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Escocia
Después de las elecciones: la independencia en compás de espera
19/06/2017 | David Broder

El amanecer del día siguiente del referéndum sobre la independencia de Escocia del 19 de septiembre de 2014 trajo una resaca electoral muy distinta de la del pasado 9 de junio de 2017. Hace tres años, los jóvenes y olvidados aprovecharon una campaña animada para manifestar su propia visión del futuro de Escocia, depositando sus esperanzas en la promesa de una nueva democracia. El nivel de participación histórico –solo se abstuvo uno de siete escoceses– reflejó la urgencia de los sueños que animaban el referéndum. Sin embargo, al final una escuálida mayoría votó por mantener el país dentro del Reino Unido.

La vitalidad del movimiento de 2014 por el “sí”, que en las encuestas subió en pocos meses de menos del 30 % hasta un 45 %, se nutrió de una panoplia diversa de grupos locales y voces autónomas. Entre ellos cabe destacar Women for Independence (Mujeres por la independencia), Common Weal (Bien común) y la Radical Independence Campaign (Campaña radical por la independencia). Sin su activismo, los comicios habrían sido muy distintos, pero el hecho mismo de que tuviera lugar el referéndum fue obra sobre todo del Partido Nacional Escocés (SNP), y en particular de su inveterado líder, Alex Salmond.

Al día siguiente del triunfo del “no” a la independencia con el 55 % de los votos, Salmond anunció su dimisión como primer ministro y líder del SNP. Podía estar orgulloso de haber sacado a su partido del bache de los años ochenta para meterlo en el restablecido parlamento escocés y formar, desde 2007, un gobierno del SNP en Escocia. Reflexionando sobre la derrota de la campaña del “sí”, emuló a Ted Kennedy con su desafiante promesa de que “el sueño nunca morirá”. El movimiento independentista escocés, efectivamente, se mantuvo vivo después del referéndum y el propio SNP cosechó unos porcentajes nunca vistos en las elecciones generales de 2015, obteniendo 56 de 59 escaños y un nuevo mandato en las elecciones legislativas escocesas de 2016. En marzo de 2017, la nueva líder del SNP, Nicola Sturgeon, anunció su intención de organizar un nuevo referéndum sobre la independencia.

Sin embargo, la derrota de Salmond en su circunscripción de Gordon en las últimas elecciones generales simboliza dificultades más profundas para el principal partido de Escocia. Las predicciones políticas son arriesgadas en un Reino Unido tan inestable, pero la cuestión es si el SNP puede mantener el rumbo en medio de la crisis. No cabe duda de que Alex Salmond era, y sigue siendo, un elemento divisor. También es una figura odiada, caricaturizada a menudo en la prensa, particularmente (aunque no solo) en Londres. En las elecciones de 2015, la campaña conservadora propagó la idea de que un gobierno de coalición dirigido por el laborista Ed Miliband sería rehén de los nacionalistas escoceses: un cartel de los tories mostraba a Miliband en el bolsillo del líder del SNP.

Claro que esto también fue un cumplido a la fuerza de Salmond como líder, y de hecho refleja el otro sentido en el que puede considerarse un “elemento divisor”. Porque el principal logro de Salmond es haber trazado nuevas líneas divisorias en la política escocesa. Mientras que en la década de 1950 el Partido Unionista, asociado a los conservadores, representaba a una derecha fuerte en Escocia y en las décadas posteriores un país que representa menos del 10 % de la población del Reino Unido apenas influía en los resultados de las elecciones generales, esto cambió a comienzos de los años noventa. Como diputado en Westminster y líder escocés, Salmond contribuyó a establecer el unionismo frente al independentismo como base fundamental de la identificación política en Escocia.

Esto estaba relacionado también con la pérdida de peso del laborismo escocés, que había contado con una amplia mayoría de escaños durante los gobiernos de Thatcher y Major de 1979 a 1997; hoy no es más que el tercer partido en importancia de Escocia, detrás de los tories, la principal fuerza contraria a la independencia. En efecto, el SNP no siempre ha gozado de una posición dominante en Escocia. Antes de la creación del Parlamento Escocés en 1999, nunca había tenido más de 11 escaños en el parlamento británico (una sexta parte del total de escaños escoceses).

