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Juventud y sindicalismo
Juventud, organización e intervención sindical*
24/09/2012 | Nacho Álvarez

La intensa crisis económica que padecemos ha acentuado debates que se venían ya teniendo en las organizaciones sindicales. Es el caso del debate sobre la afiliación y la participación de los jóvenes en los sindicatos. ¿Qué pasa con los jóvenes? ¿Acaso ya no se organizan sindicalmente como antes? ¿Cómo se produce la renovación sindical en un contexto como éste?

Asistimos en este momento (en el marco de la crisis) a una enorme ofensiva política contra las conquistas laborales y los derechos sociales. La defensa de dichos derechos pasa necesariamente por el reforzamiento de las organizaciones sindicales y porque éstas actúen como instrumentos al servicio de los intereses de las y los asalariados y de la mayoría social. En este sentido, la renovación generacional en los sindicatos es una cuestión de enorme trascendencia.

Sin embargo, particularmente desde el surgimiento del movimiento 15M, observamos que buena parte de los jóvenes que deciden participar en la vida política y social del país lo hacen a través de espacios y actividades diferentes a la intervención sindical. ¿Por qué se ha producido este relativo distanciamiento entre la juventud y los principales sindicatos de clase del país?

Planteamos a continuación algunos elementos que pueden ayudar a responder estas preguntas. Los agrupamos en dos bloques. En primer lugar, el relativo a los factores estructurales que dificultan una mayor organización sindical de la juventud. En segundo lugar, revisamos aquellos elementos “subjetivos” que contribuyen a alejar a muchos jóvenes del mundo sindical.

Tras examinar estos dos bloques analizamos la experiencia que para parte de la juventud ha supuesto el movimiento del 15M, así como las relaciones de dicho movimiento con el mundo sindical.

Dificultades estructurales para la organización sindical de los jóvenes

Son diversos los factores que, de forma estructural, contribuyen al alejamiento de los jóvenes del mundo sindical. En primer lugar, qué duda cabe, deben destacarse los económicos: los intensos problemas de inserción laboral que padecen los jóvenes en el estado español dificultan que éstos se puedan referenciar laboralmente. El elevado desempleo, los altos niveles de temporalidad y de precariedad, así como la intensa rotación profesional y sectorial obstaculizan enormemente un vínculo estable de los jóvenes con el trabajo.

Según datos del segundo trimestre de 2012 de la Encuesta de Población Activa, el desempleo afecta a uno de cada dos jóvenes españoles entre 20 y 24 años, y a casi un tercio de los que tienen entre 25 y 29 años (ver Cuadro 1). Además, el desempleo entre los jóvenes se mantiene muy elevado al margen del nivel de formación alcanzado. Como es de esperar el desempleo es menor entre quienes tienen un mayor nivel de estudios, pero incluso entre quienes alcanzan estudios universitarios la tasa de desempleo se eleva al 40% para el tramo de edad entre 20 y 24 años, y al 23% para el de 25 a 29 años.

Cuadro 1: Tasas de paro por nivel de formación alcanzado y grupo de edad, 2012 (%)

Educación primaria

Educación secundaria y FP (primera etapa)

Educación secundaria y FP (segunda etapa)

Educación superior

Total

De 20 a 24 años

65,2

50,3

47,6

39,9

48,9

De 25 a 29 años

50,4

39,4

28,5

23,0

31,1

Fuente: Encuesta de Población Activa, INE.

Además, las enormes tasas de subempleo existentes en la economía española conllevan que buena parte de los jóvenes que tienen la “suerte” de poder trabajar lo hagan en profesiones de cualificación interior a su nivel de estudios. La OCDE calcula que el 44% de los titulados superiores españoles entre 25 y 29 años ocupa puestos de trabajo de cualificación inferior a su formación, frente a la media del 23% de los países de la OCDE /1. De este modo, existen en nuestro país miles de jóvenes que se ven obligados a trabajar no sólo bajo figuras contractuales sumamente precarias (contratos temporales, becas que no cotizan, etc.), sino que además lo hacen en sectores ajenos a su cualificación (especialmente en la hostelería y el comercio)

Aún más preocupante, un 29% de los jóvenes entre los 25 y los 29 años no se encuentra ni trabajando ni en el sistema educativo (los conocidos “NI-NI”), lo que supone casi nueve puntos porcentuales por encima del promedio de la OCDE/2.

