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Guardia Civil
Silogismos beneméritos. Al general Pedro Garrido
11/10/2019 | David Fernández

Versión original en catalán: Sil·logismes benemèrits

La máquina es voraz, como una apisonadora salvapatrias. Como un huracán redentor, que todo se lo lleva. El Estado, en formato Leviatán, arrasa y trincha. Y revienta puertas de madrugada al tiempo que dicta falsedades para las portadas de una prensa ya berlusconizada. Vale la pena no olvidarlo. Un día, hace muchos años y en otros tiempos convulsos, cuando había que imponer que todo era ETA y que especialmente lo era el movimiento okupa catalán, un periodista de La Vanguardia nos dijo, en un encuentro súbito en las tangentes del imposible, que “si te acusan de ser de Jarrai, ya te han destrozado la vida”. No lo decía como generalidad: hacía sincera autocrítica de como operaba la trituradora contra la disidencia. La máquina del barro -multiplicada hoy por la canibalidad de twitter- es tan antigua que no combatirla cada día, nos enfanga a todas y todos. Indefectiblemente. Entonces, desde las páginas del diario del Conde de Godó habían acusado falsamente a un joven de 14 años de Sabadell de ser de Jarrai. ¿Motivo? Haber pegado en una farola un adhesivo con el lema “Estilo Bustos? No, gracias”. No sobra recordar que el alcalde Bustos está hoy condenado hoy por corrupción, que el menor tenía tanta razón anticipada como el juez que condenó después al alcalde, y que el periódico, tras varios burofax, acabó rectificando. Tarde y mal y cuando el daño ya estaba hecho. El autor de aquella falsedad, convenientemente filtrada por la cloaca a sus peones, era Albert Gimeno, que terminó siendo jefe de comunicación del ministro de Interior Jorge Fernández Díaz. Nada nunca es inocente. Y todo acaba (des)cuadrando.

Esta columna tenía que salir antes de ayer, a propósito de la construcción mediática, política y policial, tocada con ficción y tricornio, de la realidad catalana hecha relato y delito. Pero cuando estaba a punto de enviarla a ‘La Directa’, se colaron por la radio las palabras turbias del general Pedro Garrido, en solemne acto oficial y respecto al conflicto irresuelto en Catalunya y el 1-O: “Lo volveremos a hacer”. (¿El qué? ¿La incapacidad de no encontrar una sola urna? ¿La impotencia armada de no poder con la fortaleza de la gente y no poder cerrar ni el 5% de los colegios electorales? ¿La brutalidad vergonzante de zurrar a la gente que dicen proteger?). Me ahorro comentar el “frente unitario represivo” visto en el cuartel, de neutralidad cero e independencia judicial cacareada reventada: guardias civiles, fiscales del Supremo, secretarias judiciales que fueron testigos de cargo y homenaje el juez que inicio la causa judicial y que cambió “el curso de la historia de España”, según misiva remitida por Carlos Lesmes con motivo de su fallecimiento. La realidad -y el CGPJ y algunos cuarteles- hablan por sí solas.

Además, hacía tiempo que me gruñía una ominosa omisión corporativa –ley del olvido, ley del silencio– de este insultante “175 años a tu lado” que ostenta la Guardia Civil últimamente en vehículos logotipados, vídeos promocionales y propaganda oficial. Si hubieran añadido “a tu lado, controlándote”, aún. Pero no, sin matiz alguno. Será que los 40 años de franquismo no cuentan. En 2016, un tuit frívolo con tricornio, lorcaniamente, helaba el alma. Desde el perfil oficial del cuerpo, se homenajeaba al SIGC, el servicio de información benemérito de tan siniestra e infausta memoria. El tuit tenía enjundia y la vergüenza inhóspita de conmemorar su nacimiento –en 1941, ya se sabe, en plena democracia a todo trapo. Si hablaran sus víctimas, saldría una enciclopedia entera del horror. Allí decían: “En primera línea, frente a las amenazas terroristas 1941-2016”. Salvaje omisión sin distinción: porque claro, al menos entre 1941 y 1978 sirvieron, en primera linia, a una dictadura fascista. Y digo al menos, por ese mito fundacional que dice que en 1978 el franquismo desapareció, sin continuidad alguna y por completo, por arte del birlibirloque. En fin, #findelacita.

