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Brasil al borde del abismo
Bolsonaro y el retorno del fascismo
27/10/2018 | Martín Mosquera

El fascismo está a las puertas del poder en Brasil, el gigante latinoamericano, la sexta economía mundial. Se trata pues de una conmoción de alcance internacional y, probablemente, de una inflexión en la historia brasileña y regional. La dinámica política inaugurada por los resultados del primer turno dio licencia a un gran despliegue de violencia social y política y presenciamos en estos días una sorprendente explosión de atentados y agresiones a personas LGTBI, mujeres, pobres, negros y simpatizantes del PT por parte de simpatizantes del candidato del PSL. Como dijo la socióloga francesa Maud Chirio, especialista en historia brasileña, “asistimos en directo a la fascistización de Brasil”. Al borde del abismo, es necesario discutir sobre el peligro que enfrentamos para prepararnos para los combates que vienen.

Es preciso mantener el rigor y no usar livianamente el término fascismo. No se trata de un sinónimo para capitalismo autoritario ni un calificativo apropiado para toda dictadura militar o bonapartismo represivo. En nuestra historia nacional, podemos recordar esta aplicación abusiva en su uso para definir al peronismo histórico, por parte del Partido Comunista y de buena parte de la intelectualidad burguesa, como en la más reciente utilización para caracterizar al proyecto neoliberal (y embrionariamente autoritario) de Macri, por parte de algunos analistas ligeros de precisiones.

Las clasificaciones y las definiciones en la teoría social tienen siempre un carácter aproximativo, provisorio y una cierta cuota de arbitrariedad. Ya no podemos pensar, como los padres fundadores del marxismo, que las categorías de análisis con las que trabajamos (bonapartismo, fascismo, populismo, revolución, clases) están dotadas de delimitación y precisión científica. Esto no quita que el debate exige rigor y no es trivial, técnico, ni meramente terminológico. De la caracterización de nuestro enemigo se sigue nuestra política, y en la encrucijada actual se juega la posibilidad de evitar una derrota histórica de las clases populares (que es mucho más que una derrota electoral).

El impacto de toda gran conmoción de la lucha de clases siempre ha modelado, en buena medida, los debates estratégicos subsiguientes de la izquierda a nivel internacional. Es a partir del balance de la experiencia chilena de la Unidad popular, por caso, que Berlinguer defiende en Italia la necesidad de un compromiso histórico del PCI con fuerzas de la burguesía, como medio de plantear la cuestión gubernamental de forma duradera (es decir, por medio de abrumadoras mayorías electorales que solo podrían conquistarse en acuerdos con los sectores progresivos de los partidos tradicionales). En cierta forma, todos los problemas estratégicos del periodo se presentan ahora condensadamente en el instante de un peligro: el balance del PT y del ciclo progresista latinoamericano, los rasgos crecientemente autoritarios del capitalismo en crisis, la posibilidad de emergencia de una nueva izquierda pos-progresista y el papel del nuevo ciclo de luchas feministas.

El enigma teórico del fascismo

Este ascenso de Bolsonaro impuso explosivamente la discusión sobre la naturaleza del fenómeno ¿Se trata efectivamente de una forma contemporánea de fascismo? ¿Se puede asimilar a las experiencias de los años 30? ¿Se trata del capítulo latinoamericano de un endurecimiento autoritario global que se evidencia como tendencia de la reestructuración capitalista en curso? El crecimiento de la extrema derecha en todo el mundo occidental obliga a ubicar nuevamente en el centro de la discusión marxista el estudio sobre las nuevas derechas radicales. “La historia del fascismo – afirmaba Mandel- es también la historia del análisis teórico del mismo”. Y agregaba:

De las cenizas de la primera casa del pueblo que incendiaron las bandas fascistas en Italia surgió inevitable la pregunta: ¿qué es el fascismo? Durante 40 años (hasta el período inmediato a la post-guerra) esta pregunta fascinó simultáneamente a los principales teóricos del movimiento obrero y la intelectualidad burguesa. A pesar de que la presión de los acontecimientos históricos y del pasado no aprehendido se ha relajado en alguna medida en los últimos años, la teoría del fascismo sigue constituyendo un tema obsesionante para la sociología y la ciencia política (1969).

