aA+
aA-
Grabar en formato PDF

En Revista Viento Sur165

aquí y ahora
No Deal: apuntes estratégicos para una revolución ecosocial
Martín Lallana y Juanjo Álvarez

El Green New Deal (GND) está despertando un enorme interés, tanto a nivel de elaboración política como de información en medios y, sobre todo, de discurso político. En grandes líneas, la propuesta del GND es una reordenación de la economía que incluye métodos de planificación, fuertes inversiones y una apuesta por la sustitución masiva de sectores productivos contaminantes por aquellos de economía verde. Sin embargo, este es un paraguas muy amplio que no determina las líneas estratégicas más importantes, especialmente en la medida en la que no se define respecto a la cuestión del crecimiento. En este texto intentamos desgranar los elementos más importantes y esbozar aquellas posiciones que son determinantes para que una estrategia de este tipo sea viable y tenga una repercusión real en términos de transformación social.

Un súbito interés

La sobreabundancia de literatura y discurso político parece contrastar con las dificultades que ha tenido históricamente el ecologismo. Tradicionalmente, al margen de algunas victorias parciales –nada despreciables, por cierto–, los postulados ecologistas han tenido un público reducido a colectivos y núcleos activistas. Entonces, la primera pregunta es evidente: ¿por qué este súbito interés, estos indicios de rentabilidad política e incluso electoral? La respuesta tiene que ver con la situación objetiva en términos ecológicos. Durante décadas, la situación ecológica tenía un carácter crítico de acuerdo a la evidencia científica, pero eso no se traducía en indicios visibles en la vida de las mayorías. Hay tantos estudios sobre la situación ecológica como sobre la incapacidad de las sociedades humanas para asumir conflictos antes de que se presenten; por eso, la diferencia fundamental no radica en ningún discurso político, sino en el hecho de que, a diferencia de lo que ha venido sucediendo en los últimos cuarenta años, la crisis ha empezado a mostrarse (Álvarez, 2018).

Frente a lo que plantean algunos discursos del movimiento, críticos con la incapacidad del sistema para asumir los desafíos ecológicos y particularmente los que se derivan del cambio climático, el capitalismo ha movido ficha desde hace tiempo. Los grandes actores del capitalismo han estado analizando y orientando su actividad para adaptarse a la crisis, pero lo hacen de acuerdo a sus intereses. Esto sitúa la cuestión en un punto clave del que no podemos olvidarnos en ningún momento del análisis: no se trata de una transformación colectiva o de una mera modificación de algunas pautas culturales, sino de un momento de transformación global en el que hay una diversidad de intereses en juego. Y como en cualquier otra lucha de intereses, los de las mayorías no coincidirán con los de las clases dominantes. En este marco se entienden mucho mejor las tensiones, que empiezan a crecer y a suponer un desafío a las políticas institucionales, entre los movimientos y las operaciones de capitalismo verde. Hasta hoy, ambas se dirigen al mismo objetivo: las creencias y deseos de las mayorías. Tanto las grandes campañas de greenwashing como el discurso de Fridays for Future tratan de convencer a amplias capas de la población.

Un poco de seriedad

En el GND no hay una única versión, sino muchas, dependiendo de quién hable y cuál sea el contexto político. En realidad, se entiende mejor como un agregado de propuestas e ideas que se han ido desarrollando a lo largo de los años. Tanto el tema de empleos climáticos como el de la transición energética o repoblación del espacio rural son asuntos viejos que se han tratado desde muchas perspectivas. Precisamente por eso hay casi tantas versiones del GND como autores o movimientos que lo reivindican.

Detengámonos en la propuesta de Robert Pollin (2018), la más visible hasta ahora y la más desarrollada, junto con la que ha popularizado Alexandria Ocasio-Cortez 1/. Pollin defiende un plan de transición energética a nivel mundial con inversiones de entre el 1,5% y 2% del PIB que prevea una reducción de emisiones del 80% para 2050.