Todos estos factores determinan un progresivo alejamiento entre los jóvenes y el mundo sindical. El elevadísimo desempleo impide el acceso de buena parte de la juventud al mundo laboral y, con ello, la toma de contacto con los sindicatos. El subempleo invita a quien lo sufre a sentirse “de paso” en su puesto de trabajo, a la espera de un empleo más acorde con su cualificación, desincentivando con ello la defensa de las condiciones de trabajo y la propia organización.

Los cambios acontecidos a lo largo de estas últimas décadas en el tejido productivo de nuestro país se han traducido igualmente en un factor que dificulta el acercamiento de los jóvenes al mundo sindical. Los procesos de reconversión industrial, así como las continuas operaciones de reestructuración de buena parte de las grandes y medianas empresas españolas, han determinado la ruptura de los espacios tradicionales de concertación, erosionando el poder contractual y reivindicativo de las organizaciones sindicales.

Así, las operaciones de refocalización de las empresas sobre el corazón de su cadena de valor, la externalización y la subcontratación de las líneas secundarias han determinado la progresiva fragmentación de los asalariados en diversas categorías, deteriorando su capacidad de acción colectiva. A esta erosión de la capacidad de acción colectiva han contribuido también, qué duda cabe, las sucesivas reformas laborales, que han impulsado la desreglamentación del mercado de trabajo y la proliferación de nuevas figuras contractuales crecientemente precarizadas.

De este modo, la experiencia material de los jóvenes se ha modificado sustancialmente en su acercamiento al mundo del trabajo a lo largo de las dos últimas décadas. Hemos pasado de relaciones laborales estables a relaciones laborales “líquidas” y precarias, caracterizadas por una sucesiva yuxtaposición de contratos temporales (en diversas empresas e incluso sectores) con periodos de desempleo.

Esta realidad ha quebrado el tipo de cultura laboral imperante en décadas anteriores: la inmediatez, el cambio permanente y la falta de compromisos sostenidos en el ámbito laboral han determinado que las viejas culturas obreras de la solidaridad hayan quedado parcialmente difuminadas. La construcción de comunidades simbólicas es clave para la intervención colectiva, la resistencia y la organización. La solidaridad anida en las grietas del tiempo y de la experiencia compartida; necesita un cierto grado de compromiso –por voluntad o por necesidad– con el trabajo desempeñado y precisa de vínculos laborales y sociales mínimamente estables. La realidad material de los jóvenes dificulta precisamente la acumulación de este tipo de experiencias/3.

Orientación, participación y organización de los jóvenes en los sindicatos

La distancia que la gente joven mantiene con el mundo sindical no responde únicamente a las dificultades estructurales señaladas anteriormente. También las estrategias de participación y de intervención impulsadas por los dos grandes sindicatos de nuestro país –CCOO y UGT– durante los últimos quince años son relevantes para entender el mencionado alejamiento.

Antes de que comenzase la durísima campaña de la derecha política y mediática contra el sindicalismo a la que asistimos desde hace varios años/4, las organizaciones sindicales experimentaban ya un significativo desprestigio entre amplias capas de trabajadores. Desgraciadamente, en el marco de una progresiva pérdida de legitimidad social de las principales instituciones de nuestro país, los sindicatos son asimilados al gobierno, al Congreso o a los partidos políticos/5. Esta pérdida de legitimidad social, que se da también entre la gente joven, se explica en buena medida por el tipo de orientación mantenida durante las últimas décadas por las direcciones de los sindicatos mayoritarios.

