pero en este difícil escenario, sin que sepamos a ciencia cierta de dónde surge, el factor subjetivo jugó un papel decisivo, cuando, desde 1960, inspirados por el triunfo de la revolución cubana, un grupo de jóvenes, la mayoría de clase media urbana y estudiantes, decidió constituir una organización armada, que llamarían Frente Sandinista de Liberación Nacional.
El FSLN apareció públicamente con unos planteamientos antiimperialistas, antisomocistas y revolucionarios /7, y sus principales dirigentes y fundadores (especialmente Carlos Fonseca) se reconocían, en la terminología de aquellos años, como marxistas-leninistas. Los fundadores del FSLN partían de admitir las dificultades de realizar un trabajo político “de masas” en las condiciones de Nicaragua, tanto por el “atraso” de la formación social y especialmente de los trabajadores, como por las dificultades objetivas que planteaba la represión somocista, a pesar de que Nicaragua existían formalmente partidos políticos y elecciones. Por lo que se decantaron por alejarse de la actuación de la izquierda tradicional y crear un grupo armado.
Y empezaron a crear un grupo reducido de “revolucionarios profesionales” jóvenes /8, que dedicaran íntegramente su vida a la revolución, y que a través de acciones de agitación y de “propaganda armada” realizadas por organizaciones clandestinas pretendían despertar la conciencia de los oprimidos y convertirse en vanguardia de sus luchas, para derrocar al somocismo, salir de la tutela del imperialismo y caminar hacia el socialismo.
Su vida política en los primeros años consistió en estudiar en pequeños círculos la realidad de Nicaragua y el marxismo, captar militantes, sobre todo en ambientes estudiantiles, realizar agitación y propaganda, a través de boletines, pintadas, etc., participar en todas las movilizaciones antisomocistas, hacer entrismo en otras organizaciones, crear grupos de apoyo clandestinos, encabezar en muchas ocasiones el movimiento estudiantil, intentar de constituir sindicatos, etc., e iniciar los entrenamientos militares, viajar a Cuba para participar en cursos de guerra de guerrillas y realizar algunas “expropiaciones” a bancos y sabotajes (aunque siempre con un rechazo explícito al terrorismo). Luego llegarían las acciones armadas en la ciudad y los primeros intentos de crear guerrillas en el campo, partiendo de una estrategia “foquista”, de pequeños grupos que debían ir creciendo con los campesinos de la zona y con los refuerzos llegados de las ciudades. Y también en los primeros años se dieron los primeros fracasos y las primeras y dolorosas pérdidas de cuadros y militantes, que no terminaron prematuramente con la experiencia revolucionaria. Los fundadores del FSLN partían de la conciencia de que le esperaba una muy larga lucha y con este planteamiento, y con esa mística, se educaron las sucesivas generaciones de revolucionarios que se le fueron incorporando.
Esta fórmula, que podíamos llamar castrista o guevarista y que se generalizó en América Latina en los años sesenta, fue mantenida de manera tenaz, a pesar del sacrificio de la práctica totalidad de los dirigentes del FSLN (de las sucesivas Direcciones Nacionales se puede decir que sólo sobrevivió Tomás Borge) y de centenares más de los mejores hijos del pueblo. Pero esa tenacidad fue convirtiendo los sucesivos fracasos militares en éxitos políticos, en la medida que el FSLN supo permanecer y reconstruirse tras cada golpe y su presencia y su actuación arraigaron en el corazón de la gente y esta organización se convirtió en sinónimo de valentía, honradez, audacia y sacrificio.
El “milagro” se estaba construyendo sobre esas bases firmes, pero también sobre la estrecha línea de la voluntad, de la capacidad y de la honestidad de un grupo reducido de personas. El FSLN no era un partido político en un sentido estricto, sino que era una organización político-militar en la que la dirección tomaba las principales decisiones interpretando la situación y la opinión de los militantes, pero sin que se diera una participación formal de las bases en la conformación de su política general, aunque, por las propias características de la acción militar clandestina, si se daba esa participación en la conformación de la actuación y en la política cotidiana.
Y esa estrecha línea se quebró en varias ocasiones y el FSLN atravesó serias crisis internas. Probablemente la más seria se dio entre 1973 y 1975, cuando su organización fue prácticamente inexistente, su dirección ni siquiera se reunía, se inició un proceso de desacuerdos internos, murió en combate su secretario general Carlos Fonseca y finalmente se escindió en tres fracciones /9. Se puede decir que tres años antes de la toma del poder, el FSLN apenas existía. Pero las tres fracciones mantuvieron un importante grado de contacto, debate y colaboración política y militar que permitió que el ascenso de las luchas revolucionarias en 1977 y, sobre todo, la insurrección en las ciudades de 1978, encontraran su principal referente en la organización guerrillera. Finalmente, en febrero de 1979, sólo cinco meses antes del triunfo revolucionario, las tres tendencias volvieron a dar una lección de flexibilidad y seriedad reunificándose.

La toma del poder: las condiciones subjetivas y las objetivas

Parece claro que la suerte sonríe a los audaces, pero sobre todo a quienes persisten en buscarla. En veinte años de lucha clandestina, el FSLN pasó por momentos terribles en los que quedó reducido a unas decenas de militantes dispersos, aislados y desconcertados. Pero a la vez las condiciones objetivas empezaron a soplar a favor de la causa de los revolucionarios.
En el terreno internacional se empezaron a producir importantes cambios. Los años setenta fueron terribles para el imperialismo. Los USA fueron derrotados y humillados en Vietnam y en toda Indochina en 1975, en África, ese mismo año, de la mano de movimientos revolucionarios se producen la independencia de Angola y Mozambique, y más tarde los cambios en Etiopía, Guinea-Bissau, Libia, Irán, Zimbabwe... en Portugal la Revolución de Abril, en España la muerte de Franco, etc., y su estrategia de dominio internacional quedó desbaratada, a la vez que la crisis económica, que había empezado a finales de los sesenta, se instaló plenamente en la década de los setenta.
En Nicaragua, la crisis económica empezó también a manifestarse con fuerza. A la caída de los precios internacionales de los productos de exportación, se sumó la subida de precios de las importaciones (especialmente del petróleo), la crisis del Mercado Común Centroamericano, la crisis de su industria, la hiperinflación, el incremento de la deuda externa, etc., configurando un panorama de difícil salida y ante el cual el somocismo respondió con más represión, más corrupción y con una estrategia de robo y saqueo. El somocismo, especialmente desde el terremoto de Managua de 1973, se lanzó a una carrera de apropiación no ya de lo estatal, que era su feudo, sino que invadió cada vez más los espacios económicos de las otras fracciones oligárquicas, apoyándose en el aparato estatal y en el respaldo de los USA, lo que hizo que estos sectores lo sintieran a veces como la amenaza principal a sus intereses inmediatos.
