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Debates feministas
Intersección, articulación: el álgebra feminista
12/09/2017 | Jonathan Martineau

Dos importantes innovaciones teóricas han marcado recientemente el feminismo marxista a escala internacional. Por una parte, la renovación del feminismo de la reproducción social. Por la otra, el redescubrimiento por parte de las feministas antirracistas de la metodología socio-histórica de E. P. Thompson, según la cual la experiencia colectiva es la unidad de todos los momentos de la vida social. Jonathan Martineau toma estos conceptos para profundizar en la idea de una teoría feminista unitaria. Contra toda tentativa de cosificar las opresiones, de separar patriarcado y capitalismo en sistemas distintos o de subestimar la importancia de la cuestión racial, Martineau muestra que es posible pensar una teoría feminista donde el capitalismo produce diferenciaciones tanto de género como de raza.

Agradecemos a Jonathan Martineau y a los amigos de Période por su amabilidad y la autorización para la publicación íntegra de la presente traducción. (marxismocrítico.com)


Este artículo pretende presentar algunas innovaciones y reflexiones teóricas aparecidas en lengua inglesa que han intentado repensar las categorías marxistas respecto a la cuestión de la raza y la problemática de las relaciones de género. Los trabajos de autoras anglófonas asociadas a las teorías de la interseccionalidad han sido ampliamente debatidos en el mundo francófono. En cambio, no han recibido la misma atención ciertas autoras que han abordado las cuestiones de la opresión de género y el racismo en continuidad con la teoría marxista al margen de las teorías de la interseccionalidad. La mayoría de ellas no han sido traducidas al francés. Parece pertinente trazar los contornos de dichas contribuciones, con el objetivo de promover el diálogo con las corrientes feministas materialistas francófonas, que si bien han continuado innovando notablemente en el plano teórico, lo han hecho en menor medida en relación con la herencia teórica marxista. Más concretamente, este texto tiene por objetivo presentar las contribuciones de las sociólogas Lise Vogel y Himani Bannerji, así como los elementos del contexto intelectual en el que han intervenido. Estas autoras han preparado el terreno para una apertura del marxismo a las problemáticas de género y de raza. La escuela de la teoría de la reproducción social, que a su vez goza de un impulso importante en los últimos 10 a 15 años especialmente en Canadá, se ha hecho eco de estos trabajos. Para precisar sus propuestas y sus puntos de apoyo teóricos, se propone un breve repaso sobre la articulación de la cuestión de la opresión de género en la teoría marxista.

Cuatro ejes estructuran el presente texto: (1) Examinar los elementos clave de la relación entre el marxismo y la opresión de las mujeres a partir de ciertas relecturas de Marx y Engels sobre el género y la familia propuestas por las autoras feministas contemporáneas, en este caso Sheila Rowbotham y Heather Brown. Estas lecturas subrayan herramientas teóricas pertinentes en Marx y Engels para pensar la opresión de género, así como sus límites más importantes. (2) Revisar las coordenadas centrales del debate sobre el trabajo doméstico que estructuraron el diálogo entre marxismo y feminismo durante los años 1970. Este debate representa un fértil campo teórico de articulación entre la crítica marxista y la teoría feminista sobre el que Vogel y el pensamiento marxista feminista subsecuente han extraído varias propuestas teóricas centrales (haremos hincapié en el debate en lengua inglesa). Posteriormente, trataremos de examinar dos contribuciones teóricas que dan muestra de la aproximación del enfoque marxista a las cuestiones de género y raza en el campo de la sociología anglófona contemporánea. (3) Por una parte, la contribución de Lise Vogel, que revisita el debate sobre el trabajo doméstico y propone una teorización de la articulación entre el capitalismo y la opresión de la mujer en consonancia con los aportes recientes de la escuela de la teoría de la reproducción social, especialmente los realizados en Canadá los últimos 15 años. (4) Por otra parte, el aporte de Himani Bannerji, que integra en el enfoque marxista feminista un análisis de los procesos racializados (processus racisés) y del imperialismo.

1 – Lecturas feministas de Marx y Engels sobre el género y la familia. La articulación género-clase

En los últimos años se ha producido un notable resurgimiento de los estudios sobre el lugar que la cuestión de género ocupa en la obra de Marx (Gimenez 2001; Klotz 2006; Leeb 2007). Dicho resurgimiento se encuentra, como señala Heather Brown, en un contexto de crisis del capitalismo en su fase neoliberal y de exacerbación de las formas de opresión de género, juntamente con el fracaso del feminismo postestructuralista en producir un feminismo verdaderamente anticapitalista (Brown 2012, p. 3-4) 1/. Es cierto que no existe una teorización directa de la cuestión de género en la obra de Marx, sin embargo, se pueden encontrar alusiones, comentarios y pistas teóricas importantes. Las relecturas contemporáneas de la articulación entre género y clase en el marxismo clásico se han abordado por dos vías. Por un lado, tenemos la cuestión de la subordinación del género a la clase tanto en el plano teórico como político en la historia del marxismo. Así lo han revelado hasta ahora las lecturas feministas de Marx y Engels, como la de Rowbotham (2014/1973). La reciente contribución de Heather Brown (2012), exhaustiva gracias al acceso que ha tenido a escritos inéditos de Marx, matizaría esta afirmación respecto a la obra del alemán. Por otro lado, como ha sugerido Vogel (2013), el problema de la articulación género-clase en el plano político podría relacionarse con la tensión existente entre los enfoques teóricos duales y unitarios, tensión que se remonta hasta los mismos escritos de Marx y Engels.

La lectura de Rowbotham sitúa a Marx y Engels en su contexto histórico. En el plano político, señala el desarrollo del movimiento sindical y del feminismo burgués como dos aspectos importantes que sustentan su problematización del género y la familia. Al mismo tiempo, éste es el contexto de la articulación de la liberación de la mujer, principalmente en la tradición del socialismo utópico. Marx y Engels, según Rowbotham, contribuyeron ampliamente a superar la retórica romántica. Más allá de la reformulación que hiciera Marx de la afirmación de Fourier, según la cual el grado de emancipación de la mujer es un índice del desarrollo histórico de la sociedad 2/, Rowbotham apunta que la premisa de la filosofía marxista respecto a la relación histórica particular entre ser humano y naturaleza afecta la relación misma historizando, por tanto, la naturaleza. Ello implica que las relaciones sociales entre hombres y mujeres son una cuestión histórica que debería tratarse como tal 3/.