Pollin sostiene que las economías pueden seguir creciendo desvinculadas por completo del consumo de combustibles fósiles. Es decir, establece la desvinculación crecimiento-emisiones como requisito para su plan de transición energética. Esta afirmación no resiste un análisis severo a nivel global. Si bien en el artículo se menciona que hasta 21 países lograron esta desvinculación entre 2000 y 2014, la misma referencia citada reconoce que las fugas de emisiones de las economías bajo estudio en otros lugares del mundo impiden la desvinculación absoluta crecimiento-emisiones. Es decir, las reducciones de emisiones consideradas se deben a procesos de desindustrialización y la importación de mercancías fabricadas en otras regiones del planeta. De esta forma, se atribuye a países empobrecidos las emisiones sobre las que se mantiene el crecimiento de economías del norte global. El resultado de esta maniobra de contabilidad se traduce en incrementos de las emisiones a nivel global y el aumento de las desigualdades geográficas con un fuerte contenido neocolonial.

Existe un gran debate al respecto de si es posible pasar de ciertas desvinculaciones relativas crecimiento-emisiones a escala regional a desvinculaciones absolutas a escala global. Sin embargo, sí que existe cierto consenso en torno a la correlación directa en nuestras sociedades entre crecimiento y consumo energético.

El artículo establece como primer proyecto fundamental el aumento drástico de los niveles de eficiencia energética. Aislamiento térmico de edificios, reducción de las pérdidas en el transporte de electricidad y motores más eficientes son algunas de las medidas indicadas. Se admite que estos aumentos en la eficiencia causarán efectos rebote, es decir, el aumento del consumo de energía debido al descenso de los costes energéticos. Indica, sin embargo, que dichas consecuencias de consumo serán moderadas en las economías avanzadas ya que se encuentran cerca del punto de saturación en diferentes consumos energéticos (“no es probable que lavemos los platos más a menudo porque tengamos un lavaplatos más eficiente”). Al mismo tiempo, estos incrementos del nivel de consumo serán más elevados en economías en vías de desarrollo. En un ejercicio de honestidad, se admite que los incrementos en la eficiencia energética mediante implementación de mejoras tecnológicas no lograrían un descenso del consumo energético total, sino que mantendrían una senda de crecimiento. Sin embargo, en un doble tirabuzón, termina considerando un descenso del 50% del consumo energético per cápita de Estados Unidos mediante inversiones en eficiencia energética en un periodo de veinte años. Esto insinúa de forma tangencial el imposible paradigma de la desvinculación entre crecimiento económico y consumo energético.

Un último aspecto a resaltar de la propuesta de Pollin es el marco de realismo con el que se presenta. Un realismo que establece afirmaciones como “no nos podemos permitir desperdiciar tiempo en enormes esfuerzos mundiales para luchar por objetivos inalcanzables”, refiriéndose a respetar criterios de justicia climática que obliguen a aquellos países históricamente responsables de la mayor parte de emisiones de CO2 a adoptar mayores reducciones de las mismas. Asimismo afirma que su propuesta es realista porque permitiría un aumento de los niveles de vida y ampliaría las oportunidades de empleo. Sin ningún ánimo de poner el foco sobre grandes poderes económicos que generan una desigualdad creciente, presume de respetar su enorme trozo del pastel para evitar tensiones frente a las reducciones en el plano material y económico establecidas por los defensores del decrecimiento: “¿Esperaríamos, por ejemplo, que los canadienses ricos contemplasen con tranquilidad la perspectiva de que sus rentas se reduzcan a la mitad o más en dólares absolutos en el plazo de treinta años?”.

