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Daniel A. Gordon. Los años 68 del antirracismo
04/07/2018 | Emmanuel Debono

El movimiento de mayo de 1968 en Francia no ha sido estudiado nunca bajo el ángulo de las relaciones entre sus actores y los inmigrados. Si embargo, como muestra el historiador inglés Daniel Gordon, los años 1968 han sido decisivos en la creación de un antirracismo moderno, mucho antes de la Marcha de los Beurs (europeos nacidos en el norte de África. Ndt)

Recensión: Daniel A. Gordon, Inmigrants and Intellectuals. May’68 and the Rise of Anti-Racism in France, Pontypool, Merlin Press, 2012, 256p.

El movimiento de mayo de 1968 en Francia no ha sido estudiado nunca verdaderamente bajo el ángulo de las relaciones entre sus actores y los inmigrados. Las cuestiones de la inmigración y del racismo en este contexto histórico han podido ser abordados puntualmente por historiadores franceses, pero siempre más parcialmente en lo que concierne a las relaciones que han podido establecerse entre la ola de protesta y la población inmigrada 1/. Así, ha podido parecer paradójico a Daniel Gordon, historiador inglés de la Edge Hill University, que la coexistencia en un mismo espacio geográfico de uno de los lugares significativos de la revuelta estudiantil, la Universidad de Nanterre, y de uno de los más importantes suburbios de la post-guerra, no haya dejado más trazas historiográficas. Para llevar a buen término su investigación, el historiador ha frecuentado diversos centros de archivos en los que ha podido compulsar importantes fondos públicos y privados (archivos nacionales, departamentales, Centro de Historia del Trabajo, archivos de la CFDT, del PCF, del MRAP. (Movimiento contra el Racismo, el Antisemitismo y por la Paz, ndt) relativos a la inmigración y a las organizaciones políticas y sindicales comprometidas en la materia. A estas fuentes primarias, ha agregado una amplia muestra de periódicos y de múltiples lecturas (desgraciadamente no tematizadas en su bibliografía) que comprenden numerosas narraciones autobiográficas. El investigador ha consultado igualmente fuentes audiovisuales y realizado una decena de entrevistas con activistas contemporáneos de los acontecimientos.

Daniel Gordon evoca una sociedad que, al comienzo de los años 1060, considera a los extranjeros, en particular de ex-países colonizados, como simples objetos económicos, e incluso, en el contexto de la guerra de Argelia, como enemigos internos. El autor postula que la protesta de 1968 desempeña un papel de acelerador en una doble toma de conciencia: la de los franceses que descubren las condiciones de existencia de los inmigrados sobre el territorio nacional; la de los mismos inmigrados, que aspiraron progresivamente a la igualdad de derechos con los ciudadanos franceses y se comprometieron en las luchas sociales. No olvida, sin embargo, ensanchar el foco y cuestionar más ampliamente a la izquierda y al mundo obrero. En lo que concierne a los inmigrados toma la opción de un foco ampliado, considerando tanto a los provenientes de las antiguas colonias como a los españoles, los portugueses o incluso a los ciudadanos de la Comunidad Económica Europea. La complejidad y la ambigüedad caracterizaron a las relaciones que se anudaron entre franceses e inmigrados, en particular cuando emergió, durante los años 1970, una segunda generación de inmigrados cuyas aspiraciones diferían ostensiblemente de las de sus mayores. Un antirracismo estrechamente ligado a la cuestión de la inmigración se modeló durante esos años y se afirmó como una preocupación de la izquierda. Gordon se interroga sobre su naturaleza, sus formas y sus límites, así como su evolución el tiempo en este sentido 1983 constituye el final de su estudio: es el año en el que, tras el mismo, vio la retirada de la influencia sesentayochista en el campo antirracista.

Francia se convirtió, en los años 1960, un importante foco de acogida para una fuerza de trabajo barata. Los inmigrados fueron relegados en los barrios populares y los suburbios y la masacre del 17 de octubre de 1961, en los últimos meses de la Guerra de Argelia solo suscitó reacciones discretas de la izquierda francesa. Los sindicatos hicieron poco caso de una población percibida como una molestia. La tasa de sindicalización de los inmigrados, muy baja, se explica también por el analfabetismo, la actitud antisindical de los patronos, el deber de neutralidad debida al país de acogida o la débil tradición militante de los inmigrantes. El autor menciona, sin embargo, algunas iniciativas dispersas excepcionales como la colectividad del textil en el invierno de 1963, las actividades de la Federación de las Asociaciones de Solidaridad con los Trabajadores Inmigrados (FASTI) o los compromisos sobre el terreno de Ayuda a Todo Desamparo-Cuarto Mundo. El mundo estudiantil del Barrio Latino, a pesar de sus numerosos grupos e intelectuales extranjeros, particularmente sensibles a los combates a favor del Tercer Mundo, no se movilizó más a favor de esas poblaciones.

