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Francia en la encrucijada
Entrevista a Stathis Kouvelakis sobre Macron, Le Pen, la crisis social y la izquierda
15/05/2017 | Feyzi Ismail

Stathis Kouvelakis, miembro del partido griego Unidad Popular y que dio su apoyo a Francia Insumisa, conversa con Feyzi Ismail sobre la victoria de Macron, la crisis en la sociedad francesa y las posibilidades para la izquierda.

Feyzi Ismail: ¿Cómo valoras la victoria de Macron sobre Le Pen y cómo hemos llegado a esta situación?

Stathis Kouvelakis: No deberíamos subestimar el peligro que representa el resultado del 34,5% de Le Pen, a pesar de no haber sido elegida. Son unos resultados sólidos que la presentan como una alternativa al poder creíble, lo que significa que la consigna que hemos oído, “Macron en 2017 es Le Pen en 2022”, puede hacerse realidad. Esta es una razón esencial por la que, contra todo pronóstico, la izquierda debía apoyar un voto táctico a Macron en la segunda vuelta. La abstención en estas condiciones no era una opción.

Ello se debe, primero, a que el Frente Nacional (FN) es un partido fascista, no simplemente un partido burgués. Puesto que no podemos desechar el valor de las libertades democráticas y derechos civiles; no podemos hacer caso omiso del hecho de que para una gran parte de la ciudadanía francesa y de gente extranjera que vive en Francia, Le Pen es una amenaza física inmediata. Y esto marca una diferencia. Si estamos de acuerdo con ello, entonces no podemos decir que otros hagan el desagradable trabajo de votar a Macron. Nosotros debemos tomar la responsabilidad. Segundo, Le Pen ha conseguido un resultado que ha incrementado en un 16% el logrado por su padre en 2002 y eso puede ser un riesgo serio en el corto y medio plazo porque reduce el espacio para construir una adecuada alternativa de izquierda.

La gran diferencia entre el momento actual y 2002 es que en 2002 toda la izquierda, con excepciones marginales, votó a Chirac para aislar a Jean-Marie Le Pen y mantener su voto tan bajo como fuera posible. Ahora la situación se ha deteriorado y la crisis política es mucho más seria. El nivel de enfado de la gente ordinaria contra los políticos es incomparablemente más alto que en 2002 y ese enfado está dirigido contra toda la clase política oficial. Esto también significa que a veces la gente deja realmente de pensar y expresa sus instintos y su enfado de una manera irreflexiva. De ahí proviene en parte la abstención o el voto en blanco. No proviene de una posición doctrinaria o ideológicamente sofisticada; es esencialmente enfado y el sentimiento de aquellos lo bastante mayores para haber pasado por la experiencia de que el voto en 2002 a Chirac en la segunda vuelta fue incapaz de frenar el ascenso del FN.

La otra diferencia es que las manifestaciones del 1º de mayo de este año tuvieron unas dimensiones más reducidas en comparación con las de 2002. Pero en 2002 fue una gran sorpresa que Le Pen pasara a la segunda vuelta. Este año todo el mundo lo esperaba; de algún modo, el resultado de Le Pen ahora ha sido menor de lo que las encuestas predecían pocos meses antes y también menor del resultado que obtuvo en las últimas elecciones regionales o incluso en las elecciones europeas. Esto se debe fundamentalmente, aunque no solo, al éxito de la campaña de Mélenchon y al hecho de que haya aparecido como una alternativa creíble, aunque por supuesto en una dirección progresista y de izquierda.

F. I.: ¿Dirías que estamos siendo testigos no simplemente de una derechización sino de una polarización de la sociedad francesa, como hemos visto en otros lugares?

S. K.: Totalmente. La tendencia dominante es la polarización y a un nivel de tensión sin precedente en la sociedad francesa en las últimas décadas. Si lees la prensa, te das cuenta de que hay mucho enfado y han aparecido divisiones encarnizadas, incluso en familias o entre amigos. Por supuesto, esto no es una sorpresa porque el año pasado vimos las movilizaciones contra la ley del trabajo, el movimiento Nuit Debout y las manifestaciones sindicales, que fueron muy importantes. La movilización social del año pasado fue un punto de viraje. De algún modo, las raíces del éxito de Mélenchon, la dinámica que se ha desarrollado en esta campaña estaba preparada o ha surgido a partir del movimiento del año pasado.

