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Tras el 1-0
Esta casa es una ruina. Este Rey un peligro. Este presidente un estorbo
04/10/2017 | Manuel Gari

El 1-O Rajoy perdió la primera batalla contra el movimiento popular independentista. Dijo que no habría ni una urna y las hubo. Dijo que sería un divertimento y fue un acto de desobediencia civil masivo y pacífico. Creyó su propia mentira: esto es cosa de unos pocos dirigentes políticos secesionistas que manipulan a la sociedad y se encontró con un movimiento social en vías de creciente autorganización. Redujo antidemocráticamente la democracia a lo que es legal, y su ejercicio a los salones de las instituciones, y se encontró enfrente la calle creando una nueva legitimidad fuente de una legalidad futura. Echó mano de la violencia policial y judicial y de nada sirvió frente a la voluntad de votar a favor de una República catalana. Afirmó que el independentismo no tenía eco internacional y se ha encontrado a una comunidad internacional conmocionada ante las actuaciones policiales que recordaban las imágenes en Rentería y, más atrás, las del tardofranquismo. Dijo que no habría referéndum y lo hubo –en unas condiciones muy adversas­ y lo ganó el Sí.

La táctica del PP ha sido obviar las aspiraciones democráticas, considerar la cuestión desde una perspectiva de orden público, cercenar y cercar al movimiento atacando de la periferia al centro: calumniar, mentir, manipular, amenazar a la ciudadanía si colabora con el procés, imputar a alcaldes, registrar imprentas, secuestrar urnas, golpear a la gente, imputar al jefe de los mossos o de las organizaciones de la sociedad civil, pero, no lo dudemos, el objetivo es acabar con la soberanía catalana de raíz y, para ello, no dudará en seguir reprimiendo: medios de comunicación, dirigentes políticos, acabar con la autonomía.

La línea de fractura más profunda que tiene el régimen del 78 ha sido la decisión del movimiento popular catalán. El régimen del 78 es ese artefacto que logró amnistiar (¿de por vida?) al franquismo, que fue el producto de una combinación tóxica -acuerdo de los principales partidos de izquierda con los ex franquistas y las amenazas del ejército- y que frustró las esperanzas de una democracia republicana sin recortes, de poder decidir el modelo económico y social y de la autodeterminación de las naciones. Y Rajoy no logró detener el disruptor catalán.

Rajoy como dirigente de una derecha heredera del franquismo no explica; conspira, reglamenta y se esconde. Parece que, según viejos conmilitones suyos próximos a Aznar, esta cobarde actitud suya es la acostumbrada en su quehacer en el ámbito interno del partido. Fuera del mismo, la vimos cuando los hilillos del Prestige. Ahora ha hecho todo lo posible por evitar su desgaste en el incendio catalán antes y durante el 1-O. Para ello ha impulsado cambios legislativos ad-gentem pensados por y para una nación: Catalunya. Cambios que han configurado un artefacto diabólico en el que fiscales y jueces adquieren un poder político desorbitado e incontrolable que no les correspondería en una concepción democrática del gobierno de la sociedad, como antes impulsó las trabas torticeras para cargarse el Estatut catalán, a través de sus recursos al ultraconservador, manipulado e innecesario Tribunal Constitucional. Consiguiendo vía jueces los que no había conseguido vía votos.

Pero Rajoy ha ganado batallas. Y no me refiero a las que desde estas páginas hemos constatado que ha ganado en su quehacer contra las clases trabajadoras y populares del Estado español: reforma laboral, depresión salarial, ley mordaza, pérdida de derechos sociales, privatizaciones de bienes públicos, robo de las arcas públicas por parte de su partido-familia mafiosa, destrucción sistemática de la enseñanza y la sanidad públicas o abandono de las personas dependientes. Me refiero a las que hacen referencia a la actual situación. Durante la semana pasada todo el empeño rajoyano se ha centrado en hacerse acompañar por el PSOE en la intervención contra el derecho a decidir. Y desgraciadamente hay que constatar que ha tenido éxito. El partido de Sánchez ha demostrado ser el partido dirigido por PRISA y Felipe González, con la inestimable ayuda de hooligans del palo y tentetieso como Guerra o de frentistas del régimen del 78 como Susana Díaz y Fernández Vara. Ha logrado subordinar al partido que decía ser la alternativa. Pero eso no dejará de pasar factura al partido socialista empezando por una nueva crisis y distanciamiento del PSC o de las Juventudes socialistas, y, esperemos, haga despertar a quienes confiaron en la renovación y regeneración del partido tras las primarias.

Y, lo que es peor, y nos debe preocupar y ocupar en nuestras reflexiones, ha ganado la batalla del resurgir del nacionalismo excluyente españolista en el conjunto de la sociedad de España pese a que, de momento, no ha logrado la correspondiente movilización en la calle. Ojo: de momento. Y me refiero en dos sentidos con el “de momento”. Por un lado, el efecto españolizador es limitado y no debemos dar por perdida la posibilidad de construir un discurso que aleje a millones de personas de las ideas excluyentes del PP y de una parte importante del PSOE, por no hablar de las del partido de la vendetta, Ciudadanos, para que millones de personas se encaminen en una orientación democrática. Pero, por otro, no concluyamos que la débil movilización derechista actual ha tocado techo. Máxime cuando la polarización se incrementará en los próximos días y meses. Todo dependerá de las alianzas sociales y políticas que se configuren y del mundo de ideas y propuestas que se construyan a lo largo de todo el Estado español.

