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Tiempo de cambio político
El momento de la fraternidad
08/01/2018 | Antonio G. Movellán

El gobierno ha pactado con los sindicatos en este mes de enero, como si de un regalo de navidad se tratara, la subida del salario mínimo interprofesional bajo determinadas condiciones; si esas condiciones se cumplen en el 2020 habrá subido a 840 euros desde los 736 en la actualidad. En Francia el salario mínimo es de 1500 euros; en el mes de marzo del año pasado la OCDE hizo su informe sobre España y aunque se encuadraba en un escenario de recuperación señaló algunos puntos muy débiles de la economía española: en primer lugar, la baja productividad y la alta deuda pública y privada; en segundo lugar, el desempleo masivo estructural, en la actualidad un 19 % y en particular el desempleo juvenil que alcanza un 43 %. Así mismo, el informe alertaba de los déficits del sistema educativo y de la formación profesional insistiendo sobre la tasa de abandono escolar y particularmente se reseñó que en España el crecimiento económico no aumenta la igualdad sino todo lo contrario. España es el país de la Unión Europea donde más ha crecido la desigualdad, por encima incluso de Grecia.

La escasez de ingresos se mide mediante las tasas de pobreza; hay dos categorías: se estima, para España, que si un hogar no dispone del 60 % de la media de la renta se está en situación de pobreza y será pobreza severa si no alcanza el 30 % de esta.

Entre 1994 y 2015 la tasa de riesgo de pobreza en España ha aumentado 3,3 puntos porcentuales, pasando de 7,6 a 10,4 millones de personas en números absolutos (+37 %). Son cifras muy superiores al resto de la Unión Europea, donde el incremento ha sido solo de 3 décimas. Pero aún es peor la situación de la pobreza severa en España que se ha incrementado un 55% entre 2007 y 2015 sobrepasando los 3 millones de personas. Y de estos 3 millones no llegan a 700 000 las personas que ingresan una de las denominadas rentas mínimas.

Uno de los mayores problemas que existe en nuestro país es que los servicios sociales universales están cada vez más comprometidos debido al aumento de la deuda y por el pago de los intereses de esta y estos servicios han estado sufriendo recortes económicos muy duros. Solo en la enseñanza, en el periodo más agudo de la crisis, se despidió a más de 35 000 profesores en la escuela pública. Parece que nos estamos moviendo en un círculo vicioso. La desigualdad, el desempleo, la pobreza generan al final gasto público y este no se puede realizar porque está comprometido con el pago de la deuda; nos movemos en un mar de deuda con una crisis fiscal de fondo. Muchos piensan que esto puede afectar también muy gravemente al mantenimiento del poder adquisitivo de las muy deterioradas pensiones españolas.

En nuestro país se viene demandando la necesidad de una reforma política en profundidad o de un proceso constituyente que resetee el decadente régimen político del 78, pero quizá no nos demos cuenta que más allá de la política está la política urgente de la fraternidad; el aumento espectacular de la asistencia social de las iglesias y organizaciones religiosas en los últimos años y de la cesión de los servicios sociales a las empresa privadas y la organización religiosa ha tenido en ocasiones el aspecto de un regreso a la caridad y a la beneficencia del siglo XIX. En realidad, cuando el corsé de los servicios públicos y del Estado bienestar explota entonces surge la caridad y esta se pretende institucionalizar.

Para el laicismo el deseo de cambio político, es decir, de la libertad y de la igualdad, debe ir siempre unido a la fraternidad; la aspiración de una república política tendría que ir unida a la aspiración por una república social. Además, todo esto tiene un coralario político clarísimo: cuando la pobreza se extiende y surge la caridad entonces suele ir acompañada del aumento del crecimiento de las opciones políticas autoritarias, del irracionalismo y del populismo y esto ya se está viendo reflejado, peligrosamente, en las prospectivas electorales.

Es urgente impulsar una política laica, es decir, una política que transcienda el mero interés del demos político e incluya el laikus, es decir el pueblo y el pueblo más excluido de la vida política; porque si formas parte de la España de los 10 millones de pobres o de los 3 millones de pobreza severa o si cobras el salario mínimo, tu interés es sobre todo social y transciende lo meramente político y no entiendes una reforma política si no incluye lo social. Por eso, históricamente, el laicismo ha defendido la república democrática y social. Nosotros no entendemos ningún cambio político sin la participación del pueblo. Hoy los que claman y proclaman la transparencia gubernamental son los que más cultivan el secretismo. Esta idea, por ejemplo, de cambiar o reformar la Constitución en una mesa camilla es una idea oligárquica y contra la democracia; intentar impulsar una reforma constitucional sin el pueblo es un fraude a la democracia.

Es urgente, en estas circunstancias, apelar a la fraternidad; es el momento de la fraternidad: exigiendo la defensa de los servicios públicos universales y contra su deterioro; una vez estos servicios universales se deterioran se quiebra el universalismo y surge la fragmentación. Si la expectativa es el deterioro de lo público, de lo común, la desigualdad se impone. Por eso en la enseñanza, en la sanidad o en los servicios sociales han crecido los sectores privados en los últimos años. Si nadie lo remedia vamos encaminados hacia un deterioro de lo común y hacia una fragmentación de lo social y ello tendrá consecuencias para el demandado cambio político. Si el cambio político no incluye también lo social, será un maquillaje y algo muy limitado; por eso es tan urgente reclamar el momento de la fraternidad. Reivindicar mejoras sustanciales en lo social y en lo material para que los ciudadanos nos podamos interesar en la política. Las cosas están cambiando muy deprisa y cuantas más pequeñas son las pantallas el monopolio informativo es mayor y esto también influye en la libertad de expresión y en la conciencia de la ciudadanía que se ve sometida a una manipulación mediática sin precedentes. Junto al Gran Hermano de la vigilancia también está el Gran Hermano de la propaganda. Definitivamente, el mundo no se cambia ni en el facebook ni en el twitter.

8/012018

Antonio G. Movellán es miembro de Europa Laica.







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