La tarea medular de la acción sindical durante el periodo 1995-2010 ha sido la negociación colectiva de los convenios. Esta tarea presenta una importancia central en la defensa de las condiciones de vida de la mayoría de la población. Fruto de dicha política los salarios pactados en la negociación colectiva han podido mantenerse (año arriba, año abajo) paralelos al incremento del IPC hasta la llegada de la crisis. Sin embargo, dos elementos de importancia capital han sido relegados en esta orientación estratégica.

En primer lugar, una acción sindical replegada exclusivamente sobre la negociación, guiada por el criterio de mantener a toda costa la concertación y la paz social, presenta límites evidentes. En la medida en que no revela el antagonismo de los intereses en juego y no se apuntala con la movilización y la confrontación, termina por entrar en una vía muerta: en un contexto de permanente ofensiva del capital (como ha sido el de estas últimas décadas) dicha estrategia conduce ineludiblemente a una progresiva erosión de importantes conquistas laborales y sociales. La lógica del “mal menor” y de los “recortes negociados”, sostenida en el tiempo, menoscaba profundamente la legitimidad social de cualquier organización sindical/6. De este modo, una parte de la clase trabajadora ha dejado de percibir durante las últimas décadas a las organizaciones sindicales como instrumentos útiles para la defensa de sus intereses.

En segundo lugar, la orientación de las principales centrales sindicales ha dejado de lado a importantes bolsas de asalariados (particularmente los jóvenes) que no se encuentran cubiertos por la negociación colectiva. En la economía española casi un tercio de los asalariados no están sujetos a la negociación colectiva y otros muchos trabajan con figuras contractuales ajenas a cualquier tipo de convenio (por ejemplo, las becas), o incluso en la economía sumergida. El abandono que las principales organizaciones sindicales han demostrado hacia estas realidades laborales (desentendiéndose de la batalla contra la precariedad, contra las dobles escalas salariales, etc.) ha reforzado el alejamiento entre los jóvenes y el movimiento obrero organizado.

Este alejamiento entre los jóvenes y los grandes sindicatos podría haber sido revertido, o al menos contenido, si hubiese perdurado el carácter sociopolítico que en otro tiempo tuvo la intervención sindical. Una orientación de tipo sociopolítico, no circunscrita únicamente al ámbito laboral ni a las tareas de negociación colectiva, permite construir y preservar (sobre todo en ausencia de conflictos laborales sostenidos) comunidades simbólicas y sentimientos de pertenencia, ayudando a mantener engrasada una dinámica centrada en el antagonismo de intereses. La crisis ha obligado a que CCOO y UGT recuperasen parte del carácter sociopolítico perdido en años anteriores, aunque de forma errática y siempre como instrumento encaminado a exigir al gobierno una vuelta al periodo de la concertación social.

Por otro lado, la limitadísima capacidad mostrada por las organizaciones sindicales a la hora de organizar el conflicto social entre los trabajadores desempleados contribuye igualmente a la desafección de la gente joven, dada la particular incidencia de dicho fenómeno en este sector de población. Pareciera con ello que quien no está en un centro de trabajo sale fuera de la órbita en la que las organizaciones sindicales conciben la organización y la acción sindical.

Por último, la estructura de los cuadros dirigentes de las grandes organizaciones sindicales tiene evidentes limitaciones para integrar en su acción sindical las preocupaciones de los trabajadores más jóvenes. Su extracción laboral y su experiencia en el mundo del trabajo dista mucho de la que tienen cientos de miles de jóvenes de nuestro país. Los cuadros sindicales siguen proviniendo fundamentalmente del sector público y de la industria, lo que determina que en muchas ocasiones se mantenga como referente central de la acción sindical el tipo de intervención que ha predominado en dichos sectores.

Aunque hay experiencias (como las impulsadas en CCOO en torno al “sindicato joven”) que han supuesto una importante adaptación de la acción sindical a las preocupaciones particulares de los trabajadores más jóvenes, dichas experiencias siguen siendo una parte muy secundaria de la acción sindical.

