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marxists.org | Historia de la Revolución rusa
Capítulo VII. Cinco días (23-27 de frebrero de 1917)
07/08/2017 | Leon Trotsky

El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa de todas, el Comité de la barriada obrera de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga. Las masas -como atestigua Kajurov, uno de los militantes obreros de la barriada- estaban excitadísimas: cada movimiento de huelga amenazaba convertirse en choque abierto. Y como el Comité entendiese que no había llegado todavía el momento de la acción, toda vez que el partido no era aún suficientemente fuerte ni estaba asegurado tampoco en las proporciones debidas el contacto de los obreros con los soldados, decidió no aconsejar la huelga, sino prepararse para la acción revolucionaria en un vago futuro. Tal era la posición del Comité, al parecer unánimemente aceptada, en vísperas del 23 de febrero. Al día siguiente, haciendo caso omiso de sus instrucciones, se declararon en huelga las obreras de algunas fábricas textiles y enviaron delegadas a los metalúrgicos pidiéndoles que secundaran el movimiento. Los bolcheviques -dice Kajurov- fueron a la huelga a regañadientes, secundados por los obreros mencheviques y socialrevolucionarios. Ante una huelga de masas no había más remedio que echar a la gente a la calle y ponerse al frente del movimiento. Tal fue la decisión de Kajurov, que el Comité de Viborg hubo de aceptar. "La idea de la acción había madurado ya en las mentes obreras desde hacía tiempo, aunque en aquel momento nadie suponía el giro que había de tomar." Retengamos esta declaración de uno de los actores de los acontecimientos, muy importante para comprender la mecánica de su desarrollo.

Dábase por sentado, desde luego, que, en caso de manifestaciones obreras, los soldados serían sacados de los cuarteles contra los trabajadores. ¿A dónde se hubiera ido a parar con esto? Estábamos en tiempo de guerra y las autoridades no se mostraban propicias a gastar bromas. Pero, por otra parte, el "reservista" de los tiempos de guerra no era precisamente el soldado sumiso del ejército regular. ¿Era más o menos peligroso? Entre los elementos revolucionarios se discutía muchísimo ese tema, pero más bien de un modo abstracto, pues nadie, absolutamente nadie -como podemos afirmar categóricamente, basándonos en todos los datos que poseemos- pensaba en aquel entonces que el día 23 de febrero señalaría el principio de la ofensiva declarada contra el absolutismo. Tratábase -en la mente de los organizadores- de simples manifestaciones con perspectivas vagas, pero en todo caso sin gran trascendencia.

Es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil, entre las cuales hay que suponer que habría no pocas mujeres casadas con soldados. Las colas estacionadas a la puerta de las panaderías, cada vez mayores, se encargaron de dar el último empujón. El día 23 se declararon en huelga cerca de 90.000 obreras y obreros. Su espíritu combativo se exteriorizaba en manifestaciones, mítines y encuentros con la policía. El movimiento se inició en la barriada fabril de Viborg, desde donde se propagó a los barrios de Petersburgo. Según los informes de la policía, en las demás partes de la ciudad no hubo huelgas ni manifestaciones. Este día fueron llamados ya en ayuda de la policía destacamentos de tropa poco numerosos al parecer, pero sin que se produjesen choques entre ellos y los huelguistas. Manifestaciones de mujeres en que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan. Era como pedir peras al olmo. Salieron a relucir en distintas partes de la ciudad banderas rojas, cuyas leyendas testimoniaban que los trabajadores quería pan, pero no querían, en cambio la autocracia ni la guerra. El Día de la Mujer transcurrió con éxito, con entusiasmo y sin víctimas. Pero ya había anochecido y nadie barruntaba aún lo que este día fenecido llevaba en su entraña.

Al día siguiente, el movimiento huelguístico, lejos de decaer, cobra mayor incremento: el 24 de febrero huelgan cerca de la mitad de los obreros industriales de Petrogrado. Los trabajadores se presentan por la mañana en las fábricas, pero se niegan a entrar al trabajo, organizan mítines y a la salida se dirigen en manifestación al centro de la ciudad. Nuevas barriadas y nuevos grupos de la población se adhieren al movimiento. El grito de "¡Pan!" desaparece o es arrollado por los de "¡Abajo la autocracia!" y "¡Abajo la guerra!" La perspectiva Nevski contempla un continuo desfilar de manifestaciones: son masas compactas de obreros cantando himnos revolucionarios; luego, una muchedumbre urbana abigarrada, entre la que se destacan las gorras azules de los estudiantes. "El público nos acogía con simpatía, y desde algunos lazaretos los soldados no saludaban agitando lo que tenían a mano." ¿Eran muchos los que se daban cuenta de lo que significaban aquellas pruebas de simpatía de los soldados enfermos por los manifestantes obreros? Cierto es que los cosacos no cesaban de cargar constantemente, aunque sin gran dureza, contra la multitud; sus caballos estaban jadeantes. Los manifestantes se dispersaban y tornaban a reunirse. La multitud no sentía miedo. "Los cosacos prometen no disparar." La frase corría de boca en boca. Por lo visto, los obreros habían parlamentado con algunos cosacos. Poco después aparecieron, medio borrachos, los dragones y se lanzaron sobre la multitud golpeando las cabezas con las lanzas. Pero los manifestantes no se disolvieron. "No dispararán." En efecto, no dispararon.

Un senador liberal cuenta que vio en la calle tranvías parados -¿no sería acaso al día siguiente, confudiéndolo en la memoria?-, algunos con los cristales rotos, otros volcados sobre los raíles, y recordó las jornadas de julio de 1914, en vísperas de la guerra. "Parecía como si se repitiese la vieja tentativa." La vista no le engañaba. La continuidad era evidente: la historia cogía los cabos del hilo revolucionario roto por la guerra y los volvía a empalmar.

Durante todo el día la muchedumbre se volcaba de unos barriosen otros. Veíase dispersada por la policía, contenida y rechazada por las fuerzas de Caballería y algunos destacamentos de Infantería. Con el grito de "¡Abajo la policía!" alternaban cada vez con más frecuencia los hurras a los cosacos. Era un detalle significativo. La multitud exteriorizaba un odio furioso contra la policía. La policía montada era acogida con silbidos, piedras, pedazos de hierro. Muy distinta era la actitud de los obreros respecto de los soldados. En los alrededores de los cuarteles, cerca de los centinelas y las patrullas, veíanse grupos de obreros y obreras que charlaban amistosamente con ellos. Era una nueva etapa que tomaban las huelgas en su desarrollo y un fruto del hecho de poner frente a frente al ejército y a las masas obreras. Esta etapa, inevitable en toda revolución, parece siempre nueva, y la verdad es que cada vez se plantea de un modo distinto. Los que han leído y escrito sobre ella no la reconocen.

En la Duma nacional se contaba el día 24 que una masa enorme de gente había invadido toda la plaza Snamenskaia, toda la perspectiva Nevski y las calles adyacentes, observándose un fenómeno nunca visto: una multitud revolucionaria y no patriótica que acompañaba con vítores a los cosacos y regimientos que avanzaban a los sones de músicas. Preguntando qué significaba aquello, un transeúnte contestó al diputado que le interrogaba: "Un policía ha dado un latigazo a una mujer; los cosacos se han puesto al lado de esta última y han ahuyentando a la policía." Nadie se había tomado el trabajo de comprobar la verdad de aquello. A la multitud le bastaba con creerlo, con creer en su verosimilitud, y esta confianza no se había caído del cielo, sino que era el fruto de la experiencia, por eso tenía que convertirse necesariamente en garantía de triunfo.

Después de la reunión mañanera, los obreros de la fábrica de Erickson, una de las más avanzadas de la barriada de Viborg, se dirigieron en masa, con un contingente de unos 2.500 hombres, a la avenida de Sampsonievski, y en una calle estrecha tropezaron con los cosacos. Los primeros que hendieron en la multitud, abriéndose paso con el pecho de los caballos, fueron los oficiales. Tras ellos venían los cosacos galopando a toda la anchura de la avenida. ¡Momento decisivo! Pero los jinetes se deslizaron cautamente como una larga cinta por la brecha abierta por los oficiales. "Algunos -recuerda Kajurov- se sonreían, y uno de ellos guiñó el ojo maliciosamente a los obreros." Aquella guiñada del cosaco tenía su porqué. Los obreros recibieron valientemente, aunque sin hostilidad, a los cosacos, y les contagiaron un poco de su valentía. Pese a las nuevas tentativas de los oficiales, los cosacos, sin infringir abiertamente la disciplina, no disolvieron por la fuerza a la multitud y, renunciando a dispersar a los obreros, apostaron a los jinetes a lo ancho de la calle para impedir que los manifestantes pasaran al centro. Pero tampoco esto sirvió de nada. Los cosacos montaban la guardia en sus puestos con todas las de la ley, pero no impedían que los obreros se deslizaran por entre los caballos. la revolución no escoge arbitrariamente sus caminos. Daba sus primeros pasos hacia la victoria bajo los vientres de los caballos de los cosacos. ¡Interesante episodio! ¡Y notable ojo el del narrador, a quien todas las incidencias de ese proceso se le quedaron grabadas en la memoria! Y, sin embargo, no tiene nada de sorprendente. El narrador era un caudillo al que seguían más de dos mil hombres: el ojo del comandante, atento a las balas o al látigo del enemigo, es siempre avizor.

El cambio esperado en el ejército puede observarse, sobre todo, en los cosacos, instrumento inveterado de represión. No quiere ello decir que los cosacos fueran más revolucionarios que los demás. Todo lo contrario: en estos terratenientes acomodados, celosos de sus privilegios de cosacos, que despreciaban a los sencillos campesinos y recelaban de los obreros, anidaban muchos elementos de conservadurismo. Precisamente por esto los cambios provocados por la guerra cobraban en ellos más relieve. Además, el zarismo echaba mano de ellos para todo, los mandaba a todas partes, los colocaba frente al pueblo, ponía sus nervios a prueba. Estaban ya hartos de todo esto; no pensaban ya más que en volver a sus casas, y guiñaban el ojo a los huelguistas como diciendo: "¡Andad, haced lo que queráis; allá vosotros; nosotros no nos meteremos en nada!" Sin embargo, todo esto no pasaba de ser síntomas; significativos, pero síntomas nada más. El ejército seguía siendo ejército, una masa de hombres atados por la disciplina y cuyos hilos principales estaban en manos de la monarquía. Las masas obreras no tenían armas. Sus dirigentes no pensaban siquiera en el desenlace decisivo.

