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Estado español
La izquierda en tiempos de “bloqueo político”
13/09/2019 | Brais Fernández

Todo parece abocar a nuevas elecciones en España. Eso sí, digámoslo de forma prudente, porque en una coyuntura parlamentaria tan endiablada, todo puede cambiar en función de horas. Una vez nos hemos cubierto las espaldas con esta rectificación anticipada, podemos volver a especular basándonos en la hipótesis con la que abríamos este artículo.

La primera cuestión es por qué hemos llegado a esta situación. Durante las elecciones, la mediocridad de Pedro Sánchez y la actitud de fiel escudero de Pablo Iglesias generaron la sensación de que habíamos entrado en una nueva etapa en la izquierda. Lejos de pugnas y de sorpassos, la vieja izquierda setentayochista (léase bien para no confundirse) y la posquincemayista parecían haber logrado un sereno equilibrio, en donde la competencia agresiva había dado paso a una versión todavía más tranquila de la competencia virtuosa: parecía inaugurada la época de la complementariedad virtuosa.

Sin embargo, ya el día después de las elecciones, el PSOE dejó claro desde un principio su intención de gobernar en solitario. Con Carmen Calvo y Ábalos como arietes, han ido recorriendo toda clase de caminos para evitar que Podemos entrase en el Gobierno, incluyendo anuncios sobre su intención de modificar el artículo 99 de la Constitución, con el objetivo de reforzar los poderes bonapartistas de las mayorías minoritarias.

No es casualidad que el PSOE (como ya hizo con el artículo 135) aproveche los momentos de crisis política para tratar de reformar la Constitución en un sentido reaccionario. El PSOE no ha dudado en reapropiarse de forma oportunista de consignas como gobierno a la portuguesa o en reunirse con sus frentes sociales en la sociedad civil para tratar de justificar su posición: un ejercicio de cinismo del que ha salido un programa todavía más moderado que el que presentó para las elecciones.

Sin embargo, en toda esa trayectoria, no podemos olvidar dos tiempos. Por una parte, un momento corto, en el que la audaz e inteligente maniobra de Pablo Iglesias de quitarse de en medio ante el veto de Sánchez le abrió a Podemos las puertas del Gobierno. Este gesto abocaba a la obra a un final imprevisto, pero el rechazo de Podemos a la oferta socialista provocó un enquistamiento de la posición del PSOE. En realidad, la sorpresa fue que Iglesias haya rechazado esta oferta. Aquí entra el juego el tiempo largo. En la lógica con la que Podemos viene actuando desde hace tiempo, rechazar entrar en el gobierno con la excusa de las competencias de empleo es, como mínimo, ridícula.

Recordemos que Pablo Iglesias ganó Vista Alegre II con un programa que prometía virar a la izquierda y cavar trincheras, frente a la propuesta de partido-movimiento radical de Anticapitalistas y el giro pragmático ofertado por Iñigo Errejón.

Después de Vista Alegre, Iglesias giró rápidamente hacia las posiciones de Errejón. El objetivo ya no ha sido otro que entrar en el núcleo ejecutivo del Estado a cualquier precio, para lo que es preciso ganarse la confianza de una fracción de las élites, no asustar demasiado en serio a los poderosos más allá de la retórica, abandonar cualquier veleidad programática que pareciera demasiado dura. Nada de todo ello ha resultado suficiente para un PSOE incapaz de absorber ni siquiera una versión descafeinada de las demandas originales de Podemos.

Pero aquí la subjetividad del grupo dirigente de Podemos, forjada en su forma de gobernar el partido (su arrogancia, su forma de resolver los conflictos a base de golpes de mano, su delirante presunción de omnipotencia) le llevó a rechazar la oferta de Sánchez. Es obvio que ahora se arrepienten, como dejan entrever en sus declaraciones. Aclaremos una cosa: no estoy defendiendo cogobernar con el PSOE y menos a cualquier precio (de hecho, defiendo todo lo contrario), pero sí que creo que es necesario señalar la incoherencia y la insostenibilidad del juego táctico de la dirección de Podemos.

Vayamos ahora de lo táctico a lo estratégico. Lo más peligroso es que esta situación favorezca la recomposición del PSOE y condene a la izquierda parlamentaria a un papel irrelevante. Porque quizás sea justo hacerse la pregunta sobre la utilidad de tener una izquierda parlamentaria fuerte, sobre todo ante la constatación de la imposibilidad de lograr (con alguna excepción, como la subida del salario mínimo) reformas estructurales que reviertan la destrucción neoliberal. El papel de la izquierda parlamentaria no debería ser otro que debilitar la estabilidad del Estado, abriendo oportunidades para colar demandas sociales y políticas democratizantes, debilitando a los partidos que sirven de conectores entre el orden político y social. A lo que puede que estemos asistiendo estos días, y eso es lo que debería preocuparnos más allá de detalles superficiales en los que siempre se pierde la izquierda, es a la aniquilación de esa posibilidad.

Hasta ahora, esa posibilidad se ha mantenido semiabierta debido a la crisis de las derechas y a las dificultades del PSOE para armar una nueva mayoría. Sin embargo, si hay nuevas elecciones, el PSOE puede tratar de recomponer una alianza estabilizadora al estilo 2015. Es decir, buscar el pacto con un Ciudadanos desesperado y golpeado electoralmente, obligado a librarse de Rivera y su fracasada táctica cedista de superar al PP. O bien, si no dan los números, buscar un pacto basado en la unidad nacional ante la posible situación de caos que se desate en Catalunya debido a la más que previsible dura sentencia del Tribunal Constitucional contra los presos políticos independentistas. Por último, incluso tendrían la opción de chantajear a Podemos con un acuerdo sin coalición, amenazando con unos todavía más extraños terceros comicios: una opción que tomaría fuerza si Errejón y Más Madrid deciden presentarse a las elecciones. La voracidad progre no parece tener límites.

Aclarando que, desde un punto de vista democrático, Unidas Podemos tiene todo el derecho a entrar en el gobierno, cabe recordar que hubo otra opción, que no se llegó a explorar y que en mi opinión, hubiese sido más útil para confrontar con el PSOE: negociar una serie de puntos programáticos de cara a la investidura (que no la legislatura) y pasar a ejercer de oposición constituyente, mirando a medio plazo, negociando día a día pero sin comprometerse con un PSOE incapaz de ser de izquierdas ni siquiera con una cuestión tan básica como el Open Arms. Es decir, se trataría de asumir la tarea estratégica de evitar que el bloqueo político se convirtiese en una nueva forma de forma de estabilización, trabajando por recomponer una fuerza social capaz de desparlamentarizar la política, porque recordemos que mientras la ficción liberal condensa nuestras miradas en la representación, están preparándose acontecimientos de fondo: una nueva crisis económica, la agudización de la debacle climática, la guerra comercial entre potencias globales, la crisis de la UE... Todo ello anuncia nuevos retos que requerirían soluciones radicales.

Ojalá (aunque francamente, soy muy pesimista, debido a la trayectoria del grupo dirigente de Unidas Podemos y a la debilidad de las otras izquierdas) que toda esta farsa de investidura sirva para retomar lecciones y estrategias hoy enterradas e ir a unas nuevas elecciones apoyándose en ellas.

Brais Fernández forma parte de la Redacción de viento sur. Miembro de Anticapitalistas.

12/9/2019

https://www.elsaltodiario.com/elecciones/la-izquierda-en-tiempos-de-bloqueo-politico







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