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Francia
Izquierda: la hora de las decisiones
26/02/2006 | Daniel Bensaid et Samuel Joshua

Nadie podía pronosticar la fecha y la amplitud de la explosión otoñal de las barriadas, pero esa cólera era previsible y legítima frente al cúmulo de segregaciones: social, escolar, territorial. Revela el malestar de un país en el que los Restaurantes del Corazón sirven cada año más comidas, en el que un millón de niños viven por debajo del umbral de pobreza, en el que un tercio de los sin domicilio son asalariados. En lugar de oír los gritos de la miseria, un presidente mal elegido y un gobierno revanchista redoblan golpes y arrogancia: desmantelamiento del código del trabajo y del estado social por un lado, estado de urgencia y marcha acelerada hacia el estado penal contra las nuevas clases peligrosas por el otro. La nueva presidenta del Medef resume su filosofía liberal: “La vida, la salud, el amor, son precarios, ¿porqué el trabajo no habría de serlo?”. ¡Sed flexibles y acabaréis trepando!

En esta crisis, sectores importantes de la población pueden caer en el racismo y la xenofobia, en la guerra de los pobres contra los más pobres. Pueden al contrario resistir contra un sistema que agudiza las desigualdades, multiplica las exclusiones, desencadena la competencia de todos contra todos, con un horizonte de guerra de todos contra todos. Para que la segunda hipótesis triunfe, una izquierda de combate debe oponer el estado de emergencia social al estado de emergencia penal.

El ascenso del No de izquierdas y el rechazo del Tratado Constitucional liberal abrían esta posibilidad. Hoy corre el riesgo de cerrarse. El Partido socialista pretende reducir la oposición entre el si y el no a un simple movimiento de humor o a un malentendido pasajero. Y tiene prisa por cerrar el paréntesis. Tras haberse sintetizado él mismo en un congreso ecuménico, pretende ahora sintetizar bajo su hegemonía a la familia recompuesta de la izquierda gobernante. Los Verdes le siguen el paso. El Partido comunista está tentado de seguirle. ¡Como si lo que se expresó el 29 de mayo sobre Europa no tuviera ninguna relación, o poca, con una alternativa real a la actual mayoría!. Por supuesto, una papeleta de voto no traza una frontera definitiva entre los electores y entre los militantes. No deja de ser cierto, sin embargo, que el del 29 de mayo oponía claramente a la Europa liberal e imperial de la “competencia no falseada” la voluntad de una Europa social y democrática. Daba el mandato de proseguir por ese camino. La retórica actual de los dirigentes socialistas no apunta más que a apaciguar a un electorado cada vez más escaldado. Durará lo que duran las rosas, el espacio de una mañana electoral. ¿Quién podría creer en su conversión repentina a una política diametralmente opuesta a la que ellos mismos han hecho durante un cuarto de siglo, de ellos diez y siete años de gobierno?
Las aspiraciones del 29 de mayo no son sintetizables en un nuevo compromiso social-liberal y en un nuevo refrito de la izquierda plural que proseguiría poco más o menos la misma política. Las víctimas de las políticas liberales reclaman justicia. Exigen la igualdad de derechos sociales y civiles : el derecho a un empleo, a una renta, a un alojamiento decentes, el derecho a una educación y a una salud de calidad. La explosión de las barriadas pone al orden del día una política de empleo diferente, una política escolar diferente, una política diferente para la ciudad, a falta de lo cual las odas compasivas a la “sociedad mixta” se quedarán en letra muerta. Habría que romper para ello las cadenas de los criterios de convergencia de Maastricht y del pacto de estabilidad, tomar el control político de la herramienta monetaria abandonado a los regentes del Banco Central europeo, invertir la lógica de las privatizaciones y de la demolición de los servicios públicos. Habría que abolir los privilegios fiscales reforzados por la contrarreforma fiscal. Habría que detener las exoneraciones de cargas sociales y las subvenciones a las empresas que despiden. Habría que derrocar el despotismo de los accionariados y de los mercados financieros. Habría, en estos tiempos de aniversario de separación de las iglesias y el estado, que proclamar al fin la separación de la patronal y el estado.