El contexto socioeconómico de Marx y Engels está marcado por el ascenso del capitalismo industrial que despliega una serie de efectos estructurantes y desestructurantes sobre la familia y las relaciones de género, efectos diferenciados según las situaciones de clase. Una separación opera entre hogar y producción y la familia se convierte más bien en una unidad de consumo que en una unidad productiva. Dentro de las clases medias y acomodadas el capitalismo excluye a las mujeres de las formas de propiedad burguesa y del trabajo asalariado. Marx y Engels formularon acerbas críticas.

En el seno de la clase obrera, la ascensión del capitalismo industrial significó una entrada en masa de las mujeres en el mercado de trabajo. El trabajo de las mujeres, así como el de los niños, supuso en diversos contextos industriales una respuesta a los procesos de mecanización y como forma de diferenciación del asalariado. Desde este punto de vista, el capitalismo parece apoyarse en formas patriarcales y articularlas. Rowbotham muestra al mismo tiempo como estos procesos de proletarización de las mujeres se manifiestan alrededor de nuevas relaciones de clase y de género, por ejemplo en el fenómeno de la prostitución en contextos de concentración de población obrera en determinados centros urbanos.

Rowbotham apunta que Engels (1972) va más lejos que Marx en el análisis de la esfera reproductiva. Describía la aparición del matrimonio monógamo como la “gran derrota del sexo femenino” y el establecimiento de una relación hombre-mujer bajo una forma que recordaba una oposición de clase. Engels establece un análisis dual de la producción que comprende una esfera de la producción de las necesidades de la vida -la economía- y una esfera de la producción de seres humanos -la familia-. Por tanto, la familia se concibe como una fuerza productiva con su propia economía política, exterior al mercado, una idea que permanecerá central en el pensamiento marxista feminista ulterior y que Vogel identificará como la base de los enfoques duales, como veremos más adelante. No obstante, estas esferas no evolucionan de forma aislada, la familia es vista como un microcosmos de contradicciones y oposiciones de la sociedad en su conjunto.

Engels, como Marx, pensaba que la industria moderna acabaría con lo que él llamaba la “esclavitud doméstica” de los maridos. La absorción de las mujeres en la producción económica garantizaría que el trabajo doméstico se convirtiera en un asunto público. La realidad en cambio acabaría siendo diferente: las mujeres obreras heredaron un desdoblamiento de tareas, en el trabajo y en el hogar. Las legislaciones subsecuentes destinadas a limitar el trabajo de las mujeres alimentarán una contratendencia a la disolución de la familia patriarcal y de alguna manera “re-domesticarán” el trabajo de las obreras. La fuerte tendencia a la feminización de los trabajos domésticos nutrirá todo el debate sobre el trabajo doméstico que acabará marcando el marxismo feminista de los años 1970. A pesar de que Rowbotham identifica los límites manifiestos del análisis de Engels, rehabilita la importancia de comprender las relaciones entre modo de producción y modo de reproducción desde una perspectiva histórica.

Contextualizando, podemos decir que las contribuciones de Marx y Engels son notables pero incompletas. Rowbotham subraya al respecto dos elementos cruciales de la obra de Marx y Engels que tendrán repercusiones importantes en la tradición marxista y socialista: (1) una visión de la emancipación de la mujer dependiente de la emancipación de la clase obrera y, en relación con ello, (2) la falta de consideración de la agencia de la mujer en su propia liberación 4/.

Estas cuestiones siguen siendo de actualidad para las relecturas feministas de Marx más recientes, como la de Heather Brown (2012). En la línea de Rowbotham, Brown indica la importancia de ciertas posiciones teóricas de Marx para el análisis feminista. Sobre la cuestión de la historización de la opresión de género, Brown destaca el tratamiento dialéctico de los dualismos en Marx, por ejemplo los dualismos “naturaleza-cultura” y “producción-reproducción”; situando estos dualismos como momentos de un todo social se conciben como históricos y transitorios. Este enfoque permite pensar la cuestión de género como una categoría cambiante y en constante desarrollo histórico más que como algo estático. El análisis de la división sexual del trabajo en la Ideología Alemana permite igualmente desnaturalizarla y concebirla como una construcción socio-histórica: Marx piensa que la forma social de la vida productiva tiene efectos determinantes en la forma familiar y, consecuentemente, en las relaciones de género. En sus cuadernos sobre Morgan, Lange y Maine, Marx parece comprender el género y la clase como relacionados de forma fundamental por los desarrollos históricos paralelos. Asimismo, separando los elementos patriarcales históricamente específicos de las formas más generales de la opresión de las mujeres, Marx invita, según Brown, a un análisis más afinado de las formas patriarcales específicas del capitalismo.

El análisis de Brown de los últimos cuadernos de notas de Marx la llevan a creer no obstante que la subordinación de la emancipación de las mujeres a la de la clase obrera no es necesariamente, o sistemáticamente, la posición por defecto de Marx. Al margen de la clase obrera otros grupos sociales devienen vectores importantes de agencia histórica: “Marx ha incorporado nuevos sujetos históricos en su teoría. La clase obrera, como entidad abstracta, no era el único grupo capaz de hacer la revolución. Los campesinos, y sobretodo las mujeres, se convirtieron igualmente en fuerzas del cambio en la teoría de Marx. Estos cuadernos de notas contienen algunas indicaciones, ciertamente fragmentarias, de un Marx que concibe las mujeres como sujetos del proceso histórico” (Brown 2012, p. 217). Brown prosigue con el potencial de apertura de la teoría marxista a las problemáticas de género, “existen numerosos lugares donde la teoría de la sociedad de Marx ofrece la posibilidad de incorporar las ideas feministas en el seno del marxismo y establecer una teoría unitaria de la opresión de género y de clase, sin que ninguna de las dos sea fundamentalmente privilegiada respecto a la otra” (Brown 2012, p. 218).

Independientemente de los comentarios de Brown, Rowbotham, así como la gran mayoría de las lecturas feministas de Marx, ha destacado la subordinación de la cuestión de género a la de clase. Esto se ha visto reflejado en la subordinación de la cuestión de la emancipación de la mujer a la de la clase obrera que ha recorrido la historia del marxismo y del socialismo, y una resistencia de cierto marxismo -más conservador- vis a vis con el feminismo, que se ha acabado convirtiendo en una fuente de tensiones, lo que Abigail Bakan analiza bajo el término de “disonancia epistemológica” (Bakan 2012).