De esta forma, Pollin presenta el corpus teórico de un GND que parte de una serie de premisas de dudosa consistencia y que no atiende a unos mínimos criterios de justicia social. Asimismo, si reconocemos la sobrelimitación ecológica en la que nos encontramos, atender únicamente al binomio energía-clima no es suficiente. La defensa del crecimiento en un mundo lleno es un ejercicio de irresponsabilidad que no atiende a los límites biofísicos del entorno en el que se desarrollan nuestras sociedades.

Oportunidad y necesidad política

Ahora bien, aunque el GND funciona como un marco tan amplio como para que se acojan proyectos de transición y otros netamente desarrollistas, hay un punto en común a casi cualquier versión, y es la dosis de oportunidad política que cargan los distintos proyectos. Se podría discutir –sería necesario hacerlo, pero no es el lugar– cuándo esa oportunidad se convierte en oportunismo, pero lo cierto es que aborda uno de los déficits históricos del ecologismo, la formulación de propuestas ambiciosas que ofrecen un marco político deseable para las mayorías.

En buena parte, el análisis ecologista se detenía tanto en la crítica de los efectos destructivos de la actividad humana sobre la tierra que apenas podía salir de ese atolladero para esbozar una alternativa que no pasara por la austeridad material más dura. Es cierto que esa crítica es necesaria y también es imprescindible reconocer que los movimientos han conseguido concienciar sobre el deterioro ambiental que había que transmitir. Al mismo tiempo es de justicia reconocer que la actividad ecologista se ha adelantado a la lucha social en varias décadas, al producir una crítica fuerte antes de que la situación se convirtiera en un problema percibido por las mayorías.

El GND aporta esa capacidad, al recoger la crítica a la degradación del medio y convertir la alternativa en un proyecto común deseable, fundamentalmente porque provee empleo para las mayorías. El trabajo, no lo olvidemos, es un elemento central para la satisfacción de las necesidades, pero también un vector de socialización elemental, tanto en lo colectivo como en lo identitario. Así pues, la ambición de las diversas formas del GND establece una apuesta por un modelo integrador y distributivo en empleo, y constituye así una base clave para que el ecologismo empiece a ser un proyecto colectivo. Y lo hace cuando los efectos más inmediatos de la crisis ecológica empiezan a evidenciarse, esto es, cuando el conflicto capital/naturaleza empieza a tomar cuerpo como problema social.

¿Un reformismo verde? La forma hispánica del GND

En el Estado español, el aterrizaje del GND viene del sector errejonista de lo que un día fue Podemos, que se ha posicionado bajo la marca con una apuesta tan marcada que parecen dispuestos a hacer de ella una de las líneas centrales de su política. En manos de Emilio Santiago y Héctor Tejero (2019), encargados de esta propuesta, el GND hispánico toma una forma peculiar en la que hay tres elementos clave: tiempo, Estado y masa social. La propuesta toma como referencia la fecha de 2030, límite en que se espera que las consecuencias del cambio climático sean irreversibles. Para alcanzar este objetivo, ponen en juego el segundo elemento, el Estado, como clave de la reformulación ecológica de la sociedad, partiendo de que la izquierda ha menospreciado los poderes que aún conserva y la posibilidad que, utilizando esos poderes y un cierto margen de maniobra político, se alcancen reformas que adquieran un valor diferencial en la transición. Sin embargo, el papel del Estado no se reduce a un ejecutor, sino que también necesita aprovechar la legitimidad del apoyo popular para aumentar su capacidad y establecer la hoja de ruta.

La suposición que subyace a esta propuesta es que el Estado aún puede actuar como elemento de agregación interclasista, útil para realizar las tareas comunes y engrasar el músculo social. Y así llegamos al tercer punto, el cuerpo social. Lógicamente, la función que los autores asignan a los actores sociales es inversa a la que recibe el Estado; si este es el agente fundamental de la transformación socioecológica, aquellos apenas son elementos de apoyo –básicamente electoral– para fundamentar pasivamente la actuación del primero. Sin embargo, los autores también reconocen que en un momento de ese proceso liderado por el Estado se llegará a un conflicto con los poderes fácticos, y ahí sí que se dará una participación fuerte del cuerpo social para superar el conflicto y continuar con la transición ecosocial frente a los intereses minoritarios de esos poderes.

