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Entrevista a Mercedes Olivera (Antropóloga feminista)
“Las zapatistas han logrado en 10 años lo que nosotras no conseguimos en 50 o 60”
29/06/2018 | Mireia Pérez

Mercedes Olivera (Ciudad de México, 1934) renunció hace pocos meses al doctorado honoris causa que le había otorgado la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. El motivo: la institución había decidido homenajear con el mismo título al General Salvador Cienfuegos Zepeda, a quien atribuye la responsabilidad de graves casos de violaciones a los derechos humanos como la desaparición de los 43 de Ayotzinapa. Fundadora del Centro de Investigación y Acción de la Mujer Latinoamericana y del Centro de Derechos de la Mujer de Chiapas, durante las últimas 6 décadas ha sido testigo y acompañante de diversos movimientos de mujeres en lucha por la tierra, tanto desde la academia como desde las trincheras, a través de su trabajo en el campo de la antropología feminista en el sureste mexicano y Centroamérica.

Mientras la izquierda moderada celebra anticipadamente el triunfo en unas elecciones marcadas por la violencia, conversamos con ella sobre zapatismo, violencia institucional y feminismos indígenas.

En su renuncia al doctorado honoris causa por la Unicach en protesta por la decisión de entregar este reconocimiento al General Salvador Cienfuegos Zepeda denunció el papel de “una Universidad-Estado que premia al Ejército por la libertad de torturar, matar e intervenir impunemente en nuestros cuerpos y nuestras vidas.” ¿Se puede construir un modelo de academia fuera de este contexto de alta violencia en México?

Es difícil. Cada vez el Estado está accediendo más a las disposiciones internacionales neoliberales y tiene menos poder real. Para poder ejercer el poco poder que tiene, ha tenido que militarizar sus instituciones y ha creado, entre otras cosas, la Ley de Seguridad Interna, que da al Ejército todo el poder y, pasando por encima de la Constitución, de la tradición democrática, de todas las libertades, permite que el Ejército, la Marina y los paramilitares intervengan en contra de la población argumentando que están protegiendo la seguridad interna del país. Se arrogan el derecho de reprimir los movimientos, las protestas, lo que no está de acuerdo con sus intereses y con los intereses de las empresas neoliberales. Ya no defienden sólo los intereses de una cúpula estatal de políticos y de empresarios nacionales, sino que se someten a este poder sistémico que está dominando todos nuestros países en América Latina. En ese contexto, la idea de crear o de mantener un espacio de libertad es difícil. Mi posición ante la posibilidad de que se le diera el título honorífico honoris causa a este personaje es parte de las pequeñas luchas que aún podemos dar, que son más bien resistencias, y que son una forma de mantener la coherencia entre lo que piensa uno y lo que hace.

En sus primeras experiencias en trabajo de campo como antropóloga se percató de lo poco que la visión culturalista imperante en el momento hacía por evidenciar y superar estructuras de opresión. En los 70 abandonó la actividad académica para trabajar con las comunidades. ¿Con qué retos se encuentra una investigadora acabada de egresar de la academia al emprender esta tarea?

El mayor reto es poder integrarse realmente en sus procesos sociales. Al contrario que en el trabajo académico, que se hace desde una distancia conceptual, para trabajar con comunidades hay que formar parte de los grupos que están luchando por lo que ahora llamamos “la sostenibilidad de la vida”, pero que no es más que el derecho a mantener una dignidad humana.