Lise Vogel aborda esta cuestión de la relación entre clase y género en la historia del socialismo desde un ángulo diferente. Vogel se sitúa entre, por un lado, un enfoque dual de la articulación género-clase basado en el análisis de las imbricaciones entre relación de explotación de clase y relación de opresión de género y, por el otro, un enfoque unitario que integre la cuestión de la opresión de las mujeres dentro de la problemática de la reproducción social. El primer enfoque, que se remonta a los escritos de juventud de Marx y Engels y al famoso El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Engels, entendería la emancipación de las mujeres desde el punto de vista del logro de autonomía o independencia financiera, mientras que el segundo enfoque, el unitario, proveniente de El Capital, sugeriría una política más explícitamente anticapitalista. Desde este punto de vista, la cuestión no se limita por lo tanto a una cuestión política, de ella también se derivan diferentes posturas teóricas. La influencia histórica del texto de Engels, unida a la de Bebel, explica en parte la preponderancia de los enfoques duales en la tradición socialista, sobre todo en las corrientes reformistas. Esta perspectiva contrasta con un examen atento de los textos de madurez de Marx que sugiere más bien la profundización de un enfoque unitario de la reproducción social, del cual Vogel sigue el rastro en las obras de Lenin y Zetkin (Vogel 2013, p.137-140). De lo que se trata, según Vogel, es de formular las coordenadas teóricas de una teoría unitaria de la reproducción social: una teoría del capitalismo patriarcal.

2 – El debate sobre el trabajo doméstico de los años 1970 y el acercamiento teórico entre marxismo y feminismo

Los análisis marxistas feministas desarrollados en los años 1970 buscarán no solo comentar los escritos de Marx y Engels sobre el género y la familia, sino también revisar y ampliar las categorías marxistas para teorizar de manera innovadora la opresión de las mujeres en el “capitalismo patriarcal”. El debate sobre el trabajo doméstico ilustra bien algunos logros y seguimientos de esta literatura, delimitando una cuestión fundamental del edificio teórico del marxismo feminista: la relación entre el trabajo doméstico y la reproducción de la fuerza de trabajo.

El análisis se concentra en la forma histórica específica de los mecanismos patriarcales socio-materiales dentro del capitalismo, especialmente el trabajo doméstico asignado a las mujeres. Más allá del carácter no-mercantil y no-salarial de este trabajo bajo el capitalismo, la contribución fundacional de Margaret Benston (1969) pone el acento en la naturaleza fundamentalmente productiva del trabajo en el hogar y su imprescindibilidad para la reproducción del capitalismo dado que permite la reproducción de los trabajadores. De este modo se abre un marco analítico que permite situar la experiencia de opresión de las mujeres en relación con el modo de producción capitalista. Benston sugiere, en la misma línea, que la posición diferenciada de los hombres (productores de mercancías) y de las mujeres (productoras de valores de uso) en relación con la estructura productiva capitalista invita a una reconceptualización de la “categoría mujer” en tanto que relación de clase en el sentido tradicional marxista, un postulado este que también encontraremos en, entre otras, la obra de Ann Ferguson 5/(1979).

La continuación de este debate se articula alrededor de la cuestión de si el trabajo doméstico produce o no plusvalor 6/. Benston respondió negativamente: el trabajo doméstico produce valores de uso que no son destinados al mercado o producidos para su venta. Los productos del trabajo doméstico no son, por tanto, valores de cambio y, por consiguiente, el trabajo doméstico no produce plusvalor. Mariarosa Dalla Costa (1972) respondió, por su parte, afirmativamente: el trabajo doméstico produce plusvalor al producir la mercancía fuerza de trabajo, ella misma productora de plusvalor. Esta posición quedará relativamente marginada 7/, y Peggy Morton (1971) y Vogel (2013), entre otras, recordarán que el trabajo doméstico no es trabajo asalariado y que si bien produce fuerza de trabajo, es esta última la que es directamente explotada por el capital. Por consiguiente, el trabajo doméstico no produce plusvalor en sentido estricto. El hecho que los hombres se aprovechan del trabajo doméstico de las mujeres sigue siendo una realidad, sin embargo no se trata de una relación de explotación en sí misma capitalista. Pero que el trabajo doméstico tenga una lógica productiva propia no implica que sea pensada como una lógica exterior al capitalismo. Como indica Benston, el trabajo doméstico es un trabajo socialmente necesario en el capitalismo (1969, p. 15): produce algo tan indispensable para el capitalismo como es la fuerza de trabajo, los trabajadores. Sin la producción de fuerza de trabajo, es decir sin trabajo doméstico, no hay capital. Identifica, por tanto, una relación fundamental entre trabajo doméstico y capital, que reside en la producción de la fuerza de trabajo.

Para retomar la distinción que hace Vogel, apuntada anteriormente, la tendencia de fondo de estas contribuciones al debate teórico es la de intentar proponer un marco unitario marxista feminista de la opresión de las mujeres en el capitalismo. No obstante, al considerar las categorías marxistas ciegas al sexo, los enfoques duales pretenderán, a finales de los años 1970, analizar la opresión de las mujeres en el capitalismo como el producto de dos sistemas distintos: patriarcado y capitalismo (Molyneux 1979; Mitchell 1975; Ferguson 1979; Hartmann 1979). Mientras Juliet Mitchell anuncia la existencia, a priori separada, de un sistema ideológico patriarcal universal y transhistórico, complementado por un conjunto de relaciones histórico-materiales propias al capitalismo, intervenciones como las de Heidi Hartmann y Ann Ferguson intentarán más bien teorizar el patriarcado y el capitalismo como dos sistemas de relaciones socio-materiales distintos. El objetivo es analizar la lógica propia de cada uno de estos dos sistemas para enriquecer el análisis de las relaciones de clase capitalistas con un aparato conceptual capaz de dar cuenta del poder de los hombres sobre las mujeres.