El 15M: crónica de un (des)encuentro con el mundo sindical

En marzo de 2011 buena parte de los dirigentes sindicales del país argumentaba que era necesario llegar a un acuerdo con la patronal y el gobierno para “blindar” el sistema público de pensiones, aceptando para ello el retraso de la edad de jubilación, el aumento de los años cotizados para acceder a la pensión máxima así como el periodo de cálculo de la base reguladora de la pensión. Se argumentaba en el momento que el miedo a la crisis estaba profundamente extendido entre la clase trabajadora y no había “musculo social” suficiente para movilizar a la población. Apenas dos meses después, el 15 de Mayo, estallaba el movimiento social más masivo desde la Transición.

Si prestamos atención a dicho movimiento es porque pensamos que su aparición introduce elementos que deben tenerse en cuenta en una reflexión sobre la juventud y su organización. Aunque el 15M no puede caracterizarse estrictamente como un movimiento juvenil, el peso que en el movimiento han jugado los jóvenes, especialmente en sus primeros meses de vida, no puede pasarse por alto.

El 15M nace como movimiento de impugnación general del sistema político español. El rechazo inicial a las políticas de ajuste y a los recortes impulsadas por un gobierno supuestamente progresista como el de Zapatero, vertebra las principales consignas del movimiento. El movimiento impugna la gestión neoliberal compartida por los principales partidos políticos, el supuesto carácter democrático de muchas instituciones, la representatividad del propio sistema electoral, etc.

Las causas que explican el surgimiento de un movimiento de masas como éste son diversas. Ahora bien, una de ellas radica precisamente en la incapacidad mostrada por los sindicatos y las organizaciones políticas de la izquierda para canalizar y empujar el conflicto social durante la crisis. De este modo, en la primavera de 2011 la presión social termina desbordando parcialmente a dichas organizaciones.

La juventud, que era reacia a acercarse y movilizarse con los sindicatos, no estaba dormida. Simplemente no consideraba (al menos una parte de ella) que los sindicatos fuesen instrumentos útiles para la defensa de sus intereses.

A pesar de su carácter intergeneracional, en los nodos de la estructura organizativa y en el seno de los grupos motores del movimiento se sitúa una nueva generación de jóvenes que ha dado el salto al activismo social. Muchos de ellos son jóvenes de “clase media”, con educación superior y que después de un cierto recorrido por la precariedad laboral han visto cómo se disipaba su sueño de “ascenso social”. La crisis permite constatar, negro sobre blanco, algo que ya era evidente años atrás: el contrato implícito por el cual se asumía que una mayor educación se traduciría en una favorable inserción en el mercado de trabajo se ha roto y, con ello, las posibilidades de una trayectoria vital “ascendente”. También hay jóvenes de extracción obrera que participan activamente en el 15M, si bien estos no constituyen (a diferencia del ámbito sindical) la columna medular del movimiento.

Esta realidad invita a que las organizaciones sindicales (particularmente sus direcciones) reciban al 15M con enormes cautelas, cuando no con abierta hostilidad: en ocasiones, este movimiento es caracterizado como un movimiento “antisindical” y “pequeñoburgués”. Aún así, de forma espontánea, miles de sindicalistas a lo largo y ancho del país se integran inicialmente en las asambleas del 15M. Análogamente, el movimiento 15M nace con enormes reticencias hacia las principales organizaciones sindicales. Se inaugura con ello una relación que no dejará de ser tensa y complicada.

¿Quiere esto decir que la principal experiencia de organización política de los jóvenes en las últimas décadas se ha hecho “contra” las organizaciones sindicales? No, el diagnóstico no es ese. El 15M ha sabido catalizar los deseos de intervención política y social que muchos jóvenes tenían y que no encontraban cauces en las organizaciones tradicionales. El 15M no se ha construido “contra” las organizaciones políticas y sindicales de la izquierda tradicional, pero si “por fuera” de ellas.