Autodefensa y aviso, uno quería hurgar en la perspectiva histórica -devastadora, demoledora y precursora de malos tiempos– de la estigmatización, la persecución y la criminalización explícita de ese primitivo “a por ellos” que condensa todo un nacionalismo de Estado. [Verbigracia diferencial de reconocimiento de lo plurinacional: si somos ellos, es que ya no formamos parte de su nosotros]. En fin, que como ejercicio dialéctico y recíproco y democrático y contra toda metonimia, quisiera aplicar al propio cuerpo de la Guardia Civil exactamente el mismo trato desinformativo que nos dispensa hace años, tal vez desde el 1941, el gabinete de comunicación del Duque de Ahumada. Tecnólogos de la excepción como forma de gobierno y técnicos del miedo como forma de dominación, el ejercicio -deontológico también- va dirigido de paso a unos cuantos periodistas –¿es periodismo copiar un comunicado militar y reproducirlo acríticamente e inflar la espiral sin contrastar? - que les bailan el agua, que no son pocos. No muerdas la mano que te da de comer, aunque algunos ya se comen las palabras que profirieron el 23 de septiembre, en la carrera mediática enloquecida de quien la dice más gorda, quien dice antes ETA y quién llega primero a pronunciar Al-Qaeda. No esperen disculpas por lo dicho. La profesión, refutando a Kapuscinki, está llena de cínicos. Pero a pesar de todo, continuemos. E intentemos aplicar a la benemérita la idéntica medicina y el mismo trato que aplican ellos a un independentismo que ya elevan a terrorismo: sin muertos, sin atentados, sin bombas. En fin, intentémoslo y manos a la obra.

Septiembre del 75. Un pelotón de guardias civiles fusila a Txiki junto al cementerio de Cerdanyola: no cumplen órdenes, son un escuadrón integrado sólo por voluntarios y hoy todavía les pagamos la pensión –cosas de la transición modélica, ya se sabe. Si hiciéramos tal como ellos, metonimia a metonimia, afirmaríamos que la Guardia Civil –toda ella– fusila y asesina. Febrero del 81 y “Todos al suelo”. Y disparos. Y un pelotón de la Guardia Civil irrumpiendo en el Congreso. Si hiciéramos tal como ellos, la parte lo es todo, diríamos que la Guardia Civil es golpista. Me ahorraré –sería demasiado largo– todos los detalles de todas las redes de terrorismo de Estado donde han estado implicados altos mandos de la Guardia Civil –denominada la trama verde, cuando se investigaba judicialmente cada conexión con los GAL. Dejémoslo en que el máximo mando de Intxaurrondo, icono de la lucha contraterrorista, fue condenado a 80 años de prisión por el secuestro y asesinato en cal viva de Lasa y Zabala –y factor no menor, que sólo acabó cumpliendo cuatro, el 5% de la pena. Si hiciéramos como ellos, todo es lo mismo y lo mismo es todo, diríamos que la Guardia Civil también fue terrorista, aunque el Supremo hizo auténticas piruetas para evitar calificar a los GAL, violencia criminal de Estado, como tal.

Me ahorraré todos los recovecos del caso UCIFA. Seamos simplistas y reduccionistas: casi toda la plana mayor benemérita responsable de la lucha antidroga fue pillada in fraganti, allí en los 90 y como ya intuirán, narcotraficante la costa y corrompiéndose. Como se corrompería después hasta Luis Roldán, esto es, el director general de la Guardia Civil. No dejamos de lado que al excoronel Pindado, jefe de aquella mafia traficante en la frontera sur, le concedieron pensión vitalicia en 1999. O que el comandante Rafael Masa –implicado en el asesinato del dirigente político Santi Brouard– fue rápidamente destinado a Bolivia, cuando ya se le implicaba en el terrorismo de Estado, para destinarlo a la lucha contra el narco: acabó condenado a once años por narcotráfico. Y más aún todavía. El teniente coronel Máximo Blanco fue detenido en Sant Carles de la Rápita (Tarragona), en 1999, cuando pretendía introducir 4.000 kilos de hachís, que comprenderán que no era para consumo personal. Lo último que supimos, no es broma, es que lo habían ascendido. A coronel. En 2005. Y claro, si hiciéramos tal como ellos, porque uno implica a todos, diríamos que la Guardia Civil es narcotraficante y corrupta.

De días tristemente recientes, deberíamos afirmar que la Guardia Civil es también franquista. Con una mano encubre a un cabo que reclamaba “un nuevo Franco” en las redes sociales –y abre expedientes, cuidado, a los agentes que lo denunciaron– y con la otra abre expediente a un agente que firmó un manifiesto contra la apología del franquismo. Hace nada y alterando la historia, sabemos que ya se considera oficialmente terrorista hasta al maqui Quico Sabaté –y no, sus señorías y con la venia, alzarse en armas contra una dictadura criminal es, precisamente, luchar contra el terrorismo. Pero, al fin y al cabo, ¿qué podemos esperar cuando en 2001 y bajo la segunda aznaridad, el Congreso le dió la Medalla de Oro al Mérito Civil al sádico torturador franquista que fue Melitón Manzanas, precursor explosivo de tantas violencias?

