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Debate
Sobre la prohibición del burka
02/07/2010 | Liga de los Derechos Humanos de Francia

Desde el asunto de Creil en 1989 [El 18 de septiembre de 1989, la dirección del colegio Gabriel-Havez de Creil, en la región de Oise, prohibió la entrada a tres alumnas con velo] la Ligue des droits de l´homme (LDH, Liga de los Derechos Humanos) ha mantenido con constancia su posición, uniendo la crítica del uso del foulard y del velo, en nombre de la emancipación de las mujeres, al rechazo de toda ley excluyente, estigmatizante y usurpadora de libertades públicas. Sin embargo, resulta que hoy esta posición es la de numerosos ciudadanos y responsables políticos y en particular la de la Comisión Nacional consultiva de los derechos humanos, precisamente en el momento en que el debate se ha crispado. Más opresivo que el foulard, se ha visto aparecer el uso ultraminoritario pero espectacular del velo integral; el gobierno ha lanzado un debate sobre la identidad nacional, muy rápidamente identificado por la opinión pública como un debate sobre el Islam; el primer ministro nos anuncia una ley que prohibirá el uso del burka.
Digamos inmediatamente, para salir de la confusión, que hablar del “burka” es un abuso del lenguaje: la palabra designa el vestido generalmente azul, cerrado por entero, con una red ante los ojos, impuesto a las mujeres por la sociedad afgana. El velo integral, negro, de origen saudí, es una negación de la persona, pero no remite al horror asesino de los talibanes. Dramatizar el debate no es inocente. Pensamos que es importante afirmar un cierto número de elementos esenciales.

1.- El laicismo no tiene nada que ver en la cuestión del velo integral

Los legisladores de 1905 se habían negado resueltamente a reglamentar las vestimentas, juzgando que era ridículo y peligroso: preferían ver a un canónigo en el parlamento con sotana antes que un mártir. El laicismo que nos han legado y al que estamos fuertemente unidos es la estructura del vivir juntos: por encima, la comunidad de los ciudadanos iguales, la voluntad general, de democracia; por debajo, comunidades parciales, sindicatos, asociaciones, iglesias, una socialización múltiple y libre que puede incluso aparecer o manifestarse en el espacio público, pero en ningún caso usurpar la voluntad general, y en fin la singularidad de los individuos que eligen libremente y combinan sus creencias y sus pertenencias.

En consecuencia, lo político no tiene ni que mezclarse con la religión, ni que tratar a una religión de forma diferente a las demás; la ley no tiene que regular las convicciones íntimas que supone en los individuos; la República no tiene que decir lo que es aceptable y lo que no lo es sino proteger igualmente a todas las personas que residen en su territorio, salvo que pongan en cuestión el orden público. El pluralismo religioso y cultural es constitutivo de la unidad de Francia, que ha conocido siempre de forma marginal derivas fanáticas, integristas o sectarias deplorables pero efímeras. Dejemos pues al laicismo tranquilo.

2.- La igualdad hombres-mujeres espera una verdadera política

El argumento principal, y completamente justificado en el fondo, contra el uso del velo, es que señala de forma radical la minusvaloración de las mujeres. Es claramente el caso si el uso del velo está impuesto por el marido o cualquier otro hombre de la familia. En ese caso, Francia dispone de herramientas legislativas que permiten a una mujer plantear una denuncia por coacción o secuestro y obtener el divorcio con las costas a cargo de su marido; sabiendo, por supuesto, lo difícil que puede ser esta tramitación para ella.

Pero puede tratarse también, como atestiguan numerosos testimonios, de una servidumbre voluntaria. Ahora bien, la libertad no se impone jamás por la fuerza; resulta de la educación, de las condiciones sociales y de una decisión individual; no se emancipa a la gente a su pesar, no se puede más que ofrecerles las condiciones de su emancipación. Para hacer progresar la igualdad y lo mixto entre los hombres y las mujeres, lo que es urgente es promover políticas en los terrenos educativos, salariales y profesionales, derechos sociales, un mejor acceso a la salud y al control de la procreación. Estos problemas conciernen a millones de mujeres en la Francia de hoy y no son en absoluto tratados de forma prioritaria. Un absceso de fijación sobre algunos centenares de casos no hace ciertamente avanzar la igualdad, que reclama al contrario volver a la solidaridad entre todas las mujeres.

3.- Una escalada de discriminaciones no es la solución

La cuestión del velo integral remite en realidad a un profundo malestar de las poblaciones concernidas, a las que la República no ha podido o no ha sido capaz de hacer un lugar. De ahí la aparición de vestimentas o de costumbres cuya significación es muy compleja, desde el uso del foulard por adolescentes de las barriadas como signo identitario hasta ese velo integral que es una paradoja: a la vez disimulador de la persona y signo ultravisible, provocador, de un rechazo a la norma social, con el pretexto unas veces de religión, otras de pudor. Incluso si reprobamos esta opción, no es una razón para esencializar y deshumanizar a las mujeres a las que se reduce a un signo abstracto y a las que se excluye de toda vida pública.
Prohibir el velo es reforzar la postura de estas mujeres, es hacer de ellas doblemente víctimas: resultado absurdo en una voluntad autodefinida como emancipadora. Llevarían solas el peso de una prohibición impuesta en gran parte por la dominación masculina, y esta prohibición las excluiría seguramente de la ciudadanía. En cambio, todos los musulmanes, hombres incluidos, se sentirían heridos por una ley que no afectaría más que al Islam

4.- Derechos y libertades

Sería además abrir una vía extremadamente peligrosa en términos de libertades públicas. Reglamentar las vestimentas y las costumbres es una práctica dictatorial; sea de forma discriminatoria, para señalar una determinada población, o al contrario por la imposición de una regla universal. Tanto obligar a las mujeres a llevar el velo como prohibirles ocultar su rostro (salvo en los casos previstos en que la identidad debe ser probada) es igualmente liberticida. Si tal hipótesis está presente, es que la sociedad francesa ha sido profundamente intoxicada por ideas venidas de la extrema derecha y que se han infiltrado hasta en la izquierda: el miedo al inmigrante, al extranjero, los tufos de nuestra historia colonial, la tentación del autoritarismo. La LDH tiene una concepción completamente diferente de la democracia, de los derechos, de la igualdad y de las libertades.

4.- Vivir juntos

La LDH rechaza los términos de un debate instrumentalizado, que corre el riesgo de desembocar en una ley perversa y peligrosa. Millones de musulmanes viven en Francia, y en muchos casos viven mal. No es un Ministerio de la Identidad Nacional el que resolverá sus problemas y les ofrecerá un futuro, sino políticas sociales y antidiscriminatorias; es un trabajo político, ciudadano, de reflexión sobre las condiciones del “vivir juntos”. Es también su responsabilidad individual y colectiva, que espera, por ejemplo, para quienes sin tener la nacionalidad residen en Francia, el derecho de voto para poder ejercerse.

25/3/2010

Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR





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