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Catalunya
Sentimientos de octubre
07/10/2017 | Roger Palà

Versió original: http://www.elcritic.cat/blogs/rogerpala/2017/10/05/sentiments-doctubre/

Este no es un artículo normal. Siempre intento, con más o menos éxito, escribir a partir del análisis y la razón. Trato de aproximarme –a menudo sin conseguirlo– a aquello que en Crític creemos que ha de ser el periodismo. Hoy incumplo esta norma. Durante los últimos días, por razones diversas, he vivido los acontecimientos en torno al referéndum del 1 de octubre más como ciudadano que como periodista. Por simple higiene mental, no he estado tan atento a la actualidad, a la última hora, a los titulares eufóricos o catastróficos. Poco Twitter, poco Telegram, poco Whatsapp. A veces necesitas parar: yo he necesitado parar ahora. Son cosas que pasan.

En cambio, gracias a esta parada, he visto otras cosas. He estado en la calle. He visto a la gente. He defendido mi escuela y las escuelas de mi barrio en un domingo inolvidable. He compartido conversaciones, temores, cacerolas y esperanzas con padres y madres, con mis vecinos, con gente común. Hemos compartido la lucha y, al mismo tiempo, el cuidado de nuestros hijos e hijas, a los que resulta muy difícil explicar qué pasa pero que, paradójicamente, a menudo lo entienden mucho mejor que nosotros. Hemos visto luchar a nuestros padres, madres, abuelos, abuelas, hermanas… Han nacido algunas cosas nuevas.

Y hasta ahora no he querido escribir sobre estas cosas nuevas: solo las he sentido. De todos modos, tenía que intentarlo. Este artículo es una aproximación imperfecta a estos sentimientos nuevos. Espero que sepáis perdonármelo. Sentimientos de octubre.

Un nuevo “nosotros”

El 20 de septiembre empezamos a intuirlo y el 1 de octubre nos dimos cuenta del todo: ha nacido en Catalunya una cosa nueva. Resulta difícil hablar de ella, definir su sujeto y su objeto, el perímetro y las razones, el alcance y la profundidad. Siempre pasa cuando nace una cosa nueva: lo primero es tomarse tiempo y distancia para definirla. Con el 15-M nos ocurrió algo parecido. Mucha gente, en la izquierda clásica, no lo entendíamos… Necesitamos tiempo.

Esta cosa nueva se ha manifestado de diversas maneras. Con las grandes manifestaciones a menudo espontáneas en las calles en defensa del referéndum. Con la digna defensa ciudadana del derecho a votar. Con las inexplicables sensaciones vividas por todos aquellos que las jornadas del 29, 30 y 1 de octubre tomamos partido en defensa de los colegios electorales. Con un paro de país impensable hace pocas semanas. Son sensaciones que han atravesado generaciones enteras de ciudadanos. Una corriente eléctrica. Si una revolución es algo que cambia las condiciones materiales de vida de la gente, probablemente hemos vivido una pequeña revolución, aplicada a nuestra manera de sentir, de vivir, de captar la realidad. No sabemos dónde estamos, pero sabemos que no estamos donde estábamos antes.

¿Quién ha sido el sujeto de esta revolución? El independentismo, pero no solo. Dos son los gritos que hemos escuchados estos días, y los hemos oído, significativamente, más que el clásico “in-inde-independència”: “Votarem” y el sorprendente y libertario “las calles serán siempre nuestras”. La inteligencia colectiva de las sociedades se manifiesta a menudo de manera magistral sin necesidad de fuertes liderazgos o de opinólogos de larga, gruesa y contundente… argumentación.

Las calles y nosotros: para entender qué ha pasado, es vital definir el perímetro de este “nosotros”. Un perímetro que va mucho más allá del independentismo estricto y abarca a mucha gente distinta: gente que no se ha sentido interpelada por el referéndum unilateral, ni por Junts pel Sí ni por la CUP, gente que va más allá del círculo de los Comunes… Este “nosotros” amplio y en construcción es un sujeto nuevo, que llega a personas alejadas del procés, pero que, ante la actuación represiva del PP, ante el riesgo de involución y recorte de libertades… han reaccionado porque han visto que alguna cosa se tambaleaba.