Rajoy, y cuando digo Rajoy me refiero al PP en su totalidad, ha fomentado desde hace años, de forma constante y paciente, el odio anti catalán. De forma sumaria recordemos: agravios fiscales inventados, boicot al cava, recogida de firmas contra el Estatut el llamamiento de Wert a españolizar a los niños catalanes mediante el castellano. En los últimos días, con la colaboración y control de los principales medios de comunicación, el PP ha impuesto un discurso y un relato culpabilizador del independentismo, mistificador respecto a la historia y ocultador de los agravios que la represión ha causado en Catalunya (y, obviamente no solo en Catalunya). Baste dos ejemplos: la lengua por antonomasia es el castellano y el mito de los 500 años en paz de la nación española. Este segundo aspecto ha calado en amplios sectores de la población, pero haría sonrojar a cualquier persona informada y, por supuesto a profesionales de la historia. Durante siglos hubo lo que podríamos denominar una coalición de reinos -protoestados en ciernes- cuyos monarcas también conocieron conflictos y resistencias populares y territoriales, particularmente a partir de Carlos V, y solo siglos más tarde se dio lo que convencionalmente podríamos calificar de unificación/uniformización con los Borbones en los primeros años del siglo XVIII quienes hace tres siglos terminaron con las constituciones propias en Catalunya y en Valencia ( además de otras leyes de los reinos existentes). Y la mano ejecutora fue el antecedente de Felipe VI, Felipe V cuyo retrato boca abajo, en señal de castigo por su brutal comportamiento con la ciudad, se encuentra en el Museo L´Almodi de Xátiva.

Han avivado el espíritu expedicionario en el seno de la Policía Nacional y la Guardia Civil, el espíritu del conquistador/ocupante. Para muchos de sus miembros poco les hacía falta para ello ya que la naturaleza de esos cuerpos favorece esa concepción y dado que la extrema derecha ha tenido especial cuidado en ganar su opinión. Pero si no aparecen dudas y grietas en su seno, las dificultades para el impulso de un movimiento democrático en las actuales condiciones serán todavía mayores. Ello plantea nuevos retos y tareas para quienes queremos eliminar los obstáculos que se oponen a la apertura de nuevos procesos constituyentes que nos libren de las lacras y pesos del pasado.

Para las libertades y la democracia, el frente constitucional hegemonizado por el PP es un estorbo para avanzar. Puede favorecer un cierre de la crisis del régimen del 78 en clave conservadora y restauracionista. Por ello es importante hacer fracasar la consolidación de ese bloque conservador mediante el impulso de iniciativas, movilizaciones y espacios de encuentro entre quienes, por motivos diferentes, decepcionados con el PSOE y enfrentados con el PP, tienen cuentas pendientes con un régimen que pretende atar y dejar bien atado (de nuevo) un modelo político, territorial, económico y social inspirado en la falacia de la nación española, el neoliberalismo y el recorte de libertades.

Tras el 1-O ha dado un paso más. Para preparar a la sociedad antes de adoptar nuevas medidas represivas (fracasadas las del 1-O, en las que la policía y guardia civil han aparecido como tropas de ocupación y no como teóricas garantes de libertades), como pueden ser la aplicación del artículo 155 o el 116 de la Constitución, ha recurrido a Felipe de Borbón. El discurso de la noche del día 3 de octubre fue un manual de autoritarismo españolista. Ha hecho suyo el discurso del PP con la aquiescencia culpable del PSOE. Ha uncido su futuro al del PP como baluarte y defensa del régimen del 78. Por ello resultan ridículos los lamentos de bien pensantes que echan en falta en el discurso del rey un papel de árbitro y moderador, una actitud receptiva respecto al movimiento catalán o una salida política negociada. El Borbón ha hecho de Borbón. El Borbón ha usado sus prerrogativas constitucionales. Ha cumplido con su papel.

Y, paradójicamente el rey con sus palabras ha hecho evidente que la monarquía es un peligro para la democracia y puesto en el orden del día la necesidad de luchar por una nueva Constitución, producto de un/unos proceso/s que den fin a las ataduras. Una Constitución que en forma de bucle impide su cambio en un sentido democratizante, que ella misma nos pone en la senda de la necesidad de una ruptura para poder modificar el marco legal. Y es hora. Tenemos una Constitución geriátrica, votada hace 40 años por quienes entonces, dada la edad legal para ejercer el derecho, tenían más de 21 años. Haciendo cuentas con los datos de población del Instituto Nacional de Estadística y los porcentajes de participación en el referéndum del 78 y teniendo en cuenta el resultado de los votos, nos encontramos con que actualmente viven algo más de 3 300 000 personas que participaron en la consulta y de los mismos no llega a 2 900 000 quienes dieron su aprobación.

La inmensa mayoría del país de 2017 no tomó la decisión constitucional; resulta por tanto ridículo aludir a la “Magna carta que nos dimos todos”. Por motivos políticos (para muchos de nosotros) e incluso generacionales (no para mí, pero sí para la mayoría) cabe decir esta Constitución no nos representa. No es la nuestra.

4/10/2017





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