En el orden del día del Consejo de Ministros celebrado el 24 figuraba entre otros puntos la cuestión de los desórdenes en la capital. ¿Huelgas? ¿Manifestaciones? ¡Bah! No era la primera vez. Todo estaba previsto. Se habían cursado instrucciones oportunas ¡A otra cosa!

¿En qué consistían concretamente las instrucciones circuladas? A pesar de que en el transcurso de los días 23 y 24 fueron agredidos veintidós policías, el jefe de las tropas de la región, general Jabalov, casi dictador, no creyó necesario recurrir al empleo de las armas de fuego, y no por bondad precisamente. Todo estaba previsto y señalado de antemano, y fijado el momento preciso para abrir fuego.

La revolución no sobrevino por torpeza más que en cuanto al momento. En términos generales puede decirse que ambos polos, el revolucionario y el gubernamental, venían preparándose concienzudamente para ella desde hacía muchos años. Por lo que a los bolcheviques se refiere, toda su actuación después de 1905 se redujo en puridad a preparar la segunda revolución. También la actuación del gobierno era en gran parte una serie de preparativos encaminados a aplastar la nueva revolución que se avecinaba. Este aspecto de la actividad gubernamental cobró en el otoño de 1916 un carácter bastante sistemático. Una comisión presidida por Jabalov terminó, a mediados de enero de 1917, un plan concienzudamente estudiado de represión de un nuevo alzamiento. La ciudad fue dividida en seis zonas, cada una de las cuales se dividía a su vez en varios distritos. Al frente de todas las fuerzas armadas se ponía al comandante de las fuerzas de la reserva de la Guardia, general Tebenikin. Los regimientos eran distribuidos por distritos. En cada una de las seis zonas la policía, la gendarmería y las tropas se colocaban bajo el mando de jefes y oficiales del Estado Mayor. La Caballería cosaca quedaba a las órdenes directas del propio Tebenikin para las operaciones de más monta. El desarrollo de la represión en orden al tiempo había de ajustarse a las siguientes normas: primero entraría en acción solamente la policía; luego saldrían a escena los cosacos con sus látigos, y sólo en caso de efectiva necesidad se echaría mano de las tropas, armadas con fusiles y ametralladoras. Y este plan, en el que se ponían a contribución, desarrollándolas, las experiencias de 1905, fue en efecto el que de hecho se ejecutó en las jornadas de febrero. La falla no estaba precisamente en la imprevisión ni en los defectos del plan trazado, sino en el material humano que había de ponerlo en acción. Aquí radicaba el gran peligro de que fallara el golpe.

Formalmente, el plan se apoyaba en toda la guarnición, que contaba con 150.000 soldados; pero en realidad sólo podía contar con unos 10.000. Aparte de la fuerza de policía, cuyo contingente era de 3.500 hombres, el gobierno confiaba firmemente en los alumnos de las escuelas militares. Esto se explica por el carácter de la guarnición petersburguesa de aquel entonces, compuesta casi exclusivamente por tropas de reserva, principalmente por los catorce batallones de reserva de los regimientos de la Guardia que se hallaban en el frente. Formaban parte, además, de la guarnición un regimiento de Infantería, un batallón de motociclistas y una división de la reserva y de automóviles blindados, fuerzas poco considerables de zapadores y de artilleros y dos batallones de cosacos del Don. Esto era mucho, demasiado acaso. Las tropas de reserva estaban integradas por una masa humana a la que no se había podido modelar apenas por la propaganda patriótica o que se había emancipado de ella. En realidad, era éste el estado en que se encontraba casi todo el ejército.

Jabalov se atuvo estrictamente a su plan. El primer día, el 23, sólo entró en acción la policía. el 24 salió a la calle principalmente la Caballería, pero sin emplear más que el látigo y la lanza. La Infantería y las armas de fuego se reservaron hasta ver el giro que tomaban las cosas. Éstas no se hicieron esperar.

El 25 la huelga cobró aún más incremento. Según los datos del gobierno, este día tomaron parte en ella 240.000 obreros. Los elementos más atrasados forman detrás de la vanguardia; ya secundan la huelga un número considerable de pequeñas empresas; se paran los tranvías, cierran los establecimientos comerciales. En el transcurso de este día se adhieren a la huelga los estudiantes universitarios. A mediodía afluyen a la catedral de Kazán y a las calles adyacentes millares de personas. Intentan organizarse mítines en las calles, se producen choques armados con la policía. Desde el monumento a Alejandro III dirigen la palabra al público los oradores. La policía montada abre el fuego. Un orador es herido. como consecuencia de los disparos que parten de la multitud, resulta muerto un comisario de la policía y heridos el jefe superior y algunos agentes. De la muchedumbre se arrojan a los gendarmes botellas, petardos y granadas de mano. La guerra había enseñado el arte de construirlas. Los soldados adoptan una actitud pasiva y a veces hostil a la policía; por entre la multitud corre con emoción la noticia de que cuando los policías empezaban a disparar cerca de la estatua de Alejandro III, los cosacos dispararon contra los "faraones montados" -así llamaba el pueblo a los guardias-, viéndose éstos obligados a retirarse. Por lo visto, no se trataba de una leyenda echada a rodar para infundir ánimos, porque la noticia se confirma, aunque en versiones diversas, por diferentes conductos.

El obrero bolchevique Kajurov, uno de los auténticos caudillos de estas jornadas, cuenta que en uno de los puntos de la ciudad, cuando los manifestantes, corridos a latigazos por la policía montada, se dispersaban pasando por junto a un destacamento de cosacos, Kajurov, seguido de algunos obreros que no habían imitado a los fugitivos, se acercaron a los cosacos y, quitándose las gorras, les dijeron: "Hermanos cosacos: Ayudad a los obreros en la lucha por sus demandas pacíficas: ya veis cómo nos tratan los "faraones" a nosotros, los obreros hambrientos. ¡Ayudadnos!" Aquel tono conscientemente humilde, aquellas gorras en las manos, ¡qué cálculo sicológico más sutil, qué inimitable gesto! Toda la historia de las luchas en las calles y de las victorias revolucionarias está llena de semejantes improvisaciones. Pero estos episodios desaparecen sin dejar huella en el torbellino de los grandes acontecimientos, y a los historiadores no les quedan más que las cáscaras de los lugares comunes. "Los cosacos -prosigue Kujarov- se miraron unos a otros de un modo extraño, y apenas habíamos tenido tiempo de retirarnos cuando se lanzaron a la pelea." Minutos después, la multitud jubilosa alzaba en hombros, cerca de la estación, al cosaco que delante de sus ojos había derribado de un sablazo a un agente de policía. La policía no tardó en desaparecer completamente del mapa; es decir, se ocultó y empezó a maniobrar por debajo de cuerda. Vienen los soldados a ocupar su puesto; fusil al brazo. Los obreros les interrogan, inquietos: "¿Es posible, compañeros, que vengáis en ayuda de los gendarmes?" Como contestación, un grosero" ¡Sigue tu camino!" Una nueva tentativa de aproximación termina del mismo modo. Los soldados están sombríos; un gusano les roe por dentro y se irritan cuando la pregunta da en el clavo de sus propias inquietudes.

Entretanto, el desarme de los "faraones" se convierte en la divisa general. los gendarmes son el enemigo cruel, irreconciliable, odiado. No hay ni que pensar en ganarlos para la causa. No hay más remedio que azotarlos o matarlos. El ejército ya es otra cosa. La multitud rehuye con todas sus fuerzas los choques hostiles con ellos, busca el modo de ganarlo, de persuadirlo, de fundirlo con el pueblo. A pesar de los rumores favorables, acaso un poco exagerados, relativos a la conducta de los cosacos, la multitud sigue guardando una actitud circunspecta ante la Caballería. El soldado de Caballería se eleva por encima de la multitud, y su espíritu se halla separado del huelguista por las cuatro patas de la bestia. Una figura a la que hay que mirar de abajo arriba se representa siempre más amenazadora y terrible. La infantería está allí mismo, al lado, en el arroyo, más cercana y accesible. La masa se esfuerza en aproximarse a ella, en mirarle a los ojos, en envolverla con su aliento inflamado. La mujer obrera representa un gran papel en el acercamiento entre los obreros y los soldados. Más audazmente que el hombre, penetra en las filas de los soldados, coge con sus manos los fusiles, implora, casi ordena: "Desviad las bayonetas y venid con nosotros." Los soldados se conmueven, se avergüenzan, se miran inquietos, vacilan; uno de ellos se decide: las bayonetas desaparecen, las filas se abren, estremece el aire un hurra entusiasta y agradecido; los soldados se ven rodeados de gente que discute, increpa e incita: la revolución ha dado otro paso hacia adelante.

Desde el Cuartel general, Nicolás II da a Jabalov la orden telegráfica de que acabe con los disturbios "mañana sin falta". La orden del zar coincide con la fase siguiente del "plan" del general; el telegrama imperial no sirvió más que de impulso complementario. Maña tendrán la palabra las tropas. ¿No será ya tarde? Por ahora, no se podía decir. La cuestión estaba planteada, pero no resuelta, ni mucho menos. La benignidad de los cosacos, las vacilaciones que se percibían en algunas de las tropas de Infantería no eran más que episodios más o menos significativos, repetidos por mil ecos en la calle. Episodios que bastaban para enardecer a la multitud revolucionaria, pero que eran insuficientes para decidir el triunfo, tanto más cuanto que los había también de carácter hostil. Por la tarde de aquel mismo día, en el Gostini Dvor, un pelotón de dragones, como respuesta, según la versión oficial, a unos disparos de revólver que salieron de la multitud, abrió por primera vez el fuego contra los manifestantes; según el informe enviado por Jabalov al Cuartel general, resultaron tres muertos y diez heridos. ¡Seria advertencia! Al mismo tiempo, Jabalov amenazaba con mandar al frente a todos los obreros reclamados como reclutas si el 28 no reanudaban el trabajo. El general presentaba a las masas obreras un ultimátum de tres días; es decir, daba a la revolución un plazo mayor del que ésta necesitaba para derribar a Jabalov, y a la monarquía con él. Pero estas cosas sólo se saben después del triunfo. El 25 por la tarde nadie sabía aún lo que traería dentro el día siguiente.

