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Inmigración
Preguntas y respuestas
20/05/2011 | Carine Fouteau (Mediapart)

Una labor de contrainformación a largo plazo con enfoque utilitarista: entre junio de 2010 y marzo de 2011, una treintena de personalidades —economistas, juristas, historiadores, sociólogos, representantes de asociaciones, sindicalistas, responsables patronales, altos funcionarios y representantes de organismos internacionales— comparecieron para hablar sobre cuestiones de inmigración ante la asociación Cette-France-là y diversos parlamentarios, sobre todo de la izquierda, aunque también algunos de la derecha. Objetivo: tomar la palabra a Nicolas Sarkozy sobre la “cultura de resultados” y evaluar la política aplicada desde el comienzo de su presidencia.

Mediapart ha acompañado esta iniciativa colgando en la web todos los vídeos de las comparecencias, al considerar que su valor documental es sumamente valioso. Con vistas a las elecciones presidenciales de 2012, el informe de síntesis redactado por Cette-France-là /1 es como una caja de herramientas para combatir los tópicos y contraverdades arraigadas en el espacio público.

Para el colectivo Cette-France-là, creado en 2007 por profesores universitarios, periodistas y activistas, “la inmigración es un falso problema, del que se informa mal y que se plantea mal: sus premisas no resisten un análisis. Nuestros gobernantes, por cierto, lo reconocen implícitamente al desplazar continuamente la cuestión, para relanzarla, de la inmigración irregular a la inmigración supuestamente sufrida, y hoy a la inmigración legal, y al mismo tiempo a los franceses naturalizados, o de origen extranjero.”

¿Hay demasiados inmigrantes en Francia? ¿Suponen un coste excesivo para las finanzas públicas? ¿Hacen que bajen los salarios? Son preguntas formuladas e instrumentalizadas por políticos del espectro que va de Marine Le Pen a Claude Guéant /2 y a veces incluso al Partido Socialista, y el informe da argumentos para responder.

1. ¿Hay demasiados inmigrantes en Francia?

“Hay unos 200.000 extranjeros adicionales que están autorizados a residir en Francia, lo que equivale, no lo olvidemos, al tamaño de una ciudad como Rennes, por ejemplo. Mi objetivo es restar 20.000 de este número”, declaró Claude Guéant en la televisión el 15 de abril de 2011, mientras que Marine Le Pen defiende la inmigración cero. El geógrafo Gildas Simon, hablando de un “mundo de sedentarios”, recordó en su intervención que el número de migrantes internacionales asciende actualmente a unos 230 millones de personas, de las que 200 millones se hallan en situación regular, según la división de la población de la ONU, cifra que no representa más que el 3,3 % de la población mundial.

Con respecto a la inmigración procedente de África subsahariana, que inquieta a Nicolas Sarkozy (“Hay 475 millones de jóvenes africanos de menos de 17 años de edad. Francia se halla a 14 kilómetros de África a través del estrecho de Gibraltar”, abril de 2008), el demógrafo Cris Beauchemin desmiente la imagen de África como tierra de éxodo. No cabe duda de que la llegada de migrantes subsaharianos se ha intensificado desde la década de 1970, pero la proporción de subsaharianos sigue siendo minoritaria entre los inmigrantes: en Francia representaba el 12 % en 2004, mientras que el 35 % de los extranjeros procedían de la Unión Europea, el 31 % del Magreb y el 17 % de Asia. En números absolutos, Francia se sitúa en la media europea (5,2 millones de inmigrantes en 2008, el 8,4 % de la población).

El economista Joël Oudinet precisa por lo demás que “el número de extranjeros en situación irregular en Francia se cifra entre 200.000 y 400.000 personas, es decir, entre el 0,3 y el 0,6 % de la población francesa. La proporción es la misma en el Reino Unido. Asciende al 1,2 % en Alemania, al 1,1 % en Italia y al 3,2 % en España.” En cuanto a entradas y salidas, Francia es uno de los países desarrollados que ha acogido a menos inmigrantes. “Entre 1995 y ahora, señala el economista, la proporción de extranjeros en España ha aumentado seis veces más rápidamente que en Francia; en el Reino Unido, 3,5 veces, en Alemania, 1,8 veces más, y en Estados Unidos, 5 veces más rápidamente que en Francia”. Joël Oudinet sostiene incluso que Francia es, “junto con Japón, uno de los países ricos que ha mantenido más cerradas sus fronteras.”

No solo no hay demasiados inmigrantes, sino que los flujos no deben parar, pues sin esta aportación, la población de numerosos países de la Unión Europea disminuiría. No sería el caso de Francia por el elevado número de nacimientos, pero este país tampoco puede prescindir de la inmigración. El umbral de reemplazo de la población es de 2,1, mientras que la tasa de fecundidad francesa es de 1,8, por lo que faltan 100.000 nacimientos al año para asegurar el reemplazo de las generaciones. “Un flujo migratorio de amplitud más o menos similar permite cubrir este déficit”, subraya el economista Didier Blanchet. Es decir, hacen falta unas 100.000 entradas netas al año, lo que se corresponde con el ritmo actual de entradas y salidas (la cifra de 200.000 citada por Claude Guéant se refiere a las entradas sin tener en cuenta las salidas del territorio).

