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Dosier Checoslovaquia (II)
Kafka como detonador político
08/09/2018 | Eduard Goldstücker

En enero de 1981 la editorial del Partido Comunista Italiano, Editori Riuniti, publicaba un libro de entrevistas con Eduard Goldstücker. Fueron realizadas por Franco Bertone. El título Da Praga a Danzica; el subtítulo: Una “confesión” personal y política sobre el hilo de la historia.

Eduard Goldstücker comenzó, en los años 1930, a escribir ensayos consagrados de forma prioritaria a la literatura alemana. En 1960, publica un trabajo, titulado Rainer María Rilke und Franz Werfel 1/, que tuvo una audiencia remarcable en los medios intelectuales de Checoslovaquia.

En 1964, en Praga, edita un ensayo cuyo eco e impacto fueron notables en el clima cultural y político que reinaban en Checoslovaquia, aún marcado, entre otras cosas, por un antisemitismo cultivado desde los procesos de 1949-1954. Este ensayo lleva el título de Na tema Franz Kafka (Sobre el tema de Franz Kafka). Recibió el premio de la Unión de Escritores. En 1965, Eduard Goldstücker es el coautor de la obra Über Franz Kafka aus der Pager Perspektive.

En 1968 apareció en italiano una obra que sintetiza su planteamiento sociopolítico y cultural que se confirmó en 1967-1968, Socialismo e libertà. En el XIV Congreso (clandestino) del Partido Comunista de Checoslovaquia (PCC), el 22 de agosto de 1968, Goldstücker fue elegido al Comité Central del PCC y a su presidium. Se vio obligado a emigrar en 1968. En 1974, será privado de su nacionalidad.

Publicamos a continuación la traducción de extractos del capítulo VI de las entrevistas con F. Bertone, capítulo titulado: Kafka como detonador político. Goldstücker describe en él el macro y el micro clima políticos y culturales que reinaban en Praga. Habíamos podido apreciar algunos de sus elementos, en diferentes entrevistas realizadas con ocasión de un viaje a esa ciudad en 1966.

Quienes actualmente reducen el proceso en marcha de entonces en Checoslovaquia únicamente al año 1968 -por no decir a la intervención militar soviética- dan pruebas de una miopía histórica que, más de una vez, se prolonga en el momento actual (Charles-André Udry).

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“Inmediatamente después del XX Congreso del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética, que se celebró del 14 al 25 de febrero de 1956), muchos intelectuales checoslovacos manifestaron públicamente la opinión de que el modelo estalinista no era en absoluto aplicable a nuestro país. La desilusión en el país era grande y algunos jóvenes intelectuales muy capaces tuvieron que pagar el expresar públicamente esta desilusión. Cada vez estábamos más convencidos de la necesidad de buscar vías de desarrollo nuevas e intentamos abrir el debate, publicar artículos, pronunciar conferencias en este sentido. Pero la reacción del grupo dirigente del partido [a cuya cabeza tronaba Antonín Novotny desde 1953] fue ciega y muy dura 2/.

Recuerdo a dos jóvenes filósofos, Karel Kosík e Iván Svitàk que intentaron lanzar un debate en el periódico de la Unión de Escritores Literární Noviny, pero que fueron castigados inmediatamente: Kosík fue enviado a trabajar a una fábrica; Sviták sufrió el mismo trato y además fue expulsado del partido 3/.

Algunos meses después del XX Congreso del PCUS, se reunió el Congreso de Escritores. Dos de nuestros más amados poetas, Jaroslav Seifert [1901-1986] y Frantisek Hrubín [1910-1971] sacudieron al Congreso con sus discursos sobre el carácter opresivo del régimen y sobre la inútil falta de libertad que debíamos soportar. Seifert había sido obligado a un silencio casi completo después de 1948 [en 1929 se había opuesto a la bolchevización estalinista del PC y fue expulsado del partido]. Sin embargo era uno de nuestros poetas más importantes y se había sumado con entusiasmo a la lucha del partido. Pues bien, el contraataque del grupo dirigente del partido fue duro incluso durante el Congreso de escritores y las amenazas volvieron a aparecer como antaño.

En suma, tuvimos que esperar al XXII congreso del PCUS [octubre 1961], y luego al XI Congreso del PCC para una más o menos libertad de iniciativa y expresión.