En cualquier caso, no se trata de una continuidad lineal, pero contribuyó a preparar un terreno fértil para la campaña. Hemos visto también hasta qué punto se han polarizado y tensado las cosas en la sociedad francesa en general. Si conectas todos estos elementos: los ataques terroristas —y cómo fueron usados para desencadenar una oleada mayor de islamofobia y racismo—, la movilización social y la polarización en torno a líneas y cuestiones de clase, la crisis política y todo el colapso de los partidos políticos oficiales, desde la socialdemocracia hasta la derecha tradicional, te das cuenta de que están presentes todos los ingredientes para una gran convulsión política y social en el próximo periodo.

Las cuatro tendencias políticas que se han puesto en primer plano en estas elecciones, es decir, los restos de la derecha tradicional en torno a Les Républicains, la derecha fascista en torno a Le Pen, el “extremo centro” —por usar la formulación de Tariq Ali— en torno a Macron y la izquierda radical en torno a Mélenchon, han existido en la sociedad francesa desde hace un tiempo, pero la correlación de fuerzas ha cambiado. La socialdemocracia, que era central, se ha desintegrado al menos tal como se había estructurado hasta ahora; la derecha tradicional está desgarrada y empieza a surgir un panorama político completamente nuevo. Pero es muy difícil ver cómo se estabilizará. Lo que le espera a Francia es un largo período de inestabilidad política. Y, por supuesto, esto también significa que hay una oportunidad que la izquierda tiene que aprovechar para construir algo nuevo y radical.

F. I: ¿Cómo ha sido capaz Mélenchon de casi de doblar los votos de la izquierda radical y por qué ha ocurrido ahora y no en 2012?

S. K.: Espacialmente, el voto a Mélenchon cubre áreas donde hay fuertes tradiciones comunistas, tanto en las ciudades, barrios obreros, como en áreas donde el Partido Comunista (PCF) permanece con fuerza. Pero el voto a Francia Insumisa fue también particularmente fuerte en el sur de Francia, donde Mélenchon se hizo con una parte sustancial del voto al Partido Socialista (PS). Unificó el núcleo del electorado con tendencias a votar a la izquierda de la socialdemocracia y tuvo éxito en atraer a una parte del electorado tradicional del PS y de los Verdes —aquellos decepcionados y disgustados con Hollande— que no querían votar a Macron. Atrajo también a la gente más joven, en muchos casos tentada con la abstención.

El gran triunfo de Mélenchon fue probablemente la forma en que redujo el resultado de Le Pen activando el voto de sectores de población desconectados de la política o sin interés por ella. Tuvo éxito en capturar su imaginación u despertar su interés y en llevar a la política un espíritu de insurgencia. Creo que esto es lo más importante. Era la primera vez desde hacía mucho que oíamos un discurso de izquierda interesante, rico en ideas, con confianza en sí mismo y no un discurso defensivo sobre resistir el neoliberalismo y lo sombrío que era todo. Mélenchon ofreció una perspectiva de ganar algo y de atacar con dureza al adversario. Para hacer eso y ser creíble se necesita mucho talento, y él lo tiene, pero también se necesita un nivel de madurez intelectual y política, y el lo tiene también.

Una de las razones por las que ha sido capaz de aprovechar la situación ahora es, primero, porque había una ventana de oportunidad. En 2012 el PS tenía muchas más reservas, mientras que ahora está de rodillas; eso marca una gran diferencia. Lo segundo es que en 2012, la izquierda radical se conformó en torno al Frente de Izquierda. Esta coalición entre el PCF, el partido de Mélenchon —el Partido de Izquierda— y fuerzas de la izquierda revolucionaria tenía fuerzas y debilidades. Su fuerza consistía en que permitió reagruparse a las fuerzas organizadas de la izquierda revolucionara; cosa que no ha ocurrido en esta campaña, las cosas fueron mucho más complejas y contradictorias. Por otra parte, eso en 2012 significó que Mélenchon estaba constreñido por movimientos tácticos, concesiones y compromisos que tenía que hacer entre él, el PCF y otras fuerzas que participaban en el Frente. Por ejemplo, en el terreno ecológico, que era central, no podía hablar libremente, porque el PCF está a favor de la energía nuclear y era muy reticente a poner en el centro las cuestiones ecologistas en la campaña de 2012.