Como es sabido, el ministro laborista George Robertson prometió que el establecimiento del parlamento recuperado en Edimburgo por parte de Tony Blair “acabaría para siempre con el nacionalismo” al satisfacer la demanda de autonomía nacional. Sin embargo, dicho parlamento sirvió de hecho de plataforma en la que el SNP pudo construirse como partido de gobierno escocés en oposición permanente a las administraciones del Reino Unido. Esta fue la estrategia defendida por Salmond, diputado británico del SNP desde 1987, quien se convirtió en su líder en 1990 apenas cumplidos los 35 años de edad. Pese a que en los primeros tiempos del gobierno de Thatcher era una figura destacada en el “Grupo de los 79”, de cariz republicano-socialista –y por ello expulsado temporalmente en 1982–, Salmond pasó a encabezar una tendencia gradualista, que a diferencia de los “fundamentalistas” del SNP propugnaba pasos intermedios hacia el autogobierno dentro del Reino Unido.

En 2007 se produjo la formación por sorpresa de un gobierno minoritario del SNP en Edimburgo, basado en un parlamento que anteriormente había estado dominado por los laboristas y los liberales. El partido de Salmond obtuvo una mayoría de escaños en 2011, pese a un sistema electoral semiproporcional destinado a favorecer las coaliciones. El avance del SNP también hizo que cambiara la política escocesa más ampliamente. Con la irrupción de Salmond en 2007, el “ejecutivo escocés” adoptó el nombre de “gobierno escocés”, que suena más potente. Su primer ministro dejó de ser un cargo regional laborista para convertirse en un líder nacional.

Otros partidos comenzaron a insistir más en los “intereses de Escocia” o por lo menos a fingir una mayor autonomía con respecto a sus respectivos partidos británicos. El desafortunado líder laborista escocés Jim Murphy añadió incluso la palabra “patriótico” a los estatutos de su partido, salpimentando sus discursos con metáforas futbolísticas para tratar de recuperar algún espacio identitario ocupado por el SNP. Lejos de las acusaciones históricas del laborismo de que los miembros del SNP, que tradicionalmente había sido de base rural y protestante, eran meros “tories de tartán”, Salmond reposicionó el partido como una iglesia amplia cuya demanda de recuperación del beneficio del petróleo escocés (entre otras varias políticas de inversión) podría financiar asimismo medidas sociales progresistas. Invocando al mismo tiempo el caso de Irlanda como ejemplo de un pequeño país próspero y de su economía, tras la desastrosa experiencia de desregulación y bajada de impuestos por parte del gobierno de Dublín durante la crisis financiera de 2008, Salmond abandonó esta comparación tóxica con el “tigre celta”.

Mientras que la destrucción de la industria escocesa por los tories en la década de 1980 había galvanizado un potente voto laborista, la década de 1990 conoció la breve aparición del Scottish Socialist Party (Partido Socialista Escocés, SSP), cuyo líder, Tommy Sheridan, desempeñó un papel clave en la resistencia al “Poll Tax” (impuesto de capitación). La campaña masiva de impago en Escocia (y en Inglaterra cuando se introdujo también allí) contribuyó a la caída de Thatcher, abriendo la puerta a una presencia de la izquierda radical en el parlamento escocés a partir de 1999. Sin embargo, la autodestrucción del SSP a mediados de la década de 2000 permitió al SNP ampliar su base de apoyo en las filas obreras y a debilitar la oposición de otros partidos independentistas. Con el distanciamiento creciente del laborismo de su base social tradicional, el SNP pudo presentarse como baluarte frente al desmantelamiento del Estado de bienestar.

A la cabeza del gobierno en Edimburgo a partir de 2007, el SNP planteó sus medidas estrella: enseñanza gratuita y eliminación del “impuesto sobre los dormitorios” establecidos por los tories (recorte de prestaciones para quienes supuestamente tenían habitaciones “desocupadas”), como prueba de que Escocia podía emprender un rumbo distinto. Aunque el SNP de Salmond siempre fue un partido favorable a los empresarios e interesado únicamente en política electoral, proyectó una sólida imagen progresista. Su oposición, a veces dura, a la política exterior de Blair reforzó especialmente esta idea. Mientras que, durante el breve liderazgo de John Swinney, el SNP apoyó la invasión de Afganistán en 2001, Salmond criticó la intervención de la OTAN en Yugoslavia, tachándola de “locura imperdonable” y fue uno de los oponentes más tenaces a la invasión de Iraq en 2003, reclamando la destitución de Blair. El partido se opone asimismo al programa de armamento nuclear Trident del gobierno británico, cuya base se halla cerca de Glasgow.