Los partidarios del enfoque unitario pondrán sobre la mesa algunas contradicciones de los enfoques duales (ver también Ferguson y McNally 2013). Iris Young (1981) identifica dos como predominantes. En primer lugar, critica la deshistorización de la opresión de la mujer que hace Mitchell y su incapacidad de dar cuenta de la complejidad y detalle de dicha opresión. En segundo lugar, de Hartmann y Ferguson, Young lamenta que el análisis separado de las relaciones productivas en el seno de la familia y en el seno de la economía “tienda a hipostasiar en una forma universal esta división entre familia y economía específica del capitalismo” (1981, p. 48). Además, esta separación, al situar la opresión de las mujeres en el plano de la familia respecto a la cual el capitalismo le sería exterior, apenas explica fenómenos tales como la objetivización del cuerpo de la mujer en las estrategias publicitarias de las empresas capitalistas o la opresión de la mujer en el puesto de trabajo. En términos generales, podemos observar que existen incompatibilidades entre la teoría marxista -que presenta un desarrollo histórico dinámico basado en el cambio social, económico y tecnológico que implica al mismo tiempo cambios en los modos de individuación, las formas de las relaciones sociales, la cultura y la psicología de los seres humanos- y la teoría del patriarcado empleada por Mitchell -que propone una visión más bien estática y transhistórica de la naturaleza humana en el plano psicológico y cultural en el que ciertos modelos binarios masculino-femenino permanecerían constantes-. Observemos también que los enfoques duales cosifican dos formas de opresión y lo hacen en detrimento de la integración en su marco analítico de otras formas de opresión como el racismo o el heterosexismo, por ejemplo.

En lugar de una mezcolanza de teorías difícilmente compatibles consistente en añadir al final una teoría del género, pero dejando intactas las categorías marxistas en su campo de aplicación, Young reafirma la necesidad de un enfoque unitario que vuelva a pensar el marxismo mismo, en sus categorías propias, para que pueda dar cuenta de la raíz material de la opresión de las mujeres. La propia Young propone un análisis tomando como punto de apoyo la división sexual del trabajo que acentúa la diferenciación de la fuerza de trabajo en el sistema capitalista, como clave de bóveda de la marginación de la fuerza de trabajo de la mujer. Este llamamiento a una verdadera integración teórica de las relaciones de género en una teoría global de las relaciones de producción será igualmente difundido por Lise Vogel a principio de los años 1980.

3 – Lise Vogel: hacia una teoría unitaria del capitalismo patriarcal

La contribución de Vogel representa un ejercicio teórico ambicioso encaminado a conseguir una teoría unitaria del capitalismo patriarcal: la teoría de la reproducción social. Es importante situar el nivel de abstracción de la intervención de Vogel: se trata de un análisis donde los conceptos son puestos en relación a una estructura teórica y no solo un análisis empírico de las condiciones de la opresión de las mujeres en una situación dada. En su empresa, Vogel no pretende superponer una teoría del patriarcado a las categorías marxistas , se trata más bien de abrir las categorías de Marx para utilizarlas en una explicación de las bases materiales de la opresión de la mujer. Para ello, , evidentemente, hace falta abordar El Capital de manera no dogmática y crítica. También es necesario no solo entender los conceptos marxistas sino completar ciertos vacíos teóricos dejados por Marx.

Tomando las referencias del debate sobre el trabajo doméstico, Vogel revisita ese pasaje crucial de El Capital donde Marx aborda la mercancía especial sobre la cual descansa la producción de plusvalor: la fuerza de trabajo, “cuyo valor de uso poseyera la propiedad singular de ser fuente de valor” (Marx 2007, Libro 1, Tomo 1, p. 225). Además de ser fuente de valor, produce más de lo que cuesta ser producida. La fuerza de trabajo es una mercancía especial cuyo valor de uso (valor producido por el trabajo) excede sistemáticamente el valor de cambio (salario pagado). Marx sitúa el plusvalor en la diferencia cuantitativa entre el valor de uso de la fuerza de trabajo y su valor de cambio. La explotación del trabajo por el capital reside en la apropiación de este excedente, el plusvalor, por parte del capitalista. En este fragmento, Marx se entretiene con la cuestión del valor de la fuerza de trabajo. Es en ese momento, insiste Vogel, cuando hace falta preguntar lo que Marx no se preguntó: ¿cómo la fuerza de trabajo misma se produce y reproduce? Vogel acomete una redefinición de la problemática del valor de la mercancía fuerza de trabajo enfocada hacia la cuestión de su producción y reproducción. Sitúa la reproducción de la fuerza de trabajo en un lugar, la familia obrera -basada en relaciones de parentesco-, e identifica el proceso -en el capitalismo- que reproduce esta fuerza de trabajo dentro de la familia obrera: el trabajo doméstico asignado a las mujeres.

Para Vogel, la fuerza de trabajo, incluso en el capitalismo, es producida de manera no capitalista. Como decía Benston, el trabajo doméstico es productivo, pero no produce valor de cambio ni plusvalor, produce valores de uso: las atenciones y cuidados, la limpieza, la preparación de la comida, las compras, el cuidado de los niños, la lactancia, etc. Estos valores de uso sirven para producir y reproducir la fuerza de trabajo en dos aspectos: el cotidiano y el generacional. En el plano cotidiano, el trabajo doméstico permite a los trabajadores descansar, comer, lavarse, dormir, cambiarse de ropa, reconstituir sus energías y presentarse en el trabajo al día siguiente con una capacidad de trabajar renovada. En el plano generacional, la función del trabajo doméstico es reemplazar con nuevos efectivos la fuerza de trabajo que abandona el mercado de trabajo por causa de muerte, jubilación, vejez o incapacidad; es decir, producir una nueva generación de trabajadores.

La separación entre la esfera de la reproducción y la esfera de la producción es una especificidad del capitalismo respecto a otras sociedades de clase. El corolario de este divorcio, es la codificación de género del trabajo doméstico reproductivo como trabajo femenino. Según Vogel, este es el punto crucial que relaciona el capitalismo y la opresión de las mujeres obreras. El capitalismo se apoya sobre un conjunto de normas de género fundado sobre la diferencia sexual de los cuerpos y la aportación diferenciada de los cuerpos hombres y los cuerpos mujeres a la reproducción de la fuerza de trabajo, más precisamente a la reproducción generacional de la fuerza de trabajo. En otras palabras, el capitalismo depende del cuerpo de las mujeres para reproducir una reserva de mano de obra explotable, en la misma medida en que el embarazo, el parto y la lactancia requieren un cuerpo de sexo femenino. Se ejerce por tanto una presión, ya sea directa o a través de instituciones estatales, culturales u otras, para codificar el trabajo doméstico como trabajo feminizado de forma que asegure el control de las capacidades biológicas de los cuerpos de las mujeres 8/. Este trabajo doméstico sexuado (genré) ha sido necesario para el desarrollo histórico del sistema capitalista, que descansa sobre relaciones de producción de clase pero también de género. Las condiciones de opresión privada y de explotación del trabajo doméstico de las mujeres por los hombres son muy opresoras y alienantes. Sin embargo, las bases materiales de la opresión de las mujeres en el capitalismo descansan sobre la posición ocupada por las mujeres en el plano de la reproducción generacional de la fuerza de trabajo de la totalidad social y -añade Vogel- en el plano de su desigualdad jurídica (ver también Ferguson y McNally 2013).