Y el FSLN empezó a recoger los frutos de su estrategia y de sus sacrificios /10. Creció, a pesar de su fraccionamiento, aumentó su fuerza política y militar, realizó cada vez acciones armadas más audaces y efectivas, y se convirtió en el principal referente político del país.
Frente a esta situación el gobierno desencadenó una represión cada vez más amplia y más indiscriminada, en el más puro estilo de la Escuela de las Américas, lo que en vez de producir el miedo que pretendía, produjo un cada vez mayor respaldo popular al FSLN y su estrategia de derrocamiento por la fuerza del somocismo. Los jóvenes de los barrios, de las universidades y de los institutos se enrolaban en el FSLN o emprendían por su cuenta acciones armadas contra la Guardia Nacional (“la genocida”), no sólo como resultado del aumento de conciencia que la situación les provocaba, sino en muchos casos como medio de autodefensa. En esos momentos podía ser más peligroso, siendo joven, caminar por un barrio, ir al instituto o a la universidad, y hasta permanecer en su casa, que pasar a la lucha armada clandestina.
En esos años, las tres fracciones del FSLN crecieron y se lanzaron a un tipo de actividad que en gran medida iba a resultar complementaria. La fracción Tercerista o Insurreccional llevó la voz cantante, obtuvo un importante apoyo internacional por parte de algunos gobiernos y de partidos socialdemócratas, realizó los golpes más audaces (como la toma del Palacio Nacional), tendió puentes a sectores de la burguesía antisomocista, mientras preparaba desde Costa Rica la conversión de los grupos guerrilleros en columnas militares para “invadir” el país, coincidiendo con la insurrección que auspiciaba. La fracción Guerra Popular Prolongada actuó fundamentalmente en las montañas y en las zonas campesinas en una guerra de desgaste. Mientras, la fracción Proletaria se centró en las ciudades, en la organización de comandos urbanos, en las fábricas y en el movimiento estudiantil.
El derrumbe del poder de la dictadura costó miles de muertos. La Guardia Nacional bombardeó los barrios (y de paso alguna industria de los grupos competidores con Somoza). La insurrección de septiembre de 1978 fracasó y las fuerzas guerrilleras tuvieron que abandonar las ciudades conquistadas. La represión hizo que más jóvenes abandonaran sus casas y se unieran a los grupos guerrilleros. Varios gobiernos rompieron relaciones con Nicaragua. Y en mayo de 1979, el FSLN, ya reunificado, lanzó la “ofensiva final”, atacando desde el sur y desde el norte y convocó la huelga general revolucionaria. Mientras, los USA intentaron maniobrar para lograr una salida pactada que incorporara a la burguesía al carro de los vencedores. Incluso hicieron un último intento en la OEA, en junio, para que se produjera una intervención (que hoy llamarían “militar-humanitaria”), una “fuerza de paz”, con la misión de interponerse entre los contendientes, es decir de evitar el triunfo sandinista.

El proyecto revolucionario: de nuevo las condiciones objetivas y subjetivas

El FSLN, recién unificado y con una dirección colegiada de nueve miembros, tres por cada antigua fracción, sin un líder máximo o un secretario general (lo cual era un fenómeno prácticamente nuevo en los movimientos revolucionarios), dirigiendo a la población había tomado el poder político. Los anhelos parecían cumplirse. El sueño se hacía realidad, pero otra realidad esperaba a la mañana siguiente. Lo más duro estaba por llegar.
Se había demostrado que la voluntad puede mover montañas, pero se iba a demostrar que no basta sólo con voluntad para construir una nueva realidad y que esa voluntad es necesario reproducirla y cuidarla. La revolución tenía ante sí tareas gigantescas: debía estructurar un movimiento social revolucionario y un modelo económico que le diera sustento. Y esa tarea debía abordarla un grupo político que se había dedicado sobre todo a las tareas militares, que tenía muy pocos cuadros y militantes, en medio de una crisis económica mundial (especialmente fuerte en América Latina y en Nicaragua), en un país con una formación social desestructurada y atrasada, con una economía fuertemente ligada al mercado mundial, en la que la pequeña propiedad era dominante, y con la amenaza inminente de enfrentar la intervención militar del gobierno de los Estados Unidos.
Por un lado, el factor subjetivo, la “vanguardia”, era sumamente débil. Ciertamente el FSLN tenía cuando alcanzó el triunfo el respaldo de la mayoría de la población y especialmente de los trabajadores, los campesinos pobres, los estudiantes, los intelectuales... Pero su número de militantes era ínfimo (la última promoción que se realizó antes del 19 de julio llevó el total de militantes a cerca de cien), aunque contaba con entre tres mil y seis mil guerrilleros y con una red social que podía multiplicar por cinco o diez esta última cifra. El acceso a la condición de militante había estado muy restringido, como diseño consciente del modelo de organización adoptado, y lo seguiría estando /11. El FSLN era dirigido por un reducidísimo número de cuadros y sólo se accedía a esa condición después de haber probado durante un período largo de tiempo su fidelidad a la lucha y después de tener un cierto nivel de formación (¿es esto antidemocrático?: creo que no. ¿es esto peligroso?: sin duda). En este aspecto se seguía en gran medida el modelo leninista de organización, que plantea que la democracia sólo es posible si las decisiones dentro de un partido revolucionario las toman los militantes, la gente comprometida, activa, experimentada, con un alto nivel de conciencia política, de honestidad demostrada y probada en la lucha. Es decir, se buscaba construir una “vanguardia” que se nutriera con “los mejores hijos del pueblo”. Este modelo (sobre el que no se cuida este artículo, aunque, a mi parecer, sigue siendo el debate fundamental para las revoluciones anticapitalistas), parecía aún más necesario en la medida que se trataba de crear una organización militar que se enfrentaba a un ejército (la Guardia Nacional somocista, entrenada y armada por los Estados Unidos) y no a un debate o a unas elecciones.
Por otro lado, las condiciones económicas y sociales no eran favorables para la consolidación de un proceso revolucionario de carácter socialista.
Somoza había dejado una deuda externa de 1.600 millones de dólares y apenas tres millones en las arcas del Banco Central, la crisis económica mundial se manifestaba con especial crudeza en América Latina y afectaba de manera especial a las exportaciones nicaragüenses y a los países centroamericanos, la guerra había causado decenas de miles de muertos (los datos que se daban oscilan entre 30.000 y 60.000) y una gran devastación en infraestructuras, industrias, hato ganadero, etc., Managua seguía destruida desde el terremoto de 1972, la fuga de capitales había sido masiva en los últimos años, al igual que la de numerosos profesionales y técnicos, etc., etc.