Esta obsesión de la teoría social es el reverso de la permanente perplejidad que suscita un fenómeno tan enigmático como para reunir una política ultra-reaccionaria junto a tópicos provenientes de la izquierda revolucionaria, autoritarismo y rebelión de masas, una orientación favorable al capital monopolista y altos rasgos de autonomía estatal, elementos identitarios arcaicos y anti-modernos (la raza, la sangre, la tierra) y un modernismo técnico, científico e industrial. Llegan a tal punto las características desconcertantes que George L. Mosse, uno de los grandes historiadores sobre el fascismo de las últimas décadas, lo definió paradójicamente como una “revolución burguesa anti-burguesa”.

A fines de los años veinte, la dirección de la Komintern (Internacional Comunista), ya dominada por Stalin, formuló una interpretación del fenómeno que retrospectivamente podemos destacar por sus notables limitaciones. Dotada de una concepción fuertemente economicista, el fascismo no podía ser otra cosa que el instrumento puro y simple de una dictadura del capital monopolista sobre el conjunto de la sociedad. Con una concepción que suponía la unidad monolítica entre el Estado y las clases dominantes, la Komintern caracterizó como fascista a cualquier régimen autoritario de la época (desde el gobierno alemán de Hindenburg, la dictadura polaca de Piłsudski o el régimen de Primo de Rivera) e, incluso más, a toda corriente política que no se propusiera una ruptura revolucionaria con el capitalismo. La social-democracia, entonces, no era más que una de las múltiples caras del fascismo (“social-fascismo”). Ciega frente a los peligros que enfrentaba, la Komintern consideró el ascenso del fascismo al poder como un corto paréntesis que preanunciaba la revolución proletaria (“después de Hitler, nuestro turno”). Pocas veces un error de comprensión (resultado en buena medida de los intereses diplomáticos del Kremlin) tendría efectos políticos tan devastadores.

Esta perspectiva condujo al Partido Comunista Alemán a la táctica de clase contra clase, que no solo rechazó toda unidad de acción antifascista sino que convirtió a la socialdemocracia en el enemigo principal, cuando era inminente el acceso del nazismo al gobierno. Esta incomprensión derivó, en palabras de Trotsky, en la “página más trágica de la historia moderna”: el ascenso de Hitler al poder, con escasa resistencia, en el país con la clase obrera más grande, mejor organizada, más culta y más politizada de Europa y pieza estratégica fundamental de la extensión internacional de la revolución (expectativa que se mantuvo inalterable de Marx hasta la III Internacional).

El marxismo sin embargo desarrolló los análisis sobre el fascismo más sofisticados del periodo, a distancia de las posiciones de la Komintern (los escritos de Guerin, Trotsky, Gramsci, Togliatti, Otto Bauer). Pese a las diferencias, estos autores presentan rasgos comunes en sus escritos: sitúan el desarrollo del fascismo en el cuadro de la severa crisis social del capitalismo de entreguerras, en su fase imperialista y declinante, y como respuesta a la presencia de una amenaza revolucionaria proveniente de la clase obrera, es decir, en el marco de una dinámica de polarización social y política. Con base en la pequeña burguesía en crisis, el fascismo va a ser un fenómeno político de masas dotado de cierta autonomía respecto a la gran burguesía, a pesar de que desarrolle una política favorable a sus intereses. Trotsky lo va a definir como un “sistema particular de Estado basado en la extirpación de todos los elementos de la democracia proletaria en la sociedad burguesa”, una suerte de guerra civil institucionalizada contra la clase trabajadora y las libertades democráticas. En la definición de Togliatti del fascismo como un “régimen reaccionario de masas” se plasmó esa gran peculiaridad que lo diferencia de otros movimientos reaccionarios: la gran movilización de masas que precede a su advenimiento y que asume la forma de una “rebelión plebeya” contras las “elites”. De hecho, el fascismo se autodefinía como una “revolución contra la revolución” (Traverso, 2016).

También hubo ciertos estudios de inspiración marxista que buscaron una intersección entre el análisis socio-económico y el psicoanálisis, de donde surgieron los textos sobre la personalidad autoritaria de Adorno, o el análisis del fascismo como inscripción política de los impulsos secundarios (crueldad, rapacidad, lascivia, sadismo, envidia) de William Reich ("Las masas no fueron engañadas, ellas desearon el fascismo”). Bien entendidos, estos últimos análisis tienen sus puntos de interés para aportar a la comprensión de un fenómeno complejo de este tipo.