Intentemos representarnos con más claridad la lógica interna del movimiento. El 23 de febrero se inicia, bajo la bandera del "Día de la Mujer", la insurrección de las masas obreras de Petrogrado, latente desde hacía mucho tiempo y desde hacía mucho tiempo también contenida. El primer peldaño de la insurrección es la huelga. A lo largo de tres días, ésta va ganando terreno y se convierte de hecho en general. No hacía falta más para infundir confianza a las masas e impulsarlas a seguir. La huelga, que va tomando cada vez más decididamente carácter ofensivo, se combina con manifestaciones callejeras, que ponen en contacto a la masa revolucionaria con las tropas. Esto impulsa al objetivo del movimiento, en su conjunto, hacia un plano más elevado, donde el pleito se dirime por la fuerza de las armas. Los primeros días se señalan por una serie de éxitos parciales, aunque de carácter más sintomático que efectivo.

Un alzamiento revolucionario que dure varios días sólo se puede imponer y triunfar con tal de elevarse progresivamente de peldaño en peldaño, registrando todos los días nuevos éxitos. Una tregua en el desarrollo de los éxitos es peligrosa. Si el movimiento se detiene y patina, puede ser el fracaso. Pero tampoco los éxitos de por sí bastan; es menester que la masa se entere de ellos a su debido tiempo y aprecie antes de que sea tarde su importancia para no dejar pasar de largo el triunfo en momentos en que le bastaría alargar la mano para cogerle. En la historia se han dado casos de éstos.

Durante los tres primeros días, la lucha fue exacerbándose constantemente. Pero esto hizo precisamente que las cosas alcanzasen un nivel en que los éxitos sintomáticos ya no bastaban. Toda la masa activa se había echado a la calle. Con la policía liquidó eficazmente y sin grandes dificultades. En los últimos dos días hubieron de intervenir ya las tropas: en el segundo fue sólo la Caballería; al tercero, la Infantería también. Las tropas dispersaban a la gente o la contenían, manifestando a veces una condescendencia evidente y sin recurrir casi nunca a las armas de fuego. En las alturas no se apresuraban a modificar el plan represivo, en parte porque no daban a los acontecimientos toda la importancia que tenían -el error de visión de la reacción completaba simétricamente el de los caudillos revolucionarios-, y en parte porque no estaban seguros de las tropas. Al tercer día, constreñido por la fuerza de las cosas y por la de la orden telegráfica del zar, el gobierno no tiene más remedio, quiéralo o no, que echar mano de las tropas ya de una manera decidida. Los obreros lo comprendieron así, sobre todo los elementos más avanzados, tanto más cuanto que la víspera los dragones habían disparado sobre las masas. Ahora la cuestión se planteaba en toda su magnitud ante ambas partes.

En la noche del 26 de febrero fueron detenidas, en distintas partes de la ciudad, cerca de cien personas pertenecientes a las organizaciones revolucionarias, entre ellas cinco miembros del Comité bolchevique de Petrogrado. Esto daba a entender que el gobierno pasaba a la ofensiva. ¿Qué sucederá hoy? ¿Con qué temple se despertarán los obreros después de las descargas de ayer? Y, sobre todo, ¿cuál será la actitud de las tropas? El 26 de febrero amanece entre nieblas de incertidumbre y de inquietud.

Detenido el comité local, la dirección de todo el trabajo en la capital pasa a manos de la barriada de Viborg. Tal vez sea mejor así. La alta dirección del partido se retrasa desesperadamente. Hasta el día 25 por la mañana, la oficina del Comité central de los bolcheviques no se decidió a lanzar una hoja llamando a la huelga general en todo el país. En el momento de salir a la calle este manifiesto, si es que efectivamente salió, la huelga general de Petrogrado se apoyaba ya totalmente en el alzamiento armado. Los dirigentes observan desde lo alto, vacilan y se quedan atrás, es decir, no dirigen, sino que van a rastras del movimiento.

Cuanto más nos acercamos a las fábricas, mayor es la decisión. Sin embargo, hoy, día 26, también en los barrios obreros reina la inquietud. Hambrientos, cansados, ateridos de frío, con una inmensa responsabilidad histórica sobre sus hombros, los militantes del barrio de Viborg se reúnen en las afueras para cambiar impresiones acerca de la jornada y señalar de común acuerdo la ruta que se ha de seguir. Pero, ¿qué hacer? ¿Organizar una nueva manifestación? ¿Qué resultado puede dar una manifestación sin armas, si el gobierno ha decidido jugarse el todo por el todo? Esta pregunta tortura las conciencias. "Todo parecía indicar como la única conclusión posible que la insurrección se estaba liquidando." Es la conocida voz de Kajurov la que nos habla, y a lo primero nos resistimos a creer que esta voz sea la suya. Tan bajo descendía el barómetro momentos antes de la tormenta.

En las horas en que la vacilación se adueñaba hasta de los revolucionarios que estaban más cerca de las masas, el movimiento había ido ya bastante más lejos en rigor de lo que se imaginaban los propios combatientes. Ya la víspera, al atardecer del 25 de febrero, el barrio de Viborg se hallaba por entero en manos de los rebeldes. Los comisarios de policía fueron saqueados, destruidos y algunos de los jefes de policía, muertos, aunque la mayoría había desaparecido. El general-gobernador había perdido el contacto con una parte enorme de la capital. El 26 por la mañana se puso de manifiesto que, además de la barriada de Viborg, se hallaban en poder de los revolucionarios el barrio de Peski, hasta muy cerca de la avenida de Liteini. Por lo menos, así pintaban la situación los informes de la policía. Y en cierto sentido era verdad, si bien es dudoso que los revolucionarios se dieran perfecta cuenta de ello. Indudablemente, en muchos casos los gendarmes abandonaban sus guaridas antes de verse amenazados por los obreros. Aparte de esto, el hecho de que los gendarmes evacuaran los barrios fabriles, no podía tener una importancia decisiva a los ojos de los obreros, y se comprende, pues las tropas no habían dicho aún su última palabra. La insurrección "se está liquidando", pensaban los más decididos, cuando, en realidad, no hacía más que desarrollarse.

El 26 de febrero era domingo y las fábricas no trabajaban, lo cual impedía medir desde por la mañana la intensidad de presión de las masas por la intensidad de la huelga. Además, los obreros veíanse privados de la posibilidad de reunirse en las fábricas, como lo habían hecho en los días anteriores, y esto dificultaba la organización de manifestaciones. En la Nevski reinaba por la mañana la tranquilidad. "En la ciudad todo está tranquilo", telegrafiaba la zarina al zar. Pero la tranquilidad no había de durar mucho. Los obreros van concentrándose poco a poco y se dirigen al centro desde todos los suburbios. No les dejan pasar por los puentes, pero atraviesan sobre el hielo; no hay que olvidar que estamos todavía en febrero, época en que el Neva está completamente helado. Los disparos hechos sobre la multitud que atraviesa el río no bastan para contenerla. La ciudad se ha transformado. Por todas partes circulan patrullas, piquetes de Caballería, por dondequiera se ven barreras de soldados. Las tropas vigilan sobre todos los caminos que conducen a la avenida Nevski. Suenan disparos que no se sabe de dónde salen. Aumenta el número de muertos y heridos. Corren en distintas direcciones los coches de las ambulancias sanitarias. No siempre se puede precisar quién dispara ni de dónde parten los tiros. Es indudable que los gendarmes, a quienes se ha dado una severa lección, han decidido no ofrecer más blanco y disparan desde las ventanas, a través de los postigos de los balcones, ocultándose detrás de las columnas, desde las azoteas. Se lanzan conjeturas que se convierten fácilmente en leyendas. Se corre que, para intimidar a los manifestantes, muchos soldados se han puesto capotes de gendarmes. Se dice que Protopopov ha mandado colocar numerosos puestos de ametralladoras en las azoteas de las casas. La comisión nombrada después de la revolución no pudo probar la existencia de estos puestos. Pero esto no quiere decir que no los hubiera. El hecho es que en esta jornada los gendarmes quedan relegados a segundo término. Ahora intervienen decisivamente las tropas, a quienes se da la orden de disparar, y los soldados, sobre todo los regimientos de las escuelas de suboficiales, disparan. Según los datos oficiales, en esta jornada los muertos llegaron a 40, contándose otros tantos heridos, sin incluir los que fueron retirados por la multitud. La lucha entra en su fase decisiva. ¿Se replegarán las masas ametralladas sobre sus suburbios? No; no se replegarán, pues quieren conseguir lo que les pertenece.

El Petersburgo burgués, burocrático, liberal, está asustado. El presidente de la Duma imperial, Rodzianko, exige que se envíen del frente tropas de confianza; luego "lo pensó mejor" y recomendó al ministro de la Guerra, Beliaiev, que dispersara a la multitud no con descargas, sino con mangas de riego, poniendo en acción al Cuerpo de bomberos. Beliaiev, después de consultar la cosa con el general Jabatov, contestó que el agua produciría resultados contraproducentes, "pues el agua lo que hace es excitar". Véase cómo los elementos dirigentes liberalburocráticos policiacos se entretenían en debates acerca de la ducha fría y caliente para el pueblo insurreccionado. Los informes policiacos de este día demuestran que el agua no bastaba: "Durante los disturbios se observaba como fenómeno general la actitud extremadamente provocativa de los revoltosos frente a la fuerza pública, contra la cual la multitud arrojaba piedras y pedazos de hielo. Cuando las tropas hacían disparos al aire, la multitud no sólo no se dispersaba, sino que acogía las descargas con risas. Fue necesario disparar de veras para disolver los grupos, pero los revoltosos, en su mayoría, se escondían en los patios de las casas vecinas, y cuando cesaban las descargas salían otra vez a la calle." Este informe policiaco atestigua la temperatura extraordinariamente alta de las masas en aquellos días. Es poco verosímil, sin embargo, que la multitud empezase por propia iniciativa a bombardear a las tropas con piedras y pedazos de hielo; esto contradice demasiado la sicología de los rebeldes y su táctica de prudencia con respecto a las tropas. El informe, atento a justificar las matanzas en masa, no describe las cosas tal y como sucedieron en la realidad. Pero el hecho fundamental está expresado con bastante exactitud y perfecta claridad: la masa no quiere ya retroceder, resiste con furor optimista, no abandona el campo ni aun después de las descargas y se agarra no a la vida, sino a las piedras, al hielo. La multitud exasperada demuestra una intrepidez loca. Esto se explica por el hecho de que, a pesar de las descargas, no pierde la confianza en las tropas. Tiene fe en el triunfo y quiere obtenerlo a toda costa.