Algunas de las razones que explican la capacidad del 15M para atraer amplios sectores juveniles tienen que ver con las propias características del movimiento: aunque con enormes limitaciones, la participación horizontal, la ausencia de liderazgos formales o la posibilidad de debatir y consensuar en asambleas las posiciones generales del movimiento explican que sus activistas no se sientan meras piezas en un engranaje, sino actores directos del cambio. Estas características han permitido que el movimiento despliegue importantes recursos, como una desbordante imaginación en las pautas de intervención, una gran potencia creativa y una extensa presencia en las redes sociales. En ese sentido, el movimiento 15M (al menos en sus fases iniciales) tiene mucho que aportar a las dinámicas internas de las organizaciones sindicales.

Tampoco la orientación inicial del 15M ha facilitado las dinámicas de convergencia con las organizaciones políticas y sindicales. El movimiento nace con una enorme carga de narcisismo: abanderan en la primavera de 2011 la lucha contra las contrarreformas neoliberales, desbordando en un primer momento a las organizaciones que, con mayor o menor fortuna, lo venían intentando hasta el momento. El movimiento disfruta por ello de un enorme eco mediático. Parecía en ese momento que nada de lo que antes existió hubiese contado.

No obstante, la consolidación del movimiento lleva a que éste se tenga que plantear las cuestiones centrales de toda actividad política: ¿qué?, ¿cómo?, ¿hacia dónde?, ¿con quién? Desde sus primeras semanas, el 15M se ve enfrentado a impulsar una suerte de “programa progresista”, aunque con propuestas situadas en niveles políticos muy distintos. Del mismo modo, en la medida en que el recrudecimiento de la lucha de clases vuelve a situar a los sindicatos en el centro de la escena política, el movimiento también se ve emplazado a discutir una estrategia de alianzas con otros sectores.

En este sentido, la inauguración de un nuevo ciclo de movilizaciones (en ocasiones impulsadas desde el movimiento social y en otros momentos desde el movimiento sindical) nos ha dejado una acumulación de encuentros y desencuentros sobre los que debemos reflexionar. En concreto, la experiencia reciente ha demostrado la potencialidad de las sinergias existentes entre el movimiento social y el movimiento sindical de cara a construir un bloque social que se enfrente a los recortes sociales y a las contrarreformas dictadas por Bruselas.

Pese a las resistencias iniciales de las direcciones sindicales, la fuerza del movimiento social empujó a que los sindicatos mayoritarios, especialmente CCOO, apoyasen las principales convocatorias y reivindicaciones del 15M durante el año 2011: la gran manifestación del 19 de Junio contra el Pacto del Euro o la convocatoria del 15 de Octubre. Además, la presión del movimiento social ha contribuido en ocasiones a arrastrar a los sindicatos mayoritarios hacia posiciones de mayor confrontación.

Del mismo modo, en otros momentos, las convocatorias impulsadas por los sindicatos se han beneficiado del apoyo, generalmente crítico, del 15M: el movimiento colabora en una cierta extensión territorial de la Huelga General del 29 de marzo de 2012 y confluye con el movimiento sindical en las grandes movilizaciones del 19 de Febrero (contra la reforma laboral) y del 15 de Septiembre de 2012. Los nuevos tejidos organizativos del 15M a veces compiten y otras cooperan con los ya existentes, de modo que los nuevos activistas se socializan políticamente en esa tensión.

Allá donde las dinámicas de convergencia (generalmente en el marco de “bloques críticos”) han sido posibles, las sinergias han reforzado e impulsado la movilización social contra las políticas de ajuste. Allá donde las direcciones sindicales se han mostrado más inmovilistas, o donde el movimiento del 15M ha forzado dinámicas de confrontación abierta contra el movimiento sindical, la movilización se ha resentido.