En las décadas posteriores a la posguerra, se abrió una nueva secuencia de textos en el campo del marxismo (Poulantzas, Laclau), que buscaron enfatizar la autonomía política y estatal de la experiencia fascista, irreductible a cualquier materialismo vulgar. Estos análisis confrontaron principalmente al economicismo de la Komintern, ya sea en su momento ultra-izquierdista del tercer periodo o en su momento oportunista de los frentes populares posterior al VII Congreso. Para Poulantzas el fascismo reorganiza el bloque en el poder en beneficio del capital monopolista por medio de un tipo de Estado que mantiene una autonomía relativa respecto a la fracción del capital cuya hegemonía establece (2005). En una línea similar, para el joven Laclau althusseriano el fascismo es la consecuencia de la imposibilidad de incorporación de las “interpelaciones popular-democráticas” al discurso socialista (producto de su “reduccionismo de clase”, incapaz de rearticular demandas nacionalistas, democráticas, provenientes de las clases medias, etc.) y, a su vez, una forma específica de articulación de estas interpelaciones (2015).

La tradición de análisis del marxismo anti-estalinista sobre el fascismo histórico (y su crítica al instrumentalismo economicista de la Komintern) es un recurso útil para comprender el fenómeno al que estamos asistiendo, siempre que evitemos caer en la clásica tentación de las analogías demasiado rápidas.

¿De qué es Bolsonaro el nombre?

Han surgido objeciones a la caracterización de Bolsonaro como fascista, que se concentran en marcar una serie de diferencias entre éste y los regímenes de Hitler o Mussolini: la ausencia de un partido de masas como el NSDAP alemán, la inexistencia de bandas paramilitares armadas como las camisas negras italianas o las SA alemanas, la debilidad del movimiento obrero, incapaz de elevarse como amenaza revolucionaria, o la aceptación del marco electoral y de la democracia liberal. Se trata de análisis esquemáticos, que cuentan con una definición del fascismo demasiado restrictiva, estática y que, hasta cierto punto, reproducen la combinación de economicismo e instrumentalismo que caracterizó a la Komintern.

A partir del explosivo crecimiento de nuevas derechas radicales en Europa, está en curso un debate sobre la naturaleza de éstas y su relación con el fascismo clásico (Enzo Traverso, 2016, Ugo Palheta, 2018, Jacques Ranciere, 2015, Michael Lowy, 2014), en un contexto político que ejerce fuertes presiones a la moderación y a la respetabilidad institucional. En cualquier caso, la cuestión Bolsonaro es más inequívoca y sus simetrías con el fascismo más directas.

Llamamos neofascismo al fascismo acorde al actual periodo histórico. Muchas de las características de la entreguerras donde se desarrolló el fascismo histórico no se repetirán. Hoy estamos en un contexto social e institucional donde adquiere nuevas formas el movimiento de masas reaccionario que pretende institucionalizar métodos de guerra civil contra la clase trabajadora, la izquierda y las libertades democráticas. Veremos, sobre todo, que la democracia y la legalidad constitucional seguirán siendo el ropaje exterior de un régimen autoritario. Es probable también que los medios de coerción dominantes sean las fuerzas represivas regulares y no bandas paramilitares.

El fascismo actual no se puede asimilar al de los años 30 porque no estamos en aquel periodo. Pero además el fascismo histórico no se redujo a los modelos de Alemania o Italia. El franquismo español, la dictadura salazarista en Portugal, el régimen de Vichy en Francia, son también expresiones del mismo fenómeno político de entreguerras, o parte de su “campo magnético” (Burrin), y no pueden ser asimilados a las experiencias de Alemania o Italia.

Apelar a la imposibilidad de Bolsonaro para instalar un régimen estatal totalitario-corporativo o, incluso, a las dificultades para estabilizar su eventual gobierno, no quita que el ascenso del candidato del PSL al gobierno es un gran paso en dirección a una forma de neofascismo. En ninguna de las experiencias históricas, incluso lue