Precisemos aquí que el argumento de Vogel no implica un determinismo biológico de la opresión de las mujeres. Se trata más bien de la construcción de unas normas sociales del trabajo sobre un sesgo de género (genrées) que se apoya en las diferencias sexuales de los cuerpos. Por lo tanto, no podemos hablar de ningún modo de un efecto “natural” de la biología sino más bien de un sistema social -el capitalismo- que, en torno a las diferencias sexuales, favorece relaciones de género no igualitarias con el objeto de regular los cuerpos de las mujeres. En este sentido -si bien este argumento no es puramente funcionalista-, el capitalismo es un sistema patriarcal aunque no haya creado la familia heterosexual nuclear como respuesta a sus propias necesidades. La familia nuclear patriarcal se institucionaliza más bien, según Vogel, al hilo de las contradicciones sociales: por una parte, ha sido defendida y protegida por las mismas familias obreras, que han resistido a determinadas fuerzas centrífugas del capitalismo -por ejemplo la incorporación de las mujeres y los niños al trabajo asalariado-, mientras que por otra parte, ha sido reforzada y modificada deliberadamente por los Estados capitalistas para asegurar una contratendencia centrípeta, para preservar, modernizar y adaptar la familia a las necesidades de reproducción del capital. La familia patriarcal obrera como espacio de reproducción de la fuerza de trabajo en el capitalismo no es, por lo tanto, una necesidad funcional. El capitalismo podría muy bien acomodarse a una reproducción cotidiana de la fuerza de trabajo gestionada por instituciones no familiares, por ejemplo en ámbitos del trabajo privado. Se trata de un desarrollo histórico, y el capitalismo puede tolerar todas las modificaciones de la institución familiar que no cuestionen el hecho que, por norma general, las mujeres sean las responsables del trabajo reproductivo. Identificando la necesidad imprescindible del capitalismo de disponer de un espacio sexuado para la reproducción -sobre todo generacional- de la fuerza de trabajo, Vogel muestra porqué el capitalismo, a pesar de la panoplia de formas nacionales diferentes, presenta una marcada tendencia histórica a reproducir la opresión de género. No obstante, el acento teórico claramente no funcionalista de Vogel permite enriquecer y abordar de modo dialéctico la relación entre capitalismo y trabajo doméstico. En este sentido, apuntar que el patriarcado también tiene un coste para el capital es crucial. En efecto, el trabajo doméstico feminizado reduce la cantidad disponible de trabajadores, ejerciendo así una presión al alza en el valor mercantil de la fuerza de trabajo. Lo ideal para el capital sería poder perpetuar la familia nuclear al mismo tiempo que expulsa a las mujeres hacia el mercado de trabajo asalariado y perpetuar el sexismo -sobre todo entre la clase obrera- dado que le permitiría reproducir el ejército de reserva de las mujeres y así presionar a la baja los salarios. Este enfoque superador del funcionalismo básico muestra la complejidad que entraña la relación entre sexismo y capitalismo -y cómo esta relación está lejos de ser inmóvil- y problematiza los argumentos que presentan el trabajo doméstico como una simple necesidad del capitalismo. El trabajo de Vogel nos permite observar la gran fluidez de la opresión y la contingencia que ha permitido históricamente su anclaje, en buena parte, alrededor del trabajo doméstico.

El nivel de abstracción de la contribución de Vogel intenta orientar la teoría en una determinada dirección, pero no puede reemplazarse el análisis de las situaciones concretas por una comprensión histórica más afinada de los mecanismos de opresión de clase y de género, y por la elaboración de estrategias políticas. Johanna Brenner (1984) apunta igualmente un límite importante: a pesar de tener por objetivo la unidad, la teoria de Vogel tiene dificultades para explicar el conflicto de intereses entre hombres y mujeres y el ejercicio, casi universal, del poder de los hombres sobre las mujeres. Si la teoría de Vogel permite entender la relación estructural entre familia y capitalismo, subrayando la gran maleabilidad histórica del capitalismo y la necesidad de superar los análisis funcionalistas del trabajo doméstico, al mismo tiempo ofrece pocas herramientas para analizar, por ejemplo, el poder masculino que se ejerce en el seno de la familia.

La obra de Vogel, después de un vacío de veinte años durante los cuales apenas tendrá eco en la literatura especializada, aparece hoy en los trabajos de la escuela de la teoría de la reproducción social que se desarrolla en los últimos 10, 15 años. Esta escuela innova en el campo de los estudios feministas y marxistas sobre temas centrales como el neoliberalismo y sus crisis, las relaciones internacionales, las políticas públicas, el trabajo migrante, la teoría crítica, la globalización y la cultura (Bakker 2007; Bakker y Gill 2003; Ferguson 2008; Camfield 2002; Katz 2001; Ferguson y McNally 2015; Bezancon y Luxton 2006; Rioux 2014).

En relación con las contribuciones de Vogel, estos trabajos ponen de manifiesto dos reflexiones importantes aportadas por la teoría de la reproducción social. Por un lado, el punto de partida de los análisis se sitúa en menor medida en el plano de las estructuras del sistema y prioriza el ámbito de la experiencia vivida. Haciendo uso, de entre otros, del concepto de experiencia de E.P. Thompson y Raymond Williams, esta literatura concibe las relaciones de poder de forma experiencial y situada. El punto de partida del análisis reside por tanto en la práctica social -la actividad de la gente, su trabajo en un sentido amplio-, es decir en un sentido de producción e interacción con los otros en el mundo. Siguiendo este trabajo, en las prácticas encarnadas y en la experiencia de la gente observamos las ramificaciones en los sistemas de poder 9/. Estas contribuciones tienen por objeto teorizar la presión y los límites que imponen ciertas formas institucionales atravesadas por el género, la raza y la clase, reproducidas por el Estado, el mercado y otros espacios de poder, sobre las prácticas reproductivas de las personas. Por ejemplo, el análisis del impulso hacia la “redomesticación” neoliberal del trabajo reproductivo pone el acento en la experiencia de las mujeres sin obviar el análisis de las estructuras económicas.