Un buen ejemplo de estas dos dinámicas lo encontramos precisamente en la experiencia de las luchas en la enseñanza, en el seno de la llamada “marea verde”: mientras las asambleas del 15M (junto al sindicalismo alternativo) han confluido con las posiciones mayoritarias (contribuyendo a tensar dichas posiciones), la movilización ha experimentado un importante avance. Sin embargo, en el momento en el que ciertos sectores del movimiento han roto con la orientación mayoritaria y han impulsado una dinámica “contra” los grandes sindicatos (como la experiencia de la huelga indefinida en la enseñanza no universitaria), se ha socavado la propia capacidad de los sectores críticos de tensar a la mayoría y la movilización se ha resentido notablemente. Desgraciadamente, la experiencia nos enseña que frente al inmovilismo de algunas burocracias sindicales los “atajos” y las voluntades unilaterales no necesariamente contribuyen a reforzar la movilización social, pudiendo conseguirse incluso lo contrario, su retroceso.

Las dinámicas de confluencia entre el movimiento sindical y el movimiento social (lógicamente en un marco no exento de conflictos y tensiones, en donde estos actores no dejan de mantener significativos desacuerdos) tienen la capacidad de impulsar sinergias positivas. Así, a la capacidad de movilización de masas de las organizaciones sindicales mayoritarias (hoy por hoy el único actor social que mantiene dicho potencial) se une la importante legitimidad social del 15M, su versatilidad para conectar con amplios sectores de la juventud así como su facultad para tensar el discurso y la acción de las propias organizaciones sindicales.

La confluencia del movimiento social con el movimiento sindical, cuando ha sido posible, contribuye a que los jóvenes que dan el salto a la actividad política constaten la enorme potencialidad de dicha convergencia. Se facilita con ello un cierto acercamiento de la juventud hacia el mundo sindical. Pero además, estas confluencias ayudan a desplazar el debate en el seno de las propias organizaciones sindicales hacia posiciones más favorables a la movilización social, al tiempo que sientan las bases de un nuevo bloque social que pueda disputarle a la derecha y al social-liberalismo su hegemonía política. Finalmente, las dinámicas de confluencia facilitan que algunos sectores del movimiento social arrinconen posiciones de “refugio identitario” y se vean obligadas a confrontar su orientación con otros actores sociales.

En oposición a esto, las dinámicas de “confrontación irreconciliable” contribuyen precisamente a reforzar las principales debilidades de ambos movimientos: la relativa ausencia de reflexión estratégica del 15M, las debilidades programáticas de asambleas y sindicatos, así como el inmovilismo de las direcciones sindicales y su subordinación al social-liberalismo. Del mismo modo, estas dinámicas contribuyen a una socialización innecesariamente sectaria de los nuevos activistas.

La posición del 15M respecto a las organizaciones sindicales mayoritarias (como tantas otras en el movimiento) no está clarificada aún. Dicha posición es cambiante y depende de la correlación de fuerzas en cada una de las asambleas, de las correspondientes convocatorias y de la propia orientación que van marcando los sindicatos. El movimiento oscila entre una posición abiertamente hostil hacia CCOO y UGT (particularmente en aquellas asambleas en las que el sindicalismo alternativo tiene más fuerza), y una orientación “de masas”, que entiende que aunque la relación con dichas organizaciones debe ser crítica y cautelosa, ésta debe producirse para construir resistencias sociales amplias. La movilización de los empleados públicos, la constitución de plataformas por la defensa de los servicios sociales y, en general, el recrudecimiento de las luchas de los trabajadores durante el 2012 ha evidenciado la necesidad de que el movimiento social refuerce dichas luchas desde su independencia.

Por otro lado, la propia evolución del movimiento 15M introduce elementos que, de forma simultánea, facilitan y dificultan su encuentro con el mundo sindical. Por un lado, el “destilado” que los meses de consolidación y territorialización del movimiento está dejando es el de una red de activistas intensamente politizados, pero también socializados en la cultura cainita de la izquierda española y en sus debates identitarios. Por otro lado, el movimiento ha avanzado desde el discurso ciudadanista hacia una caracterización que entiende la crisis como un expolio del 1% de la sociedad hacia el restante 99%. Si el primero de los elementos no contribuye a que el movimiento ayude a tensar y a generar contradicciones en las grandes organizaciones sindicales, el segundo de ellos debiera facilitar en alguna medida cierta convergencia programática.