Con Francia Insumisa, el discurso de Mélenchon era mucho más creíble, también en el caso de las cuestiones relativas a enfrentarse más fuerza a con la UE y a los tratados europeos, con la perspectiva de un Plan B, que significaría la salida del euro y posiblemente de la UE como tal si bloquearan la aplicación de políticas progresistas. Mélenchon es el único líder de la izquierda radical en Europa que se ha diferenciado de Tsipras y Syriza al decir que la capitulación no es una opción y que deberíamos prepararnos para hacer lo que sea necesario para no repetir eso. Y esto fue posible porque no se encontraba constreñido por el marco del Frente de Izquierda. Pero hay también un precio a pagar por este tipo de libertad. El precio fue que los sectores organizados de la izquierda y los movimientos sociales y sindicales no se implicaron directamente como tales en la campaña como hicieron en 2012.

Si se observa, por ejemplo, la concentración en París en 2012 y le momento actual, la diferencia es que en 2012 se veía una plaza de la Bastilla llena de banderas rojas y grandes grupos de sindicalistas, de movimientos sociales participando, con banderas de partidos políticas y de redes de apoyo al Frente de Izquierda; era manifiestamente una campaña de la izquierda radical. Si se observa la concentración de este año (y fue comparable en tamaño, enorme y exitoso, vibrante y combativo en ambos casos), sólo se veían banderas nacionales y gente que iba a la concentración individualmente. No tenía la dimensión de movimiento colectivo y de sectores de los movimientos preparándose para una batalla social. Esto significa que el modo en que se construya la izquierda en lo sucesivo será un asunto muy complejo.

F. I.: Claramente, Francia Insumisa no puede permanecer en su forma actual y tendrá que transformarse en el futuro próximo. ¿Cómo será esta transformación?

S. K.: Mélenchon y el reducido grupo a su alrededor dirigieron toda la campaña y marginó al resto de partidos. Hay una falta obvia de responsabilidades, puesto que Francia Insumisa no es un partido; ni siquiera es un movimiento o una organización, son simplemente individuos que firmaron en un plataforma electrónica y formando parte de grupos de apoyo locales. Ello está vinculado, obviamente, al “populismo de izquierda” que Mélenchon proclama como el tipo de identidad de Francia Insumisa. No se ven como un movimiento estructurado, sino como una marca: si estás de acuerdo con la agenda, únete y haz lo que puedas, organiza tu propio grupo; mientras estés de acuerdo con el programa que hemos propuesto, todo irá bien y no esperes que nadie llegue y te diga lo que tienes que hacer.

Esto suena muy horizontal pero presupone que ya tienes algún tipo de dirección reconocida y un programa que se da por sentado. Está claro que alguien está tomando decisiones, en la forma en que se concibió la campaña, en el tipo de movimientos tácticos que se hacen, cómo reaccionar ante l oque hacían los socialistas, etc. No todo ello estaba en el programa ni fue democráticamente decidido. Queda por ver si Mélenchon y su equipo contemplan esto como una forma temporal (y por ahora inevitable) de afrontar la situación —necesidad de tomar la iniciativa, contar con estructuras ad hoc y toma de decisiones de arriba a abajo, etc., pero reconociendo la necesidad de superar esto y avanzar hacia formas de organización del movimiento más democráticas y colectivas— o si continuarán construyendo lo que será simplemente un tipo de máquina electoral, con un funcionamiento de arriba a abajo y con un líder carismático indiscutido; entonces Mélenchon permanecerá casi sin tener que rendir cuentas.

Hemos visto en España cómo Podemos, en especial tras su primer congreso en Vistalegre, ha adoptado este tipo de enfoque tan vertical y electoralista. Eso ha creado muchos problemas, entre ellos poner fin a la vitalidad de la dinámica de masas que existía al principio, a nivel de base en los círculos de Podemos. Sería pues una lástima que Francia Insumisa se moviera por estas líneas. Deberían evitar hacerlo, pero es un hecho que está muy influenciada por Podemos. Creo que es inevitable que Francia insumisa se dote de alguna forma de organización. La cuestión es ¿de qué tipo? Se moverá hacia un modelo electoralista, con un funcionamiento de arriba a abajo y centrado en un líder o tratará de mantener el dinamismo que hemos visto en la campaña pero dándole una estructura colectiva y, por supuesto, democrática. Pero para hacer eso, se necesita abrir la discusión a otros sectores de la izquierda radical y a la izquierda alternativa para sumar a más fuerzas organizadas, iniciar conversaciones con otros. Las referencias al populismo no son de mucha ayuda para este tipo de tarea.