Aunque aún falta mucho camino por recorrer en este ámbito, la teoría de la reproducción social más reciente pretende ampliar el marco analítico de las formas de opresión a las relaciones de raza (racisés), al igual que a las cuestiones relativas a la identidad y la orientación sexual. Los trabajos de Alan Sears centrados en un “feminismo marxista queer” (Sears, 2005, p. 93) ayudan a dilucidar las relaciones entre la restructuración neoliberal del capitalismo y los mecanismos de apertura-cierre de ciertos espacios de vida LGTBQ. En el campo de la integración de las problemáticas raciales, los trabajos de Himani Bannerji han influido sobre la teoría de la reproducción social y aparecen como un espacio privilegiado para pensar la integración triádica de las cuestiones de clase, de género y de raza en un pensamiento que sea al mismo tiempo marxista, feminista y antirracista.

4 – El pensamiento marxista feminista antirracista de Himani Bannerji

La obra de Himani Bannerji amplía el espectro de análisis abarcando definitivamente las problemáticas de los procesos raciales 10/ (processus racisés) (Bannerji 2005, 2000, 1995). En primer lugar, merece la pena destacar que Bannerji se distingue de los enfoques de la interseccionalidad, desarrollados especialmente por el feminismo afroamericano (Hill Collins 2009; Crenshaw 1991). Sin formar un todo homogéneo, estos enfoques se inclinan por la intersección de diferentes formas de opresión según la posición social del individuo o grupo oprimido 11/. Bannerji expresa una fuerte reticencia a describir la experiencia vivida de las trabajadoras no blancas (travailleuses racisées) como “interseccional” (2005, p. 144). Sin embargo, a pesar de que no discute profundamente estos enfoques y que sus esfuerzos se sitúan lejos de estas teorías, Bannerji apunta de todos modos que los trabajos de Hill Collins son ejemplos de una “epistemología de la resistencia” y destaca favorablemente su aportación a lo que ella denomina un “multiculturalismo desde abajo” (2000, p. 25-26). Los trabajos de Jacqui Alexander y Chandra Mohanty (1997) también forman parte de este movimiento que según Bannerji “manifiesta la formación de una identidad oposicional-coalicional, de convertirse en -más que de nacer- mujer de color, como un proceso de concienciación política antiimperialista que tiene lugar entre las feministas” (2000, p. 25). La creación de espacios de lucha es necesaria para combatir la ideología del multiculturalismo oficial y los discursos de la “diversidad” de las élites y los gobiernos; discursos que esconden y consolidan las relaciones de poder, segmentan a las poblaciones oprimidas por el capitalismo imperialista y reducen sus demandas a un mera cuestión de reconocimiento cultural. Este multiculturalismo oficial 12/ desecha la cuestión de clase y neutraliza la opresión de género y de raza detrás de la pretendida realidad de la diversidad cultural (2000, p. 8-9 y 30-34).

Bannerji participa con su obra en la construcción desde abajo de espacios de lucha por y para las feministas no blancas. Sin embargo, considera que los enfoques teóricos que pretenden ampliar su marco analítico de los procesos de dominación mediante la simple adición de los procesos raciales, de género y de clase, van por mal camino. Cada modo de opresión -el racismo, el sexismo, la explotación de clase- sería visto como una parte, formada a priori, que entra en relación con las otras partes también consideradas como entidades existentes a priori. La totalidad de los modos de opresión sería entonces formada por la acumulacion de cada una de las partes formadas independientemente las unas de las otras y teniendo cada una de ellas una historia y una lógica propias. Disociar la clase, el género y la raza equivale a hacer ideología, tal como Marx enuncia en La Ideología Alemana, es decir, desligar una idea del contexto socio-material en que aparece 13/. Bannerji menciona los peligros de operar a partir de dicha lógica aditiva de ciertos enfoques interseccionales (2005, p. 144), pero sus críticas se dirigen especialmente a lo que ella llama el “discurso feminista europeo (blanco)”, que cosifica la experiencia del género de las mujeres blancas de clase media y solo a través de este proceso aditivo puede, posteriormente, hablar de otras formas de opresión: “con este método, la abstracción se crea cuando los diferentes momentos sociales que constituyen el ser concreto de una organización social se separan los unos de los otros, teniendo cada parte su propia estructura sustancial auto-reguladora. Podemos entonces observar esta abstracción a partir del momento en que el género, la clase y la raza son considerados como implicaciones separadas, modos de opresión desligados” (1995, p. 49). Esta crítica se extiende igualmente al reduccionismo de clase del marxismo positivista, a las tentativas de superposición de los enfoques duales y a lo que Bannerji denomina el “reduccionismo cultural”, que atribuye a partes iguales al posmodernismo universitario y a los discursos y políticas del multiculturalismo oficial, principalmente en Canadá, donde las diferencias se culturalizan para neutralizar las oposiciones de clase. Estos planteamientos teóricos caen en la misma trampa de asignar modos de poder a sistemas o esferas sociales diferentes y reificados: la clase pertenecería a la esfera económica, el género a la esfera social o “privada”, la raza a la esfera cultural. En estos modelos se puede conceptualizar la clase haciendo abstracción del género y de la raza porque se presume que las categorías pertenecen a esferas sociales diferentes. Tales concepciones -al reificar los modos de poder- se pierden en un fetichismo de las categorías donde se confunden distinciones analíticas con realidades sociales.

Opuestamente al individualismo metodológico aditivo, el materialismo dialéctico de Bannerji -inspirado en Marx, Antonio Gramsci, Georg Lukács, Dorothy Smith, E.P. Thompson y Frantz Fanon-, consiste en una metodología holística que propone empezar por el todo para explicar las partes y considerar que el todo es más que la suma de las partes. Bannerji aborda las tres formas de opresión -a las cuales se incorpora en varios de sus textos el imperialismo- como imbricadas las unas con las otras dentro de la realidad social, y no por agregación o adición en la experiencia. En otras palabras, la experiencia de una trabajadora asalariada no blanca, para Bannerji, no deriva de la agregación de tres modos distintos de opresión: “La presencia de una trabajadora no blanca (negra, asiática…) en el entorno racial ordinario no es divisible o separable en series. El hecho de que sea negra, mujer y trabajadora se mezcla simultánea e indistintamente en una forma de identidad” (2005, p. 144-145). Esta experiencia consiste en un todo que va más allá de la suma de sus partes. Por consiguiente, la esencia misma de cada modo de opresión no se constituye a priori, sino que es constituida en sus relaciones con los otros modos en la totalidad social. Por otra parte, Bannerji subraya la dimensión históricamente situada de la experiencia, y propone concebir los modos de opresión como procesos en movimiento histórico, en lugar de como categorías estáticas que circunscriben ciertas formas de experiencia. Al mismo tiempo, es necesario historizar las formaciones ideológicas y tratar las diferencias sociales de manera relacional para evitar caer en los extremos del universalismo abstracto o del particularismo excesivo.