La formación social nicaragüense estaba, tras los años de guerra, la insurrección y los efectos de la crisis económica, aun más desestructurada que en los sesenta.
Los trabajadores asalariados eran una pequeña proporción de la población, la mayoría de ellos lo eran por temporadas y una parte considerable era itinerante. Su nivel de organización era muy reducido, aunque venía creciendo rápidamente al calor de la guerra y del deterioro del somocismo, pero como ejemplo de su situación, antes del triunfo, no llegaban a treinta mil los trabajadores sindicados y la mayoría lo estaban en sindicatos pro patronales (“blancos”).
Y, por si fuera poco, la propia historia de América Latina enseñaba que los Estados Unidos habían intervenido contra cualquier experiencia no ya revolucionaria, sino de simplemente de carácter nacionalista. Tanto es así, que en la primera reunión formal de la recién formada Asamblea Sandinista (una especie de comité central, pero cuyos 81 miembros eran cooptados por la Dirección Nacional y cuyo carácter era deliberatorio y no decisorio) se plantearon tres alternativas para definir la prioridad de la revolución: -la construcción de un partido revolucionario (el FSLN era muy consciente que no era un partido); -la construcción de un aparato de Estado (el somocismo ni siquiera había dejado una administración estatal que se pudiera llamar así); -la construcción de un ejército. Y, ante la certeza de la intervención de los USA se produciría más pronto que tarde, se optó por priorizar esta última tarea. A ella se le concedió la prioridad en la obtención de recursos económicos, se destinaron los mejores cuadros y se dedicó la mayor atención política.
En el terreno de las transformaciones económicas y sociales, los revolucionarios partían de considerar que no era posible la transformación radical de manera inmediata. Aunque también pesaban los lazos que, en los últimos meses antes del 19 de julio, se habían establecido con sectores de la burguesía, con gobiernos como el costarricense, el venezolano, el mexicano..., el apoyo de la socialdemocracia internacional, la voluntad de no cortar relaciones con las instituciones financieras internacionales (BID, FMI, BM...) e incluso con el gobierno USA. La reconstrucción de la economía era la prioridad y para eso se necesitaban recursos externos, créditos, apoyo internacional, evitar el aislamiento y, al menos, no acelerar la agresión.
Por eso el FSLN puso al frente del gobierno a la llamada Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, en la que junto a destacados sandinistas, se encontraban elementos de la burguesía como Violeta de Chamorro, Arturo Cruz, Alfonso Robelo (estos dos últimos se pasarían posteriormente a las filas de la contrarrevolución) y proclamó que los principios de la revolución eran la economía mixta, el pluralismo político y el no alineamiento.
Estas tres líneas no podían ser cuestionadas a corto plazo, salvo que se piense que de un día para otro se podía nacionalizar o colectivizar la propiedad privada, que una revolución que había luchado contra una tiranía de cincuenta años podía y debía suprimir las libertades formales (que añoraba la gran mayoría de la población) y que debía alinearse con la URSS o con China.
El aspecto más controvertido, pero insisto, no a corto plazo, era la economía mixta. Para la inmensa mayoría de los militantes era una opción táctica, aunque Daniel Ortega lo llegara a desmentir en unas declaraciones a un periódico norteamericano, e incluso se había llegado a hablar, aunque no se hiciera público, que en unos cinco años se estaría en condiciones políticas y económicas para dar el salto a una economía planificada (al “socialismo”). Pero la realidad es que no se podía, y no se puede, torcer las circunstancias económica a corto plazo sólo con la voluntad. La mayoría de los cuadros esperaban realizar en unos años una serie de transformaciones económicas, sociales y políticas que permitieran al país construir un modelo de economía planificada.
Y la revolución empezó a promover y a dar cauces a esas transformaciones.
Vino la campaña (“cruzada”) de alfabetización en la que decenas de miles de jóvenes partieron hacia el campo (“la montaña”) a enseñar a leer, a ayudar en las tareas campesinas, a apoyar las transformaciones, a llevar el espíritu insurreccional de las ciudades a las zonas más alejadas, etc.... y a la vez a conocer lo más profundo de su país, a sorprenderse de lo que no sabían que pasaba, a ver que la miseria y el atraso no es una definición de sociólogos sino una realidad durísima.
Vino la reforma agraria a crear miles de cooperativas, a titular tierras ocupadas, a repartir tierra en algunas zonas, a crear sindicatos y asociaciones campesinas, a establecer empresas estatales en las grandes fincas confiscadas a los somocistas, a expropiar los latifundios mal cultivados, a mejorar la capacitación, a tecnificar la producción, a intentar mejorar la comercialización, a hacer caminos para poder sacar la producción hacia los mercados, a establecer empresas para el acopio, a organizar milicias populares entre los campesinos, a llevar el crédito a los últimos rincones del país, a subsidiar la producción de los granos básicos...
Vino la nacionalización de las empresas industriales de los somocistas, se crearon empresas de servicios antes inexistentes, se reconstruyeron las infraestructuras destruidas en la guerra y se construyeron otras nuevas, a la vez que se extendieron los sindicatos (en unos años había unos 300.000 trabajadores/as del campo y la ciudad sindicados)...
Se puso en marcha un sistema de salud de carácter universal, con nuevos hospitales y centenares de puestos de salud, con campañas de salud e higiene, con miles de voluntarios/as (“médicos descalzos”). Se generalizó la enseñanza, se formaron decenas de miles de nuevos maestros/as, se abrió la universidad a las clases populares y se enviaron miles de jóvenes a estudiar a Cuba, Bulgaria, la RDA, la URSS... Se crearon programas de atención social, se amplió la seguridad social... Se puso en marcha un proyecto cultural que pretendía llegar a toda la población, se crearon editoriales, librerías y bibliotecas populares... Se titularon las parcelas irregulares en las ciudades, se crearon nuevos barrios ordenados, se facilitó la autoconstrucción de casas dignas, se abarataron y subsidiaron los materiales de construcción, se potenciaron las industrias de estos materiales, se extendió el agua potable, el alcantarillado, la luz eléctrica, el transporte público, se crearon Comités de Defensa Sandinista (CDS) para organizar a la población en los barrios (en poco tiempo contaron con cerca de medio millón de afiliados y afiliadas), debatir los problemas y atenderlos, prepararse para la defensa, disminuir la delincuencia, vigilar a los contrarrevolucionarios... Se puso en marcha un sistema para regular las escalas salariales y evitar las grandes desigualdades, se organizó el trabajo voluntario... Se organizaron las milicias populares, se repartieron centenares de miles de fusiles, se generalizó el entrenamiento militar, en el que participaron decenas de miles de hombres y mujeres de todas las edades... en las cooperativas y explotaciones agrarias, en los barrios, las fábricas, las universidades, se prepararon para la defensa de la revolución...
