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Una reseña insólita
Trotsky escribe sobre Céline
23/01/2011 | Pepe Gutiérrez-Álvarez

Los diarios traían en portada este último sábado la noticia de que, con ocasión del 50 aniversario de su muerte que tuvo lugar el 1 de julio de 1961, “Francia sigue sin perdonar a Céline” (El País, 22/01/11), y el motivo fundamental era “su virulento antisemitismo”. El letrado Serge Karsfled, pedía al titular de Cultura del gobierno de Sakorzy "renunciar a echar flores sobre la memoria de Céline, de la misma forma que [su tío, el presidente] François Mitterrand se vio obligado a no depositar un ramo sobre la tumba de [el mariscal] Pétain", cabeza del régimen colaboracionista de Vichy a la vez que héroe militar de la primera guerra mundial.

Por su parte, el crítico y académico Henri Godard ha cuestionado la medida y se pregunta: "¿Debemos, podemos celebrar a Céline?", consciente de los recelos que levanta el autor. "Fue un hombre de un antisemitismo virulento (...) pero es también el autor de una obra novelesca de la que se ha convertido en habitual decir, que con la de Proust, domina la novela francesa de la primera mitad del siglo XX".


En una línea muy parecida se ha manifestado el filósofo Bernard-Henri Lévy, alguien cuya integridad moral no resulta muy superior a la Céline, y que ha declarado que había que aceptar al turbio escritor con todas sus contradicciones. "Aunque la conmemoración sirviese solo a eso (...) a empezar a entender la oscura y monstruosa relación que ha podido existir, en el caso de Céline al igual que en otras personalidades, entre el genio y la infamia, habrá sido no solo legítima, sino útil y necesaria".


El asunto plantea diversas cuestiones sobre los escritores de talento que en su momento mostraron que el talento no impide a muchos ser un miserable, y el caso de Céline nos lleva al terreno de escritores que militaron en el fascismo, algunos de la talla de un Céline o de un Eugene Ionesco, o Cioran, furibundos conservadores. Ionesco declaró siempre que él estaba “comprometido” contra el “compromiso”, refiriéndose por supuesto con el modelo Sartre. Pero esta actitud no le impediría en los años noventa firmar manifiestos despreciables a favor de la “contra” nicaragüense, lo que vale decir a favor del fascismo exterior de la política de Reagan.


Está claro que se le puede reconocer a Céline un lugar al lado o después de Proust como escritor, pero como persona solamente merece desprecio. Cierto es también que su pecado resulta mucho más visible que otros, como lo pudieron ser el apoyo a las guerras imperialistas en Argelia o el Vietnam, por no hablar del sórdido sionismo de Bernard-Henri Lévy cuyo artículo sobre la matanza de la flotilla humanitaria de Gaza, fue publicado en lugar destacado en El País a pesar de que llegará un momento en que se le reconozca un lugar no muy lejano al que actualmente ocupan algunos de los escritos de Céline.


Con todo, la ocasión la brindan calvas para hablar de un autor, y evocar uno de los primeros –si no el primero de todos- que supo reconocer tanto su talento como el abismo que se abría en sus contenidos.
Pepe Gutiérrez-Álvarez



León Trotsky: Céline (*)