Me ahorraré la larga lista –175 años a tu lado da para mucho– de víctimas. Y citaré solamente tres casos. Un guardia civil violador en La Manada –y lo que tardaron en expulsarlo–, quince migrantes muertos en Tarajal y las torturas inenarrables sufridas por el añorado Ion Arretxe. Si hiciéramos como ellos, y la cosa implicase siempre a toda la casa, deberíamos decir entonces que la Guardia Civil es violadora, racista y torturadora. Que haya 39 agentes condenados y indultados por torturas es una prueba irrefutable. Nunca –y nunca es nunca– podré olvidar el cierre del diario Egunkaria y todas las secuelas posteriores, íntimas y colectivas, absolución integral incluída. Añadiríamos, entonces, que el Instituto Armado es censor, liberticida e inquisitorial. Y sí, confesión voluntaria, mi vida precaria, en relación con este cuerpo militar, siempre estará mediada, por y para siempre, por los dolores y las intemperies de Martxelo Otamendi –berriro, maite zaitut. (Escribo, también, por estado de necesidad, conste en acta).

O sea, que, mira por dónde, si les aplicáramos su propia doctrina de guerra informativa, si los imitara, si les respondiese con su misma ruin doctrina, debería concluir, en benemérito silogismo, que la Guardia Civil es golpista, torturadora, racista, corrupta, narcotraficante, mentirosa, franquista, censora y violadora. No es poco, dicho al por mayor. Pero no, “no ser como ellos” recomendaba lúcido Eduardo Galeano: no les pienso imitar. Sí puedo decir, a plena luz y con todos los taquígrafos, que hay mandos y agentes condenados por todos los hechos aquí expuestos y que la lenidad –garantía de impunidad– ha sido trato preferente, política pública y razón de Estado. Y como argumentar pronto será delito, añadamos algo contrafáctico: también podría decir que a mi abuelo, un julio del 36, lo salvó de la muerte segura un guardia civil; que en Barcelona, ese mismo julio, el cuerpo armado se puso del lado de la República; que conozco investigaciones recientes contra la corrupción de la Guardia Civil de las que me quito el sombrero y que muchos agentes han sido represaliados internamente por intentar garantizar derechos sindicales. Menos metonimia y más complejidad. Que si no lo decimos todo, entonces no decimos nada.

Prosigo. Porque incluso así, el intento de comparación es del todo arriesgado y contiene una falsedad palmaria -y es aquí donde quería llegar. Arriesgado, en primer término, como intento –veremos– para explorar y ensanchar los límites precarios de la libertad de expresión en el Estado español. Estrasburgo ya absolvió a Otegi por haber dicho que el rey era el jefe de los torturadores: el matemático Carlo Fabretti escribió a la sazón que, en el fondo, el TEDH había absuelto a Aristóteles. Había absuelto un silogismo: si la Guardia Civil tiene condenas por torturas y el rey es el jefe de las fuerzas armadas, el rey es, modus ponens, el jefe.

Pero la comparación que pretendo es arriesgada, delicada y, al mismo tiempo, errática. Por tramposa: porque la propia comparación implicaría de entrada asumir una premisa falsísima, que es precisamente la que hay que combatir. Si toda la Guardia Civil no es terrorista por las condenas del GAL, el independentismo tampoco lo sería por... Y es aquí donde la comparación falla del todo: la diferencia radical es que en los diez años que ya dura el proceso no hay una sola condena contra el independentismo por hechos similares u homologables. Porque de hecho, por no haber, no hay ni hechos. No puedo decir lo mismo, antología y hemeroteca, de la otra historia benemérita. Otra cosa es que la Guardia Civil, como la realidad les falla, intenten crearla. O, ¿no nos secuestraron hace nada a Tamara Carrasco –y a Adri, huyendo por una ventana hacia Bélgica– presentándola como terrorista de los CDR, confinándola un año en su municipio y ahora resulta que la Audiencia Nacional se desdice y nada de nada? Contra la memoria de pez, memoria de elefante. Desgraciadamente, conocemos demasiado siglas inventadas –Acción Radical Catalana, Comando Barcelonés de Liberación Nacional- que nacieron y murieron, bautizo y defunción, en un despacho policial. Para desgracia de la memoria, en la Via Laietana de siempre.