En este momento, cuando decidí separarme de la academia, me integré a un estudio que hicimos sobre las fincas aquí en Chiapas. En esa época bajó el precio del café porque aumentó la producción del café brasileño y los finqueros destinaron sus campos a la ganadería. Esto implicó despidos a los trabajadores que tenían acasillados en las fincas para la cosecha del café. Los campesinos estaban sin trabajo, sin lugar donde vivir, expulsados de las fincas. Llegué a una comunidad en Huitiupán, Santa Catalina, donde estaban hacinados muchos de estos campesinos. Al conversar con ellos resultó que no conocían la historia de México y de la Revolución, ¡no conocían a Zapata! Entonces mis alumnos les dieron una charla sobre lo que fue el zapatismo, la lucha zapatista [de principios del siglo XX]. Al día siguiente, cuando nos despertamos, ya se habían ido a tomar las fincas. Allí encontramos a los administradores y a los dueños de las fincas enterrados en el piso hasta el cuello o amarrados a los árboles. Los campesinos decían: “Ustedes nos dijeron que la tierra es de quien la trabaja, así que ellos no son los dueños. Ahora están sintiendo lo que es ser esclavos en su tierra.” Fue tremendo porque inmediatamente llegó el Ejército y con él la represión, fue una masacre. Fue una lección también para nosotras porque, en ese tipo de trabajo, y estoy hablando del reto por el que me preguntabas, tenemos que tener una estrategia muy clara de cómo y cuándo se va a dar la lucha para que los costos no sean tan dolorosos como lo fueron en esa ocasión.

De hecho ese episodio se dio al inicio de los importantes movimientos agrarios de los años 70 y 80 en Chiapas, que precedieron la insurrección del EZLN en los 90.

En ese momento empezó un importante movimiento campesino en Chiapas. Anteriormente se habían formado algunos ejidos, pero los habían creado las autoridades y no habían sido producto de la lucha campesina. Las tierras que les dieron por orden del gobierno en esas primeras dotaciones eran las más lejanas, pedregosas e improductivas. Este segundo momento, en cambio, surgió de una organización del campesinado, fundamentalmente de las zonas indígenas y campesinas de la parte norte-noreste de Chiapas. Las condiciones de vida de los trabajadores en las fincas fue lo que realmente alentó al campesinado a levantarse. Entre los años 1976 al 1984, cuando se da este movimiento campesino, en algunas fincas y ranchos todavía existían formas serviles de explotación a los campesinos, quienes subsistían con salarios bajísimos por jornadas de trabajo muy largas. Las mujeres sufrían aún el derecho de pernada, la obligación de trabajar para los amos no sólo como servicio doméstico sino en el ámbito sexual. Las formas de explotación del régimen de fincas se extienden desde el fin de la Colonia hasta 1986, que es cuando más o menos se realiza la redistribución agraria. Ahí surge una nueva ola de luchas campesinas que se juntan con la lucha zapatista de los 90.

¿Vivió el “Ya basta” del EZLN desde Chiapas?

Sí, estaba en Comitán trabajando con refugiadas guatemaltecas.

En sus textos de la época denuncia la mirada eurocentrista y asistencialista de algunas de las organizaciones con quienes trabajaba.

Las políticas asistencialistas son parte de las políticas neoliberales. Muchos programas del gobierno e incluso de las organizaciones no gubernamentales tenían este carácter. Nuestro trabajo con las refugiadas estaba orientado a facilitar que las mujeres pudieran autodeterminarse: conocer su cuerpo, tomar sus propias decisiones y también ejercer el derecho de decidir cuándo y a dónde querían regresar a su país.

Fue muy interesante porque había el consejo de los pueblos refugiados pero todos eran hombres, no había mujeres. Trabajando con ellas lograron tener una representación en las asambleas. Fue difícil para ellas asumir cargos de dirección porque nunca los habían tenido, y más en organizaciones mixtas, donde había que confrontar directamente el machismo y las costumbres que subordinan a las mujeres. Cuando termina la primera asamblea donde participan las mujeres representantes, las compañeras les preguntaron cómo había ido y las representantes les respondieron: “En la primera parte se platicó de la situación, se informó de cómo el gobierno de Guatemala se resiste a reconocer nuestro derecho de retorno, etcétera”. “¿Y en la segunda?” “No sabemos, porque se decidió por mayoría de votos que las mujeres fuéramos a preparar la comida”. Ellas tenían claro que no les gustaba ir a cocinar, pero ¿cómo iban ellas a oponerse a un acuerdo de la asamblea? Trabajamos con ellas que la misoginia y el machismo atraviesan todas las instancias, incluso en los procesos revolucionarios. A partir de ese día las mujeres no aceptaron más hacer la comida mientras los hombres discutían. Este proceso se dio en paralelo a una lucha por el acceso a la propiedad de la tierra en su retorno. La mayoría de comunidades que retornaron a Guatemala consiguieron que las mujeres pudieran ser copropietarias o propietarias de la tierra. Fue un proceso muy ejemplar que nos inspiró cuando retomamos el trabajo con las mujeres de Chiapas.