La presión de los obreros sobre las tropas se intensifica conforme aumenta la presión sobre ella por las autoridades. La guarnición de Petrogrado se ve decididamente arrastrada por los acontecimientos. La fase de expectativa, que se mantuvo casi tres días y durante la cual el principal contingente de la guarnición puedo conservar una actitud de amistosa neutralidad ante los revolucionarios, tocaba a su fin: "¡Dispara sobre el enemigo!", ordena la monarquía. "¡No dispares contra tus hermanos y hermanas!", gritan los obreros y las obreras. Y no sólo esto, sino: "¡Únete a nosotros!" En las calles y en las plazas, en los puentes y en las puertas de los cuarteles, se desarrollaba una pugna ininterrumpida, a veces dramática y a veces imperceptible, pero siempre desesperada, en torno al alma del soldado. En esta pugna, en estos agudos contactos entre los obreros y obreras y los soldados, bajo el crepitar ininterrumpido de los fusiles y de las ametralladoras, se decidía el destino del poder, de la guerra y del país.

El ametrallamiento de los manifestantes acentúa la sensación de inseguridad en las filas de los dirigentes. Las proporciones que toma el movimiento empiezan a parecer peligrosas. En la reunión celebrada por el Comité de Viborg el día 26 por la tarde, es decir, doce horas antes de decidirse el triunfo, llegó a hablarse de sí no era venido el momento de aconsejar que se pusiese fin a la huelga. Esto podrá parecer sorprendente, pero no tiene nada de particular, pues en estos casos es mucho más fácil reconocer la victoria al día siguiente que la víspera. Además, el estado de ánimo sufre constantes alteraciones bajo la presión de los acontecimientos y de las noticias. Al decaimiento sucede rápidamente una exaltación de espíritu. De la valentía de un Kajurov o de un Chugurin no puede dudarse, pero en algunos momentos se sienten cohibidos por el sentimiento de responsabilidad para con las masas. Entre los obreros de filas hay menos vacilaciones. El agente de la Ocrana, Churkanov, que estaba bien informado, y que desempeñó un gran papel en la organización bolchevique, se expresa en los términos siguientes, en los informes que cursa a sus jefes, hablando del estado de ánimo de los obreros: "Comoquiera que las tropas no oponían obstáculo alguno a la multitud y en algunos casos se han convencido de su impunidad, y ahora, cuando, después de haber circulado sin obstáculos por las calles, los elementos revolucionarios han lanzado los gritos de "¡Abajo la guerra!" y "¡Abajo la autocracia!", el pueblo tiene la certeza de que ha empezado la revolución, de que el triunfo de las masas está asegurado, de que la autoridad es impotente para aplastar el movimiento, puesto que las tropas están a su lado; de que el triunfo decisivo está próximo, ya que aquéllas se pondrán abiertamente, de un momento a otro, al lado de las fuerzas revolucionarias: de que el movimiento iniciado no irá a menos, sino que, lejos de eso, crecerá ininterrumpidamente, hasta lograr el triunfo completo e imponer el cambio de régimen." Este resumen es notable por su concisión y elocuencia. El informe representa de por sí un documento histórico de gran valor, lo cual no obsta, naturalmente, para que los obreros triunfantes fusilen a su autor en cuanto lo cogen.

Los confidentes, cuyo número era enorme, sobre todo en Petrogrado, eran los que más temían el triunfo de la revolución. Estos elementos mantienen su política propia: en las reuniones bolcheviques, Churkanov sostiene la necesidad de emprender las acciones más radicales; en sus informes a la Ocrana, aconseja el empleo decidido de las armas. Es posible que Churkanov, persiguiendo este objetivo, tendiera incluso a exagerar la confianza de los obreros en el triunfo. Pero en lo esencial sus informes reflejaban la verdad, y pronto los acontecimientos vinieron a confirmar su apreciación.

Los dirigentes de ambos campos vacilaban y conjeturaban, pues nadie podía medir a priori la proporción de fuerzas. Los signos exteriores perdieron definitivamente su valor de criterios de medida: no hay que olvidar que uno de los rasgos principales de toda crisis revolucionaria consiste precisamente en la aguda contradicción entre la nueva conciencia y los viejos moldes de las relaciones sociales. La nueva correlación de fuerzas anidaba misteriosamente en la conciencia de los obreros y soldados. Pero precisamente el tránsito del gobierno a la ofensiva de las masas revolucionarias hizo que la nueva correlación de fuerzas pasara de su estado potencial a un estado real. El obrero miraba ávida e imperiosamente a los ojos del soldado, y éste rehuía, intranquilo e inseguro, su mirada: esto significaba que el soldado no respondía ya de sí. El obrero se acercaba a él valerosamente. El soldado, sombría, pero no hostilmente, más bien sintiéndose culpable, guardaba silencio, y, a veces, contestaba con una serenidad forzada para ocultar los latidos inquietos de su corazón. Está operándose en él una gran transformación. El soldado se libraba a todas luces del espíritu cuartelero sin que él mismo se diera cuenta de ello. Los jefes decían que el soldado estaba embriagado por la revolución; al soldado le parecía, por el contrario, que iba volviendo en sí de los efectos del opio del cuartel. Y así se iba preparando el día decisivo, el 27 de febrero.

Sin embargo, ya la víspera tuvo lugar un hecho que, a pesar de su carácter episódico, proyecta vivísima luz sobre los acontecimientos del 26 de febrero: al atardecer se sublevó la cuarta compañía del regimiento imperial de Pavlovski. En el informe dado por el inspector de policía se indica de un modo categórico la causa de la sublevación: "La indignación producida por el hecho de que un destacamento de alumnos del mismo regimiento, apostado en la Nevski, disparara contra la multitud." ¿Quién informó de esto a la cuarta compañía? Por una verdadera casualidad, se han conservado datos acerca de esto. Cerca de las dos de la tarde acudió a los cuarteles del citado regimiento un grupo de obreros, que dieron cuenta atropelladamente a los soldados de las descargas de la Nevski. "Decid a los compañeros que los soldados del Pavlovski disparan también contra nosotros. Los hemos visto en la Nevski con vuestro uniforme." Era un reproche cruel y un llamamiento inflamado. "Todos estaban desconcertados y pálidos." La semilla cayó en tierra fértil. Hacia las seis de la tarde, la cuarta compañía abandonó, por iniciativa propia, el cuartel bajo el mando de un suboficial -¿quién era? Su nombre ha desaparecido, sin dejar huella, entre tantos otros cientos y miles de nombre heroicos- y se dirigió a la Nevski para retirar a los soldados que habían disparado. No estamos ante una sublevación de soldados provocada por el rancho, sino ante un acto de alta iniciativa revolucionaria. Durante el trayecto. la compañía tuvo una escaramuza con un escuadrón de gendarmes, contra el cual disparó, matando a un agente e hiriendo a otro. Desde aquí, ya no es posible seguir el rastro de la intervención de los soldados insurrectos en el torbellino de las calles. La compañía regresó al cuartel y puso en pie a todo el regimiento. Pero las armas habían sido escondidas; sin embargo, según algunos informes, los soldados lograron apoderarse de treinta fusiles. No tardaron en verse cercados por tropas del regimiento de Preobrajenski; diecinueve soldados fueron detenidos y encerrados en la fortaleza, los restantes se rindieron. Según otros informes, esa noche faltaron del cuartel veintiún soldados con fusiles. ¡Peligrosa escapada! Esos veintiún soldados buscarán durante toda la noche aliados y defensores. Sólo el triunfo de la revolución puede salvarlos. Seguramente que los obreros se enterarían por ellos de lo sucedido. Buen presagio para los combates del día siguiente. Nabokov, uno de los jefes liberales más destacados, cuyas verídicas Memorias parecen algunos pasajes el diario de su partido y de su clase, regresó a su casa a la una de la noche, a pie, por las calles oscuras e intranquilas, "alarmado y lleno de sombríos presentimientos". Es posible que, en una de las encrucijadas, tropezara con un soldado fugitivo, y que, tanto el uno como el otro, se apresuraran a irse cada cual por su lado, puesto que nada tenían que decirse. En los barrios obreros y en los cuarteles, unos vigilaban o discutían la situación, otros dormían con el sueño ligero del vivac y presentían, en un delirio febril, el día de mañana, y allí entre los obreros, el soldado fugitivo halló refugio.

¡Qué pobreza la de las crónicas de las acciones de Febrero, aun comparada con los escasos documentos que poseemos de las jornadas de Octubre! En octubre, los revolucionarios actuaban capitaneados día tras día por el partido; en los artículos, manifiestos y actas del mismo aparece consignado, aunque no sea más que el curso externo de la lucha. No así en febrero. Las masas no están sometidas casi a ninguna dirección organizada. Los periódicos, con su personal en huelga, permanecieron mudos. Las masas hacían su historia, sin poder pararse a escribirla. Es casi imposible restablecer el cuadro vivo de los acontecimientos que se desarrollaron por aquellos días en las calles. Gracias que podamos reconstituir las líneas generales de su desarrollo exterior y esbozar sus leyes internas.

El gobierno, que aún no se había dejado arrebatar el aparato del poder, seguía los acontecimientos peor incluso que los partidos de izquierda, que, como sabemos, distaban mucho de estar a la altura de las circunstancias. Después de las "eficaces" descargas del 26, los ministros por un momento se tranquilizaron. En la madrugada del 27, Protopopov anunció que, según los informes recibidos, "una parte de los obreros se proponen reanudar el trabajo". Los obreros no pensaban, ni por asomo, en reintegrarse a las fábricas. Las descargas y los fracasos de la víspera no han descorazonado a las masas. ¿Cómo se explica esto? Evidentemente, los factores negativos se han convertido en positivos. Las masas invaden las calles, establecen contacto con el enemigo, ponen amistosamente la mano en la espalda de los soldados, se deslizan por entre las patas de los caballos, atacan, se dispersan, dejan cadáveres tendidos en las bocacalles; de vez en cuando, se apoderan de armas, transmiten noticias, recogen rumores y se convierten en un ser colectivo dotado de innumerables ojos, oídos y tentáculos. Cuando por la noche, después de la lucha, vuelven a sus casas, a los barrios obreros, las masas hacen el resumen de las impresiones del día, y, dejando a un lado lo secundario y accidental, sacan de ellas las conclusiones correspondientes. En la noche del 26 al 27 estas conclusiones fueron, sobre poco más o menos, las notificadas a sus superiores por el confidente Churkanov.

