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Brecha | Cine
Hannah Arendt, Eichmann y la banalidad del mal
29/10/2013 | Aníbal Corti. Rosalba Ozandabarat

No exactamente un hombre normal

Aníbal Corti

Adolf Eichmann (1906-1962) fue el máximo responsable de la logística de la así llamada "solución final" y tuvo bajo su responsabilidad directa el traslado
de centenares de miles de judíos europeos a los campos de exterminio, donde muchos de ellos finalmente perecerían. Refugiado en Argentina después de la
guerra, Eichmann fue secuestrado por agentes de los servicios secretos israelíes el 11 de mayo de 1960 en una localidad del conurbano bonaerense, y
trasladado clandestinamente a Israel pocos días más tarde para ser juzgado por sus crímenes.

Su juicio, que comenzó al año siguiente, concitó naturalmente la atención internacional. Hannah Arendt, antigua discípula de Martin Heidegger y de Karl
Jaspers en su Alemania natal, emigrada a Estados Unidos y destacada intelectual judía que había publicado ya un par de obras consagratorias, pidió a la
revista The New Yorker hacer un reportaje del proceso. El trabajo en cuestión fue publicado en 1963 en la revista y ese mismo año en forma de
libro, bajo el título de Eichmann en Jerusalén.

La publicación del libro disparó una campaña política contra su autora. Probablemente eso no haya tenido tanto que ver con la tesis central del trabajo,
sino sobre todo con sus juicios acerca del papel de los Judenräte (los consejos judíos establecidos por los alemanes con fines administrativos y de
gobierno en las comunidades de la Europa ocupada) en la instrumentación del exterminio. Muchos judíos pensaban que ese no era un tema del cual debiera
hablarse; no al menos en ese momento. Otros muchos pensaron que Arendt había abordado el asunto con frivolidad, soberbia y desconocimiento de la realidad.
En cualquier caso, la discusión (seria o frívola, bien o mal encaminada) del papel que desempeñaron los líderes y funcionarios judíos en la Europa ocupada
no constituye sino un aspecto muy lateral del libro. Su centro es la tesis de la banalidad del mal.

Lo primero que sorprendió a Arendt de la figura de Eichmann fue su vulgaridad. La mediocridad de aquel hombre no se condecía con los horrendos crímenes que
había cometido. La experiencia del proceso marcaría profundamente el curso de la reflexión posterior de la autora. Y es que, a partir de su acercamiento a
la figura de Eichmann, Arendt llegó a la conclusión de que los crímenes más horrendos pueden originarse no sólo en el sadismo y la perversidad, en la
marcada intención criminal, en la voluntad expresamente dirigida hacia el mal, sino también en la superficialidad y la frivolidad, en la ausencia de
pensamiento y de capacidad reflexiva.

Eichmann no parecía un perverso ni un sádico, ni tampoco un cínico o un fanático doctrinario. Ni siquiera parecía odiar a los judíos. La autora sostiene
que Eichmann "no supo jamás lo que hacía", no desde luego en el sentido de que no tuviera idea del destino final de las personas que deportaba a
los campos de exterminio, sino en el sentido de no tener real conciencia de la naturaleza criminal de sus actos, de no tener real dimensión del significado
de lo que estaba haciendo. "A pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era un ’monstruo’, pero en realidad se hizo difícil no
sospechar que fuera un payaso
", escribió.

La personalidad del acusado fue entonces lo que más impresionó a Arendt durante el proceso. Ella conocía en detalle la clase de crímenes que estaban a
juicio y es razonable suponer que esperara encontrarse con otra clase de individuo. Después de todo, si Eichmann hubiese sido un monstruo, su conducta
-efectivamente monstruosa- habría sido perfectamente explicable y natural en virtud de ese hecho. Además, eso sería ciertamente tranquilizador: un monstruo
es por definición una rara aberración, alguien que se aparta en forma tan notoria del patrón dominante que es fácilmente identificable como tal. Eichmann
en cambio, aunque ciertamente no era un hombre común y corriente, estaba bastante más cerca de serlo que de la caricatura estereotipada del monstruo que
algunos querían ver en él.

Muchas veces se ha dicho que los hombres ordinarios pueden llegar a cometer los crímenes más terribles si las circunstancias de sus vidas los determinan a
ello. Aunque algunas expresiones de la autora pudieran hacer pensar que ella misma abonaba este punto de vista, lo cierto es que Arendt no pensaba que
Eichmann fuera un hombre normal o corriente. Pensaba que era un hombre particularmente superficial e irreflexivo.