Es necesario en este punto que el concepto de experiencia no se convierta en un cajón de sastre o en un punto de fuga frente a ciertos problemas analíticos que podrían encontrarse. Partir de un concepto de experiencia que englobe todo, un material histórico en el cual siempre encontraremos todo, no debe hacernos olvidar la precisión analítica. El concepto de mediación que introduce Bannerji constituye una herramienta prometedora para afinar el concepto de experiencia, pero debemos evitar esas mismas trampas.

La relación entre los conceptos de experiencia y de mediación es, en efecto, central en el análisis de Bannerji. La experiencia de una forma de relación de poder no viene nunca sola, pura, ni directamente. Siempre está mediada por otras formas de poder. Por ejemplo, la experiencia de clase nunca es una experiencia pura sino mediada por la posición de género y/o la raza. La experiencia de clase de un asalariado blanco es, desde el primer momento, diferente a la de una asalariada no blanca (racisée). Incluso si en este caso existe una cierta experiencia de clase compartida, la experiencia de este modo de explotación será diferente de un individuo a otro dado que las posiciones raciales y de género los atraviesan de forma distinta. Del mismo modo, la experiencia de la opresión de género es vivida diferentemente por una blanca directora de empresa o una trabajadora no blanca ocupando un empleo precario. Aquí podemos hablar de una experiencia de género común pero al mismo tiempo diferenciada, porque la forma de poder de género evoluciona siempre en combinación con la clase y los procesos raciales (processus de racisation).

La categoría de raza en la que Bannerji se interesa particularmente es mediadora y también está mediada. La define como el resultado de prácticas sociales reveladoras de poder, siempre situadas en una relación de clase. La raza es una construcción histórica derivada de prácticas de atribución de la raza como forma de establecimiento y organización de las diferencias en contextos concretos 14/. Esencialmente, la raza es una práctica social capitalista consistente en la diferenciación de determinados segmentos de las clases explotadas con el objetivo de dividirlas y hacer así más explotables a algunos subgrupos. La raza es un producto de las prácticas coloniales, imperialistas y esclavistas del capitalismo que han articulado los discursos y las prácticas de racialización a lo largo de la historia del capitalismo. En las sociedades occidentales contemporáneas, literalmente fundadas sobre el racismo y definidas por este, el racismo más peligroso es el que Bannerji denomina, inspirada en Gramsci, racismo “del sentido común”, un racismo normalizado y banalizado, presente en las prácticas culturales, en el saber, en los presupuestos y en los prejuicios de la gente, que se añade al racismo inherente a las prácticas institucionales imperialistas capitalistas y que crea “silencios y ausencias, vacíos y fisuras a través de los cuales desaparecen las mujeres no blancas de la superficie de la sociedad” (1995, p. 45). El racismo, como rasgo constitutivo de las sociedades occidentales, representa por tanto un aspecto fundamental de las relaciones de género y de clase.

Es en este sentido en el que Bannerji habla de “modos de mediación”. El racismo, el sexismo y la explotación de clase no son vividos nunca en su pureza analítica. Ella utiliza dos términos: “todo junto” (all together) o “todo de golpe” (all at once) (2005, p. 144), para describir la experiencia del funcionamiento integrado de estas tres formas de poder. Cuando los conceptos no alcanzan a describir estos fenómenos, Bannerji recurre a metáforas para imaginar la imbricación de las formas de poder: “Un ser humano no puede ser primero una mujer, después una persona de color y en tercer lugar pertenecer a la clase obrera. Más bien lo es todo siempre al mismo tiempo: raza, género y clase son inseparables, como el café y la leche una vez han sido mezclados 15/” (2005, p. 149).

La integración de las formas de poder constituye el modo de funcionamiento del capitalismo contemporáneo. Esta integración es una operación de las prácticas capitalistas mismas, y la teoría anticapitalista -incluido el marxismo- debe tenerla en cuenta. El capitalismo real no hace abstracción de sus categorías para desarrollarse en un modo de economía política desprovisto de género y de “raza”. El capitalismo articula sus formas de poder en su funcionamiento real. Por ejemplo, cuando una multinacional deslocaliza su producción y contrata mujeres no blancas para bajar sus costes salariales, está demostrando esta integración fundamental de la dinámica de clase, de género y de raza en el seno del capitalismo contemporáneo (2005, p. 149). En este ejemplo, el género y la “raza” son los “modos de mediación” de la relación de clase que “ayudan a producir una devaluación constante de la fuerza de trabajo encarnada en ciertos grupos sociales” (mujeres, personas no blancas) (2005, p. 153). Para Bannerji, la clase, igual que la raza y el género, concretamente en el capitalismo contemporáneo, no existen sin sus mediaciones recíprocas. La experiencia de las formas de opresión es deudora del lugar común de formación de las tres formas de poder: la totalidad social, el capitalismo patriarcal racista imperialista contemporáneo. En este sentido, Bannerji defiende claramente un enfoque unitario y su posición puede acercarse a los esfuerzos de Vogel. Sin embargo, el acento puesto en la experiencia, la integración de la cuestión de la raza y el nivel de análisis de las formas de opresión desplegados en los trabajos de Bannerji, más cerca de las fluctuaciones y realidades políticas concretas, distinguen su contribución de la de Vogel.