Por la mañana del día siguiente los obreros afluyen nuevamente a las fábricas y, en asambleas generales, deciden proseguir la lucha. Se siguen destacando por su decisión, como siempre, los trabajadores de Viborg. También en los demás barrios transcurren en medio del mayor entusiasmo los mítines matinales. ¡Proseguir la lucha! Pero, ¿qué significa esto, hoy? La huelga general ha derivado en manifestaciones revolucionarias de masas inmensas, y las manifestaciones se han traducido en choques con las tropas. Seguir la lucha hoy equivale a proclamar el alzamiento armado. Pero este llamamiento no lo ha lanzado nadie, no ha sido puesto a la orden del día por el partido revolucionario: es una consecuencia inexorable de los propios acontecimientos.

El arte de conducir revolucionariamente a las masas en los momentos críticos consiste, en nueve décimas partes, en saber pulsar el estado de ánimo de las propias masas, y así como Kajurov observaba las guiñadas de los cosacos, la gran fuerza de Lenin consistía en su inseparable capacidad para tomar el pulso a la masa y saber cómo sentía. Pero Lenin no estaba aún en Petrogrado. Los estados mayores "socialistas" públicos y semipúblicos, los Kerenski, los Cheidse, los Skobelev y cuantos los rodeaban, preferían hacer amonestaciones de toda índole y resistir al movimiento. El estado mayor central bolchevista, compuesto por Schliapnikov, Zalutski y Mólotov, reveló en aquellos días una impotencia y una falta de iniciativa asombrosas. De hecho, las barriadas obreras y los cuarteles estaban abandonados a sí mismos. Hasta el día 26 no apareció el primer manifiesto a los soldados, lanzado por una de las organizaciones socialdemócratas, afín a los bolcheviques. Este manifiesto, que tenía un carácter muy indeciso y ni siquiera hacía un llamamiento a los soldados para que se pusieran al lado del pueblo, empezó a repartirse por todos los barrios el día 27 por la mañana. "Sin embargo -atestigua Fureniev, uno de los directivos de la organización-, los acontecimientos revolucionarios se desarrollaban con tal rapidez, que nuestras consignas llegaban ya con retraso. En el momento en que las hojas llegaban a manos de los soldados, éstos entraban ya en acción."

Por lo que al centro bolchevique se refiere, conviene advertir que, hasta el día 27 por la mañana, Schliapnikov no se decidió a escribir, a instancias de Chugurin, uno de los mejores caudillos obreros de las jornadas de febrero, un manifiesto dirigido a los soldados. ¿Fue impreso ese manifiesto? En todo caso, vería la luz cuando su eficacia era ya nula. En modo alguno pudo tener influencia sobre los sucesos del día 27. No hay más remedio que dejar sentado que, por regla general, en aquellos días los dirigentes, cuanto más altos estaban, más a la zaga de las cosas iban.

Y, sin embargo, el alzamiento, a quien nadie llamaba por su nombre, estaba a la orden del día. Los obreros tenían concentrados todos sus pensamientos en las tropas. ¿Será posible que no logremos moverlas? Hoy, la agitación dispersa ya no basta. Los obreros de Viborg organizan un mitin en el cuartel del regimiento de Moscú. La empresa fracasa. A un oficial o a un sargento no le es difícil manejar una ametralladora. Un fuego graneado pone en fuga a los obreros. La misma tentativa se efectúa también sin éxito en el cuartel del regimiento de reserva. Entre los obreros y los soldados se interponen los oficiales apuntando con la ametralladora. Los caudillos obreros y los soldados, exasperados, buscan armas, se las piden al partido; éste les contesta: las armas las tienen los soldados, id a buscarlas allí. Esto ya lo saben ellos. Pero, ¿cómo conseguirlas? ¿No se echará todo a perder? Así, la lucha iba llegando a su punto crítico. O la ametralladora barre la insurrección, o la insurrección se apodera de la ametralladora. En sus Memorias, Schliapnikov, figura central en la organización bolchevique petersburguesa de aquel entonces, cuenta que cuando los obreros reclamaban armas, aunque no fuera más que revólveres, les contestaban con una negativa, mandándolos a los cuarteles. De este modo querían evitar choques sangrientos entre los obreros y los soldados, cifrando todas las esperanzas en la agitación, es decir, en la conquista de los soldados por la palabra y el ejemplo. No conocemos testimonios que confirmen o refuten esta declaración de uno de los caudillos preeminentes de aquellos días, y que más bien acredita miopía que clarividencia. Mucho más sencillo hubiera sido reconocer que los dirigentes no disponían de armas.

Es indudable que, al llegar a una determinada fase, el destino de toda revolución se resuelve por el cambio operado en la moral del ejército. Las masas populares inermes, o poco menos, no podrían arrancar el triunfo si hubiesen de luchar contra una fuerza militar numerosa, disciplinada, bien armada y diestramente dirigida. Pero toda profunda crisis nacional repercute, por fuerza, en grado mayor o menor, en el ejército; de este modo, a la par con las condiciones de una revolución realmente popular, se prepara asimismo la posibilidad -no la garantía, naturalmente- de su triunfo. Sin embargo, el ejército no se pasa nunca al lado de los revolucionarios por propio impulso, ni por obra de la agitación exclusivamente. El ejército es un conglomerado, y sus elementos antagónicos están atados por el terror de la disciplina. Aun en vísperas de la hora decisiva, los soldados revolucionarios ignoran la fuerza que representan y su posible influencia en la lucha. También son un conglomerado, naturalmente, las masas populares. Pero éstas tienen posibilidades incomparablemente mayores de someter a prueba la homogeneidad de sus filas en el proceso de preparación de la batalla decisiva. Las huelgas, los mítines, las manifestaciones, tienen tanto de actos de lucha como de medios para medir la intensidad de la misma. No toda la masa participa en el movimiento de huelga. No todos los huelguistas están dispuestos a dar la batalla. En los momentos más agudos, se echan a la calle los más decididos. Los vacilantes, los cansados, los conservadores, se quedan en casa. Aquí, la selección revolucionaria se efectúa orgánicamente, haciendo pasar a los hombres por el tamiz de los acontecimientos. En el ejército, las cosas no ocurren del mismo modo. Los soldados revolucionarios, los simpatizantes, los vacilantes, los hostiles, permanecen ligados por una disciplina impuesta, cuyos hilos se hallan concentrados, hasta el último momento, en manos de la oficialidad. En los cuarteles sigue pasándose revista diariamente a los soldados y se les cuenta, como siempre, por orden de las filas "primera y segunda"; pero no, pues sería imposible, por orden de filas "revoltosas" y "adictas".

El momento psicológico en que los soldados se pasan a la revolución se halla preparado por un largo proceso molecular, el cual tiene, como los procesos naturales, su punto crítico. Pero, ¿cómo determinarlo? Cabe muy bien que las tropas estén perfectamente preparadas para unirse al pueblo, pero que no reciban el necesario impulso del exterior: los dirigentes revolucionarios no creen aún en la posibilidad de traer a su lado al ejército, y dejan pasar el momento del triunfo. Después de esta insurrección, que ha llegado a la madurez, pero que se ha malogrado, puede producirse en las tropas una reacción; los soldados pierden la esperanza que había alimentado su espíritu. Tienden nuevamente el cuello al yugo y a la disciplina y, al verse otra vez frente a los obreros, se manifiestan ya contra los sublevados, sobre todo a distancia. En este proceso entran muchos factores difícilmente ponderables, muchos puntos convergentes, numerosos elementos de sugestión colectiva y de autosugestión; pero de toda esa compleja trama de fuerzas materiales y psíquicas se deduce, con claridad inexorable, una conclusión: los soldados, en su gran mayoría, se siente tanto más capaces de desenvainar sus bayonetas y de ponerse con ellas al lado del pueblo, cuanto más persuadidos están de que los sublevados lo son efectivamente, de que no se trata de un simple simulacro, después del cual habrán de volver al cuartel y responder de los hechos, de que es efectivamente la lucha en que se juega el todo por el todo, de que el pueblo puede triunfar si se unen a él y de que su triunfo no sólo garantizará la impunidad, sino que mejorará la situación de todos. En otros términos, los revolucionarios sólo pueden provocar el cambio de moral de los soldados en el caso de que estén realmente dispuestos a conseguir el triunfo a cualquier precio, e incluso al precio de su sangre. Pero esta decisión suprema no puede ni quiere nunca aparecer inerme.

La hora crítica del contacto entre la masa que ataca y los soldados que le salen al paso tiene su minuto crítico: es cuando la masa gris no se ha dispersado aún, se mantiene firme y el oficial, jugándose la última carta, da la orden de fuego. Los gritos de la multitud, las exclamaciones de horror y las amenazas ahogan la voz de mando, pero sólo a medias. los fusiles se mueve. La multitud avanza. El oficial encañona con su revólver al soldado más sospechoso. Ha sonado el segundo decisivo del minuto decisivo. El soldado más valeroso, en quien tiene fijas sus miradas todos los demás, cae exánime; un suboficial dispara sobre la multitud con el fusil arrebatado al soldado muerto, se cierra la barrera de las tropas; los fusiles se disparan solos, barriendo la multitud hacia los callejones y los patios de las casas. Pero, ¡cuántas veces, desde 1905, las cosas pasaban de otro modo! En el instante crítico, cuando el oficial se dispone a apretar el gatillo, surge el disparo hecho desde la multitud, que tiene sus Kajurovs y sus Chugurins, y esto basta para decidir no sólo la suerte de aquel momento, sino tal vez el de toda la jornada y aun el de toda la insurrección.