Sin embargo, en la estela de los acontecimientos de 1968, los inmigrados se convirtieron a la vez en un problema político y actores de su propia emancipación. Estudiantes e intelectuales percibieron en la figura del inmigrante al proletario absoluto, hierro de lanza de las revoluciones sociales y políticas del futuro. Participando en las huelgas, los inmigrantes empezaron a existir políticamente. Los estudiantes izquierdistas presentes en las fábricas entraron en contacto con una población de la que descubrieron sus condiciones de existencia y, en periódicos efímeros, en los mítines, evocaron los suburbios y la discriminación de la que eran víctimas los inmigrantes. Sus reivindicaciones específicas tales como la construcción de nuevos albergues de alojamiento fueron asumidas por los sindicatos. Una solidaridad de clase empezó a expresarse, uniendo a trabajadores franceses y extranjeros, a la vez que los izquierdistas unían por su parte el problema del alojamiento de los extranjeros con el de la crítica del capitalismo. El antirracismo se dobló entonces con una denuncia anticolonialista. Florecieron los Comités Palestina, jugando sobre el paralelismo entre inmigrantes explotados y víctimas palestinas, y Nanterre se convirtió en un lugar en el que los estudiantes experimentaron nuevas solidaridades con los inmigrantes.

Pero las relaciones entre inmigrantes y extrema izquierda no fueron sin conflictos. Los militantes de extrema izquierda, apostaban en su idealismo sobre el potencial revolucionario de los inmigrantes, fueron a veces decepcionados por la débil reactividad de estos trabajadores. El compromiso de los izquierdistas no estuvo tampoco exento de prejuicios y de paternalismo y a veces estuvo afectado por el dilema que oponía a ciertos valores franceses respecto a las sensibilidades comunitarias, lo que dio lugar a la actitud a menudo crítica de la joven generación inmigrante respecto a los manifestantes de mayo del 68 y al proyecto de una autonomización de la protesta inmigrante. Dos asuntos desempeñaron un papel clave en este proceso. En primer lugar el asesinato, el 27 de octubre de 1971, de un joven argelino de la Goute d’Or, Djellali Ben Ali, por el marido de la conserje de su inmueble, que provocó una importante movilización que mezcló a grandes figuras intelectuales, jóvenes maoístas e inmigrantes. Posteriormente tuvieron lugar los atropellos que sufrió la pareja Bouziri en el otoño de 1972. Militante tunecino que había pasado por las filas maoístas en 1968 y que participó en la fundación de los comités Palestina, Saïd Bouziri y su mujer recibieron un aviso de expulsión. Saïd empezó una huelga de hambre y recibió el apoyo de algunos intelectuales. Coronada de éxito, la acción de Bouziri tomó una dimensión colectiva que anunció el futuro movimiento de los sin-papeles.

Fue en ese contexto como se estructuró el Movimiento de los Trabajadores Árabes (MTA), nacido del militantismo pro-palestino y próximo a la Izquierda Proletaria (grupo maoísta, ndt), que se impuso como el motor de una acción más directamente dirigida hacia la condición inmigrante en Francia. Izquierdistas, intelectuales, autoridades eclesiásticas, apoyaron el combate, pero el MTA, que desconfiaba de quienes hablaban en nombre de los inmigrantes, mantuvo ciertas distancias con las organizaciones francesas. Organizó, a partir, de 1971, una serie de huelgas de inmigrantes sobre sus condiciones de trabajo que convergieron con el movimiento naciente de los sin-papeles y perturbaron el marco clásico de la acción sindical. El verano y el otoño de 1973, en el curso de los cuales tuvieron lugar las agresiones racistas más numerosas, fueron momentos de movilización intensa y autónoma. Impulsada principalmente por el MTA, que presentó un candidato a las elecciones presidenciales de 1974, la inmigración se convirtió en una cuestión de sociedad. Fue planteado el tema del voto de los inmigrantes, especialmente en el primer congreso de los trabajadores extranjeros en Marsella, en 1974. La violencia policial contra las manifestaciones inmigrantes y el descubrimiento en abril de 1975 del centro de detención clandestina de Arenc, en la estación marítima de Marsella, chocaron a la opinión pública. A partir de ahí, el Partido Socialista, preocupado con distinguirse de la actitud de la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Socialista, ndt) durante la Guerra de Argelia, se abrió más a la cuestión inmigrante y se pronunció por ejemplo a favor de la libertad de asociación de los interesados. Daniel Gordon muestra sobre todo el papel del PSU (Partido Socialista Unificado, ndt), que puso especialmente en marcha una comisión inmigración después de las huelgas de hambre del distrito XX (de París, ndt) y se comprometió contra la circular Marcellin-Fontanet, que ligó la atribución de una carta de residencia a la posesión de un permiso de trabajo. Por otra parte, el PSU defendió el derecho de los inmigrantes a la enseñanza en su propia lengua y a la práctica de sus tradiciones culturales y religiosas. En un análisis matizado, Gordon evoca también la actitud más ambivalente del partido comunista y de la CGT: parece muy difícil conciliar los ideales internacionalistas y los problemas de competencia económica planteados por la mano de obra extranjera. El malestar culminará con la decisión adoptada por la alcaldía comunista de Ivry-sur-Seine, de destruir en 1980, con excavadoras, los alojamientos de inmigrantes malienses.