Arendt descubrió -o creyó descubrir- en el juicio de Eichmann que el mal es un fenómeno superficial, que arrastra sobre todo a los individuos que no se
detienen a pensar en sus acciones. Resistimos al mal no quedándonos en la superficie de las cosas, es decir, apartándonos de la vorágine de la vida
cotidiana y deteniéndonos a pensar en las cosas que nos rodean. En otras palabras, cuanto más superficial sea una persona, tanto mayores serán las
probabilidades de que ceda ante el mal. Una indicación de esa superficialidad es el uso de lugares comunes en la expresión, y Eichmann le pareció a Arendt
una colección ambulante de ellos.

Es posible ver en esta tesis de Arendt una influencia directa de la filosofía de su maestro Martin Heidegger.

En su famosa lección inaugural como catedrático de filosofía en la Universidad de Friburgo de 1929, Heidegger sostuvo que para llevar una existencia
significativa el hombre no puede meramente establecer relaciones con las entidades del mundo que se encuentran en su inmediata proximidad. Si estableciera
relaciones en forma exclusiva y excluyente con esas entidades, esas relaciones lo paralizarían: no podría llegar a concebir otras alternativas posibles a
esos estados de cosas, no podría llegar a preguntarse por qué el mundo es como es y no de otro modo. Jamás podría notar, por ejemplo, que el mundo no es
como debería ser, que no se ajusta a un ideal normativo o evaluativo y, en definitiva, no podría decidir libremente cómo tratar con las entidades que lo
pueblan. Sería un esclavo de ellas. Para escapar de la tiranía de las entidades el hombre debe negarlas, al menos en un cierto sentido de la expresión.
Debe trascenderlas. Debe ir más allá. Esta operación de trascendencia no se alcanza para Heidegger a través del intelecto, sino a través de un estado de
ánimo en que los entes que nos rodean y nos asfixian huyen o escapan de nosotros.

Ese estado de ánimo es la angustia. Lo que sucede en la experiencia de la angustia se puede describir como un alejamiento, un apartamiento o una retirada
-una huida o un escape- de los entes que pueblan nuestro mundo y que tienen un significado para nosotros. En la experiencia de la angustia el mundo en su
totalidad se convierte en algo extraño y ajeno. La angustia interrumpe, desorganiza, quebranta nuestra relación con los entes, incluso con aquellos que nos
resultan más familiares. Todo el pensamiento es consecuencia para Heidegger de esta angustia que interrumpe nuestra relación con lo familiar y lo
cotidiano, poniendo todo lo que conocemos bajo un manto de extrañamiento. Gracias a la angustia los hombres tienen la capacidad de trascender su entorno
habitual e inmediato, para hacer un balance de sus vidas, y para decidir cómo éstas deben ser vividas.

Los ecos de esta lección de Heidegger parecen resonar en muchas páginas de Eichmann en Jerusalén. Arendt no se detiene en la explicación del fenómeno de la
banalidad del mal. Sólo lo describe. Hay para ella hombres superficiales, sometidos a la tiranía de las cosas que los rodean y de la cotidianeidad. No
llegan a concebir cosas distintas de las que conocen. No llegan a concebir que sus vidas pudieran ser diferentes al modo en que de hecho son. Esos hombres
pueden llegar a cometer los crímenes más terribles. Pueden llegar a ser Eichmann.

Desde luego, es posible impugnar la mirada de Arendt, ponerla en cuestión, dudar de los fenómenos que ella creyó ver. Es posible sostener, como se ha
sostenido, que el Eichmann de Arendt no es el Eichmann auténtico. En cualquier caso, la verdadera naturaleza del Eichmann histórico (un asunto para
historiadores, precisamente) es independiente del valor que pueda tener la tesis de Arendt según la cual los crímenes más horrendos pueden ser cometidos
sin una auténtica intención criminal, sin sadismo o sin un cálculo cínico de costos y beneficios, sino meramente por motivaciones superficiales y por
individuos también superficiales.

25/10/2013

http://brecha.com.uy/


Retrato de mujer

Rosalba Ozandabarat

Esta película se centra en la vida de Hannah Arendt durante los primeros años sesenta, cuando asistió como enviada por The New Yorker al juicio
realizado en Jerusalén al criminal de guerra Adolf Eichmann -secuestrado por los servicios secretos israelíes en Argentina-, publicando al respecto una
serie de reportajes en la revista y luego un libro, asentando su idea -hoy archicitada- sobre la "banalidad del mal". Como retrata el film, las
conclusiones de Arendt despertaron una violenta polvareda de reacciones adversas especialmente entre miembros de la comunidad judía, estadounidenses e
israelíes, incluso entre algunos de sus amigos y colegas más próximos, mucho más por las menciones al papel jugado por los Consejos Judíos en los campos de
exterminio que por la identificación de Eichmann como un mediocre individuo, en vez del monstruo que cabe esperar. Coincidentemente o no, Claude Lanzmann,
el autor de Shoah, acérrimo opositor a las conclusiones de Arendt, culminó este mismo año su documental El último de los injustos -que se
proyectó en el reciente Doc Buenos Aires-, donde entrevista largamente al último presidente del Consejo Judío del campo de Theresienstaadt y único
sobreviviente de aquellas organizaciones montadas por los nazis para administrar los campos, y para engañar a la Cruz Roja. A juzgar por las reseñas, esta
suerte de "último juicio" que es esa película concluye en un veredicto de inocencia.