El fin que se proponía Schliapnikov: evitar los choques de los obreros con las tropas no dando armas a los revoltosos, era irrealizable. Antes de que se llegara a los choques con las tropas tuvieron lugar innumerables encuentros con los gendarmes. La lucha en las calles se inició con el desarme de los odiados "faraones", cuyos revólveres pasaban a las manos de los revolucionarios. En sí mismo, el revólver es un arma débil, casi de juguete, contra los fusiles, las ametralladoras y los cañones del enemigo. Pero, ¿estaban éstos realmente en sus manos? Para comprobarlo, los obreros exigían armas. Es ésta una cuestión que se resuelve en el terreno psicológico. Pero tampoco en las insurrecciones los procesos psicológicos son fácilmente separables de los materiales. El camino que conduce al fusil del soldado pasa por el revólver arrebatado al "faraón".

La crisis psicológica por que atravesaban los soldados era, en aquellos momentos, menos activa, pero no menos profunda que la de los obreros. Recordemos nuevamente que la guarnición estaba formada principalmente por batallones compuestos de muchos miles de reservistas destinados a cubrir las bajas de los regimientos que se hallaban en el frente. Estos hombres, padres de familia en su mayoría, veíanse ante el trance de ir a las trincheras cuando la guerra estaba ya perdida y el país arruinado. Estos hombres no querían la guerra, anhelaban volver a sus casas, restituirse a sus quehaceres; sabían muy bien lo que pasaba en palacio y no sentían el menor afecto por la monarquía; no querían combatir contra los alemanes, y menos aún contra los obreros petersburgueses; odiaban a la clase dirigente de la capital, que se entregaba a los placeres durante la guerra; además, entre ellos había obreros con un pasado revolucionario que sabían dar una expresión concreta a este estado de espíritu.

La misión consistía en encauzar este descontento profundo, pero latente aún, de los soldados, hacia la acción revolucionaria, franca y abierta o, por lo menos, en un principio, hacia la neutralidad. El tercer día de lucha, los soldados perdieron definitivamente la posibilidad de mantenerse en una posición de benévola neutralidad ante la insurrección. Hasta nosotros llegaron únicamente reminiscencias secundarias de lo sucedido en aquellas dos horas, por lo que al contacto entre los obreros y los soldados se refiere. Hemos visto cómo la víspera los obreros fueron a quejarse amargamente ante los soldados del regimiento de Pavlovski, y la conducta de un destacamento de alumnos. Escenas, conversaciones, reproches y llamamientos análogos ocurrían en todos los ámbitos de la ciudad. Los soldados no podían seguir vacilantes. Ayer les habían obligado a disparar. Hoy volverían a obligarles a lo mismo. Los obreros no se rinden, no retroceden, quieren conseguir lo que les pertenece, aunque sea bajo una lluvia de plomo, y con ellos están las obreras, las esposas, las madres, las hermanas, las novias. ¿No es ésta, acaso, la hora aquella de que tan a menudo se hablaba, cuchicheando, en los rincones?: "Y si nos uniéramos todos?" Y en el momento de las torturas supremas, del miedo insuperable ante el día que se avecina, henchidos de odio contra aquellos que les imponen el papel de verdugos, resuenan en el cuartel las primeras voces de indignación manifiesta, y en estas voces anónimas todo el cuartel se ve retratado, aliviado y exaltado a sí mismo. Así amaneció sobre Rusia el día del derrumbamiento de la monarquía de los Romanov.

En la reunión celebrada por la mañana en casa del incansable Kajurov, a la cual acudieron hasta cuarenta representantes de las fábricas, la mayoría se pronunció por llevar adelante el movimiento. La mayoría, pero no todos. Es lástima que no se conserve testimonio de la proporción de votos. Pero no eran aquéllos momentos de actas. Por lo demás, el acuerdo llegó con retraso: la Asamblea se vio interrumpida por la noticia fascinadora de la sublevación de los soldados y de que habían sido abiertas las puertas de las cárceles. "Churkanov besó a todos los presentes." Fue el beso de Judas, pero éste no precedía, por ventura, a una crucifixión.

Desde la mañana se fueron sublevando, uno tras otro, al ser sacados de los cuarteles, los batallones de reserva de la Guardia, continuando el movimiento que en la víspera había iniciado la cuarta compañía del regimiento de Pavlovski. Este grandioso acontecimiento de la historia humana sólo ha dejado una huella pálida y tenue en los documentos, crónicas y Memorias. Las masas oprimidas, aun cuando se leven hasta las cimas mismas de la creación histórica, cuentan poco de sí mismas y aún se acuerdan menos de consignar sus recuerdos por escrito. Y la exaltación del triunfo esfuma luego el trabajo de la memoria. Conformémonos con lo que hay.

Los primeros que se sublevaron fueron los soldados del regimiento de Volinski. Ya a las siete de la mañana, el comandante del batallón llamó a Jabalov por teléfono, para comunicarle la terrible noticia, el destacamento de alumnos, esto es, las fuerzas que se creían más adictas y se destinaban a sofocar el movimiento, se habían negado a salir; el jefe había sido muerto o se había suicidado antes los soldados: sin embargo, esta segunda versión fue abandonada en seguida. Quemando los puentes tras de sí, los soldados de Volinski se esforzaron en ampliar la base de la sublevación, que era lo único que podía salvarles. Con este fin se dirigieron a los cuarteles de los regimientos de Lituania y Preobrajenski, situados en las inmediaciones, "llevándose" a los soldados, del mismo modo que los huelguistas sacan a los obreros de las fábricas. Poco después, Jabalov recibía la noticia de que los soldados del regimiento de Volinski no sólo no entregaban los fusiles, como había ordenado el general, sino que, unidos a los soldados de los regimientos de Preobrajenski y de Lituania, y lo que era aún más terrible, "unidos a los obreros", habían destruido el cuartel de la división de gendarmes. Esto atestigua que la experiencia por que habían pasado el día antes los soldados del regimiento de Pavlovski no había sido estéril: los sublevados habían encontrado caudillos y, al mismo tiempo, un plan de acción.

En las primeras horas de la mañana del día 27, los obreros se imaginaban la consecución de los fines de la insurrección mucho más lejana de lo que estaba en realidad. Para decirlo más exactamente, sólo veían la consecución de estos fines como una remota perspectiva, cuando en sus nueve décimas partes se hallaban ya alcanzados. La presión revolucionaria de los obreros sobre los cuarteles coincidió con el movimiento revolucionario de los soldados en las calles. En el transcurso del día, estas dos poderosas avalanchas se unen formando un todo, para arrastrar, primero el tejado, después los muros y luego los cimientos del viejo edificio. Chugurin fue uno de los primeros que se presentó en el local de los bolcheviques con un fusil en la mano y la espalda cruzada por una cartuchera, "sucio, pero radiante y triunfal". ¡La cosa no era para menos! ¡Los soldados se pasan a nuestro lado con las armas en la mano! En algunos sitios, los obreros han conseguido unirse a los soldados, penetrar en los cuarteles, obtener fusiles y cartuchos. Los obreros de Viborg, y con ellos la parte más decidida de los soldados, han esbozado el plan de acción: apoderarse de las comisarías de policía, en las cuales se han concentrado los gendarmes armados, desarmar a todos los jefes de policía; liberar a los obreros detenidos y a los presos políticos encerrados en las cárceles; destruir los destacamentos gubernamentales de la ciudad, unirse a los soldados que no se han sublevado aún y a los obreros de las demás barriadas.

El regimiento de Moscú se adhirió a la insurrección, no sin luchas intestinas. Es sorprendente que estas luchas fueran tan poco considerables en otros regimientos. Los elementos monárquicos, impotentes, quedaban separados de la masa, se escondían por los rincones o se apresuraban a cambiar de casaca. "A las dos de la tarde -recuerda el obrero Koroliev-, al salir el regimiento de Moscú, nos armamos... Cogimos cada uno un revólver y un fusil, nos unimos a un grupo de soldados que se nos acercó (algunos de ellos rogaron que les mandáramos y les indicáramos que tenían que hacer), y nos dirigimos a la calle Tichvinskaya, para abrir el fuego contra la comisaría de policía." Véase, pues, cómo los obreros indicaban a los soldados lo que tenían que hacer, sin un instante de vacilación.

Una tras otra, llegaba jubilosas noticias de victoria. ¡Los revolucionarios estaban en posesión de automóviles blindados! Con las banderas rojas desplegadas, estos autos sembraban el pánico entre los que aún no se habían sometido. Ahora ya no era necesario deslizarse por entre las patas de los caballos de los cosacos. La revolución está en pie en toda su magnitud.

Hacia el mediodía, Petrogrado vuelve a convertirse en un campo de operaciones: por todas partes se oyen disparos de fusilería y ametralladoras. No siempre es posible concretar quién dispara contra quién. Lo único que puede afirmarse es que se tirotean el pasado y el futuro. Es frecuente también el tiroteo sin objetivo: se disparaba, sencillamente, con los revólveres adquiridos inesperadamente. Ha sido saqueado el arsenal. "Se dice que se han repartido algunas decenas de miles de Brownings." De la Audiencia y de las comisarías de policía incendiadas se elevan al cielo columnas de humo. En algunos puntos, las escaramuzas y los tiroteos se convierten en verdaderas batallas. En la perspectiva Sampsonovski, los obreros se acercan a las barracas ocupadas por los motociclistas, una parte de los cuales se agrupa en las puertas. "¿Qué hacéis aquí parados, compañeros?" Los soldados sonríen, "con una sonrisa que no promete nada bueno", atestigua uno de los beligerantes, y permanecen callados. Los oficiales ordenan groseramente a los obreros que sigan su camino. Los motociclistas, lo mismo que los soldados de Caballería, fueron durante las revoluciones de Febrero y de Octubre los cuerpos más conservadores de todo el ejército. Pronto se agrupan ante la verja un tropel de obreros y soldados revolucionarios. ¡Hay que sacar de ahí al batallón sospechoso! Alguien comunica que ha sido pedido un automóvil blindado; de otro modo, es poco probable que se pueda sacar de su guarida a los motociclistas, que se han artillado apostando ametralladoras. Pero la masa no sabe esperar: se muestra impaciente e intranquila, y en su impaciencia tiene razón. Suenan los primeros tiros disparados por ambas partes, pero la valla de tablas que separa a lo soldados de la revolución, estorba. Los atacantes deciden destruirla. Un trozo es derribado, al resto le pegan fuego, Aparecen las barracas, que son cerca de una veintena. Los motociclistas se concentran en dos o tres. Las otras son inmediatamente incendiadas. Seis años después Kajurov registra el recuerdo: "Las barracas ardiendo y la valla que las rodeaba derribada, el fuego de las ametralladoras y los fusiles, los rostros agitados de los sitiadores, el camión lleno de revolucionarios armados que se acerca a toda marcha, y finalmente, el automóvil blindado que llega, con sus bruñidos cañones, ofrecían un espectáculo magnífico e inolvidable." La vieja Rusia zarista, eclesiástico-policíaca, se consumía en el incendio de las barracas y las vallas, desaparecía entre el fuego y el humo, ahogándose en el tiroteo de las ametralladoras. ¿Cómo no habían de exaltarse los Kajurov, las decenas, los centenares, los miles de Kajurovs? El automóvil hizo algunos disparos de cañón contra la barraca en que se habían refugiado los oficiales y los motociclistas. El comandante de los sitiados resultó muerto; los oficiales, quitándose las charreteras y los emblemas, se fugaron por huertas adyacentes; los demás se rindieron. Fue probablemente la refriega más importante de la jornada.