Postular la integración de las formas de poder implica igualmente pensar las políticas de resistencia de forma integral. Bannerji recuerda las divisiones históricas del movimiento socialista evocadas más arriba al calor de estas cuestiones. La implicaciones de género y de raza no pueden ser tratadas en segundo plano respecto a la relación de clase, la resistencia a estas formas de poder no puede ser un objetivo secundario de la revolución de clase. Bannerji evoca las mismas contradicciones en determinados movimientos antirracistas y feministas en los que las implicaciones de clase se alejan de las consideraciones sobre la raza o el género. Estas posiciones imitan la injusticia capitalista que opera precisamente fragmentando lo que en realidad es una experiencia social unificada de opresión de “clase-género-raza”. No obstante, según Bannerji, los movimientos antirrepresivos podrán avanzar únicamente en la medida en que persigan objetivos comunes de “justicia de clase-género-raza” (class-gender-racial justice), y superen la lógica de la coalición por objetivos puntuales, que en muchos casos acaban diluyéndose en coaliciones efímeras por definición. La lucha anticapitalista debe ser una lucha feminista, antirracista y antiimperialista, y viceversa. Estas formas de poder deben abordarse frontalmente, todas ellas al mismo tiempo, de manera que una reivindicación feminista sea al mismo tiempo una reivindicación anticapitalista, que una reivindicación anticapitalista sea siempre una reivindicación antirracista y así consecutivamente. Sin embargo, pese a que en el plano de los principios estas premisas son encomiables, podemos detectar algunos peligros al acecho en los conceptos de experiencia o de mediación que dejan de lado una necesaria precisión analítica. No podemos más que llamar la atención de nuevo sobre la necesidad de la historización y el análisis político específico de situaciones específicas. ¿Podemos reprochar al movimiento Black Lives Matter, por ejemplo, haber focalizado su discurso en la cuestión racial? ¿Pierde todo su valor si no es absolutamente anticapitalista? ¿Debemos rechazar las luchas por la igualdad salarial hombre-mujer porque no representan un horizonte de superación del marco capitalista? ¿Es condenable buscar alianzas con corrientes feministas liberales en el marco de la aplicación de reformas contra el derecho al aborto? Estas cuestiones estratégicas no pueden resolverse en el plano de los principios teóricos ni escamoteando análisis políticos específicos.

Conclusión

Del análisis de las obras clásicas del marxismo en los debates teóricos y los análisis políticos, el trabajo de las autoras anglófonas -situadas en la encrucijada entre los enfoques feministas, marxistas y antirracistas- supone un enriquecimiento del marco analítico marxista en cuanto a su teoría de la subjetividad y su análisis de las formas de poder y dominación. En este sentido, las contribuciones presentadas en este artículo representan momentos clave de un esfuerzo teórico que tiene por objetivo construir una teoría unitaria y holística de los modos de explotación y opresión contemporáneos. La textura múltiple de estas formas de poder requiere de análisis que destaquen las problemáticas y los retos políticos en el seno mismo de las teorizaciones alternativas. El pensamiento crítico se enriquecerá si continúa desarrollando estos ejes de reflexión teórica, tanto en el plano heurístico como político. En efecto, los esfuerzos teóricos que buscan generar y federar las luchas y los espacios de resistencia son esenciales si, como subrayaba Marx, el objetivo no es simplemente interpretar el mundo sino transformarlo.

Jonathan Martineau, (PhD, York, 2012) es profesor de historia de la filosofía y la sociología en la Universidad Concordia y en la Universidad de Québec y Montreal. Es autor, entre otras obras, de Time, Capitalism and Alienation (Brill, 2015. traducido al francés: L’ère du temps. Modernité capitaliste et aliénation temporelle, Lux, 2017) y Marxisme anglo-saxon. Figures contemporaines (Lux, 2013).

Notas

1/ Este es el diagnóstico propuesto por Heather Brown. Deducimos que se refiere a un cierto olvido de las cuestiones de la economía política del corpus teórico del feminismo postestructuralista.

2/ Para Fourier se trata de una causa. Para Marx, es un indicador. Vogel, 2013, p.44 n2.

3/ Algunos autores sin embargo han señalado la tendencia a la naturalización de la división socio-sexual del trabajo en Engels. Ver Maconachie (1987) y Trat (2010).

4/ Por el contrario, podemos señalar la gran sensibilidad de August Bebel, dirigente de la Segunda Internacional, sobre la importancia de la acción de las mujeres contra su propia opresión. Destacar también las contribuciones, demasiado a menudo olvidadas, de autoras como Alexandra Kollontaï y Clara Zetkin. Sobre estas últimas ver, entre otros, Bakan (2012) y Riddell (2010).

5/ Ver Benston (1969, p.15-16). Desarrollos similares alrededor de las cuestiones de clase y sexo que complementan y desarrollan las ideas de Engels pueden encontrarse también en la literatura francesa en los trabajos de Colette Guillaumin y Christine Delphy, por ejemplo.

6/ Para un resumen de estos debates ver también Ferguson y McNally (2013); Hartmann (1979) y Vogel (2013).

7/ También se encuentra en, por ejemplo, Gardiner (1976) y Humphries (1977).

8/ En la obra de Vogel estas características son comunes, en diversos grados, a las sociedades de clases. Como menciona, el capitalismo es más concreto en el plano de la separación de las esferas de producción y reproducción.

9/ Para el desarrollo de problemáticas teóricas parecidas apoyadas en el análisis del trabajo en francés, ver los trabajos de Kergoat en particular (2009; 2012), Galerand y Kergoat (2013; 2014).

10/ A pesar de su enorme influencia, no existe, hasta donde nosotros sabemos, ningún ensayo de interpretación de la sociología bannerjiana. Coburn (2012) ofrece un primer esfuerzo en esta dirección.

11/ Ver igualmente Bilge (2009). Sobre las oposiciones en el seno de las teorías de la interseccionalidad y el carácter “falsamente federador” del concepto, ver Galerand y Kergoat (2014, p. 46).

12/ Bannerji hace referencia principalmente al contexto canadiense.

13/ La crítica marxista de categorías ideológicas es por otra parte un tema que atraviesa el conjunto de la obra de Bannerji. Ver por ejemplo la introducción de Bannerji (2000).

14/ Bannerji, en sus escritos recientes, escribe siempre la palabra “raza” entre comillas para subrayar el carácter construido y no biológico de la raza (2005, p. 149). Prefiere no reificarlo o naturalizarlo en una forma sustantiva.

15/ “A human being is not first, a woman, then, a person of colour, and third, working class. Rather, she is always all-at-once: race, gender and class are inseparable as “coffee and milk” once they have been mixed up together” (Traducción libre). Coburn (2012) cita igualmente este pasaje.

El autor es deudor de los valiosos comentarios y las luminosas sugerencias de Félix Boggio Éwanjé-Épée. Frédérick Guillaume Dufour, Elsa Galerand y los miembros del comité editorial de la revista Cahiers du genre comentaron igualmente una versión precedente de este artículo.

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