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Instantánea del movimiento educativo
Balance y potencialidades
12/12/2013 | Michael Battaglia, Mena Voce y David G. Marcos

La metamorfosis experimentada por los agentes constituyentes del movimiento por la educación pública perfila un escenario abierto frente a las embestidas que abogan por la mercantilización de la enseñanza. A lo largo de los dos últimos años han tenido lugar en el Estado español tres jornadas de huelga general educativa en las que los ritmos, la contundencia y la radicalidad han ido in crescendo.

El inicio de este curso quedó marcado por la protesta lanzada desde la comunidad educativa de las Illes Balears que, en forma de huelga indefinida, se mostraba como ejemplo de lucha. Asimismo, calentaba motores de cara a una convocatoria que resultaría histórica –la del 24 de octubre– por su contundente impacto, capacidad aglutinadora y vertebración territorial. Inmerso en la movilización contra los recortes, bajo el rechazo de las reformas del ministro J.I. Wert (subida de tasas, recortes en becas, informe de expertos, LOMCE, etc.), el movimiento por la educación pública es reconocido por la sociedad como uno de los de mayor legitimidad en sus reivindicaciones, junto a la lucha por la vivienda. No parece haber debate posible en cada aparición pública, ya sea en radio, prensa o televisión: la educación debe ser “de todas y para todas”. Se comenta en el día a día, en clase, en el curro, en los barrios, en las comidas con amigas o en la familia, y se le recuerda a los de arriba en cada jornada de protesta: “Sí se puede”.

Ante los dramáticos ataques dirigidos hacia las más amplias capas de la población, todavía no hemos sido capaces de asimilar su enorme repercusión en todas y cada una de las esferas de nuestra vida (modelo de trabajo, servicios sociales, derechos reproductivos, pensiones, relación con el medio ambiente, etc.). Pero, ¿por qué la lucha por la educación y no cualquier otra? ¿Acaso se puede explicar en base al talante del ministro Wert y sus penqueces mediáticas? Evidentemente no. La educación pública es, en el imaginario de la mayoría, uno de los pilares fundamentales del modelo de sociedad en el que deseamos vivir. Pero entonces, ¿podemos comprender la masividad de la protesta en base únicamente a esa postura resistencialista, centrada más en la defensa del antiguo Estado del bienestar que en un cambio significativo y trascendental de la educación pública? Pues tampoco. Hemos de ser conscientes de que el proceso de desarticulación popular, de las de abajo, de la mayoría, de ese 99%, tiene una indiscutible base material: descentralización productiva, flexibilidad/precariedad laboral, etc. Quizá ya no se debería pensar tanto en antiguas fábricas, donde miles de trabajadores y trabajadoras construían su identidad y sentido de pertenencia a un mismo grupo (solidaridad) a partir de unas mismas condiciones laborales (salarios, horarios, etc.); sino que, incluso en los sectores donde existe una mayor concentración de trabajadoras, se observa cómo la nueva disposición corporativa entre la empresa matriz y las subcontratas prepara el terreno para la competitividad y la insolidaridad. En este sentido, la potencialidad de la lucha por la educación pública radica necesariamente en los sujetos de los centros de estudio y su desbordamiento a diferentes agentes sociales. Por un lado, estudiantes, profesoras y demás personal trabajador de la comunidad educativa se aglutinan, junto al resto de la sociedad, en defensa de lo público. Por otro, el escenario con el que la estudiante se encuentra para organizarse y luchar por sus derechos resulta más favorable que en el mundo laboral.

Son precisamente estas dos potencialidades (material y política) las que explican cómo la lucha por la educación pública es el movimiento con mayor trascendentalidad social y grado de organización y coordinación. Esto puede observarse tanto en sus representaciones tradicionales (los grandes sindicatos), como en otras nuevas formas de lucha (Marea Verde, organizaciones permanentes de estudiantes, etc.). Al menos de momento, pues el imaginario de lo público va en retroceso, siguiendo de algún modo la estela de cada nuevo centro privado o concertado.

Este movimiento debe enmarcarse en procesos con memoria, respondiendo así al argumento del “antes no salíais a la calle”. ¿Acaso basta con señalar el signo de gobierno, en este caso el Partido Popular, para comprender la masividad y legitimidad del rechazo? La generación perdida, de la que tanto se ha hablado, es heredera de las luchas contra la guerra de Irak (PP), contra la LOU (PP, y PSOE asumiendo después la estructura matriz de la reforma), pero también contra el proceso de Bolonia (PP y PSOE pactaron la Estrategia Universidad 2015 donde ya se recogía la subida de las tasas de matrícula) y la precariedad laboral de la primera reforma laboral de la crisis (PSOE). En este sentido, habría que comprender el movimiento por la enseñanza desde la memoria colectiva, como punta de lanza contra al bipartidismo y sus políticas, siendo éstas uno de los obstáculos más importantes para poder alcanzar un modelo donde las necesidades sociales estén por encima del interés privado.

Centrando el análisis en el escenario político abierto por este movimiento, se podría afirmar que, si precisamente J.I. Wert es el ministro peor valorado, esto se debe a la movilización y a las aspiraciones de una mayoría que se ha reafirmado en la educación pública como pilar fundamental de la sociedad. Frente a un gobierno que pretende aprobar una ley cuyos elementos esenciales nos trasladan al terreno del neofranquismo (como la segregación por sexos) y con otros que nos sitúan en el de la competencia neoliberal exacerbada (como las reválidas en la educación obligatoria), el conjunto de la comunidad educativa sale a la calle en defensa de lo público como reivindicación transversal a distintos sujetos. Por ello, resulta necesario partir de esta lucha y de sus experiencias para ser capaces de afrontar el próximo periodo político. Así, lejos de mirar hacia otro lado una vez se aprueben sus reformas, nos toca ser cabezotas: “de todas y para todas”.

Entonces, ¿cuáles son los retos del movimiento por la educación?

Entre los factores fundamentales que ayudan a comprender algunos compases del movimiento educativo en el terreno político, destaca un proceso de convergencia enmarcado en dinámicas de auto-organización y desbordamiento de las estructuras tradicionales. Sin embargo, hemos de reconocer que también este movimiento avanza titubeante, a menudo a remolque. Algunos de sus principales actores todavía no han conseguido entender nada. La sinergia espontánea del pasado 24-O quedó reducida a cenizas con la dispersión de convocatorias de la que fuimos testigos la semana del 20 de noviembre. El corporativismo, los recelos y la miopía estratégica se hicieron con la derrota a las espaldas, consiguiendo arrastrar a parte del movimiento educativo. Cuando la fatiga es inevitable y la urgencia innegable, la reflexión se hace imprescindible. Y es que, pese a sus potencialidades y consecuente nivel de organización y lucha, superar el letargo en el que el movimiento se ha sumido durante años requiere, no sólo de voluntad, sino también de tiempo y organización. Con todo lo anterior, cohesionarlo resulta una tarea principal en estos momentos. Sin fórmulas mágicas, ésta pasa por arrastrar hacia espacios comunes a quienes tienen clara la premisa de parar la LOMCE (con o sin Wert) y explorar nuevos formatos de lucha que nos eviten dar pasos en falso.

El escenario posterior al 24 de Octubre se mostraba alentador para la militancia del movimiento educativo. Las muestras de unidad, radicalidad y masividad en las tres jornadas de conflicto nos situaban ante un cambio en las dinámicas de resistencia a las reformas educativas, posibilitando un escenario que, bien orientado, habría sido capaz de alumbrar una apertura de ciclo en el flujo de movilizaciones, con capacidad para despertar simpatías y obtener conquistas. Parecía el momento de la audacia política, de trazar grandes operaciones para movilizar al conjunto educativo hacia victorias significativas.

No obstante, la línea recta entre la acumulación de fuerzas y la lucha política no existe. Tan pronto como parecía abrirse un ciclo de movilizaciones que ofrecía la posibilidad de dar un salto hacia adelante, tres semanas después la situación viraba hacia un panorama ciertamente menos optimista que el enunciado tras las tres jornadas de huelga. Las movilizaciones de octubre –unitarias, combativas y masivas– han sido sucedidas por la unilateral convocatoria del Sindicato de Estudiantes. Con ella emergía el reflejo de unas posiciones sectarias adoptadas por parte de las organizaciones permanentes a nivel local. Entrábamos así en la disputa de fechas que nadie entendía y ninguno estaba abierto a discutir, acompañada por un reflujo de la Marea Verde y mientras CC OO terminaba desmarcándose de la aprobación de la LOMCE, convocando movilizaciones contra la austeridad sin apoyar las calendarizadas para este mes.

El Sindicato de Estudiantes quiso dar la batalla final contra la aprobación de la LOMCE el 20N a toda costa. Sin embargo, las jornadas de octubre no consiguieron poner contra las cuerdas las reformas planteadas, ni tampoco profundizar la aprobación de las reivindicaciones universitarias básicas. Posiblemente un escenario de tales características constata el estado de inmadurez de algunas organizaciones. La historia nos vuelve a morder la nuca. Como consecuencia nos encontramos con un grado de desorientación sin precedentes el 20/21 de noviembre: “no convocamos, pero luego sí”, “con unos sí, pero con otros no, y después se suman todos, pero no viene nadie”, etc.

Unas pinceladas a modo de perspectivas

En definitiva, el 20N sitúa al movimiento ante un reflujo parcial, situación que no agota sus potencialidades para el presente curso. Sin embargo, habría que conceder al sentir general la tregua necesaria tras la aprobación de la LOMCE y la desbandada de las acciones masivas, permitiendo así la recuperación de una voluntad movilizadora. Toca, por tanto, llamar a una retirada ordenada del campo de la movilización al campo de la reflexión; de la convocatoria de huelgas a las reuniones con propuestas de trabajo paciente que faciliten la acumulación de fuerzas.

Toca la construcción de espacios unitarios que reúnan a los agentes movilizadores, que permitan llegar a acuerdos programáticos afines, con una hoja de ruta común que posibilite un proceso gimnástico para el músculo educativo que culmine en una huelga educativa indefinida. En el campo programático habrá que llegar, al menos, a determinados acuerdos sobre las reivindicaciones de los distintos sectores que componen el movimiento por la educación pública. Asimismo, será necesario un apoyo inamovible a cualquier iniciativa de huelga indefinida territorial y un compromiso por favorecer la insumisión autonómica frente a la LOMCE, tal y como señalan los gobiernos regionales de Euskal Herria y Catalunya, voluntad necesariamente extensible a la Junta de Andalucía.

El único espacio asimilable a este marco unitario es la Plataforma estatal por la escuela pública. Sin embargo, ésta muestra verdaderas carencias que ponen de relieve sus debilidades: la primera es restringir su esfera de influencia sólo a la educación en la escuela y no reunir dentro de sí a diversos actores de la universidad; la segunda, contener en su seno lo que resultan ser, hoy en día, verdaderos frenos de la movilización social, como son las direcciones de los aparatos sindicales mayoritarios. Esta afirmación no pretende desvincularse sectariamente de los mayoritarios, sino que intenta señalar la imperante necesidad de constituir un marco que ejerza presión a los mismos, algo que no es posible hacer desde las estrechas miras de la Plataforma.

La construcción de este tipo de espacios (que debe reunir a las Mareas Verdes, organizaciones universitarias, Sindicato de Estudiantes, EeM, BASE, interinos, administrativos, etc.) remarca la necesaria eliminación de sectarismos de todo tipo. Con este tipo de actitudes habría que referirse a todo un abanico de agentes, tanto a los pequeños actores que sienten desconfianza de los grandes por sus formas burocráticas, como del de los grandes aparatos que miran por encima del hombro a las organizaciones más pequeñas, pensando que sólo sus propuestas pueden marcar la senda unitaria. La unidad no encuentra reflejo a través de convocatorias unilaterales en torno a las que deben sumarse organizaciones base, como tampoco lo hace con la emergencia de un segundo bloque de pequeños contra grandes. En el punto intermedio del entendimiento se aciertan fórmulas no exploradas de unidad, posiblemente aquellas que puedan resultar más fructíferas.

Un espacio de tales características permitiría lanzar propuestas de reactivación paciente del movimiento educativo: perspectivas de movilización, reconstitución de lo político generando luchas que conectan intereses que parecen ajenos a priori, construir un espacio unitario sin frenos que atienda únicamente a los ritmos de las movilizaciones, etc. Por este camino, el movimiento educativo podría ser capaz de avanzar hacia la convergencia de sus elementos integrantes y su radicalidad, abriendo posibilidades para movilizaciones de masas capaces de generar la simpatía de amplias capas poblacionales, solidaridad activa y victorias.

Para cambiar este mundo hay que partir de los conflictos actuales. Descifrar el escenario donde seamos más fuertes y emprender iniciativas que nos permitan conquistar mayorías sociales. Si bien sabemos que no cabe defensa de la educación pública actual sin un programa y una voluntad de construir otro modelo de educación que no esté al servicio de las empresas y de la clase dominante, esa máxima sólo será posible bajo un marco de movilización masiva. Es aquí donde las de abajo seremos capaces de expresar, tras el “Sí se puede”, el mundo que pretendemos construir, aquello que deseamos que sean nuestras vidas.

10/12/2013



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