Una clave fundamental de este esquema es el rol que ambos teóricos asignan a la capacidad de autoorganización social. Frente a una dinámica de corte movimientista y distanciada de la acción política de partidos y Estados, los autores asumen una posición muy crítica respecto a la capacidad de autoorganización social y describen los movimientos colectivos como una burbuja que en realidad nunca podrá transformar la realidad. Es importante señalar que en este punto se manifiesta una posición dogmática, que carece de mayor fundamentación teórica o simplemente de referencias a autores o experiencias. Se trata de una debilidad importante, porque la apuesta por el Estado en detrimento de los agentes sociales es uno de los pilares de su propuesta de GND y, por tanto, queda carente de fundamentación, a falta de lo que puedan añadir en otros textos.

Por otra parte, todo el conjunto de reformas y previsiones de transformación carga sobre una planificación que juega con los papeles del tiempo, el Estado y el capital haciendo varias omisiones de importancia. Para empezar, no parecen haber apuntado una mínima reflexión sobre el carácter de clase del Estado, históricamente constatado y tratado sobradamente en múltiples autores, ni de la relación que se establece en el marco neoliberal entre Estado y capital. En segundo lugar hacen caso omiso de los avisos de una crisis (Roberts, 2019) que eliminará la posibilidad de macrorreformas dirigidas desde arriba, y que no parece sino una de las muchas que nos esperan en un escenario de disminución de recursos marcado por la crisis ecológica. Por último, no muestran atención alguna a la discontinuidad social, como si se pudiera moldear a voluntad el rol de las mayorías sociales al plantear una previsión de transformación progresiva que, en un momento dado, activaría la base social para desencadenar la superación de los poderes que se oponen a la transición ecosocial. Sin embargo, desde E.P. Thompson hasta Elster o Rendueles, ningún investigador serio plantearía una lectura del cuerpo social que habilite semejante hipótesis.

Los autores reconocen las limitaciones de las reformas que se pueden llegar a realizar desde estos marcos, que casi podríamos llamar despotismo ilustrado-ecológico. Sin cambiar las lógicas de mercado y acumulación que rigen nuestra economía no será posible una transformación ecológica real de nuestras sociedades. Su hipótesis afirma que la apuesta por el GND tiene como objetivo establecer las bases materiales y culturales que permitan desafiar dichas lógicas en una correlación de fuerzas favorable en el futuro. El gran reto del ecologismo en esta década es trascender de pequeños círculos militantes y activistas a una gran masa social concienciada y movilizada. Es aquí donde la hipótesis se encuentra con su principal debilidad.

Un proyecto guiado desde posiciones institucionales que desprecia las críticas a las concesiones y pasos hacia atrás que se verá obligado a realizar en las negociaciones concretas. Un proyecto que parte de reconocer el abismo, insalvable por definición, entre gobernantes y bases al mismo tiempo que establece la necesidad de mantener el pulso del conflicto social contando con la amenaza permanente de movilización de un sustrato organizado por la base.

Los puntos claves de esta cuestión son dos: 1) en qué medida el despotismo ilustrado-ecológico va a agregar desde posiciones institucionales a grandes sectores populares, y 2) de qué modo las reformas sin grandes fricciones aportan realmente avances concretos en el establecimiento de las bases materiales y culturales de una profunda transformación futura. El aterrizaje concreto se da en la propuesta política de Más Madrid, en la que ambos autores se enmarcan y que se presentaba a las elecciones en los mismos días en los que se presentaba el libro. Durante esa campaña, la llamada operación Chamartín ha sido uno de los temas repetidos una y otra vez, y no en vano. Un plan carente de mordiente política, que pasa por alto algunos de los elementos centrales de la política, ha mostrado que la posición de esa organización es más retórica verde que práctica transformadora.