F. I.: ¿Cuáles deberían ser las prioridades estratégicas de una izquierda radical reorganizada en Francia?

S. K.: De una u otra manera, se necesita una coalición y los camaradas de Francia Insumisa tendrán que aceptar que no pueden por sí mismos ocupar todo el espacio político de la izquierda radical en este país. La izquierda radical francesa tiene una tradición de más de un siglo, está profundamente implantada en las tradiciones socialista y comunista, tiene toda una historia de luchas y de insurrección, etc. No puede pretenderse que un solo sujeto político sea la expresión de todo eso, de modo que tenemos que encontrar un camino para construir una coalición entre diferentes fuerzas políticas y a la vez ser innovador. Lo que ha fallado hasta ahora han sido los pactos entre las direcciones de los partidos. Necesitamos pensar formas de organizarse más abiertas y flexibles, pero con coherencia y unidad, porque se necesita ser reconocible y visible; y, por supuesto, una unidad democrática y no burocrática, como la que hemos visto en el pasado en los partidos socialista y comunista. Todos ellos han fracaso y nadie quiere insistir en este tipo de experimento.

El PS también se está desintegrando y la gente en torno a Hamon se da cuenta de que la permanencia en un partido que ya no es viable no realmente es una opción. Por supuesto, hay grandes diferencias entre el PS y la izquierda radical, pero creo que con Hamon y los que le siguen es posible iniciar conversaciones y lo vimos durante la campaña. Se puede pensar en algún tipo de alianza con las fuerzas que apoyaron a Hamon contra la mayoría de la política oficial y del PS. Todavía no nos damos cuenta, porque nos sentimos justamente decepcionados por que Mélenchon no pasara a la segunda vuelta, pero la importancia y el peso de su resultado se mostrará en la próxima etapa. Ello se debe a que la socialdemocracia está totalmente atrapada, de un lado, entre los que se unirán ahora a Macron y la nueva mayoría y, de otro lado, entre los sectores más progresivos atraídos hacia la izquierda radical. Por su parte, la izquierda radical —de una forma u otra y a pesar de todas las contradicciones— se ha reagrupado políticamente, a nivel electoral al menos, en torno a Mélenchon y Francia Insumisa.

Lo más obvio que vemos en el el futuro próximo es que habrá una gran batalla en torno a proseguir el desmantelamiento de la legislación laboral, que Macron adelantó, y ni siquiera por medio del parlamento. Ya después de la reforma del año pasado acuerdos locales en una compañía tenían primacía sobre acuerdos sectoriales e incluso acuerdos a nivel nacional, lo que significa que los empresarios serán más más poderosos. La dificultad está aquí en que el movimiento sindical francés está dividido y es débil. Y perdió la batalla del año pasado contra la primera reforma de la legislación laboral. Lo segundo en lo que hay que fijarse es que la legitimidad política de Macron será muy baja. Ya en la primera vuelta, según las encuestas a pie de urna, la mitad de los que le habían votado dijeron que lo habían hecho para frenar a Le Pen o para evitar una posible segunda vuelta entre Fillon y Le Pen. De modo que, ya en la primera vuelta, el nivel de acuerdo con su programa era muy bajo; lo fue mucho más en la segunda vuelta.

Es algo que hay que aprovechar, tanto en términos de movilización en la calle como en la construcción de una alternativa política. Este es el verdadero camino para derrotar al fascismo. Si no logramos construir la alternativa política y nos limitamos a batallas sectoriales y a movilizaciones sociales, fracasaremos. Especialmente, en vista del estado de las organizaciones de la clase obrera y de los movimientos sociales en Francia. No tenemos un movimiento sindical fuerte que compense la debilidad de nuestro campo en el plano político. Necesitamos, por tanto, construir sobre la base del espacio que se ha abierto como resultado del éxito histórico de Mélenchon y necesitamos también tener victorias en la batalla social. Si lo hacemos, es perfectamente posible convertirse en la alternativa real y vencer a los fascistas en ese terreno. Nos quedamos a menos de medio millón de votos por detrás de Le Pen, de modo que perfectamente se puede decir que en unos años, antes incluso de las próximas elecciones, seremos la oposición real a Macron, rompiendo con el neoliberalismo autoritario y rompiendo con las instituciones de la V República. Ese es el desafío.

09/05/2017

Traducción: viento sur

http://www.counterfire.org/interview/18940-france-at-the-crossroads-how-to-take-down-le-pen





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