(Franco Bertone) A partir de entonces estamos en vísperas de un acontecimiento que fue de una enorme importancia para Checoslovaquia, un acontecimiento en el que eres protagonista y que puso en movimiento sucesivos acontecimientos, de gran, muy gran importancia, importancia política. Hago alusión a la conferencia de especialistas marxistas en Kafka…

En julio de 1962 si recuerdo bien, se celebró en Moscú un congreso del Movimiento por la Paz en el que Sartre había pronunciado un discurso para reclamar una desmilitarización de la cultura. Muy bien. Yo ya había sido nombrado presidente de la cátedra de germanística de la universidad de Praga y había constituido un comité nacional checoslovaco de especialistas en literatura alemana. Decidí proponer al comité la organización de una conferencia internacional de marxistas sobre la obra de Kafka. Dije que Kafka había nacido en Praga, que había escrito y vivido en Praga, que su vida y su obra tenían numerosas relaciones con Praga, que en todo el mundo se discutía de Kafka y que numerosas personas venían a Praga para ver los lugares en que Kafka había vivido y trabajado. [Estas puntualizaciones de Goldstücker dicen mucho sobre la política -¿cultural?- de la dirección del PCC-CHU]. ¿Entonces, por qué entre nosotros, Kafka debía continuar siendo un tabú, desacreditado como escritor pesimista y decadente? A partir de ahí, propuse hacer frente públicamente a ese problema: ¿debíamos continuar considerando a Kafka como un escritor pesimista y decadente cuya obra debía ser mantenida alejada del pueblo checoslovaco? Mi propuesta fue aceptada por el comité.

En febrero de 1963, escribí un artículo sobre Kafka para la publicación de la Unión de Escritores, Literárni Noviny, en el que, entre otras cosas, escribía que en nuestro horizonte se perfilaban nuevas posibilidades de libertad y que se debía estar en disposición de explotarlas de la mejor manera posible. Como has querido recordar, algunas personas en diversas partes del mundo consideraron este artículo como el primer paso en dirección a la primavera de Praga. […]. Como en todos los países de la Europa oriental también teníamos, siguiendo el modelo de la URSS, una organización de masas que se llamaba Sociedad para la Difusión de la Cultura Política y Científica, que luego fue rebautizada como Academia Socialista. Durante este período la Sociedad comenzaba a organizar debates públicos sobre una serie de temas. En marzo de 1963, unos veinte oradores, representando a diversos sectores de la vida cultural fueron invitados a responder a las preguntas del público. Pero antes de que se celebrara la reunión, Nikita Jrushchov pronunció en Moscú su célebre discurso dogmático sobre las cuestiones culturales. Era evidente para todos que las preguntas del público apuntarían a conocer nuestra opinión en relación al discurso de Jrushchov y esto suscitaba muchas dificultades.

En Praga se expresó enseguida una gran agitación. Algunos oradores se declararon enfermos porque no quería verse obligados a hacer afirmaciones que molestaran a la dirección del partido ni querían enfrentarse al público. Yo era uno de los oradores y conmigo llegó también un funcionario del partido, el responsable del departamento de cultura del Comité de distrito de Praga, un hombre horrible, Antonín Cerny. A mitad de nuestra reunión llega una pregunta escrita por un grupo de estudiantes: “Demandamos al profesor Goldstücker que nos diga su opinión sobre el discurso de Jrushchov sobre las cuestiones culturales”.

Los estudiantes, quizás mis propios estudiantes, se volvieron hacia mí, demostrándome así su confianza y no tenía ninguna intención de engañarles. Les dije que apreciaba mucho al camarada Jrushchov y que, desde varios puntos de vista, debía estarle agradecido a causa de su iniciativa política, tomada en el CC Congreso del PCUS, que seguramente me había salvado la vida. Sin embargo, esto no podía llevarme a declarar que estaba de acuerdo con sus ideas sobre las cuestiones culturales […]. Hubo un largo aplauso y, a partir de ahí, creo que fui considerado en Checoslovaquia como alguien que decía la verdad. Era la primera vez en quince años que alguien expresaba en público una opinión contraria a los jefes de la URSS. […]. En realidad, en el mismo debate, un representante del secretariado, Ladislav Stoll, fue irónicamente interrumpido por el público por medio de aplausos ritmados y, con semejante follón, no pudo terminar su discurso.

Aún hoy, no podemos olvidar nuestro Congreso de Escritores de ese período. Fue un Congreso único en la historia de la cultura de todos los tiempos porque, durante ese Congreso, las y los intelectuales checoslovacos demandaron oficialmente al régimen… la introducción de la censura. De hecho, en Checoslovaquia, la censura no existía oficialmente. Sin embargo, cada palabra escrita, en cualquier disciplina, debía pasar por un examen de una censura de Estado, que oficial y jurídicamente no existía. Era una situación intolerable. Porque en el interior del edificio en el que residía la redacción del periódico del Partido, el RudéPrávo, existía una oficina para los funcionarios de la censura que, oficialmente, no existía: el estalinismo instaurado por el Partido se había vuelto tan aberrante que ¡un órgano inexistente del Estado tenía derecho a controlar al Partido [su periódico]!

Ahora bien, esta censura inexistente no operaba sobre la base de una ley (que evidentemente no existía), sino sobre la base de directivas del secretariado y de la oficina de seguridad del Partido, directivas que nadie entre nosotros conocía y que, además, cambiaban permanentemente. Los escritores decidieron, a partir de ahí, reclamar una ley para la censura. Al hacerlo, pensaban poder al menos disponer de una norma escrita a la que poder referirse y tener jurídicamente la posibilidad de reconocer la censura y poder recurrir sus decisiones. Por esta razón, peleamos por tener una censura legal que, finalmente, fue instituida. Si bien la ley sobre la censura no contaba demasiado: las modalidades de aplicación de la ley eran, una vez más, definidas por las circulares del secretariado del Partido y la situación finalmente empeoró.