En ocasiones ha afirmado que las reivindicaciones de las mujeres indígenas en Chiapas formarían parte de un feminismo muy distinto al hegemónico. ¿En qué consiste este feminismo indígena, si lo podemos llamar así, y en qué difiere de aquello que denominamos feminismo hegemónico?

Una característica muy importante del feminismo indígena es que está ligado a la vida de la comunidad. El feminismo llamado hegemónico (que yo llamo feminismo positivista), al contrario, surge como reivindicación individualista, ligada al Estado liberal y, por lo tanto, cargada de muchos valores positivistas y liberales. Esto lleva a lo que se llamó después, por parte de los Estados y las políticas sistémicas, el famoso empoderamiento de la mujer, que implica un romper con la vida comunitaria.

Otra característica es su carácter antisistémico. Sobre todo el planteamiento zapatista tiene como elemento central el pensar que ya no es suficiente la lucha contra el Estado, porque los estados han perdido poder y capacidad real de decisión. Todas las políticas neoliberales de recortes a la vida social, a la reproducción social, han afectado muchísimo a las mujeres. No se puede limitar la lucha ya a los problemas estatales o directamente relacionados con las políticas estatales, porque esas políticas están originadas mucho más arriba. Esto se ve muy claramente con todas las políticas del neoextractivismo que están protegidas por el Estado y por los ejércitos, pero que evidencian que realmente la decisión de exportar capitales y establecer estas nuevas formas de sometimiento y de despojo vienen de estructuras económicas y sistémicas mucho más grandes.

Este feminismo positivista (que finalmente todos los feminismos derivan de él, no tenemos por qué tenerle tanto odio) sí tenía cargas muy especiales en México y aquí en Chiapas. Nuestros feminismos estaban muy ligados a las militancias de izquierda y teníamos este espíritu de salvacionismo. Nos acercábamos a las comunidades y a las mujeres indígenas con esta idea de “concientizarlas” de sus problemas de género. Al hacer este proceso no tratábamos las formas en que ellas padecían su subordinación, sino nuestras propias formas de subordinación. Nos costó trabajo entender y aceptar que son formas diferentes de vivir la subordinación, de concebirla y también de cambiarla. Resolver las subordinaciones en las comunidades indígenas implica una transformación de la cultura comunitaria y de las relaciones comunitarias.

¿Cómo valora los esfuerzos del movimiento zapatista en ese aspecto?

Lo que podríamos llamar feminismo zapatista (que ellas no lo llaman así) ha logrado una transformación de las relaciones de género desde esa base comunitaria. Después del triunfo zapatista nos insertamos en las comunidades para trabajar con ellas y nos dijeron que teníamos que salir. Nosotras lo vivimos muy mal: “¿Pero cómo? Si las mujeres están aprendiendo, están trabajando, están organizadas…” Luego lo entendimos. Fue muy interesante ver cómo ellas hicieron sus propias transformaciones, sobre todo a partir del 2003, cuando empieza una política muy diferente, de transformación de las mujeres pero también de los hombres. Para lograr esas transformaciones ha sido fundamental la construcción de un espacio político de autonomía comunitaria donde realmente se decida colectivamente combatir estas desigualdades y abusos. Digo que sólo se pudo hacer a partir del 2003 porque fue cuando las estructuras militares del EZLN se separan de las estructuras civiles y entonces empiezan a construir una autonomía real. Ellas lograron, no digamos en 20 años, sino en 10 años, mucho más de lo que nosotras hemos logrado en 50 o 60 años de trabajo con las comunidades.