Entretanto la sublevación militar tomaba un carácter epidémico. Las únicas que no la secundaban eran ya las fuerzas que no habían tenido tiempo de hacerlo. Al atardecer se sumaron al movimiento los soldados del regimiento de Semenov, famoso por la salvaje represión del alzamiento de Moscú, en 1905. ¡Los once años pasados desde entonces no habían pasado en vano! Los soldados del regimiento de Semenov, unidos a los cazadores, sacaron a la calle, ya entrada la noche, a los del regimiento de Ismail, a quienes los jefes mantenían encerrados en los cuarteles: este regimiento, que cercó y detuvo el 3 de diciembre de 1905 al primer soviet de Petrogrado, seguía siendo considerado como uno de los más reaccionarios. La guarnición del zar en la capital, que contaba con ciento cincuenta mil soldados, se iba fundiendo, derritiéndose, desaparecía por momentos. Por la noche, ya no existía.

Después de las noticias recibidas por la mañana acerca de la sublevación de los regimientos, Jabalov todavía intenta resistir, mandando contra los sublevados un destacamento formado por elementos diversos, de cerca de mil hombres, con las instrucciones más draconianas. Pero la suerte de este destacamento toma un giro misterioso. "En estos días sucede algo incomprensible -cuenta después de la revolución el incomparable Jabalov-, el destacamento avanza con oficiales valientes y decididos a la cabeza -alude al coronel Kutepov-; pero...¡sin resultado alguno!" Las compañías mandadas tras ese destacamento desaparecen también sin dejar huella. El general empieza a formar reservas en la plaza de Palacio, pero "faltaban cartuchos y no había de dónde sacarlos." Entresacamos todo esto de las declaraciones de Jabalov ante la Comisión investigadora del gobierno provisional. Pero ¿dónde fueron a parar, en fin de cuentas, los destacamentos destinados a sofocar la insurrección? No es difícil adivinarlo: se vieron inmediatamente absorbidos por esta última. Los obreros, las mujeres, los muchachos, los soldados sublevados, rodeaban a los destacamentos de Jabalov por todos lados, considerándolos como suyos o esforzándose por conquistarlos, y no les daban la posibilidad de moverse como no fuera uniéndose a la inmensa multitud. Luchar con esta masa que se había adherido a los soldados, que ya no temía nada, que era inagotable, que se metía en todas partes, era tan imposible como batirse en medio de una masa de levadura.

Simultáneamente con las continuas informaciones relativas a las sublevaciones de nuevos regimientos, llegaban demandas de tropas de confianza para reprimir la insurrección, para guardar la central telefónica, el palacio de Lituania, el palacio de Marinski y otros sitios aún más sagrados, Jabalov pidió por teléfono que se mandaran tropas de confianza de Kronstadt, pero el comandante contestó que el mismo temía por la seguridad de la fortaleza. Jabalov ignoraba todavía que la sublevación se había extendido a las guarniciones vecinas. El general intentó o simuló intentar convertir el Palacio de Invierno en reducto, pero el plan hubo de abandonarse en seguida por irrealizable, y el último puñado de tropas "adictas" pasó al Almirantazgo. Allí, el dictador se preocupó, finalmente, de realizar la cosa más importante e inaplazable: imprimir, para ser publicado, los dos últimos decretos del gobierno, sobre la dimisión de Protopopov por "motivos de salud" y sobre la declaración del estado de sitio en Petrogrado. Este último decreto corría, en efecto, mucha prisa, pues pocas horas después, el ejército de Jabalov levantaba "el sitio" de Petrogrado y huía del Almirantazgo para refugiarse en sus casas. Sólo por desconocimiento de la realidad la revolución no detuvo el día 27 por la noche a aquel general dotado de atribuciones terribles, pero que ya no tenía nada de terrible. Se hizo al día siguiente, sin ninguna dificultad.

¿Pero es posible que sea ésta toda la resistencia que ofrezca la terrible Rusia zarista ante el peligro mortal? Sí, casi todo, a pesar de la gran experiencia acumulada en lo que a las represiones contra el pueblo se refería, y a pesar de los planes de represión, tan concienzudamente elaborados. Más tarde, los monárquicos, al volver en sí, explicaron la facilidad de la victoria del pueblo en Febrero, por el carácter especial de la guarnición de Petrogrado. Pero todo el curso ulterior de la revolución desmiente este razonamiento. Es verdad que, ya a principios del año fatal, la camarilla sugería al zar la conveniencia de renovar la guarnición de la capital. El zar se dejó convencer sin trabajo de que la caballería de la Guardia, que era considerada como muy adicta, había "permanecido bastante tiempo en el fuego" y merecía que se le diese descanso en sus cuarteles de Petrogrado. Sin embargo, accediendo a respetuosas indicaciones del frente, el zar sustituyó a los cuatro regimientos de la caballería de la Guardia por tres dotaciones de Marina de la Guardia. Según la versión de Protopopov, la sustitución se llevó a cabo sin el consentimiento del zar, con una intención pérfida por parte del mando. "Los marineros son, en su mayoría, obreros, y representan el elemento más revolucionario del ejército." Pero esto es un absurdo evidente. Lo que ocurrió era, sencillamente, que la alta oficialidad de la Guardia, sobre todo la de caballería, hacía una carrera demasiado brillante en el frente para que tuviera ningún deseo de retornar al interior. Además, tenía que pensar, no sin miedo, en las funciones represivas que se les asignaba a la cabeza de regimientos que en el frente habían sufrido una completa transformación. Como no tardaron en demostrar los acontecimientos del frente, la Guardia montada no se distinguía ya, en aquel entonces, del resto de la Caballería, y los marinos de la Guardia trasladados a la capital no desempeñaron ningún papel activo en la revolución de Febrero. La verdadera causa estribaba en que la trama toda del régimen estaba podrida y no tenía ni un solo hilo sano...

En el transcurso del día 27 fueron puestos en libertad por la multitud, sin que hubiera ninguna víctima, los detenidos políticos de las numerosas cárceles de la capital, entre ellos el grupo patriótico del Comité industrial de guerra, detenido el 26 de enero, y los miembros del Comité petersburgués de los bolcheviques, encarcelados por Jabalov cuarenta horas antes. A las mismas puertas de la cárcel se dividen los caminos políticos: los patriotas mencheviques se dirigen hacia la Duma, donde se reparten los papeles y los cargos; los bolcheviques se van a las barriadas, al encuentro de los obreros y los soldados, a fin de dar cima con ellos a la conquista de la capital. No se puede dejar respiro al enemigo. Las revoluciones exigen, más que ninguna otra cosa, remate y coronación.

No se puede precisar quién sugirió la idea de conducir al palacio de Táurida a los regimientos sublevados. Esta ruta política era una consecuencia lógica de la situación. Todos los elementos radicales no incorporados a las masas sentíanse, naturalmente, atraídos hacia este palacio, en que se concentraban todos los informes de la oposición. Es muy verosímil que precisamente estos elementos, que sintieron súbitamente el día 27 la afluencia de fuerzas vitales, desempeñasen el papel de guías de la Guardia sublevada. Este papel era honroso y ya casi no ofrecía peligro alguno. El palacio de Potemkin, por su situación, era el más apropiado para servir de centro a la revolución. El jardín de Táurida sólo estaba separado por una calle de la población militar, en que se hallaban los cuarteles de la Guardia y una serie de instituciones militares. Durante muchos años, esta parte de la ciudad había sido considerada, tanto por el gobierno como por los revolucionarios, como el reducto militar de la monarquía. Y lo era efectivamente. Pero todo había cambiado. La sublevación militar surgió, precisamente, de este sector. Los sublevados no tenían más que atravesar la calle para llegar al jardín del palacio de Táurida, separado del Neva solamente por una manzana de casas. Del otro lado del Neva se extiende la barriada de Viborg, caldera de vapor de la revolución. Los obreros no tienen más que cruzar el puente de Alejandro, y , si éste ha sido levantado, por el río helado, para ir a parar a los cuarteles de la Guardia o al palacio de Táurida. He aquí cómo este triángulo heterogéneo y contradictorio por su origen, situado en el noroeste de Petersburgo: la Guardia, el palacio de Potemkin y las fábricas gigantescas, se convierte en la plaza de armas de la revolución.

En el edificio del palacio de Táurida surgen o empiezan a dibujarse ya los distintos centros, entre ellos el estado mayor de la insurrección. No se puede decir que éste tuviera un carácter muy serio. Los oficiales "revolucionarios", esto es, los oficiales relacionados por su pasado con la revolución, aunque no fuera más que por equívoco, pero que habían dejado pasar la insurrección, se apresuran después de la victoria a recordar su existencia, o, respondiendo al llamamiento directo de los demás, se ponen "al servicio de la revolución". Estos elementos examinan pedantescamente la situación y menean la cabeza con gesto pesimista. Claro está, dicen, que esa masa de soldados en fermentación, muchas veces desarmados, no tiene capacidad combativa alguna. No hay ni artillería, ni ametralladoras, ni jefes. El enemigo tendría bastante con un buen regimiento sólido. Ahora, es verdad que los regimientos revolucionarios impiden toda operación sistemática en las calles. Pero, por la noche, los obreros se irán a sus casas, el habitante neutral se acostará, la ciudad quedará desierta. Si Jabalov se presenta en los cuarteles con un regimiento de confianza, puede hacerse dueño de la situación. Con esta misma idea nos hemos de encontrar luego, con distintas variantes, a través de las varias etapas de la revolución. "Dadme un regimiento de confianza, dirán más de una vez los bravos coroneles, y en un cerrar y abrir de ojos barro yo toda esa porquería." Algunos, como veremos, lo intentarán, pero todos tendrán que repetir las palabras de Jabalov: "El destacamento ha salido con un bravo oficial a la cabeza, pero... ¡sin resultado alguno!"

