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"Han olvidado lo que significa ser judío..."
La Knesset vota una nueva ley contra las personas que demandan asilo
26/12/2017 | Michel Warschawski

No es la primera vez que utilizo esta cita de Benjamin Netanyahu como título de mi post, y, a partir de hoy, será el título de todas las crónicas que haga sobre decisiones del gobierno y de la Knesset que contradigan la cultura judía -o más bien las culturas judías- provenientes de las generaciones precedentes.

No creo en la existencia de una única cultura judía, como tampoco creo en una única cultura musulmana o europea o china: a lo largo de los milenios se encuentra en esas culturas de todo, lo mejor y lo peor. Creo por el contrario, en lo que llamaría una experiencia judío-europea de dos milenios y hecha esencialmente de exclusión, racismo y persecuciones. Insisto: judía-europea: las cruzadas, la inquisición, el affaire Dreyfus y el judeocidio nazi no han sido obras de la cultura musulmana, y en los países árabes la minoría judía no ha conocido nada similar. Aunque no guste en absoluto a Benjamin Netanyahu, Adolf Hitler no tenía necesidad de los consejos del mufti de Jerusalén para planificar y poner en marcha la solución final, y fue el sultán de Marruecos Sidi Mohammed (más tarde rey Mohamed V) quien se opuso a que sus súbditos judíos llevaran la estrella amarilla, no el rey Leopoldo de Bélgica o la reina Juliana de Holanda. El genocidio de los judíos de Europa es un 100 % made in Europe, producto de cerca de dos milenios de civilización cristiana.

La llamada civilización judeo-cristiana es una mistificación racista; y como decía Jeannette Mandouze, mi extraordinaria profesora de letras clásicas y valiente resistente antinazi, un signo ortográfico de unión, un guión, viene a menudo a excluir a un tercero: judeo-cristiano excluye a los musulmanes de la mencionada civilización. Ahora bien, ¿de qué ha estado compuesto durante cerca de dos mil años el signo ortográfico de unión entre judeo y cristiano? De sangre. Si se quiere hablar de una civilización en la que los judíos fueron una componente especial y legítima, hablemos de los cuatro siglos de Andalucía, cumbre de la civilización occidental medieval, o también de la civilización iraquí hasta que el sionismo llegara a pudrir las relaciones judeo-musulmanas en ese país... Nada que ver con la existencia judía en Europa, en la que los momentos de calma y de armonía relativa son la excepción y no la regla, y esto incluyendo al siglo XX.

No por casualidad el lugar de los judíos en los movimientos de emancipación europeos fue tan importante, en particular en los movimientos socialistas: su situación de parias les empujaba a la primera línea de los combates por los derechos y la justicia. Ha sido cuando han encontrado la soberanía nacional, una soberanía fundada en la desposesión y la expulsión de los autóctonos, cuando se han vuelto como todos los pueblos [reivindicación de los hebreos de la época bíblica, que los Profetas detestaban], o más bien como todos los pueblos colonialistas. Ni mejores ni peores. Fue en ese momento en el que olvidaron lo que es ser judío.

Si no hubieran olvidado, no habrían podido votar, y mediante un procedimiento de urgencia [sic], la nueva ley sobre la expulsión y la retención de las personas demandantes de asilo. Se trata de una ley bárbara que infringe el derecho internacional y las convenciones que el Estado de Israel había ratificado. Es una ley que escupe sobre la historia de nuestros abuelos que fueron tan a menudo demandantes de asilo tras haber sido obligados a huir de las persecuciones y demás pogromos. Benjamin Netanyahu y los 71 diputados que han votado esta ley, han olvidado una vez más lo que es ser judío. Si, nos hemos vuelto como los demás pueblos, como las peores naciones.

Las convenciones internacionales exigen de los Estados firmantes que den asilo a quienes cuya vida peligra en su país de origen. Es ciertamente el caso de las miles de personas demandantes de asilo que han venido de Eritrea y de Darfour... antes de que Israel construyera un muro en su frontera con el desierto del Sinaí. Con una hipocresía sin límites, Israel no devuelve a las personas demandantes de asilo a sus países de origen, sino... a Uganda y Ruanda. Todos los negros se parecen, todos los negros son hermanos ¿no?.

Centenares de testimonios de personas demandantes de asilo expulsadas a esos países concuerdan: en Uganda y en Ruanda no es la solidaridad de su ciudadanía la que les espera sino el odio y la represión, la violencia y las violaciones. Lo que refuerza aún más el discurso racista de los dirigentes israelíes: si los negros tratan así a otros negros, ¿por qué deberíamos dar prueba de más consideración? Para vomitar.

Para vomitar más aún cuando se oye al antiguo presidente del partido laborista, Yitshak Herzog, que justifica su voto en favor de la nueva ley debido a que los infiltrados han quitado empleos a los trabajadores árabes. A lo que el presidente de la Lista Arabe Unificada, el diputado Aiman Odeh, le ha respondido que sobre este tema también el partido laborista no es mas que una pálida copia de la derecha, y que no es incitando una contra otra a las comunidades excluidas como convencerá de que representa una alternativa.

Post en https://www.facebook.com/Estbel/posts/934708863346761

20/12/2017

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur







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