Ha sido una reacción intergeneracional: los mayores, porque vivieron bajo la sombra del franquismo y saben cuánto costó ganar las libertades democráticas, por mucho que los más jóvenes –entre los cuales se incluye el autor de este artículo– hayan menospreciado a menudo aquella lucha censurando la “democracia imperfecta” o las “renuncias de la Transición”, que las hubo, como también hubo muchas otras cosas llenas de dignidad. Los más jóvenes han reaccionado porque han visto cómo el paisaje de la institucionalidad catalana –para ellos, una cosa integrada en la propia vida cotidiana– se ha visto amenazada. Quienes hemos nacido después de 1978 hemos vivido siempre con la Generalitat y todo lo que representa integrado en nuestras vidas como un hecho natural: la escuela catalana, TV3… Podíamos sentirnos más o menos identificados, pero ese era nuestro paisaje. Un paisaje que ahora se tambalea.

DUI sí, DUI no

Es el gran tema estos días y ha corrido mucha tinta sobre él, también en Crític. DUI sí, DUI no. Cada cual tendrá sus argumentos. Pero si miramos de manera amplia, hay una cosa que es transcendental: una declaración de independencia ahora puede no interpelar al nuevo sujeto político que se ha gestado durante las jornadas de septiembre y octubre. Este “nosotros” de perímetro amplio todavía en construcción no incluye tan solo a los independentistas. Unirse en defensa de los derechos y las libertades civiles no es lo mismo que apoyar una declaración de independencia.

También hay independentistas que tienen dudas sobre la idoneidad de la DUI. Puigdemont, Junqueras y la CUP necesitarán mano izquierda y la formulación que se haga en el parlament cuando pueda reunirse el pleno sobre el resultado del referéndum será crucial. Porque más allá de poner en riesgo las instituciones catalanas con la aplicación del artículo 155 –unas instituciones que, por otro lado, ya están intervenidas–, lo que estará en riesgo es la consolidación del nuevo “nosotros”.

Los resultados del referéndum serán igual de válidos ahora que de aquí a seis meses o un año. Por tanto, la posibilidad de convocar unas elecciones en Catalunya no debería dar miedo al independentismo ni debería interpretarse como una marcha atrás. Junts pel Sí i la CUP han cumplido con creces las expectativas que se habían depositado en ellas. Diría, incluso, que para muchos independentistas las han superado: pocos eran quienes pensaban que se llegaría tan lejos. Unas elecciones ahora servirían para constatar si el camino emprendido desde el 27-S hasta hoy lo comparte realmente una mayoría de la sociedad (con el añadido que conviene recordar que la hoja de ruta de Junts pel Sí se modificó a raíz del pacto con la CUP).

Si convoca elecciones, el independentismo podría reforzar el resultado del referéndum –en caso de que iguale o supere el porcentaje de votos– y ganar tiempo para consolidar la alianza con el mundo de los Comunes que ha empezado a visualizarse. Unos Comunes que también habrá de reflexionar internamente sobre el proceso interno que han tenido con respecto al 1 de octubre.

No faltarán las voces airadas en el mundo “indepe” de quienes querrán emular la épica del 6 de octubre de 1934. Aquí habrá de todo: quien lo hará de corazón, por pura y lícita creencia de obrar correctamente, buscando un conflicto todavía más abierto que apele a la comunidad internacional. Tampoco faltarán las caricaturas del “capitán cojones” que, por mero tacticismo, se moverán desde el partidismo para acusar de tibios a quienes no hayan querido declarar la independencia irremediable desde antes de ayer. Sin embargo, tenemos memoria y conocemos estas voces. También sabemos que el enardecido consejero Dencàs, el más intransigente durante el 6 de octubre, miembro de aquel Estat Català que había acusado a Companys de tibio y españolista… acabó huyendo por las alcantarillas del Palacio de la Generalitat mientras el presidente y el govern eran encarcelados y Jaume Compte, marxista e independentista, moría en defensa del CADCI (Centro Autonomista de Dependientes del Comercio y de la Industria). No estamos en la Barcelona de los años treinta, pero releer la historia siempre ayuda.