No podía ser de otro modo. Los policías y los gendarmes, y con ellos los destacamentos de alumnos de algunos regimientos, constituían una fuerza suficientemente firme, pero resultaron de una insignificancia lamentable ante la presión de las masas: como resultarán impotentes, ocho meses después, los batallones de Georgui y, en octubre, los alumnos de las escuelas militares. ¿De dónde iba a sacar la monarquía ese regimiento salvador dispuesto a entablar una lucha incesante y desesperada con una ciudad de dos millones de habitantes? La revolución les parece indefensa a los coroneles, verbalmente decididos, porque es aún terriblemente caótica: por dondequiera, movimientos sin objetivo, torrentes confluentes, torbellinos humanos, figuras asombradas, capotes desabrochados, estudiantes que gesticulan, soldados sin fusiles, fusiles sin soldados, muchachos que disparan al aire, clamor de millares de voces, torbellino de rumores desenfrenados, falsas alarmas, alegrías infundadas; parece que bastaría entrar sable en mano en ese caos para destruirlo todo sin dejar rastro. Pero es un torpe error de visión. El caos no es más que aparente. Bajo este caos se está operando una irresistible cristalización de las masas en un nuevo sentido. Estas muchedumbres innumerables no han determinado aún para sí, con suficiente claridad, lo que quieren; pero están impregnadas de un odio ardiente por lo que ya no quieren. A sus espaldas se ha producido un derrumbamiento histórico irreparable ya. No hay modo de volver atrás. Aun en el caso de que hubiera quien pudiese dispersarlos, una hora después se agruparían de nuevo y el segundo ataque sería más feroz y sangriento. En las jornadas de Febrero, la atmósfera de Petrogrado se torna tan incandescente, que cada regimiento hostil que cae en esa poderosa hoguera o que sólo se acerca a ella y respira su ardiente aliento, se transforma, pierde la confianza en sí mismo, se siente paralizado y se entrega sin lucha a merced del vencedor. De esto se convencerá mañana el general Ivanov, mandado por el zar desde el frente con el batallón de los Caballeros de Giorgui. Cinco meses después correrá la misma suerte el general Kornílov, y, ocho meses más tarde, Kerenski.

Durante los días anteriores, los cosacos parecían, en las calles, los más influenciables; era así porque se les traía muy ajetreados. Pero cuando el movimiento tomó el carácter de insurrección franca, la Caballería justificó, una vez más, su reputación conservadora. El 27 conservaba aún la apariencia de neutralidad expectante. Jabalov no confiaba ya en ella, pero la revolución aún la temía.

Seguía siendo un enigma la fortaleza de Pedro y Pablo, situada en el islote bañado por el Neva, frente al palacio de Invierno y los de los grandes duques. La guarnición se hallaba, o parecía hallarse, más protegida detrás de sus muros de las influencias del mundo circundante. En la fortaleza no había artillería permanente, a no ser el viejo cañón que anunciaba a los petersburgueses el medio día. Pero hoy se han colocado en los muros cañones de campaña enfilados sobre el puente. ¿Qué se prepara allí? En el estado mayor del palacio de Táurida, por la noche, la gente se quiebra la cabeza pensando qué hacer con Pedro y Pablo, y en la fortaleza se hallan torturados por la cuestión de saber lo que la revolución hará con ellos. Por la mañana se descifra el enigma: la fortaleza se rinde al palacio de Táurida "a condición de que se respete la seguridad personal de la oficialidad." Orientándose en la situación, lo cual no era muy difícil, los oficiales de la fortaleza se apresuran a prevenir la marcha inevitable de los acontecimientos.

El 27, por la tarde, afluyen al palacio de Táurida soldados, obreros, estudiantes, simples ciudadanos, todos los cuales confían hallar aquí a los que lo saben todo y recibir informaciones e instrucciones. De distintos puntos de la ciudad llegan al palacio verdaderas gavillas de armas, que son amontonadas en una de las habitaciones, convertida en arsenal. Por la noche, el estado mayor revolucionario emprende el trabajo, manda fuerzas para vigilar las estaciones y patrullas a todos aquellos sitios de que se puede temer algún peligro. Los soldados cumplen las órdenes del nuevo poder de buena gana y sin rechistar, aunque de un modo extraordinariamente desordenado. Lo único que exigen cada vez es la orden escrita: probablemente, la iniciativa parte de lo que queda de mando en los regimientos o de los escribientes militares. Pero tienen razón: es preciso introducir inmediatamente un orden en aquel caos. El estado mayor revolucionario, lo mismo que el soviet que acaba de surgir, no disponen aún de ningún sello. La revolución tiene que preocuparse de establecer un orden burocrático. Andando el tiempo, ha de hacerlo, ¡ay!, con exceso.

La revolución empieza la búsqueda de enemigos; por toda la ciudad se efectúan detenciones; "detenciones arbitrarias" dirán en tono de censura los liberales. Pero toda revolución es arbitraria. En el palacio de Táurida hay un desfilar constante de detenidos: el presidente del Consejo de Estado, ministros, guardias de Seguridad, agentes de la Ocrana, una marquesa "germanófila". Verdaderas nidadas de oficiales de gendarmería. Algunos altos funcionarios, tales como Protopopov, se presentan ellos mismos y se constituyen prisioneros: con ello, piensan salir ganando. Las paredes de la sala, que conservaban todavía el eco del absolutismo, no escuchan ahora más que suspiros y sollozos -relatará, más tarde, una marquesa puesta en libertad-. Un general detenido se deja caer exhausto en una silla, a su lado. Algunos miembros de la Duma le ofrecen amablemente una taza de té. Conmovido hasta el fondo del alma, el general dice con agitación: "Marquesa, ¡asistimos a la ruina de un gran país!"

El gran país, que no se disponía a morir, pasaba por delante de aquellos ex-hombres sin hacer caso de ellos, golpeando el suelo con las botas y las culatas de los fusiles, haciendo vibrar el aire con sus gritos y dando pisotones a todo lo que encontraban a su paso. La revolución se ha distinguido siempre por su falta de urbanidad: seguramente, porque las clases dominantes no se han preocupado a su tiempo de enseñar buenas maneras al pueblo.

El palacio de Táurida se convierte en el cuartel general, en el centro gubernamental, en el arsenal, en la cárcel de una revolución que no se ha secado aún la sangre de las manos ni el sudor de la frente. En este torbellino penetran también los enemigos audaces. Se descubre casualmente a un coronel de gendarmes, disfrazado, que toma sus notas en un rincón, no para la historia, sino para los consejos sumarísimos. Los soldados y los obreros quieren matarlo en el acto. Pero los hombres del "estado mayor" intervienen y libran fácilmente al gendarme de las garras de la multitud. En aquel entonces, la revolución era aún bondadosa, generosa y crédula. Sólo será implacable después de una prolongada serie de traiciones, engaños y pruebas sangrientas.

La primera noche de la revolución victoriosa está llena de inquietudes. Los comisarios improvisados de las estaciones y de otros puntos, intelectuales en su mayoría, ligados con la revolución por sus relaciones personales -los suboficiales, sobre todo los de origen obrero, eran incomparablemente más útiles-, empiezan a ponerse nerviosos, acechan peligros por dondequiera, comunican su nerviosidad a los soldados y telefonean constantemente al palacio de Táurida exigiendo refuerzos. Allí también están agitados; telefonean, manda refuerzos que casi nunca llegan a su destino. "Los que reciben órdenes -cuenta uno de los miembros del estado mayor nocturno-, no las cumplen, los que obran, lo hacen sin haber recibido orden alguna..."

También obran sin órdenes las barriadas proletarias. Los caudillos revolucionarios que habían sacado a los obreros de las fábricas, que se habían apoderado de las comisarías, que habían echado a los regimientos a la calle y destruido los refugios de la contrarrevolución, no se apresuran a ir al palacio de Táurida, al estado mayor, a los centros dirigentes; al revés, apuntan hacia aquel sitio con ironía e incredulidad: "Esos valientes se apresuran a repartirse la piel del oso que no han matado y aún colea." Los obreros bolcheviques y los mejores elementos obreros de los demás partidos de izquierda se pasan el día en las calles y las noches en los estados mayores de barriada, mantienen el contacto con el cuartel, preparan el día de mañana. En la primera noche del triunfo prosiguen y desarrollan la labor realizada en el transcurso de las cinco jornadas. Son la columna vertebral de la revolución en sus comienzos.

El día 27, Nabokov, miembro, a quien ya conocemos, del centro de los kadetes, que era en ese momento un desertor legalizado en el Estado Mayor general, se fue, como de costumbre, a la oficina y permaneció en ella hasta las tres sin enterarse de nada. Al atardecer, sonaron disparos en la Morskaya -Nabokov los oyó desde su domicilio-; corrían los automóviles blindados; soldados y marinos, aislados, se arrimaban a las paredes-; el honorable liberal los observaba desde las ventanas. "El teléfono seguía funcionando, y me acuerdo de que mis amigos me comunicaron lo sucedido durante el día. Nos acostamos a la hora de costumbre." Este hombre será pronto uno de los inspiradores del gobierno revolucionario (!) provisional, y su gerente. Al día siguiente, por la mañana, se le acercará en la calle un anciano desconocido, un oficinista cualquiera o acaso un maestro de escuela y, quitándose el sombrero, le dirá: "Muchas gracias por todo lo que han hecho ustedes por el pueblo." El propio Nabokov nos lo cuenta con modesto orgullo.

1929-1932

https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1932/histrev/tomo1/cap_07.htm





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