No podemos generar expectativas falsas respecto a las dinámicas de confluencia entre el movimiento social y el movimiento sindical. Estas dinámicas no son fáciles, en ocasiones no son sostenibles y no se impondrán por la “fuerza de los acontecimientos”. Será una decidida orientación unitaria (desde la autonomía y el respeto a las posiciones ajenas, y también desde la tolerancia a la crítica) la que permita avanzar hacia una convergencia real de las luchas. El camino no es fácil, desde luego, pero es el único posible para progresar en la construcción de un contrapoder sindical y social que contribuya a cuestionar la lógica del beneficio privado frente a la lógica del empleo digno, los servicios sociales públicos y de calidad, la solidaridad intergeneracional y la sostenibilidad ecológica. Este es también un camino que permitiría que los jóvenes que han dado el salto a la actividad política entiendan dicha actividad como algo más que una nueva demarcación de identidades y posiciones prefijadas de antemano.

En ese camino las organizaciones sindicales pueden hacer mucho. Asistimos a una enorme ofensiva contra los derechos laborales, sociales y democráticos que no se va a revertir en el corto plazo. Hay ante nosotros una batalla de largo aliento, para la que es necesario reconducir la estrategia de las organizaciones sindicales. Un requisito fundamental es priorizar una acción sindical que vaya más allá de la concertación social y de la negociación colectiva, que no pretenda simplemente volver “a donde estábamos antes de la crisis”. El margen para la negociación se ha cerrado, de modo que la movilización y la organización de la resistencia deben presidir la estrategia sindical.

Para ello, también se debe avanzar en otros frentes: es necesario fortalecer las uniones territoriales y comarcales para posibilitar un sindicalismo más apegado al terreno, con una mayor carga sociopolítica; más allá del puesto de trabajo, sería de enorme utilidad formar plataformas y asambleas que organicen a los trabajadores precarios y desempleados; y, por otro lado, es imprescindible abrir en el interior de las organizaciones sindicales nuevos cauces de participación, más plurales y participativos.

Las importantes manifestaciones y las huelgas generales de los tres últimos años muestran la continuidad de un proceso movilizador que, unas veces impulsado por el 15M y otras por las principales organizaciones sindicales, ha sacado a la calle a cientos de miles de personas. La prioridad de ambos actores debiera ser la de dar continuidad a este proceso.

19/06/2012

* Ponencia presentada en las jornadas La juventud: el futuro del movimiento sindical, 19 y 20 de Junio de 2012, Escuela de formación sindical Pedro Patiño de CCOO, Universidad Complutense de Madrid.

** Natxo Alvarez es afiliado de CCOO y miembro del Consejo Asesor de VientoSur

1/ OECD (2010): Education at a Glance 2010, Organisation for Economic Co-operation and Development, Paris.

2/ OECD (2012): Education at a Glance 2012, Organisation for Economic Co-operation and Development, Paris.

3/ Resulta interesante en este sentido la visión que Guédiguian ofrece en su última película (Las nieves del Kilimanjaro): mientras que el sentimiento de pertenencia a la clase y la solidaridad entre iguales definen las viejas culturas obreras, la atomización social y el individualismo vertebran la realidad laboral de los jóvenes.

4/ Véase, como botón de muestra, el artículo de Luis María Anson “Los liberados sindicales se manifiestan en Madrid”, El Mundo, 18/09/2012.

5/ El barómetro social del CIS mostraba en 2010 cómo un 30,8% de la población entrevistada presentaba poca confianza en los sindicatos y un 41,5% ninguna, mientras que sólo un 19% tenía alguna confianza y un 1,9% mucha. Véase CIS (2010): Latinobarómetro 2010 (XIII), Estudio CIS Nº 2.849, Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid.

6/ Recuérdese en este sentido el Acuerdo Económico y Social (el llamado “Acuerdo de Pensiones”) alcanzado en 2011 entre el gobierno de Zapatero, las organizaciones patronales y los sindicatos CCOO y UGT.





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