En este caso concreto interpretamos que la apuesta vendría a significar: aceptar, tras un cálculo coste-beneficio político de medio y largo plazo, grandes desarrollos urbanísticos que van en la dirección contraria al desmantelamiento ecológico de nuestras saturadas urbes con el objetivo de lograr llegar a gobiernos fuertes y estables que trabajen por la existencia de posibilidades políticas y sociales mínimas para un Madrid ecosocialista.

Aquí entran las dos cuestiones con las que consideramos necesario examinar la apuesta. ¿De qué forma se va a conseguir una masa social con capacidad de paralizar la economía en momentos concretos despreciando a un tejido vecinal organizado, sectores en defensa de la ciudad y agrupaciones ecologistas?, y ¿de qué forma vamos a establecer las bases materiales y culturales de una transformación ecosocial aceptando este tipo de desarrollos urbanísticos? No se trata de una crítica izquierdista corta de miras. En el plano material, los desplazamientos en vehículos privados derivados de la construcción de inmensas torres de oficinas en el extremo norte de Madrid harán añicos cualquier plan de regulación del tráfico en el centro para paliar los altísimos niveles de contaminación. En el plano cultural, seguir apostando por estos proyectos va en dirección totalmente opuesta a una transformación de los imaginarios colectivos hacia ciudades más rurales y de cercanía.

Una propuesta sólida: encaje de energía y clima con reparto

del empleo y distribución igualitaria del trabajo reproductivo

Por supuesto, en la medida en la que se trata de un marco amplio en el que caben diversas orientaciones políticas, sería posible una propuesta alternativa dentro del marco del GND, pero es imprescindible que esa propuesta trate de lidiar con la realidad del terreno político-social en el que debe desarrollarse. Y esto incluye tanto abordar los límites del consumo material como los de la propia actividad política.

Es imprescindible una disminución del impacto sobre la naturaleza que debe realizarse en el menor tiempo posible, y es imprescindible asumir que las dinámicas del capitalismo no permitirán giros súbitos, como –por distintas razones– tampoco se pueden esperar semejantes variaciones en lo social. Por lo tanto, planteamos aquí una serie de elementos que tratan de asumir que la necesaria gradualidad tiene que dirigirse a prefigurar, desde sus primeras medidas, la transformación ecosocial final. Siendo conscientes de que esa transformación se enfrentará, desde sus mismos inicios, a una oposición política y unas dificultades en el plano material de enormes dimensiones. Y añadiremos aquí un tercer factor que en algunas versiones del GND aparece de forma tímida y en otras ni siquiera es mencionado: el de la justicia en la transición, tanto entre clases como entre pueblos.

La cultura neoliberal no deriva de un debate colectivo, sino de una apuesta social amplia que incluye la distribución de la vivienda y los centros de trabajo, la movilidad, los medios y la información que consumimos, los cuales, en conjunto, producen una cultura de base material: cultura del coche, cultura del trabajo, cultura de la urbanización privada, etc. Frente a esta alternativa, es necesario abrir esquemas de debate público sobre la estructura económica y social siendo conscientes de que tienen implicaciones culturales.

Esto enlaza con una crítica a las versiones más mecanicistas del materialismo que planteaban que la acumulación de bienes desarrollada por el capital pondría las bases del crecimiento material necesario para la emancipación de las clases trabajadoras, y también con la crítica que dirigíamos a las propuestas de GND que presuponen fases de actuación estatal con una posterior activación social. Esto, simplemente, no puede funcionar así. La acumulación capitalista desarrolla una praxis cultural capitalista y la agencia estatal implica una posición social subalterna al Estado.