Como un eco, ciertamente más pálido, de las reacciones despertadas por las publicaciones de Arendt, también la película de Von Trotta desató polémicas en
casi todos los lugares donde fue proyectada. Algunas por el tema en sí, que recogen y prolongan las despertadas en el momento en que sucedieron los hechos,
otras abarcando desde puntillosas aclaraciones históricas, como que el editor de The New Yorker, William Shawn (Nicholas Woodeson en la película),
sí metió la mano en lo que publicó bajo la firma de Arendt, y no acató sumisamente, como muestra el filme, todo lo exigido por la escritora, o si su gran
amigo Hans Jonas (Ulrich Noethen), reaccionó exactamente como se ve acá, hasta consideraciones sobre la imposibilidad de "mostrar" el pensamiento, y
desarrollar en una película un asunto que sobre todo tiene que ver con el lenguaje. (Fue precisamente la "grotesca estupidez" del lenguaje de Eichmann, "su
incapacidad para hablar [que] iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar" lo que desata las conclusiones de la filósofa sobre su condición.)

Lo que hace Von Trotta es, en primer lugar, diseñar un formidable retrato de una mujer formidable, por sus bríos, su soltura, sus matices, su pasión, tanto
en lo que refiere al pensamiento y su entereza al sostenerlo, pese a todas las oposiciones, como en su amor por su esposo Heinrich Blücher (Axel Milberg en
la película) y por sus amigos ("Yo no amo a ningún pueblo”, dice una desolada Hannah a su viejo amigo israelí que le reprocha no amar a "su"
pueblo; "yo amo a mis amigos"). Barbara Sukowa, actriz impresionante y vieja cómplice de la realizadora -y de buena parte del mejor cine alemán-
desde Las hermanas alemanas, compone a su Hannah con una pasión equivalente: con su silueta maciza pero elegante, sus matices expresivos, fumando
sin parar -el único vicio ligado al pensamiento, dijo alguien-, su presencia electriza la pantalla, mantiene la tensión en escenas de puro diálogo, de esas
que tanto aterran a los defensores de la "pura imagen" y que acá son la sustancia central de la película. El filme de Von Trotta trae una Nueva York -bien
distinta a la que nos muestra Woody Allen- académica y a veces enclaustrada, donde filósofos y escritores tanto nativos como exiliados, incluso la célebre
Mary McCarthy (Janet McTeer), debaten ideas y principios que exceden ampliamente al ambiente donde se formulan. El "aire" para matizar esas atmósferas
cargadas de palabras lo dan los viajes de Hannah a Jerusalén, algunos flashbacks al pasado para que entrara el mentado amor y la influencia magisterial de
Heidegger en la vida de una joven Hannah, y que algunos consideran un recurso formidable pero a juicio de esta escriba es lo menos interesante de la
película, casi un cumplir con una historia muy conocida que agrega contradicciones a la personalidad proteica y libre de la protagonista. Y sobre todo, el
juicio a Eichmann, para el que, en una afortunada decisión, se recurrió a tomas de archivo donde vemos al mismo puntilloso y atildado funcionario de la
muerte tal como lo vio Arendt hace más de cincuenta años, y lo vuelve a ver, hoy, en la mirada de Barbara Sukowa.

Margarethe von Trotta ha dicho de esta película que viene a ser el cierre de una trilogía comenzada con Rosa Luxemburgo (1986) y continuada con La calle de las rosas (2003), que desarrolla una historia durante el período nazi, en 1943. Nacida en febrero de 1942, la realizadora pertenece a
la generación de los hijos de quienes protagonizaron el período más oscuro de la historia alemana, y no sorprende que lo sustancial de su filmografía se
afirme en la búsqueda de tratar de entender esa historia, en sus raíces y en su contemporaneidad. Tratar de entender, eso mismo que postuló Arendt, y que
no quiere decir, en ningún caso, tratar de justificar. Más allá de cualquier reparo, esta película tiene la virtud de, precisamente, despertar esa
inquietud.

25/10/2013

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