Y sin embargo el mismo movimiento ha sido muy autocrítico respecto de sus logros en relación con la emancipación femenina. Sylvia Marcos, por ejemplo, explica que en la escuelita zapatista, en 2013, las propias zapatistas hablaban de lo “poquito” que habían avanzado o lo mucho que les había “costado” llegar a donde habían llegado…

Claro que no ha sido fácil. Es una lucha que incluye la transformación de las relaciones de género como un elemento político colectivo, no sólo de las mujeres. Esto me parece fundamental, porque no solamente tenemos que cambiar las mujeres, cambiar las relaciones implica que sobre todo los hombres asuman un papel diferente, nos vean de una manera diferente, nos valoren de una manera diferente, y podamos tener la posibilidad de acceder a todas las actividades productivas y reproductivas en igualdad.

¿Cómo reproducimos esos logros del zapatismo fuera de los Caracoles?

Para mí la cuestión del espacio político es fundamental. Si no hay este ambiente, este espacio de transformación desde muy abajo, desde la base, desde la construcción colectiva, realmente no se avanza. ¿Qué nos ha pasado después de muchos años de trabajo en las comunidades? Resulta que ahora el Estado ha cooptado a las mujeres con las que trabajamos. Están creando una dependencia económica en las mujeres, que es todo lo contrario a lo que nosotras entendemos como autodeterminación. Con el poco dinero que les dan, en la práctica están echando para atrás los logros que habíamos construído con ellas.

En este contexto, ¿cómo interpreta la decisión de presentar la candidatura independiente de Marichuy por parte del CNI-CIG, con apoyo del EZLN?

Yo creo que fue una decisión muy difícil de entender porque se había trabajado mucho la autonomía respecto del Estado y el rechazo hacia todas las formas electorales, que sabemos que son formas de manipulación y pura fantasía de democracia, que no existen. Cuando toman la decisión de participar o de nombrar a Marichuy como vocera, nos costó entender qué se pretendía. Y creo que lo explicaron bien. Tuvimos que leer y releer los comunicados, pero entendimos que se trataba de aprovechar el espacio electoral para hacer una promoción de la construcción de la autonomía de los pueblos indígenas y campesinos. Todos sus mensajes fueron en el sentido de “organícense, lo que queremos es que se organicen. No queremos votos, ni siquiera queremos lograr la inscripción.” Lo fundamental es que, con el pretexto de conseguir las firmas, hubiera la posibilidad de fortalecer la organización de los pueblos. Es muy interesante cómo muchos de los que se integraron en el proceso son gente que de una u otra manera habían estado con los zapatistas y por diferentes razones habían salido. El proceso generado por el Concejo Indígena de Gobierno abre nuevamente un espacio político para que esta gente participe y se involucre en un proceso de liberación. La presencia de Marichuy animó mucho tanto a las mujeres como a los sectores campesinos en general a participar políticamente. Como ellos decían: es el inicio de un proceso, no es el fin.

¿Qué podemos esperar, si se cumplen los pronósticos, para las mujeres y los pueblos indígenas tras las elecciones federales del próximo 1 de julio?

Tal vez yo soy muy radical pero pienso que, en el mejor de los casos, reconocerán a López Obrador, y sin embargo el contexto histórico y la dinámica neoliberal van a hacer que se someta a las normas sistémicas o que deje la presidencia. Me parece que no hay un espacio para gobernar fuera de las dinámicas neoliberales. Mucho de lo que está planteando (no reconocer la reforma educativa, echar atrás la reforma energética), muchos de sus discursos que señalan una intención de hacer una forma diferente de gobierno y de sociedad, van a ser muy difíciles de cumplir. Lo que los zapatistas llaman la Hidra, el monstruo del sistema, está definiéndonos la vida a todos y a todas en América Latina. Yo creo que no hay espacio para un gobierno ya no digo revolucionario, pero por lo menos democrático, en México.

22/06/2018





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