Hay que fijarse asimismo en la situación española, cosa que el independentismo a menudo no hace. El PNV difícilmente votará a favor de los presupuestos del Estado. El gobierno Rajoy está tocado por todos lados. Dijo que no se votaría, y se ha votado. La comunidad internacional le ha dado numerosos toques de alerta, incluida Naciones Unidas. Rajoy no debería estar ni un minuto más en la Moncloa. Si el PSOE no tiene suficiente valentía para forzar una moción de censura por simple higiene democrática, el gobierno del PP no debería poder aguantar más allá de 2018 con unos presupuestos que seguro que tendrá que prorrogar. La crisis catalana es una crisis de Estado. El independentismo ha de mirar también hacia fuera. Más pronto que tarde, habrá elecciones en España.

Tiempo para curarnos

Vivimos en un tiempo de discursos fuertes y masculinos. Es testosterónico el discurso de Rajoy contra Catalunya, pero también es testosterónico el discurso de la CUP cuando dice que el 1-O supuso la humillación del Estado español. Soy un periodista hombre, de opiniones masculinas, bregado estos últimos años en tertulias en que a menudo se compite con la longitud de los argumentos y la virulencia de su formulación, más que con el fondo y la razón. Los medios de comunicación –Crític entre ellos– también son empresas machistas, dirigidas por hombres que lo saben todo, que tienen opiniones fuertes. El periodismo en tiempos de Twitter es un bar de machos ibéricos sin control. La política también.

Sin embargo, he tenido la gran suerte de que en los últimos tiempos la experiencia de Crític se haya abierto, por un lado, a la participación de mujeres que a menudo nos hacen ver las cosas desde otro punto de vista. Que tal vez no haya que correr tanto, que debemos cuidarnos más entre nosotros… Todos aquellos valores fundacionales sobre los cuales edificamos el proyecto, que a menudo corremos el riesgo de olvidar y que ellas nos ponen cada día sobre la mesa. Por otro, Crític se ha abierto al mundo de la economía social y solidaria, compartiendo espacios, conversaciones e ideas con los compañeros y compañeras del grupo de cooperativas ECOS. Y creo que algunas de las cosas que hemos aprendido en estos espacios deberíamos aplicarlas en los días que vienen.

Hemos vivido momentos de gran convulsión, emociones fuertes, electricidad. Estamos inmersos en un proceso similar a la “doctrina del shock”. Muchos estamos heridos. Gente normal y corriente. Atacada por los nervios, por la angustias. Orgullosa, al mismo tiempo, de la resistencia pacífica, de la inmensa victoria democrática que representa el 1 de octubre, convencida de que nada volverá a ser igual. Pero las heridas necesitan tiempo para cicatrizar. Y esto, sinceramente, creo que es lo que necesitamos ahora: tiempo. Tiempo para digerir todo lo que hemos vivido. Tiempo para respirar hondo, para tomar distancia, para hablar, para compartir. Tiempo para curar.

La política, cargada de testosterona, se niega a darnos tiempo. Y esta debería ser ahora nuestra máxima: exigir tiempo. Tiempo para que sanen las heridas. Tiempo para construir futuro. Tiempo para aprender a narrar este nuevo nosotros.

Desterrar el odio, construir futuro

La represión –lo saben quienes la han vivido de cerca durante años– puede capitalizarse políticamente. Todo el mundo la capitaliza: lo hará Rajoy ante sus partidarios más duros, pero también lo hará el independentismo, reforzándose y retroalimentándose. La represión ha sido brutal, hay que denunciarla, perseguirla legalmente, llevar a los culpables a juicio, desde el último policía hasta el ministro del Interior.

Pero la represión no puede generarnos odio ni rencor. Porque ningún proyecto de futuro sólido, convincente y duradero se construye sobre la base de estos valores. Muchos son los españoles y españolas que, estos días, se han sentido indignados y solidarios con Catalunya. No podemos construir una política sobre la base del resentimiento. Aquí, la larga tradición de lucha no violenta y por la paz tiene mucho que decir.

Siempre he dudado del lema “ni olvido ni perdón”. Olvido, nunca. La parte del “ni perdón”, mi formación cristiana me impedía ponerla en duda. Creo que prefiero no olvidar –¡jamás!–, pero lo que necesitamos es que se haga justicia para edificar un futuro que valga la pena vivir.

Ya he dicho que este sería un artículo diferente. No es periodismo. Son sentimientos de octubre.

05/10/2017

http://www.elcritic.cat/blogs/rogerpala/2017/10/05/sentiments-doctubre/

Traducción: viento sur





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