Habiéndose asegurado en 2011 una mayoría parlamentaria en Holyrood, el SNP pudo legislar finalmente con vistas a la convocatoria de un referéndum de independencia (David Cameron le había concedido esta prerrogativa), culminando de este modo la estrategia gradualista de Salmond. A diferencia del surtido de consejeros locales y veteranos con que el laborismo escocés solía cubrir los altos cargos en Edimburgo (el supuesto “talento” se iba a Westminster), el SNP creó un equipo de dirección competente en la capital escocesa. Fue capaz incluso de gobernar con solvencia cuando se opuso a la política de austeridad del gobierno de Londres y a los recortes presupuestarios impuestos por la política fiscal británica. Con una coalición de conservadores y liberal-demócratas en el poder en Londres, Salmond reclamó un mandato para mantener su gobierno a la cabeza de un Estado escocés independiente.

Fiel reflejo de la típica estrategia de Salmond, el Libro Blanco sobre la independencia, lanzado por el gobierno del SNP en 2014, se dirigió a un amplio abanico de sectores sociales. Centrada en la defensa de los servicios públicos frente a los interminables embates de la derecha procedentes de Westminster, buena parte de la campaña se orientó a ganar a los votantes laboristas para la causa del “sí”. Por otro lado, el SNP también quiso presentar el voto por la independencia en términos de continuidad, apuntalando su importante base de apoyo en las clases medias, pero sin dejar de hacer incursiones en territorios que los laboristas consideraban inexpugnables. En esta línea, Escocia permanecería en la OTAN, pero se desharía de las armas nucleares. Mantendría la monarquía, aunque hubo algunas vagas alusiones a un futuro referéndum institucional. Más bien en detrimento de la credibilidad económica de Salmond, Escocia se liberaría de la política económica de Londres, pero seguiría utilizando la libra esterlina.

Las encuestas de actitudes sociales mostraron que las posturas políticas de los votantes escoceses eran similares a las de sus homólogos ingleses. El SNP, sin embargo, formuló una visión optimista, aunque bastante nebulosa, de una “escocidad” progresista, capaz de galvanizar a casi la mitad de la población. Esto sirvió asimismo de plataforma para el surgimiento de un movimiento que era mucho más radical que la campaña orquestada por el SNP. El partido de Salmond era fuerte en su centro, pues su causa definitoria de la independencia le proporcionaba unidad, propósito y calidad de liderazgo desconocida entre los laboristas o los conservadores. El SNP estaba profundamente jerarquizado, y este monolitismo le ayudó a ganar la mayoría parlamentaria necesaria para poner en marcha el proceso referendario. En este sentido, Salmond desempeñó un papel decisivo.

No obstante, la campaña del referéndum de 2014, que tenía una base más amplia, suscitó cientos de reuniones e iniciativas locales que apoyaban la independencia, pero se situaban fuera del aparato partidario del SNP e incluso eran críticos con él. Una marcada distinción desarrollada entre ser “nacionalista” –aunque fuera en el sentido cívico e incluso antirracista del SNP– y ser “independentista” como demanda democrática, capaz de servir de clave de una serie de esperanzas de cambio. Sin embargo, tras la derrota del referéndum, el SNP se mostró más capaz que ningún otro partido de capitalizar esta movilización más amplia, cuando jóvenes activistas e incluso inveterados votantes laboristas buscaban un nuevo hogar político. La alianza de laboristas y conservadores en la campaña “Better Together” contra la independencia agudizó el descontento con la política de “extremo centro” tan extendida en Europa. En Escocia, el SNP fue el principal beneficiario, bajo la dirección de la nueva líder, Nicola Sturgeon. Más que su predecesor, ella gozó inicialmente de unos niveles de valoración muy positivos entre los votantes de todos los partidos.