Si queremos plantear una alternativa viable en términos ecológicos, el elemento que falta en la ecuación es la emancipación, que es una pieza central en el esquema de Marx y de buena parte del marxismo, pero no lo ha sido en muchos desarrollos. No se trata de un intento retórico de unir los lemas de la izquierda política con la propuesta ecosocial, se trata de asumir que una contracción de la esfera material es tan necesaria como inevitable en un par de décadas, y que ni el capital ni el Estado tienen ningún interés en reducir el impacto material de la sociedad. Solo las mayorías sociales tienen este interés en mantener la vida, y no el crecimiento material, y por eso solo ellas pueden ser el sujeto de la transformación.

Por supuesto, tampoco podemos irnos al extremo maximalista con soluciones que pasan por la revolución inmediata a escala internacional. Es necesaria una acumulación de fuerzas sociales que, por otra parte, puede ser más rápida de lo que creemos porque vienen tiempos de conflicto. A día de hoy es imprescindible mantener posiciones institucionales, porque el Estado sigue teniendo una legitimidad fuerte, pero debemos equilibrar esas posiciones con un trabajo alimentado desde los espacios colectivos que nos ayude a anticipar el futuro inmediato en clave ecosocialista. La clave aquí es que cada reforma contenga elementos de empoderamiento popular que impulsen las siguientes. Y buena parte del plan tiene que pasar por una serie de medidas que vayan en esta línea.

La colectivización del poder, es decir, la colectivización de los medios de producción, es tal vez la más clásica y la que más improbable suena en el momento actual. Sin embargo, la situación de crisis puede hacer que una propuesta bien diseñada, que empiece por la nacionalización del sector energético y por el establecimiento de mecanismos de participación sobre la producción y distribución de energía, pueda ser bien acogida en los próximos años. Pensemos, por poner un ejemplo reciente, en lo irreal que hubiera sonado la expropiación de viviendas y lo razonable que ha empezado a parecer al multiplicarse los desahucios hasta el punto que fue una de las ideas más repetidas a raíz del terrible lanzamiento de Argumosa 11.

Otro tanto sucede con la planificación de la economía, que tiene reminiscencias soviéticas para buena parte de la población, pero que en realidad es algo que ya hace el capitalismo, pero con intereses opuestos. Plantear la necesaria reducción y la planificación óptima para este contexto, a la vista de las múltiples crisis y bajo un marco de participación popular, parecerá sin duda mucho más razonable. Y lo mismo se puede decir del trabajo productivo, reproductivo y en comunidad, en el que un adecuado plan de reparto del trabajo y reducción del tiempo de empleo, unido a la gratuidad de servicios básicos y la reducción y posterior expulsión de los agentes privados en la gestión pública, puede suponer una apuesta de sentido común.

Para afrontar esta guerra de posiciones vamos a necesitar armarnos de todas las herramientas que nos permiten alcanzar este tipo de victorias en el imaginario colectivo. Un buen paso para ello sería traspasar las propuestas de empleos verdes hacia un sindicalismo climático en sentido amplio. Admitiendo la inoperancia política de posiciones maximalistas, así como la imposibilidad de marcos etapistas, se torna de extrema urgencia el impulso de una vía de avances emancipatorios de construcción colectiva.

El sindicalismo climático vendría a agrupar a todos aquellos movimientos en defensa de la vida que desafían las lógicas de acumulación capitalista y luchan por la creación de nuevos horizontes. El decrecimiento no se establece por decreto y por ello todos nuestros esfuerzos deben contener una semilla de este. Se trata, al fin y al cabo, de tejer las fuerzas necesarias para desafiar a los posmodernos Roosevelt, saliendo a la calle y obligando a hacer las transformaciones necesarias. O, más bien, saliendo a la calle y demostrando las incapacidades estructurales de dichos Roosevelt para afrontar tales transiciones, sembrando el cuestionamiento del tablero. Lo ingenuo sería pensar que adoptando los marcos de reforma dentro del sistema vamos a ser capaces de jugar ambos roles.