Si la llegada de la izquierda al poder en la primavera de 1981 se acompañó de medidas liberales en el terreno de la inmigración, el verano siguiente tuvo lugar la explosión de violencias en la barriada lionesa de los Minguettes. Al nuevo poder le costó entender las aspiraciones de una juventud que no tenía ninguna predisposición por el mundo de la fábrica de sus padres. Más generalmente, tuvo dificultad para entender los retos ligados con la inmigración cuando se puso en práctica la ecuación planteada por la extrema derecha de inmigración=inseguridad. Incluso en la izquierda, la doxa republicana de la integración reencontró su vigor. Así se pudo ver finalmente el año 1983 como el verdadero final de los ideales de 1968. Con la Marcha por la igualdad y contra el racismo que partió de Lyon y llegó a París el 3 de diciembre de 1983 con 100.000 personas, se abrió una nueva era en la historia francesa del antirracismo.

Iniciando su encuesta sobre el antirracismo en 1968, Daniel Gordon propone una periodización que no es sin méritos. El autor nos convence muy bien de que la contestación de 1968 constituyó el momento bisagra de una irrupción decisiva de los inmigrantes en la escena política y social francesa. Sin embargo, las cuestiones de la integración y del antirracismo habían sido planteadas muy anteriormente; irrigaron los años treinta y a la inmediata post-guerra, por organizaciones como la Liga Internacional contra el Antisemitismo (LICA), el Centro de Acción y de Defensa de los Inmigrantes (CADI) o también del MRAP. Hay múltiples debates sobre estos temas y un activismo antirracista hizo sentir sus efectos hasta la cumbre del Estado. Ese activismo tuvo también un contexto internacional, con el compromiso de la UNESCO en el terreno de la lucha contra el racismo a partir de los años 1950, y la reflexión y las acciones que suscitó, especialmente en materia educativa. El autor habría podido, desde ese punto de vista, pararse más sobre las premisas, las filiaciones y los contextos que anunciaron en muchos sentidos las dinámicas posteriores.

La definición por el autor del antirracismo es de hecho bastante implícita: parece circunscrita al interés dedicado a la suerte del inmigrante. Gordon no se detiene en el argumentarlo antirracista, las eventuales categorizaciones raciales, la herencia y el bagaje teórico de los militantes. Paralelamente, se puede lamentar la ausencia de un estudio sobre las expresiones anti-inmigrantes, sobre la variedad de los discursos de rechazo de la presencia extranjera. Falta aquí un panorama de los racismos presentes en la sociedad francesa, especialmente los que emanan de las formaciones de extrema derecha.

Pero Gordon administra un útil pinchazo de recuerdo a los que piensan poder hacer surgir la conciencia colectiva de los inmigrantes de la Marcha de 1983. Muestra claramente que las acciones antirracistas de hoy son parcialmente herederas de una historia más antigua, que sería erróneo olvidar. Sobre esta materia, considera que 1968 ha dejado más de una marca, aunque sea cierto que el paisaje antirracista se ha fragmentado considerablemente y se ha alejado de los ideales universalistas impulsados por los izquierdistas, finalmente más preocupados por la lucha anti-imperialista que por el “derecho a la diferencia”. Nos recuerda finalmente que el antirracismo sigue siendo un campo histórico todavía escasamente cuestionado. Su análisis es estimulante para el conjunto de las cuestiones que plantea en resonancia directa con los debates actuales, sin embargo fagocitados por motivaciones políticas inmediatistas. Ha correspondido una vez más a un investigador extranjero aguijonear provechosamente la memoria hexagonal y aportar una contribución preciosa a las preocupaciones del tiempo presente, una contribución de la que se puede desear que sea objeto de una contribución francesa.

Emmanuel Debono, “Les années 68 de l’anti-racisme”, La Vie des idées , 19 février 2014. ISSN: 2105-3030.

http://www.laviedesidees.fr/Les-annees-68-de-l-anti-racisme.html

Traducción: viento sur


[1] Ver especialmente Yvan Gastaut, L’immigration et l’opinion en France sous la Ve République, París, Le Seuil, 2000; Gérard Noiriel, Immigration, antisémitisme et racisme en France (XIXe-XXesiècles), París, Fayard, 2007; ver también Geneviève Dreyfus-Armand, “L’arrivée des immigrés sur la scène politique”, IRICE: Lettre d’information n°30, 9 mars 1998; Xavier Vigna, ”Une émancipation des invisibles? Les ouvriers dans les grèves de mai-juin 68” en Ahmed Boubeker et Abdellali Hajjat, Histoire politique des immigrations (post)coloniales, France 1920-2008, París, Éditions Amsterdam, 2008. (de este autor se ha publicado en esta web dos artículos sobre las huelgas obreras en el 68: http://vientosur.info/spip.php?article13525 y http://vientosur.info/spip.php?article13521, Ndt).







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