Louis Ferdinand Céline entró en la gran literatura como otros entran en su propia casa. Hombre maduro, dotado de la vasta provisión de las observaciones del médico y del artista, con una soberana indiferencia respecto al academicismo, con un sentido excepcional de la vida y del lenguaje, Céline ha escrito un libro que perdurará aunque haya escrito otros de la misma talla que éste. Viaje al fin de la noche, novela del pesimismo, dictada más por el espanto ante la vida y el hastío que ella ocasiona que por la rebelión. Una rebelión activa va unida a la esperanza. En el libro de Céline no hay esperanza.
Un estudiante parisino, de familia humilde, razonador, antipatriota, semianarquista —personajes que pululan en los cafés del Barrio Latino—, se alista como voluntario, imprevisiblemente, apenas suena el primer toque de clarín. Enviado al frente, en medio de esa carnicería mecanizada, comienza a envidiar la suerte de los caballos, que revientan como seres humanos pero sin frases altisonantes. Después de recibir una herida y una medalla, pasa por varios hospitales donde unos médicos astutos lo persuaden a volver cuanto antes « al ardiente cementerio del campo de batalla ». Enfermo, deja el ejército, parte hacia una colonia africana donde se asquea de la bajeza humana, agotado por el calor y la malaria tropicales. Después de haber entrado clandestinamente en América, trabaja en la Ford, y encuentra una fiel compañera en la persona de una prostituta (éstas son las páginas más tiernas del libro). De regreso a Francia, se hace médico de los pobres y, herido en el alma, vaga en la noche de la vida entre los enfermos y los sanos no menos dignos de lástima, depravados y desdichados.
Céline no se propone, en modo alguno, la denuncia de las condiciones sociales en Francia. Es cierto que, de paso no perdona ni al clero, ni a los generales, ni a los ministro siquiera al presidente de la república. Pero su relato se
desarrolla siempre muy por debajo del nivel de las ciases dirigentes, por entre gente humilde, funcionarios, estudiantes, comerciantes y porteros; incluso por dos veces se
porta más allá de las fronteras de Francia. Céline comprueba que la actual estructura social es tan mala como cualquier otra, pasada o futura. En general, está descontento de los hombres y de sus actos.
La novela está pensada y realizada como un panorama de lo absurdo de la vida, de sus crueldades, de sus conflictos y de sus mentiras, sin salida ni destello de esperanza. Un suboficial que atormenta a los soldados antes de sucumbir con ellos; una rentista americana que pasea su futilidad por los hoteles europeos; funcionarios de las colonias francesas embrutecidos por la codicia; Nueva York con su automática indiferencia hacia los individuos sin dólares y su arte de desangrar implacablemente a los hombres; de nuevo París; el mundillo mezquino y envidioso de los eruditos; la muerte lenta, humilde y resignada de un niño de siete años; la tortura de una muchachita; pequeños y virtuosos rentistas que por economía matan a su madre; un cura de París y un cura de los confines de Africa, dispuestos los dos a vender a su prójimo por algunos centenares de francos, el uno aliado a los rentistas civilizados, el otro a los caníbales... De capítulo en capítulo, de página en página, los fragmentos de vida se van uniendo en una absurdidad sucia, sangrienta, de pesadilla. Una visión pasiva del mundo, con una sensibilidad a flor de piel, sin aspiración hacia el futuro. Tal es el fundamento psicológico de la desesperación, una desesperación sincera que se debate en su propio cinismo.
Céline es un moralista. Mediante procedimientos artísticos, profana paso a paso todo lo que habitualmente goza de la más alta consideración: los valores sociales bien establecidos, desde el patriotismo hasta las relaciones personales y el amor. ¿La patria está en peligro? « La puerta no es lo suficientemente grande cuando se quema la casa del propietario... de todas formas habrá que pagar ». No necesita criterios históricos La guerra de Danton no es más noble que la de Poincaré: en ambos casos la « deuda del patriotismo » ha sido pagada con sangre. El amor está envenenado Por el interés y la vanidad. Todos los aspectos del idealismo no son más que « instintos mezquinos revestidos de grandes Palabras ». Ni la imagen de la madre queda a salvo: cuando Se entrevista con el hijo herido «lloraba como una perra a quien le han devuelto sus cachorros, pero ella era menos que Una perra pues había creído en las palabras que le dijeran Para arrancarle al hijo ».
El estilo de Céline está subordinado a su percepción del mundo. A través de este estilo rápido, que pudiera parecer descuidado incorrecto, apasionado, vive, brota y palpita la verdadera riqueza de la cultura francesa, la experiencia e intelectual de una gran nación en toda su riqueza y en sus más finos matices. Y, al mismo tiempo, CeIine escribe como si fuese el primero en enfrentarse con el lenguaje. Este artista sacude de arriba abajo el vocabulario de la literatura francesa. Los giros gastados caen como una pelota lanzada. Por el contrario, las palabras proscritas por la estética académica o la moral, resultan irremplazables para expresar la vida en su grosería y bajeza. En él, los términos eróticos sólo sirven para fustigar el erotismo; Céline los utiliza al igual que las palabras que designan las funciones fisiológicas no reconocidas por el arte.