Mientras que Salmond había gozado de un largo periodo a la cabeza del partido de 1990 a 2000 y de 2004 a 2014, el SNP hizo entonces grandes avances bajo la nueva dirección y, en efecto, con nuevos activistas. El ascenso del SNP tras las elecciones del 18 de septiembre de 2014 le permitió contar al final con 120 000 miembros, más de uno entre 50 escoceses. Ganó casi todos los escaños escoceses en las elecciones generales de mayo de 2015. Mhairi Black, diputada a la edad de 20 años y muy crítica con los recortes practicados por los tories, procedente además de una familia laborista, simbolizó especialmente este ascenso del SNP. Este partido sigue siendo hoy la fuerza principal de Escocia. Mientras que en las elecciones de 2005 y 2010 solo consiguió seis escaños, hoy se lleva la palma en 35 de un total de 59 circunscripciones escocesas, después de alcanzar el 37 % de los votos el pasado 8 de junio. A título comparativo, los tories cuentan ahora con 13 escaños y los laboristas con 7 en Escocia.

Claro que esto supone un descenso con respecto al 50 % que obtuvo el SNP en 2015 (56 escaños) y al 46,5 % que alcanzó en las elecciones al parlamento escocés de mayo de 2016. Angus Robertson, un destacado crítico de Theresa May en la Cámara de los Comunes, ha perdido su escaño al igual que Salmond. Mientras que, en marzo de 2017, Sturgeon anunció planes para convocar un nuevo referéndum de independencia, esta parece ser ahora una perspectiva cada vez más remota.

Una causa venida a menos

Hay factores puramente episódicos que ayudan a explicar las dificultades del SNP. Aunque Sturgeon es primera ministra desde hace menos de tres años, su partido gobierna en Edimburgo desde 2007. Esto es mucho tiempo para cualquier gobierno para mantener el apoyo popular; al término de esta legislatura, el SNP habrá estado gobernando durante más tiempo que Thatcher o el Nuevo Laborismo. El colapso de los precios del petróleo desde 2014 también ha menoscabado la base económica de la independencia, máxime teniendo en cuenta que los partidos de oposición repiten sin cesar que esta es la única base del plan económico del SNP. El traslado de la campaña del referéndum a las elecciones generales de 2015, cuando el partido afirmó tajantemente la posibilidad de que un equipo de miembros del SNP pidiera cuentas a un supuesto gobierno británico laborista, es cosa del pasado.

Los demás grandes partidos escoceses también se recuperan, en particular los tories, que se presentan como el principal partido de la Unión. Han encontrado a una líder eficaz en Ruth Davidson, quien ataca con firmeza (e hipocresía) los vacilantes progresos del SNP en materia de educación y sanidad. Aparte del hecho de que ella misma es lesbiana, Davidson también ha tratado de insuflar al partido un aire algo más liberal, declarándose a favor de un brexit menos duro que el que preconiza May (tal vez incluyendo la permanencia en el mercado único). Esto reviste un interés particular en la medida en que los 13 diputados que ella encabeza superan en número a los 10 diputados del Democratic Unionist Party (Partido Democrático Unionista, DUP) de Irlanda del Norte, expresión de una derecha dura, homófoba y lealista cuyo apoyo está tratando de asegurarse May.

Reducido de 41 escaños a nada más que 1 en las elecciones generales de 2015, el Partido Laborista Escocés ha seguido siendo un bastión del anticorbynismo y parece haber aprendido muy poco de su reciente colapso. Miembros derechistas del partido, como la líder escocesa Kezia Dugdale y el coordinador de la campaña por el “no”, Blair McDougall, llamaron a los escoceses a votar tácticamente, laboristas y tories juntos, para frenar al SNP. Sin embargo, a pesar de esta mentalidad de avestruz, el aumento del número de candidatos socialistas por el Partido Laborista en las elecciones del 8 de junio, combinado con el ascenso de Corbyn en general en el Reino Unido, supone por lo menos un cambio de tono.

Esta evolución adquiere un cariz particular a la luz del problema estratégico más amplio para el SNP, a saber, el significado del brexit para la independencia de Escocia. Si en cierto modo el Reino Unido parece más dividido que nunca, la ruptura en ciernes no favorece por sí misma la causa del SNP. Mientras que a menudo acusan a Sturgeon de utilizar la cuestión europea como mero pretexto para un nuevo referéndum de independencia, en realidad el brexit la ha forzado a reclamar un nuevo referéndum mucho antes de lo que le habría gustado, entre otras razones por la ausencia de un aumento de la actitud favorable al “sí” en las encuestas de opinión.