La izquierda en el gobierno ha hecho exactamente lo contrario: privatizar sin freno, mimar a la patronal, someterse a la Europa liberal, renunciar al control de la herramienta monetaria. Con, a la llegada, el golpe teatral del 21 de abril de 2002, del que rechaza obstinadamente sacar el balance y reconocer la responsabilidad. “¡Ceder un poco es capitular mucho!”.
Frente a Le Pen, Chirac fue presentado como un mal menor. Y nos encontramos con que un presidente elegido por el 82% en la segunda vuelta con menos del 20% en la primera y su mayoría arrogante aceleran la contrarreforma liberal, liquidan lo que subsiste de servicios públicos, desmantelan las jubilaciones, suben el coste de la salud, deterioran la investigación y la educación, rehabilitan la colonización. Marchando la mano criminal invisible del mercado a la par con su puño visible, instauran un estado de excepción rampante y subordinan la justicia a las decisiones del ejecutivo y de su policía.

¿Estado de emergencia? Si, pero emergencia social y democrática. La cuestión no es saber si el barril de miserias y de humillaciones explotará, sino cuando, y en qué dirección. La campaña unitaria del no de izquierdas ha despertado la esperanza de una recuperación y de un contraataque. Esta esperanza nos obliga. Catorce años de Mitterrand más cinco de Jospin han desmoralizado a la izquierda. Si 2002 fue una advertencia, una nueva decepción podría provocar la catástrofe.
En las luchas de todos los días, por los salarios, los servicios públicos, la protección social, el empleo, contra las lógicas de excepción, contra las leyes antiinmigrantes, la criminalización de las resistencias, hay que hacer un frente común, sin exclusivas, socialistas, comunistas, verdes, izquierda revolucionaria. Hay que cerrar filas contra la Directiva Bolkenstein, contra los contratos basura que generalizan la precariedad. Esta unidad en la acción no basta para ir juntos a unas elecciones que deciden una mayoría parlamentaria, un gobierno o un presidente de la República. Es necesaria una voz portadora de un proyecto claramente alternativo y una política de esperanza.

Son numerosos quienes reconocen en Olivier Besançenot un excelente portavoz, que ha permanecido 100% fiel a los compromisos del No de izquierdas. Pero, antes como después del congreso de la LCR, la cuestión de los contenidos es más importante que la de los nombres y las personas.
Para defender un proyecto de sociedad en el que las solidaridades y el bien común estén por encima de la lógica del beneficio y del interés egoísta, un acuerdo sobre reivindicaciones de primera necesidad es imprescindible pero insuficiente. Hay también que ponerse de acuerdo en los medios de iniciar un cambio radical y sobre las alianzas para lograrlo. Una ambición limitada a una fuerza de presión para cambiar marginalmente una política social liberal prepararía nuevas desilusiones más amargas aún que en el pasado.
El No de izquierdas sacó su fuerza del compromiso unitario en la base. Todos quienes, socialistas, comunistas, verdes, sindicalistas, rechazaron constitucionalizar las orientaciones de una Europa antisocial y antidemocrática, deben mantener la misma dirección y reunirse tras un programa anticapitalista por una verdadera alternativa. No lo haremos, como quisiera la dirección del Partido Socialista, exigiendo un contrato de gobierno para una izquierda plural bis, negociando puestos electorales, llegando a compromisos cojos sobre fórmulas que no comprometen a nada preciso. Hay claramente dos izquierdas: una izquierda del centro, de gestión y de acompañamiento de la contrarreforma liberal; una izquierda radical, de resistencia y de respuesta. No pueden gobernar juntas. Dar continuación al No de izquierdas del 29 de mayo, es permanecer fiel a las exigencias de las que era portador.
El Partido Socialista va a utilizar en adelante el miedo a Sarkozy y la extrema derecha para presionar a sus aliados y exigir desde ahora su adhesión a un compromiso del mal menor, incluso a una candidatura única de la izquierda sintetizada desde la primera vuelta. Esta lógica implacable refuerza la necesidad de una candidatura unitaria salida del no de izquierdas y fiel a su mandato anticapitalista. A pesar de los obstáculos que se acumulan, esta batalla debe ser proseguida mientras subsista una oportunidad de lograrlo. La opción está ya en manos de los dirigentes comunistas y de la izquierda de los Verdes: o una adhesión, por encima de la división del 29 de mayo, al brillo rosa ajado de François Hollande; o una alternativa de combate, social y democrática, a escala nacional y europea. Estamos aún a tiempo. Pero este tiempo es limitado. Es la hora de las decisiones.

31 enero de 2006

Daniel Bensaid es profesor de filosofía en la Universidad París –VIII.
Samuel Johsua es profesor en ciencias de la educación en la Universidad Aix-Marsella.

Traducción: Alberto Nadal





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