En este contexto general, del 27 al 28 de mayo de 1963, celebramos nuestra conferencia internacional sobre Kafka […].

Alfred Kurella 4/ atacó con severidad nuestra conferencia, sosteniendo que Kafka era un escritor decadente cuya obra no tenía absolutamente ningún interés para una sociedad que construía el socialismo. En nuestra conferencia, los representantes de la República Democrática Alemana habían desarrollado una orientación que, de una parte, reconocía la calidad de Kafka como artista y escritor pero que, de otra, -según lo que decían- reflejaba en sus obras las condiciones sociales del capitalismo y, por encima de todo, la alienación que golpeaba al ser humano en la sociedad capitalista, una realidad que no tenía nada que decir y que ver con los seres humanos de la nueva sociedad, los que estaban construyendo el socialismo. En suma, la representación de Alemania del Este consideraba a Kafka como un “simple fenómeno histórico”.

La mayor parte de las intervenciones en la conferencia expresaron un punto de vista exactamente opuesto. Argumentaban que el solo hecho de una conquista del poder por el Partido Comunista en un país no representaba ninguna garantía de una solución automática a los problemas de la alienación. Sosteníamos, de forma mayoritaria, que durante el período de transición del capitalismo al socialismo, la alienación continuaba siendo un fenómeno social muy presente. Personalmente, afirmé que, sobre la base de mi experiencia personal, podía muy bien existir una situación en la que el ciudadano se sintiera como profundamente más alienado en una sociedad socialista que en una sociedad capitalista. Esta observación fue naturalmente considerada como un casus belli. […].

Recuerdo, a propósito de esto, [la publicación de las obras de Kafka], un pequeño episodio. Creo que se produjo a finales del año 1965. Ilya Ehrenburg había venido a Praga por unos días. La Unión de Escritores organizó una comida en su honor y debía hacerle el honor de una recepción en mi apartamento. Sabía que Ehrenburg consideraba a Kafka como uno de los hijos más gloriosos de Praga y me sentía obligado a decir cuánto había apreciado el hecho de que un grueso volumen de las obras elegidas de Kafka hubiera sido publicado en la Unión Soviética. Sonriendo, de forma irónica, ante mi manifestación de cortesía, Ehrenburg me confió: “He visto un volumen ruso sobre Kafka en las librerías de Sofía. Creo que hemos publicado a Kafka en ruso para los lectores búlgaros”. Esa fue la primera fase de las repercusiones de la conferencia sobre Kafka. La segunda fase comenzó después de la invasión soviética de mi país” […].

http://alencontre.org/societe/histoire/dossier-tchecoslovaquie-ii-kafka-comme-detonateur-politique.html

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur

Notas:

1/ El primero es más conocido por las y los lectores. El segundo, Franz Werfel, nació en Praga en 1890. Adolescente es amigo de Max Brod y de Franz Kafka. Hizo su bachiller en el Deutsche Gymnasium de Praga. Trabajó luego para la reputada editorial Kurt Wollf Verlag que, en su catálogo, publicaba no solo a Kafka, Marx Brod (que publicará las obras de Kafka) o Heinrich Mann, sino también a Gustav Meyrink, Ernest Weiss, Arnold Zweig, etc. De origen austriaco, de cultura judía, será uno de los primeros en denunciar el genocidio armenio de 1915. En 1938, con Alma Mahler, la viuda de Gustav Mahler, su esposa, deberá huir hacia Francia, luego Portugal para acabar en los Estados Unidos (C-A. U).

2/ Dos años después de la muerte de Stalin, el 1 de mayo de 1955, la dirección del PCC inauguró un gigantesco monumento de granito en honor de Stalin en Praga; será destruido en 1962, mediante explosivos… sin mucho ruido político (C-A. U.).

3/ Publicaremos extractos de las contribuciones de Karel Kosík y de Iván Svitàk, en los episodios de este dossier en relación a los acontecimientos en Checoslovaquia anteriores a 1968, luego a los años 1967-68-69.

A propósito del castigo mencionado por Goldstücker hacia estos dos intelectuales, es revelador que la sanción impuesta por los dirigentes de un pretendido Estado obrero burocráticamente asimilado -a la URSS aquí, en este caso- consistía en relegar al culpable a una fábrica, es decir a las filas obreras (C-A. U.)

4/ Alfred Kurella era un “importante funcionario del partido de la RDA, que representaba de forma rigurosa la línea estalinista en materia cultural” (E.G.). Hay que precisar que este funcionario de la cultura, exiliado en la URSS desde 1933 y de vuelta a la RDA en 1954, escribió un artículo, tras la intervención del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia, en el diario del SED, Neues Deutschland: “Franz Kafka, el padre espiritual de la contrarrevolución checoslovaca”. (C-A. U).





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