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Sobre el fondo del “inmutable espectáculo de las intrigas parlamentarias y de los escándalos financieros», como dice Poincaré, la novela de Céline reviste una doble significación. No por acaso la prensa bien pensante, que en su tiempo se indignaba de la publicidad dada al caso Oustric, acusó mediatamente a Céline de difamar a la «nación». La comisión parlamentaria había llevado a cabo su encuesta con el cortes lenguaje de los iniciados del que no se apartaban ni acusados ni acusadores (la línea divisoria de las aguas no estaba Siempre bien definida entre ellos), Por su parte, Céline está libre de todo convencionalismo, rechazando brutalmente los vanos colores de la paleta patriótica. Tiene sus propios colores, que ha arrancado a la vida en virtud de sus derechos de artista. Es verdad que no aprehendía la vida en los escaños parlamentarios ni en las altas esferas gubernamentales, sino en sus manifestaciones más comunes. No por ello es más fácil su tarea. Levantando los velos superficiales de la decencia, descubre las raíces, descubre el cieno y la sangre. En su siniestro panorama, el asesinato por un pequeño beneficio pierde su carácter excepcional, y está tan unido a la mecánica cotidiana de la vida, transformada por el provecho y la codicia, como lo está el caso Oustric a la mecánica más elevada de las finanzas modernas. Céline muestra lo que es, por eso tiene el aspecto de un revolucionario. Pero no es un revolucionario, ni quiere serlo. No apunta al blanco, quimérico para él, de reconstruir la sociedad. Quiere solamente arrancar el prestigio que rodea a todo lo que le espanta y atormenta. Para descargar su conciencia ante los horrores de la vida, este médico de los pobres necesitó nuevas reglas estilísticas. Ha resultado ser un revolucionario de la novela. Tal es, en general, la condición del movimiento en el arte: el choque de tendencias contradictorias.
No sólo se gastan los partidos en el poder, sino también las escuelas artísticas. Los procedimientos de la creación se agotan y cesan de herir los sentimientos del hombre: es el signo inconfundible de que una escuela está madura para entrar en el cementerio de las posibilidades agotadas, es decir, en la Academia. La creación viva no puede salir adelante sin desviarse de la tradición oficial, de las ideas y sentimientos canonizados, de las imágenes y giros impregnados de la lacra de la costumbre. Cada nueva orientación busca un nexo más directo y sincero entre las palabras y las percepciones. La lucha contra la simulación en el arte se transforma siempre, más o menos, en lucha contra la falsedad de las relaciones sociales. Porque es evidente que si el arte pierde el sentido de la hipocresía social, cae inevitablemente en el preciosismo.
Cuanto más rica y compleja es una tradición cultural nacional, más brutal es la ruptura. La fuerza de Céline reside en que rechaza, con una tensión extrema, todos los cánones; viola todos los convencionalismos y, no contento con desnudar la vida, le arranca la piel. De aquí la acusación de difamación. Pero precisamente, aunque reniega violentamente de la tradición nacional, Céline es profundamente nacional. Como los antimilitaristas de la preguerra, en su mayoría patriotas desesperados, Céline, francés hasta la médula de los huesos, retrocede ante las máscaras oficiales de la tercera república. El «celinismo» es un antipoincarismo moral y artístico. En esto reside su fuerza, pero igualmente sus límites.
Cuando Poincaré se compara a Silvio Pellico, esta fría combinación de fatuidad y de mal gusto es estremecedora. Pues el verdadero Pellico, no el de Poincaré encerrado en un palacio en calidad de jefe de Estado, sino el que fue arrojado a las mazmorras de Santa Margarita y de Speilberg por su condición de patriota, ¿no nos hace descubrir otro aspecto más elevado de la naturaleza humana? Dejando de lado a este italiano católico y practicante —más bien una víctima que un combatiente—, Céline hubiera podido señalarle al alto dignatario « prisionero del Palacio del Elíseo », otro prisionero que pasó 40 años en las cárceles francesas antes de que los hijos y los nietos de sus carceleros diesen su nombre a un boulevard parisiense: Augusto Blanqui.
¿No significa esto la existencia en el hombre de algo que le permite elevarse por encima de sí mismo? Si Céline desdeña la grandeza de alma y el heroísmo de ios grandes designios y de las esperanzas, de todo lo que hace salir al hombre de la noche oscura de su propio yo, es por haber visto a tantos sacerdotes jugosamente pagados servir en los altares del falso altruismo. Implacable consigo mismo, el moralista huye de su imagen reflejada en el espejo, rompe la luna y se corta la mano. Semejante lucha agota y no abre perspectiva alguna. La desesperación conduce a la resignación. La reconciliación abre las puertas de la Academia. Y, más de una vez, los que minaron las convenciones literarias terminaron la carrera bajo la Cúpula.
En la música del libro, hay disonancias significativas. Rechazando no sólo lo real, sino también lo que podía sustituirlo, el artista mantiene el orden existente. En este sentido, quiéralo o no, Céline es un aliado de Poincaré. Pero, al descubrir el engaño, sugiere la necesidad de un futuro más armonioso. Aunque estime que nada bueno saldrá del hombre, la intensidad de su pesimismo lleva en sí el antídoto.
Céline, tal cual es, es fruto de la realidad y de la novela francesa. No tiene de qué avergonzarse. El genio francés ha encontrado en la novela una expresión inigualada. A partir de Rabelais, también médico, una magnífica dinastía de maestros de la prosa épica se ha ramificado durante cuatro Siglos, desde la risa enorme de la alegría de vivir, hasta la desesperación y la desolación, desde la aurora esplendorosa hasta el fin de la noche. Céline ya no escribiría otro libro donde brillen tanto la aversión de la mentira y la desconfianza de la verdad. Esta disonancia debe resolverse. O el artista se acostumbra a las tinieblas, o verá la aurora.



1. León Trotsky escribió este estudio en Prinkipo, 10 de mayo de 1933 algunos meses después de la publicación del Viaje al fin de la noche. Lo tituló Céline y Poincaré, pero hemos extraído el fragmento dedicado a este último. Su traducción al castellano apareció en el segundo volumen de la edición de Literatura y revolución efectuada por Ruedo Ibérico en su “Biblioteca de cultura socialista” en París, 1969. Normalmente no aparece incluido en las ediciones más antiguas de esta obra de Lenin, y no parece que se encuentre en las diversas ediciones de obras de trotsky en la Red. Sí fue incluida en la antología que realizó José Álvarez Junco (que formó parte de equipo traductor de Ruedo), para alianza (Sobre arte y cultura), así como en la edición de 1977 en Akal.





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