Esto también supone un problema importante para la perspectiva formulada por Salmond antes del referéndum de 2014. Más allá de la postura antirracista y relativamente favorable a los inmigrantes del SNP, contrapuesta al racismo de los tories y del UKIP, su posicionamiento a favor de la UE no ofrece un avance fácil hacia la independencia. En marzo de 2017, Sturgeon pareció haberse hecho claramente con la iniciativa política al anunciar planes para un segundo referéndum de independencia, pero esto también fue una respuesta al riesgo de verse arrinconada en la impotencia política. Al abandonar Theresa May su promesa de consultar a las instituciones escocesas recuperadas antes de activar el artículo 50 para separarse de la UE, se perdió toda esperanza de que Escocia pudiera asegurarse algún estatus especial o permanecer dentro de la zona de libre comercio europea.

A sabiendas de que el desbarajuste económico derivado del brexit podría dar pie a unas condiciones desfavorables para un supuesto “salto a lo desconocido”, Sturgeon habría preferido celebrar el referéndum antes de que culminara la salida del Reino Unido de la UE. Sin embargo, May se ha negado a dar luz verde a un segundo referéndum, a diferencia de David Cameron en el Acuerdo de Edimburgo de 2012. Mientras que en junio de 2016 la población escocesa se distanció de la tendencia general del Reino Unido votando por un 62 % contra un 38 % por permanecer en la UE –con tan solo una ligera ventaja de la postura favorable a la permanencia entre los votantes del SNP, a pesar de la sólida posición proeuropea del partido–, el brexit constituye una base más bien contradictoria para la independencia.

Sturgeon ha señalado que un referéndum hacia el final del proceso de salida permitiría elegir entre una Escocia dentro de la UE o del Reino Unido del brexit duro. Incluso más allá de la cuestión de si Escocia podría seguir formando parte de la UE de forma ininterrumpida si rompiera con el Reino Unido, hasta ahora no se ha observado apenas un cambio de opinión sobre la independencia a resultas del referéndum sobre el brexit. Esto refleja tanto un clima de incertidumbre como problemas con la propia UE. En el referéndum de 2014, la crisis de la eurozona hacía impensable para Salmond defender la adopción del euro. En vez de ello, abogó por mantener la libra, incluso con la imposibilidad de emitir moneda o la necesidad de confiar en el Banco de Inglaterra como prestamista de último recurso.

Esta atadura con el resto del Reino Unido se afianza todavía más con el voto a favor del brexit y, en particular, los planes del gobierno de Londres de salir de la unión aduanera, lo que tal vez suponga incluso el establecimiento de aranceles aduaneros en el comercio con los países de la UE. Esto dificultaría que Escocia prefiriera el “libre comercio” con la UE al que tiene con el Reino Unido, sobre todo por el hecho de que las exportaciones escocesas al resto del Reino Unido cuadruplican las que realiza al resto de Europa. A esto podemos añadir asimismo la conocida camisa de fuerza presupuestaria de la UE, su falta de democracia y la probabilidad de una mayor integración fiscal en el futuro.

El nuevo paisaje

No está claro si habrá un nuevo referéndum de independencia en Escocia en el próximo futuro. Una vez más, el resultado de las elecciones en el Reino Unido apenas concuerda con el voto escocés, pese a los avances de los tories. Theresa May sin duda no querrá permitir un nuevo referéndum, sobre todo después de su evidente error de cálculo al convocar las elecciones generales, y la propia Nicola Sturgeon pareció optar durante la campaña por aplazar la convocatoria a un futuro más lejano. Como es lógico, la mayoría de diarios y los demás partidos ya han interpretado la pérdida de votos del SNP como un rechazo de sus planes. Está claro que el voto táctico de los unionistas e incluso del empuje de Corbyn no explican por sí solos el descenso del SNP del 50 al 37 % de los votos. El impulso de la campaña por la independencia y las esperanzas que generó empiezan a abandonar al SNP, si bien está por ver si se movilizarán bajo otras formas.

No cabe duda de que el grueso de la gente entusiasmada con la campaña del referéndum de 2014 prefería al SNP como nueva referencia política que no a RISE –la nueva coalición formada por un grupo de socialistas que también habían actuado dentro de la “Campaña radical por la independencia”– o los Verdes. Sigue existiendo un movimiento independentista en el que el SNP es el actor principal, y el Reino Unido no parece precisamente fuerte y estable, pero ahora que los votantes de las clases medias optan por los conservadores, el SNP ha perdido el aura cautivadora de los últimos años.