¿Y entonces? Entonces esta comparación es recurrente pero falsa. Recurrente y útil porque hay que combatir la mentira. Pero falsa. ¿Dónde falla la simple equiparación? Insisto: en que si no prohíben la hemeroteca, puedo acreditar, en papel prensa o en sede judicial –que más da–, que hay mandos de la Guardia Civil condenados en sentencia firme –e indultados y mimados– por todos los delitos que he referido. Y ninguna, ni uno sola, para el movimiento popular democrático que pueda equiparar independentismo con terrorismo. La prueba más repugnante –infinito asco insondable– es que cuando tienen que ir a los hechos concretos muestran fotos del atentado de Vic y del atentado de Hipercor. Y ahí radica el abismo: la base de mi metonimia es cierta –tantas sentencias firmes y dolores amorfos. La suya, ficcionada y falsaria e inatribuible. Puedo acreditar lo que digo con sentencias y hechos, general. Usted, no. Y espero, por supuesto, que nunca lo pueda hacer.

¿Dónde radica la esperanza, a pesar de todo? En que ya no nos tragamos, tiempo ha, gato por liebre. Y por eso, seguramente, nos hacen lo que nos hacen. Con una constatación final que sí marca, al menos para mi, una diferencia capital y neurálgica. El 1 de octubre enorgullece y enorgullecerá a todas y todos los que lo hicimos posible: combatimos la violencia, eso hicimos. Desde la ética humanista de la desobediencia civil pacífica, por decirlo todo. De lo que hicieron ellos, en cambio, nadie quiere saber nada y nadie quiere acordarse ahora de la violencia que dirigían. Ya lo decía Juan Gelman contra toda amnesia: algunos tienen siempre un repentino olvido en olvidar todo lo que han ordenado. Ver ahora las imágenes de los juzgados donde el general Pérez de los Cobos y el Secretario de Estado de Interior, José Antonio Nieto, se pasan la pelota negando que “lo hicieron”, fascina, prenda y desvela. Tan valientes en los cuarteles y tan callados en los juzgados. Eso sí, cuando se trata de ser ascendido y enmedallado, Pérez de los Cobos no tiene ningún problema en asumir toda la responsabilidad. Y eso tiene nombre y epíteto, que en este ejercicio dialéctico condenado al fracaso, no pronunciaré, porque choca frontalmente con algún precepto de la Ley Mordaza. Mientras tanto y por lo visto, intemperies de un país extraño, se ve que vuelvan a necesitar destacamentos militares para aplicar la sentencia que vendrá, que equiparará, pobre Kafka, un referéndum con una sedición. Tiempos extraños de espirales diseñadas, donde la provocación es estrategia de Estado. Y Judith Butler, en pie de paz y más que nunca, allí en medio: “La no violencia es decidir no ser violento en un estado de violencia”. Si no, de qué.

Termino la filípica y la carambola, disculpen. Antes de ayer, el general Pedro Garrido, jefe de la Guardia Civil en Cataluña, aclaro en desliz político que persiguen proyectos, causas e ideas: “bajo la justificación de la defensa de una causa que la ley no contempla”. Sí, claro, como la causa por las ocho horas laborales en su día, de la que usted disfruta hoy y que también estuvo fuera de la ley demasiados años. Pero bueno, si usted quiere poner, como mínimo, a un 48,5% de la sociedad catalana fuera de la ley, también se le digo claramente: aquí estamos y aquí estaremos y no se cómo pretenden hacerlo. El general dijo algo más, criminalizando todo lo que toca, en relación con las últimas detenciones y los últimos siete encarcelamientos bajo régimen FIES3: “las pretendidas sonrisas revolucionarias se convierten, con más facilidad de la que cabe pensar o desear, en tan solo el rictus que disimula el odio y la mezquindad capaz de generar destrucción, dolor y sufrimiento”. Al general –que mira, hoy sí tiene quien la escriba– le retorno, en contraposición lógica, su nihilista afirmación aplicada al cuerpo que dirige: “la pretendida defensa del orden público de la Guardia Civil se ha convertido, con más facilidad de la que cabe pensar o desear, en tan solo el rictus del odio y la mezquindad, capaces de generar narcotráfico, terrorismo de Estado, violaciones y brutalidad”. Si no está de acuerdo con mi premisa, entonces, general –qué paradoja antirepresiva– no puede estar de acuerdo con la suya. Si mi premisa es falsa, sería exactamente tan falsa como la de usted. Y la mía, por metonímica y sí, es tan falsa como la suya, ya se lo avanzo: pero al menos, basada en hechos ciertos, dolorosos y concretos, en heridas abiertas y cicatrices no cerradas. Aguántese la metonimia, general. O reprímasela, al menos, hasta que las ranas críen pelo o los elefantes vuelen.

David Fernández es periodista y ha sido diputado de la CUP en el Parlament de Catalunya.

10/10/2019





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