Es decir se puso en marcha una revolución, con todas sus consecuencias. Impura, como todas las revoluciones, pero real y, si me apuráis, mejor que las anteriores (como nos recordó en Managua Ernest Mandel, a finales de 1984).
Puede sorprender la cantidad de tareas que se emprendieron en los primeros años (especialmente en 1980 y 1981), pero es que las revoluciones tienen un arma secreta que es conocida: la incorporación de la gente, especialmente de los más humildes, en cuerpo y alma a las tareas revolucionarias. La dinamita de la conciencia y del entusiasmo abría todos los caminos, encontraba caminos nuevos, inventaba caminos inconcebibles... Y esto no es literatura, era algo que se constataba todos los días, a todas horas y en todos los rincones del país. Y sólo por esto todo parecía posible.
La economía mixta y las nacionalizaciones: coexistencia de clases, sin conciliación de clases.
La mayoría de los documentos y debates anteriores al triunfo revolucionario e inmediatamente posteriores, cuando hacían referencia a las transformaciones económicas, basaban muchas de sus esperanzas en que con la confiscación de las propiedades somocistas se podría crear la base para una economía en la que el sector nacionalizado fuera hegemónico y pudiera dirigir la economía.
La realidad era diferente, pues aunque el peso económico de la oligarquía somocista era muy grande, no lo era tanto como la propaganda política revolucionaria indicaba. Por ejemplo, las propiedades rurales expropiadas a los Somoza y sus allegados eran algo menos del 15% del total de la tierra. Pero en esta primera oleada nacionalizadora también se incluyó la banca (no sólo la somocista) y los seguros, el comercio exterior, el almacenamiento y acopio del café, azúcar, algodón y carne (principales productos de exportación), las minas de oro y plata propiedad de empresas extranjeras y gran parte de la pesca y de la industria maderera. Estas empresas nacionalizadas se agruparon bajo el bonito nombre de Área Propiedad del Pueblo (APP).
No obstante, aún siendo muy importante el peso del APP, especialmente por el papel que la banca había tenido en Nicaragua y por la importancia estratégica del comercio exterior (como proveedor de las imprescindibles divisas y como sector que podía permitir la acumulación), Nicaragua continuaba siendo un país subdesarrollado, con un gran peso del pequeño y mediano campesino, con una gran propiedad no expropiada y con la mayoría de la industria y los servicios en manos del sector privado. Concretamente la participación del APP en el total de la producción era sólo del 27,6% y empleaba al 22,7% de la población económicamente activa. Con esto, en 1980, el peso del sector público (Estado más APP) era únicamente del 34% del PIB, lo que si bien era un salto importante con respecto a la situación anterior (11% del PIB), es menos de lo que se daba en la mayoría de los países europeos y en algunos latinoamericanos.
Por otro lado, el APP no configuraba un área pública creada expresamente, integrada y con una lógica interna, sino que, básicamente, era el resultado de las expropiaciones y entre las propiedades confiscadas además de algunas de las industrias y de las explotaciones agrarias más tecnificadas del país, había también burdeles, “roconolas”, hoteles, casas, empresas de taxis, cines, restaurantes, balnearios, etc.
Además, las propiedades incautadas estaban descapitalizadas (la fuga de capitales anterior al 19 de julio se calculó entre 500 y 1.500 millones de dólares), una gran parte habían sufrido daños y saqueos durante la guerra, un sector considerable de sus administradores y técnicos las habían abandonado /12 y el sistema bancario estaba en quiebra.
Posteriormente, en 1981, se dio la segunda ola nacionalizadora, con la proclamación de la Ley de Reforma Agraria que extendió las confiscaciones a la gran propiedad ociosa o mal administrada y que básicamente se distribuyó a los campesinos organizados en cooperativas, pero que también llevó, desde 1983, a la distribución de tierras en forma de propiedad individual al campesinado pobre (especialmente en las zonas más atrasadas, que eran en las que con más fuerza incidía la contrarrevolución) y se continuó con las titulaciones de tierras a los campesinos que las ocupaban sin legalizar (“precaristas”) /13.
En general se puede decir que el FSLN fue cumpliendo su programa económico en casi todos sus puntos /14, pero que no tuvo oportunidad de ir más allá. En este terreno la revolución se enfrentó a un dilema clásico. Si nacionalizaba podía, por un lado, aumentar la cohesión en el campo de los trabajadores y poner en marcha un sistema de planificación. Pero, por otro lado, también podía llevar al caos a la producción e incrementar, dentro y fuera del país, la lista de los enemigos de la revolución. A mi juicio, el factor fundamental que hizo que las expropiaciones no avanzaran más deprisa y no llegaran a más sectores fue el que no se podía garantizar que las propiedades confiscadas siguieran produciendo al mismo nivel.
Es triste reconocer esto, pero la experiencia de las primeras expropiaciones así lo dejaba ver. En los primeros años se dieron muchos problemas para organizar el APP y la producción y la productividad disminuyeron, la jornada laboral en el campo cayó (se dijo que a tres o cuatro horas al día), las plantillas y los salarios aumentaron de forma desordenada, se generalizó el derecho a que los trabajadores obtuvieran además una parte de la producción (el “salario en especie”, que solía terminar en el mercado negro), se descuidó el mantenimiento de la maquinaria y la inversión en muchas empresas, etc.
La escasez de cuadros políticos experimentados y probados, la penuria de profesionales y técnicos favorables a la revolución, el que la propia sociedad revolucionaria despenalizara el pequeño hurto, el mercado negro, el intercambio de favores, el nepotismo /15, etc., hacía muy difícil la administración de las empresas nacionalizadas, como también hizo muy difícil la administración del aparato del Estado. Esta situación influenció en gran medida las opciones tomadas. Así, por ejemplo, cuando empezaron a escasear los productos básicos y se decidió establecer la cartilla de racionamiento, se optó por hacerlo fundamentalmente a través de pequeños comercios privados, pues, como se reconocía en un documento del Ministerio de Comercio Interior, la situación no permitía ni aconsejaba sustituir el comercio privado por el estatal y no sólo por lo caro que hubiera resultado crear una red alternativa, o porque una parte importante de la población vivía del pequeño comercio y que gran parte de esa población estaba activamente con la revolución, sino también porque se reconocía que “no hay garantía de tener suficiente personal honesto para vender” /16.