Desde luego, no nos olvidamos del papel fundamental que juega el Estado en las transiciones de las próximas décadas. Pero no por ello vamos a confiar en ir de la mano de los intereses de Acciona, Iberdrola y la Unión Europea para materializar una transición energética real, justa y decrecentista. El sindicalismo climático debe nacer por la base, debe nutrirse de las luchas colectivas presentes y debe aspirar a ser hegemónico. Será, desde luego, un espacio mestizo y diverso en el que nos encontraremos muchas personas de muchas procedencias. Si reconocemos la necesidad y la urgencia de alcanzar una gran masa social concienciada y movilizada en un corto periodo de tiempo, no podemos permitirnos jugárnoslo todo al éxito de apuestas electorales que acallan las críticas justificadas sobre su acción de gobierno.

Para empezar a perfilar esta labor de sindicalismo climático podemos esbozar cinco trazos básicos. 1) Deberá dejar claro que no se reduce al ámbito del empleo, sino que debe trascenderlo e integrar la reproducción social en su máxima expresión; asimismo, tiene que avanzar en superar la opresión que supone el trabajo asalariado: ¡Sin patrón y sin carbón! 2) Deberá ser capaz de interrelacionar diferentes escalas geográficas, desde la defensa del territorio frente a la instalación de macrogranjas o minas de uranio a la exigencia de reestructuraciones en la ordenación territorial. 3) Recurrirá a diversas herramientas que irán desde la movilización por cuestiones concretas a la desobediencia civil que ponga el foco en determinados actores, pasando por la construcción de alternativas en diferentes niveles. 4) Justamente deberá señalar sin ambigüedad a los responsables de la devastación ecológica y de la inacción, desde grandes empresas y gobiernos a los bancos que sostienen a ambos. 5) Por último, se articulará con la exigencia de una ampliación radical de los marcos democráticos bajo la demanda de decidir sobre todos los aspectos de nuestras vidas que condicionan nuestra supervivencia y nuestro futuro.

Probablemente, la transición nos obligue a repensar definitivamente el imaginario de la revolución como un fenómeno súbito que sigue a la acumulación de fuerzas. Pero, desde luego, no va a ser un recorrido sin fricciones en ninguno de sus pasos. Aceptar el conflicto y construir de forma colectiva partiendo de él es fundamental. Juega a nuestro favor un sentimiento creciente de la necesidad de todos aquellos movimientos en defensa de la vida. El reto teórico, quizás, consiste en pasar de un momento Polanyi de resistencia a un rearme propositivo fuerte que vaya a lo concreto en cada barrio y cada región. Advirtamos, también, que nos quedan apenas dos generaciones que se entrecruzan para desarrollar este aporte de pensamiento, alimentado por dos motores, ecologismo y feminismo, que están en condiciones de generar una nueva crítica de la economía política para fundamentar un nuevo horizonte para el comunismo.

Martín Lallana y Juanjo Álvarez son miembros del Área de Ecosocialismo de Anticapitalistas

Notas

1/ Esta segunda parece más sincera en lo que se refiere a admitir la necesidad de una transición justa y de los límites que esto impone al crecimiento verde, pero no existe a día de hoy un desarrollo teórico que permita estudiarla en detalle.

Referencias

Álvarez, Juanjo (2018) “Cuatro décadas por delante y una tormenta en ciernes”, Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Climático, 141, pp. 143-154.

Pollin, Robert (2018) “Decrecimiento vs. Nuevo New Deal verde”, New Left Review, 112, pp. 7-30.

Roberts, Michael (2019) “Crecen la desigualdad y el riesgo sistémico”. El Viejo Topo. https://www.elviejotopo.com/topoexpress/crecen-la-desigualdad-y-el-riesgo-sistemico/

Tejero, Héctor y Santiago, Emilio (2019) ¿Qué hacer en caso de incendio? Manifiesto por el Green New Deal. Madrid: Capitán Swing.





Facebook Twitter Telegram RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons