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In memoriam
Daniel Bensaïd, comunista herético
20/01/2010 | Michael Lowy

Daniel Bensaïd nos ha dejado. Es una pérdida irreparable, no solamente para nosotros, sus amigos, sus camaradas de lucha, sino para la cultura revolucionaria. Con su irreverencia, su humor, su generosidad, su imaginación, había sido un raro ejemplo de intelectual militante, en el sentido fuerte de la expresión. Recuerdo nuestras largas conversaciones, a veces discusiones, alrededor de una mesa, sobre todo a la hora entre el postre y el café, en “Le Charbon”, su restaurante preferido. No estábamos siempre de acuerdo, lejos de ello, pero ¿cómo no amar y no admirar su extraordinaria creatividad y, sobre todo, su espíritu, anti y contra todo, de resistencia a la infamia del orden establecido?

“Auguste Blanqui, comunista herético” fue el título de un artículo que Daniel Bensaïd y yo redactamos juntos en 2006 (para un libro sobre los socialistas del siglo XIX en Francia, organizado por nuestros amigos Philippe Corcuff y Alain Maillard). [1] Este concepto, “herético”, se aplica perfectamente a su propio pensamiento, obstinadamente fiel a la causa de los oprimidos, pero alérgico a toda ortodoxia.

Si los libros de Daniel se leen con tanto gusto, es porque se escribieron con la pluma acerada de un verdadero escritor, que tenía el don de la fórmula: una fórmula que podía ser asesina, irónica, furiosa o poética, pero que siempre iba derecho a su objetivo. Este estilo literario, propio de su autor e inimitable, no era gratuito pues estaba al servicio de una idea, de un mensaje, de un llamado: a no doblarse, a no renunciar, a no reconciliarse con los vencedores. La fuerza de la indignación cruza, como un soplo inspirado, todos estos escritos.

En ellos hay, también, fidelidad al fantasma del comunismo, del cual él mismo proporcionó una bella definición: es la sonrisa de los explotados que a lo lejos escuchan los disparos de fusil de los insurrectos en junio de 1848 -episodio contado por Tocqueville y reinterpretado por Toni Negri. [2] Su espíritu sobrevivirá al triunfo actual de la mundialización capitalista, de la misma forma que el espíritu del judaísmo lo hará a la destrucción del Templo y a la expulsión de España (me gusta esta comparación insólita y un poco a provocativa). El comunismo del siglo XXI era, para Daniel Bensaïd, el heredero de las luchas del pasado, de la Comuna de París, de la Revolución de Octubre, de las ideas de Marx y Lenin, y de los grandes vencidos que fueron Trotsky, Rosa Luxemburgo, el Che Guevara. Pero el comunismo también era algo nuevo, a la altura de lo que está en juego en el presente: un ecocomunismo (término que él inventó), integrando centralmente el combate ecológico contra el capital.

Para Daniel, el espíritu del comunismo era irreductible a sus falsificaciones burocráticas. Si rechazaba con la última de sus energías la tentativa de la Contra-Reforma liberal de disolver el comunismo en el estalinismo, no menos reconocía la necesidad de hacer un balance crítico de los errores que desarmaron a los revolucionarios de Octubre ante las pruebas de la historia, favoreciendo la contrarrevolución termidoriana: la confusión entre pueblo, partido y Estado; la ceguera respecto al peligro burocrático. Era necesario sacar algunas conclusiones históricas, ya resumidas por Rosa Luxemburgo en 1918: la importancia de la democracia socialista, del pluralismo político, de la separación de los poderes, de la autonomía de los movimientos sociales con relación al Estado.

Entre todas las contribuciones de Daniel Bensaïd para la renovación del marxismo, la más importante, a mis ojos, es su ruptura radical con el cientificismo, el positivismo y el determinismo que impregnó profundamente al marxismo “ortodoxo”, en particular, en Francia. Auguste Blanqui es una referencia importante en este planteamiento crítico. En el artículo mencionado más arriba, se recuerda la polémica de Blanqui contra el positivismo, ese pensamiento del progreso y del buen orden, del progreso sin revolución, esa “execrable doctrina del fatalismo histórico” erigida en religión. Para Blanqui “el engranaje de las cosas humanas no es fatal del mismo modo que el universo, es modificable en cada minuto”. Daniel Bensaïd comparaba esta fórmula con la de Walter Benjamin: cada segundo es la estrecha puerta por dónde puede colarse el Mesías, es decir, la revolución, esta irrupción efectiva de lo posible en lo real.

Su relectura de Marx [3], a la luz de Blanqui, de Walter Benjamin y de Charles Péguy, lo lleva a concebir la historia como una suerte de laberintos y bifurcaciones, un campo de posibles cuya salida es imprevisible. La lucha de clases ocupa el lugar central, pero su resultado es incierto, e implica una parte de contingencia. En La apuesta melancólica (Haya, 1997), quizá su más bello libro, retoma una fórmula de Pascal para afirmar que la acción emancipadora es “un trabajo para lo incierto”, implicando una apuesta sobre el futuro. Redescubriendo la interpretación marxista de Pascal hecha por Lucien Goldmann [4], Bensaïd define el compromiso político como una apuesta razonada sobre el devenir histórico, “con el riesgo de perderlo todo y de perderse”.

La revolución deja así de ser el producto necesario de las leyes de la historia, o de las contradicciones económicas del Capital, para volverse una hipótesis estratégica, un horizonte ético, “sin el cual la voluntad renuncia, el espíritu de resistencia capitula, la fidelidad desfallece, la tradición se pierde”. Por lo tanto, como lo explica en Fragmentos descreídos (Lignes, 2005), el revolucionario es un hombre de duda opuesto al hombre de fe, un individuo que apuesta desde las incertidumbres del siglo, y que pone una energía absoluta al servicio de certezas relativas. En resumen, alguien que intenta, incansablemente, practicar ese imperativo exigido por Walter Benjamin en su último escrito, las Tesis “sobre el concepto de historia” (1940): cepillar la historia a contra-pelo.

Notas

[1] Ver en ESSF: Auguste Blanqui, communiste hérétique.
[2] Daniel Bensaïd, La sonrisa del fantasma.
[3] Daniel Bensaïd, Marx intempestivo.
[4] Lucien Goldmann, El hombre y lo absoluto.

18/01/2010

Traducción: Andrés Lund Medina





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