Es cierto que algunos cuadros de base, especialmente aquellos que volvían de hacer cursos o estudiar en Cuba, urgían al cambio y que en el interior del FSLN las polémicas al respecto eran cotidianas, pero el debate fundamental era de ritmos y prácticamente nadie sostenía que era posible un salto a las nacionalizaciones masivas /17.
Muchas más polémicas sobre la orientación de la economía, que no caben en este artículo, recorrieron el país en los diez años de poder revolucionario. El debate sobre qué nivel de industrialización era posible y necesario, sobre qué tipo de industria promocionar (hubo un decantamiento por la agroindustria) y qué tipo de tecnología utilizar (tecnología puntera o “tecnología adecuada” que generara menos dependencia del exterior), si la tierra debía explotarse por empresas del Estado y por cooperativas o si había también que dar satisfacción a los que pedían explotarla individualmente, sobre si debía mantenerse el monopolio estatal del acopio (lo que favorecía la existencia de un enorme mercado negro), sobre la pertinencia de sostener la sobrevaloración oficial del córdoba frente al dólar y el sistema de cambios múltiples (que también favorecía el mercado negro de divisas y el fraude), sobre el sistema de subsidios a determinados productos y sus efectos reales sobre la producción, sobre si era pertinente mantener unos créditos con tasas de interés fuertemente negativas, sobre si la inflación era un instrumento útil de la política económica, un mal necesario o una amenaza mortal para el proceso revolucionario, etc.

El marco político: el poder revolucionario y el pluralismo político

El segundo lineamiento que proclamaba la revolución era el pluralismo político, entendido como la libertad de organizar partidos políticos, la libertad de expresión, reunión y manifestación y el mantenimiento de un sistema electoral pluralista. Es decir, la revolución se comprometía a asegurar a los sectores de la burguesía, incluidos los sectores que actuaban abiertamente a favor de la contrarrevolución, la posibilidad de existencia legal. Sólo se prescribieron a los partidos y organizaciones somocistas (aunque poco a poco, al amparo de este marco legal, volvieron a organizarse con otros nombres).
Así se establecía en el Programa Histórico del FSLN y en el Programa de Gobierno de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, y así se institucionalizó en la Constitución de 1987 /18.
Entre la izquierda mundial este era también un debate de actualidad. El eurocomunismo lo había puesto, de nuevo, sobre el tapete, pero también corrientes de la izquierda radical lo analizaban a la luz de la frustrante experiencia de la URSS y de China. En aquellos momentos sectores del trostkismo sosteníamos también la necesidad de mantener un marco de libertades formales en las revoluciones victoriosas, como fórmula de evitar la burocratización y de mantener vivo el debate político. En América Latina las experiencias cubana y chilena (con la Unidad Popular), en el poder la primera y derrotada la segunda, eran elementos importantes, constatables y actuales que polarizaban este debate.
El mantenimiento de un marco de libertades formales era para algunos una virtud de la revolución, para otros era una actuación imprescindible para que Nicaragua mantuviera determinados apoyos internacionales /19 y para otros más era una táctica hasta que se implantara “el socialismo”. La experiencia cubana en este terreno pesaba fuertemente en un número considerable de los cuadros intermedios y de las bases de la revolución y muchos pedían continuamente que se reprimiera a los sectores contrarrevolucionarios más beligerantes.
La realidad era que resultaba muy difícil, teniendo un aparato de Estado revolucionario (ejército, policía, cárceles...) que podía dar al traste en poco tiempo con las expresiones políticas contrarias a la revolución, moderar su actuación en función de un diseño político a medio plazo. No era fácil, cuando por primera vez en la historia de Nicaragua los pobres sentían que la nación era su nación (“¡Tengo patria!: ¡la defiendo!”, era una de las consignas más reveladoras de ese sentimiento) y cuando se quería construir una sociedad para los trabajadores y trabajadoras, convivir con los partidos, las organizaciones patronales y gremiales, las emisoras, los periódicos, etc. de la contrarrevolución, pudiendo aplastarlos en unas horas. Mientras las bandas contrarrevolucionarias asesinaban campesinos y campesinas, maestros y maestras, milicianos y milicianas, cortadores de café, personal sanitario... destruían cooperativas, atentaban contra el tendido eléctrico, dinamitaban puentes, volaban depósitos de petróleo, secuestraban jóvenes a los que torturaban y asesinaban /20... cada día salía el periódico La Prensa en una continua y eficaz campaña de desprestigio de todo lo que hacía la revolución, explotando todos los problemas, achacando los muertos a la política sandinista, alentando a las madres a no dejar que sus hijos fueran al servicio militar... En muchos casos era difícil frenar a los movimientos de masas que querían tomarse la justicia por su mano.
En cualquier caso, el marco de libertades formales fue mantenido en lo fundamental durante los diez años en que el FSLN estuvo en el poder. En algún momento se declaró el estado de emergencia, en otros se tomaron medidas contra alguno de estos sectores, siempre se los vigiló y en general se mantuvo sobre ellos una importante presión política desde el Estado y desde los movimientos de masas, pero no se les suprimió, ni se les cortaron sus fuentes de financiación internas y externas, ni sus contactos y su viajes fuera de Nicaragua.
En este contexto, se dio también el debate sobre la convocatoria de elecciones. El FSLN las postergó a 1985, aludiendo que la tarea principal era la reconstrucción del país, en vez de convocarlas inmediatamente después del triunfo, cuando hubiera obtenido una victoria aplastante y cuando los partidarios de la burguesía y sus organizaciones estaban fuertemente divididos y sumamente débiles. Finalmente, las primeras elecciones, a Presidente y a la Asamblea Nacional que debía elaborar la Constitución, se adelantaron a noviembre de 1984, cuando la situación económica era ya muy difícil, la contrarrevolución armada contaba con miles de combatientes y con una importante influencia en algunas zonas del país, los USA combatían abiertamente a la revolución y los partidos y grupos sociales de la burguesía se habían reorganizado en el interior y plantaban cara abiertamente al proceso revolucionario.
De hecho, las fuerzas más representativas de la derecha, siguiendo los dictados del gobierno norteamericano, no participaron en las elecciones para deslegitimarlas interna y externamente. Participaron únicamente siete partidos, obteniendo el FSLN el 67% de los votos /21.
Las relaciones internacionales: la solidaridad internacional, la URSS, Cuba y el no alineamiento
El FSLN jugó de una manera especialmente activa en el campo internacional. Incluso en los primeros momentos hizo lo posible por evitar dar bazas a los sectores que en los Estados Unidos, durante el final del mandato de Carter, preparaban el embargo y la agresión.
El FSLN permaneció como observador en la Internacional Socialista, buscó el apoyo del gobierno mexicano del PRI, así como el de Venezuela, Panamá (antes de la invasión yanqui) e incluso de Canadá, mantuvo un difícil equilibrio con los sucesivos gobiernos de Costa Rica, buscó unas relaciones especiales con los países de Europa occidental, encontró un importante apoyo económico y político en los países nórdicos, consiguió apoyo y ayuda de algunos países asiáticos (India, Irán...), Árabes (Libia, Argelia...) y africanos, mantuvo las distancias con China (algo exigido por su acercamiento a la URSS), etc., mientras recibía la hostilidad manifiesta de las dictaduras de El Salvador, Honduras y Guatemala, y de las de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay... la del gobierno de Israel y de otros países más.
Dedicó inmensos esfuerzos y a centenares de cuadros para buscar que los gobiernos que no veían con buenos ojos la postura de los Estados Unidos apoyaran a Nicaragua en el campo internacional y para conseguir y canalizar ayuda material /22. Evidentemente tuvo que hacer concesiones en terrenos políticos para mantener estos apoyos, aunque aun así algunos gobiernos fueron retirando poco a poco su apoyo a la Nicaragua revolucionaria. Un caso especialmente vergonzoso fue el del gobierno del PSOE, que fue pasando de un apoyo crítico a la revolución a una postura de cada vez mayor hostilidad que encabezaba personalmente Felipe González, a pesar del apoyo mayoritario que el sandinismo despertaba en sus bases.

La guerra de baja intensidad: los USA aprenden de su derrota en Vietnam

A pesar de todo, la revolución sandinista gozó de una buena situación nacional e internacional en los primeros momentos. La economía creció, se obtuvieron importantes aportaciones y créditos exteriores para la reconstrucción y el nivel de vida de la población mejoró notablemente, a la vez que la contrarrevolución somocista carecía de fuerza y tenía poco apoyo internacional.
Mientras, el gobierno de los USA, todavía del partido demócrata, vivía una situación heredada de su tremenda derrota en Vietnam, de la cadena de situaciones revolucionarias que recorrían el Tercer Mundo y también de la crisis económica y de la caída del dólar. La revolución tuvo la fortuna de triunfar en unos momentos en los que la capacidad del imperialismo norteamericano estaba seriamente recortada. De hecho, durante 1979 y 1980, aunque las relaciones con el gobierno USA fueron tensándose y hubo algunos incidentes /23, se sostuvieron unas relaciones formalmente correctas e incluso se mantuvo alguna ayuda económica norteamericana. No obstante, ya en 1980 ex-guardias somocistas empezaron a organizarse en Honduras, con el apoyo del ejército de ese país, y empezaron a ser frecuentes los ataques a los puestos fronterizos nicaragüenses.
El camino decisivo havia la agresión se inició a partir de enero de 1981 cuando asumió la presidencia de los Estados Unidos el republicano Ronald Reagan, que, entre otras cosas, había incluido en su campaña la denuncia a los “marxistasleninistas que habían tomado el poder en Nicaragua y querían hacerlo en El Salvador, Guatemala y Honduras”. El gobierno norteamericano multiplicó su ayuda a los regímenes de estos países, empizó una campaña de bloqueo económico a Nicaragua (suspensión de créditos, recorte de cuotas de exportación, veto a los créditos en los organismos financieros internacionales, etc.), involucró de lleno a la CIA en la lucha contrarrevolucionaria, creó campamentos de entrenamiento de contrarrevolucionarios en los propios Estados Unidos, mientras reforzó los de Honduras, realizó maniobras conjuntas con el ejercito hondureño, promovió la tensión entre los dos países e incluso llegó a declarar que apoyaría a Honduras en una guerra contra Nicaragua. A finales de ese año, las fuerzas contrarrevolucionarias afincadas en Honduras fueron ya capaces de lanzar una acción militar en la Costa Atlántica nicaragüense, después de realizar una eficaz acción política entre los indígenas de esa región (fundamentalmente entre los miskitos) explotando los errores que cometieron los revolucionarios en el tratamiento de las peculiaridades de esa zona de Nicaragua /24.
Los primeros años el gobierno norteamericano jugó a propiciar una guerra entre Nicaragua y Honduras, y a intentar que la contrarrevolución, estructurada como fuerza militar uniformada, ocupara una zona del territorio nicaragüense para proclamar un gobierno alternativo y recibir inmediatamente el apoyo militar de los Estados Unidos. Así se sucedieron varios intentos de invasión desde el norte y alguno, de menor intensidad, desde el sur (donde se asentaban las fuerzas comandadas por el ex-sandinista Edén Pastora). Estos intentos fueron apoyados por el ejército hondureño con logística y con bombardeos de artillería, y contaron con la participación directa de la CIA y de mercenarios norteamericanos contratados por la misma CIA. Pero todos los intentos fracasaron. La combinación de la defensa territorial de las milicias populares, con la acción del ejército sandinista, bien equipado, motivado y entrenado, evitó que la contrarrevolución pudiera mantener en su poder un solo pueblo.
Pero el gobierno de los Estado Unidos estaba recomponiendo su estrategia internacional frente a las revoluciones y convirtió a Nicaragua, y a toda Centroamérica, en la prueba de fuego de su nueva política /25, a la que se llamó “guerra de baja intensidad” /26.
La prioridad en esta estrategia era lograr el debilitamiento progresivo de la revolución /27, dando prioridad al desgaste de su base social por medio del deterioro de la situación económica. La guerra contrarrevolucionaria y las acciones militares directas de los Estados Unidos (que las hubo, como sentenció el Tribunal de la Haya), pasaron entonces a tener como objetivo principal el sabotaje de la economía de Nicaragua. Paralelamente los Estados Unidos se volcaron en boicotear las exportaciones nicaragüenses, dificultar las importaciones de materiales estratégicos (repuestos, maquinaria, etc.), bloquear los créditos internacionales, favorecer la salida de técnicos, fortalecer a la oposición interna, etc.
Así la contrarrevolución se fue fortaleciendo militarmente /28, sofisticó sus tácticas y buscó aumentar su base social en el campo. Mientras que en las ciudades se concentraba en la acción política legal, mejoró la movilidad de sus fuerzas de tarea, introdujo variedades de actuación de una crueldad brutal para generar terror entre el campesinado favorable a la revolución /29, mantuvo un combate de desgaste y una guerra no convencional y contribuyó así de manera importante al deterioro de la economía y de la base social de la revolución.
(la segunda parte de este artìculo: “El FSLN en el poder”, se publicará en el próximo número VS 76)

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1/ En muchos casos se trataba de una pequeña propiedad precaria, sin legalizar, lejos de las vías de comunicación, lo que no permitía la salida fácil de la producción hacia los mercados. En grandes zonas, sobre todo en lo que se llamó la “frontera agrícola”, se cultivaba con la práctica de la “roza”, que consistía en quemar la linde del bosque, limpiar, plantar semilla a semilla con un palo (“espeque”), cultivar un par de años o tres, mientras duraba la acción fertilizante de las cenizas, y volver a “rozar” el bosque.
2/ Este tipo de explotación, gran parte de ellas de la familia Somoza y de sus allegados, estaba altamente tecnificada, empleaba importantes medios mecánicos, utilizaba muchos productos agroquímicos y dosis enormes de productos fitosanitarios, y requería jornaleros fundamentalmente en la época de la recolección. Esta mano de obra provenía del pequeño campesinado (que se desplazaba a trabajar en familia a las grandes explotaciones, completando así sus medios de vida con el salario de temporada) y del subproletariado de las ciudades.
3/ Recuerdo que a mí me impactó el dato de que en el mayor mercado de Managua, el Oriental, solían reunirse casi más vendedoras y vendedores (unas 50.000) que obreros y obreras industriales había en toda Nicaragua.
4/ Se era obrero u obrera unos años, mientras se era joven. Luego venía el despido, la incapacidad para aguantar los ritmos de trabajo, los embarazos, las enfermedades, el alcoholismo... y los antiguos obreros y obreras se convertían en “dueños” de talleres de reparación en sus casas, en vendedores de cualquier cosa (“raspados”, eskimos, agua helada, gaseosas...), empleadas domésticas, trabajadores temporeros, cultivadores en plena ciudad, ganaderos de callejón, etc.
5/ Nicaragua fue el último país de Centroamérica en el que surgió un Partido Comunista y en el que fue más débil, en contraste, por ejemplo, con El Salvador, en el que el dirigente comunista Farabundo Martí encabezó una insurrección revolucionaria en 1932.
6/ En un seminario de “científicos sociales” reunido en Costa Rica a finales de los sesenta, en el que participó uno de los que luego sería miembro de la Dirección Nacional del FSLN, en la clasificación que hicieron de las posibilidades revolucionarias de los países centroamericanos, Nicaragua aparecía en último lugar.
7/ “Si el ocultamiento del programa revolucionario es una expresión de derechismo, la ostentación exhibicionista representa el izquierdismo infantil”. Carlos Fonseca Amador. La lucha por la transformación de Nicaragua. 1960. Obras. Tomo I. Pág. 126. Editorial Nueva Nicaragua. Managua. 1985.
8/ “Nuestra generación presenta cualidades naturales para poder cumplir con las exigencias de la lucha revolucionaria. Nuestra generación puede educarse en el espíritu revolucionario y lo puede asimilar con rapidez porque no posee los hábitos de las generaciones que nos preceden y que (se) conservadurizan, es decir, que están acomodadas a sus viejos hábitos, a los hábitos que la condujeron al fracaso histórico”.Id. Pág. 128.
9/ El debate se centró en las prioridades de la actuación político-militar. Un sector abogaba por la “guerra popular prolongada” y el cerco del campo a la ciudad, al estilo maoísta, otro por priorizar la implantación entre los trabajadores y un tercero por la huelga general revolucionaria y la insurrección en las ciudades. Estas fracciones fueron conocidas como la Tercerista o Insurreccional (en torno a los hermanos Ortega y Víctor Tirado), que fue la mayoritaria y la que se apunto más éxitos políticos y militares, la Guerra Popular Prolongada (en torno a Tomás Borge, Henry Ruiz y Bayardo Arce) y la Proletaria (en torno a Jaime Wheelock, Carlos Núñez y Carlos Carrión). Dentro de este proceso hubo también episodios oscuros y sectarios, en el peor estilo de la izquierda, pero algo permitió que el enfrentamiento no llegara a los horrorosos niveles al que se había llegado en otros países y grupos revolucionarios.
10/ Junto con la decisión, la disposición al sacrificio y la honestidad, el FSLN demostró también una gran capacidad de análisis político. Por ejemplo, el Frente siempre se opuso al ajusticiamiento de Somoza. Incluso, cuando el cura de origen asturiano Gaspar García Laviana, que posteriormente moriría combatiendo en el frente sur, empezó a preparar un atentado en San Juan del Sur, localidad de la que era párroco, inspirado en el de Carrero Blanco el FSLN intervino para convencerle de no hacerlo. Somoza, dijeron, era “una prenda preciosa” en la que se reunían las contradicciones sociales de Nicaragua y la lucha contra el somocismo permitiría el inicio de la destrucción del poder de la burguesía, por lo que la desaparición física de Somoza no era deseable, en la medida podía allanar el camino para que los diferentes sectores de la oligarquía se unificaran y pusieran en marcha un proyecto alternativo al revolucionario.
11/ En el primer organismo nicaragüense en el que trabajé, el Instituto Nacional de Administración Pública, en 1984 sólo había un militante del FSLN y era un chófer. En 1985 algunos calculaban que el FSLN tenía unos tres mil militantes, aunque sus dirigentes hablaban de 12.000 (los datos siempre fueron confidenciales) y el proceso de selección seguía siendo muy riguroso y la obtención de la militancia era un gran honor. Por ejemplo, en enero de 1986, se entregaron 400 carnés y chapas de militantes en un acto masivo y entre los que los recibieron estaban varios ministros del gobierno y numerosos altos funcionarios.
12/ En las arroceras expropiadas, que eran las más grandes y tecnificadas del país, se fueron inmediatamente todos los administradores y quedó un solo técnico, que, para colmo, se enfrentó a los sindicatos y fue despedido.
13/ Estos cambios llevaron a que, en 1985, el sector estatal poseyera el 20% de la tierra, el cooperativo el 18%, la mediana propiedad el 30%, la gran propiedad el 12% y el 20% restante el pequeño propietario.
14/ No se nacionalizó, ni se hicieron intentos significativos al respecto, la enseñanza privada y siguieron existiendo las universidades y colegios jesuitas, colegios de origen norteamericano o francés, etc. y hasta una “filial” de postgrados de la universidad de Harvard.
15/ Carlos M. Vilas, en su libro La Revolución Sandinista describe así este factor: “Para estos sectores (los vinculados al pequeño y mediano comercio), con toda la diversidad interna de situaciones que engloban, la tozuda inercia de la realidad socioeconómica recibida del pasado ha sido más fuerte hasta ahora que muchas de las políticas diseñadas por la revolución para modificarla. Con el mismo entusiasmo que hace cuatro años se integraban en la insurrección, hoy participan de las alzas de precios “por la libre” y se suman con ardor a las prácticas de especulación, contrabando menudo, tráfico de divisas. No parece haber para ellos una contradicción particularmente sensible entre la adhesión ideológica a la revolución, e incluso la participación en algunas de sus tareas, y la evasión fiscal, el cobro de sobreprecios, el acaparamiento de productos básicos.
Algunas fracciones de este complejo y polifacético espectro urbano siguen deambulando en una difusa franja entre la legalidad y el delito”.
16/ El ABC del abastecimiento. MICOIN. Managua. Julio de 1984.
17/ Otra cosa eran controversias concretas sobre determinados aspectos, como si debía mantenerse la gran propiedad en algunas zonas (sobre todo en el centro ganadero del país: Chontales y Boaco), para así evitar que los propietarios se enfrentaran abiertamente a la revolución o si se debía acelerar la reforma agraria para asegurar la fidelidad de la basecampesina.
18/ Artículo 5. El Estado garantiza la existencia del pluralismo político, la economía mixta y el no alineamiento. El pluralismo político asegura la existencia y participación de todas las organizaciones políticas en los asuntos económicos, políticos y sociales del país, sin restricciones ideológicas, excepto aquellas que pretendan el retorno al pasado o propugnen por establecer un sistema político similar (...) Arto. 7. Nicaragua es una república democrática, participativa y representativa. Son órganos de gobierno: el Poder Legislativo, el Poder Ejecutivo, el Poder Judicial y el Poder Electoral (...) Arto. 29. Los nicaragüenses tienen derecho a expresar libremente su pensamiento en público o en privado, individual o colectivamente, en forma oral, escrita o por cualquier otro medio (...) Arto. 55. Los ciudadanos nicaragüenses tienen derecho de organizar o afiliarse a partidos políticos, con el fin de participar, ejercer y optar al poder”. Constitución Política de Nicaragua. 9 de enero de 1987.
19/ Cuando en el Ministerio de la Presidencia participaba en la elaboración de la Ley de Municipios, presenté la propuesta de crear, junto a los concejos municipales elegidos por sufragio universal, un concejo que aglutinara a las organizaciones de masas y que tuviera atribuciones y poder de control en algunos terrenos. La respuesta apesadumbrada del Director General de la DAMUR (Dirección de Asuntos Municipales y Regionales) fue: “tenemos que hacer una ley homologable...”.
20/ Una práctica corriente de los grupos contrarrevolucionarios consistía en secuestrar jóvenes y obligarlos a matar a algún prisionero sandinista, para así romperlos anímicamente y convertirlos en miembros de la contrarrevolución. Las tácticas empleadas, provenientes de las impartidas durante años en la Escuela de las Américas por los especialistas de los USA y basadas muchas de ellas en las experiencias francesas en Argelia, eran especialmente eficaces para crear el terror entre los simpatizantes del sandinismo que habitaban en zonas remotas, pequeñas aldeas y casas aisladas.
21/ El Partido Conservador Democrático obtuvo el 14%, el Partido Liberal Independiente el 9,6%, el Partido Popular Social Cristiano el 5,6%, el Partido Comunista de Nicaragua el 1,5%, el Partido Socialista de Nicaragua el 1,3% y el Movimiento de Acción Popular Marxista-Leninista, el 1%.
22/ La revolución recibió una importantísima ayuda de los países que se proclamaban socialistas.
Especialmente importante fue la de Cuba, que se dio en todos los terrenos y en todos los momentos. Miles de internacionalistas cubanos (médicos, maestros, asesores militares, técnicos, especialistas...) pasaron por Nicaragua. El gobierno y el pueblo cubano practicaron el internacionalismo hasta niveles heroicos, teniendo en cuenta la agudización de sus problemas económicos en la década de los ochenta. La URSS proveyó, por medio de créditos, que prácticamente nunca se pagaron, elementos básicos como el petróleo, armamento, vehículos de carga y automóviles, maquinaria, repuestos... y también alimentos, telas, uniformes... La República Democrática Alemana suministró sobre todo maquinaria, máquinas herramientas y vehículos...
Bulgaria apoyó la creación de empresas agroindustriales... y estos países becaron en conjunto a decenas de miles de jóvenes nicaragüenses para que estudiaran en sus escuelas técnicas y universidades, atendieron a centenares de heridos y mutilados y dieron un importante apoyo internacional a la revolución sandinista. Pero el apoyo de la URSS y sus aliados se debilitó mucho en los últimos años, cuando la crisis política y económica se agudizó en estos países y llevándoles al derrumbe de sus regímenes. Varios de los países de Europa occidental también apoyaron, sobre todo en los primeros años, con créditos, proyectos de cooperación, fondos, ayuda material, etc. Especialmente importante, material y políticamente, fue el apoyo de los países nórdicos.
23/ Un incidente se dio inmediatamente después del 19 de julio, cuando en la primera ceremonia pública a la que asistía el embajador norteamericano éste se levantó y se fue al interpretarse el recién compuesto himno del FSLN, que incluía una estrofa que dice “luchamos contra el yanqui, enemigo de la humanidad”.
24/ La Costa Atlántica norte nicaragüense tiene una importante población indígena misquita, que vivía entre Honduras y Nicaragua, y también otras comunidades como la rama, sumo, y garífona, con importantes peculiaridades y con sus propios idiomas, y en el sur una población negra que habla inglés creole.
25/ Reagan, en uno de sus discursos dijo que “cómo podían los Estados Unidos prevalecer en otros territorios y dar garantías a sus aliados más lejanos si consentían que Centroamérica cayera en la órbita soviética”.
26/ La “guerra de baja intensidad” era una estrategia muy diferente a la desarrollada en Indochina, donde los Estados Unidos llegaron a concentrar más de medio millón de soldados y por donde pasaron unos cinco millones de norteamericanos. Tal concentración de fuerza no sólo no pudo evitar la derrota, sino que generó una importantísima respuesta en contra de sectores de la población estadounidense.
27/ Esta estrategia, era parte de la estrategia global de hegemonía que desarrolló la “revolución conservadora” y que incluía también el desgaste económico hacia la URSS y los países de su bloque (carrera armamentística, boicot al gaseoducto siberiano, etc.). La “guerra de baja intensidad” también se aplicó al combate contra las guerrillas, buscando su derrota por medios político-militares. Una frase pronunciada por un militar norteamericano en El Salvador resumía bien esta práctica para Centroamérica, cuando dijo que “el único territorio que había que ocupar era el que estaba entre las orejas de los campesinos”.
28/ Se habló de que la contra llegó a contar con 10.000 o 12.000 personas armadas y encuadradas.
29/ El a
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