El laborismo escocés, que ha vuelto a quedar tercero detrás de los tories, no está necesariamente bien situado para sacar partido. El propio Corbyn no ha soltado prenda con respecto a Escocia o cuestiones constitucionales y ha dejado que los líderes afincados en Edimburgo desarrollen su propia política. Sin embargo, la esperanza de que se forme un gobierno laborista de izquierda en el Reino Unido, que tiene muchas más posibilidades de hacerse realidad tras las elecciones del 8 de junio, ofrece al menos la posibilidad de una recuperación. El largo periodo de gobierno del SNP en Edimburgo, junto con el hecho de que los malos recuerdos del periodo laborista en la década de 2000 se alejan en el tiempo, podrían alimentar esta tendencia.

En la precampaña de las elecciones de 2015, el líder laborista Ed Miliband tuvo que responder a las preguntas insistentes sobre si los laboristas llegarían a un acuerdo para el conjunto del Reino Unido con el SNP. Aunque no una coalición formal, que él descartó expresamente, sí pareció sugerir que, si le faltaran unos pocos escaños para la mayoría, podría llegar a algún tipo de acuerdo con el partido de Sturgeon, no del todo distinto del probable arreglo de confianza y apoyo que busca Theresa May con la derecha dura norirlandesa del DUP. Pese a las referencias a una “coalición del caos”, la campaña difamatoria de los medios de comunicación en 2017 contra Corbyn estaba centrada más en las supuestas simpatías “antibritánicas” del líder laborista que en sus relaciones con el SNP en particular. La obstinada rivalidad entre el SNP y el laborismo escocés, y la reciente alianza unionista de este último con los tories, impide todo acomodo entre los dos partidos, salvo en la medida en que ambos estarán en la oposición en Westminster.

Los primeros ataques al liderazgo de Corbyn en otoño de 2015 estuvieron centrados en cuestiones constitucionales y “patrióticas”: en su republicanismo, su apoyo a una Irlanda unida, su “negativa” a cantar el himno nacional, su rechazo de las armas nucleares; ahora se ha distanciado de posiciones “controvertidas” sobre estas cuestiones. En marzo de este año se citaron declaraciones suyas según las cuales podría aceptar un segundo referéndum escocés; el laborismo, sin embargo, podría abandonar esta posición bajo la presión de sus líderes de Edimburgo y de las perspectivas de recuperación en Escocia.

Reforzado en las filas del partido a raíz de las elecciones generales y del éxito de su campaña, Corbyn tiene ahora más autoridad para fijar el programa político, como pudo hacerlo Alex Salmond en la década de 2000 en Escocia. No solo delimitado por su oposición a los tories o sus dificultades para unir unas bases partidarias tan divididas por el brexit, el laborismo ya ha empezado a hablar de una manera diferente de hacer política. En particular, esto ha supuesto también la movilización –igual que en el referéndum escocés de 2014– de la juventud y los sectores antes abstencionistas, una estrategia desechada durante mucho tiempo por los medios de comunicación y los expertos en demoscopia.

A pesar de los resultados de vértigo de la campaña del referéndum y de las elecciones generales de 2015, el 8 de junio el SNP se mostró menos capaz de repetir la hazaña. El millón de votos que obtuvo eran muchos menos que el millón y medio que había conseguido dos años antes. Sin duda, ha ganado apoyos en los bastiones históricos del laborismo, y en las elecciones municipales del mes pasado incluso ha quebrado su hegemonía en el ayuntamiento de Glasgow. Además, el pueblo escocés no ha votado a favor de una coalición entre los tories y el DUP. Sin embargo, con el Reino Unido poniendo rumbo a la salida de la UE y ante la falta de claridad del significado de la independencia de Escocia, a Sturgeon le resulta difícil formular una visión nítida de los próximos pasos para Escocia. El destino del debilitado gobierno tory en las negociaciones del brexit será determinante para las posibilidades de recuperación del SNP.

11/06/2017

https://www.jacobinmag.com/2017/06/scotland-independence-snp-brexit-british-elections

David Broder es traductor y miembro del consejo editorial de Historical Materialism.

Traducción: viento sur





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