2. ¿Están demasiado poco cualificados los inmigrantes?

Esta es una de las ideas preconcebidas más tenaces. Según el Insee (instituto nacional de estadística), la proporción de inmigrantes licenciados de la enseñanza superior ha pasado del 12 al 25 % entre 1990 y 2007. En el curso del mismo periodo, la proporción de inmigrantes sin título ha descendido del 53 al 37 %, aunque sigue siendo tres veces superior al porcentaje de nativos sin estudios. “Los subsaharianos tienen más títulos superiores que el promedio de inmigrantes y más títulos superiores que el promedio de las personas que viven en la Francia metropolitana”, señala Cris Beauchemin, aunque las mujeres, a su vez, no alcanzan esas cotas.

Esta situación desmiente la idea de que la “miseria del mundo” se agolpa ante las fronteras de Francia. Se explica por el hecho de que la emigración, en particular de sur a norte, es costosa. Según el especialista en migraciones y economía del desarrollo, El Muhub Muhud, la globalización de los intercambios ha contribuido a un aumento significativo de su coste, porque contrariamente a los demás componentes de la globalización, a saber, el comercio, las inversiones directas en el extranjero, los movimientos de capitales y las transferencias de tecnología, se constata que la circulación de personas apenas se ha liberalizado.

A diferencia de las migraciones “fordistas” de las décadas de 1950 y 1960, son los propios migrantes, y no las empresas, quienes sufragan el coste de la movilidad. De ahí que los candidatos a la emigración no se recluten entre los menos dotados de capital financiero, humano y social.

3. ¿Son demasiado “diferentes” los inmigrantes?

Cuando trae a colación la noción controvertida de “asimilación”, como en un reciente seminario gubernamental en Matignon, la sede del primer ministro, Claude Guéant preconiza la aculturación de los inmigrantes, es decir, el abandono de sus costumbres propias. Numerosos responsables de la derecha gubernamental y de extrema derecha dicen, más o menos abiertamente, que las poblaciones de inmigración reciente son difíciles de “integrar”. Según ellos, sus costumbres les impiden adherirse a los valores republicanos de laicidad e igualdad de género. Esto es lo que se desprende a las distintas polémicas, sobre las oraciones en la calle, el uso del niqab o la poligamia.

El historiador Gérard Noiriel demuestra que este tipo de afirmaciones es recurrente, especialmente en los periodos de crisis económica y social, cuando se ahondan las desigualdades y los gobernantes son incapaces de responder al miedo a la pobreza o al desclasamiento que sienten las clases populares.

En la década de 1880, los italianos que trabajaban en Francia ya se enfrentaban al reproche de ser reacios a la “asimilación”. En el libro Immigration, antisémitisme et racisme en France, el historiador describe cómo la retórica de la década de 1930 trata de separar a los “buenos” inmigrantes de antes de los que vinieron después, considerados poco o difícilmente integrables. Los trabajos científicos desmienten estos prejuicios: al analizar criterios como el aprendizaje de la lengua, la frecuencia de las uniones mixtas y la movilidad socioeconómica, demuestran que la inserción de los migrantes en la sociedad francesa se produce más o menos al mismo ritmo de una generación a otra. Jean-Pierre Garson, economista de la OCDE, lo confirma: “La promoción de los inmigrantes es una realidad que a menudo se oculta, se torna invisible, cuando es un hecho comprobado en las cifras.”

4. ¿Salen caros los inmigrantes para Francia?

Este es uno de los temas tradicionalmente predilectos de Marine Le Pen. “La inmigración puebla Francia de clases pasivas para las que en muchos casos la única afinidad con nuestro país se limita a las ventajas materiales que les reporta”, escribe en su programa. Pero no está sola: recientemente, el secretario general del partido gubernamental, la UMP, Jean-François Copé, blandió también el argumento de los lepenistas:

“Con respecto a la inmigración de naturaleza estrictamente social vamos a tener un problema, y es que no nos quedarán fondos para pagar, es decir, que detrás de ello el coste social para el contribuyente es tan alto que llegará un momento en que no se podrá sostener desde el punto de vista financiero, porque genera déficit y el dinero ya no llega”, declaró en la televisión.

“Algunos incluso dan a entender que las ventajas que ofrece el sistema de protección social de Francia constituye uno de los principales motivos del desplazamiento de los migrantes. De este modo retratan a los extranjeros como personas ociosas, que viven a expensas de los autóctonos a través del seguro de desempleo y del acceso gratuito a la sanidad y la educación para sus hijos”, explica Cette-France là, que subraya que una encuesta de Eurostat de 2001, realizada entre migrantes que ya se encuentran en Europa, por un lado, y personas deseosas de emigrar que se hallan todavía en su país de origen (concretamente, Turquía, Marruecos, Egipto, Ghana y Senegal), por otro, demuestra que tan solo del 3 al 28 % de los migrantes tienen conocimiento de la protección social que podría ofrecerles su nuevo o futuro país de acogida.

A diferencia de los países anglosajones, donde los estudios sobre la contribución de los inmigrantes a la hacienda pública son moneda corriente, en Francia apenas existen, lo que impide que el debate se desarrolle sobre una base seria. De ahí el interés de un estudio reciente sobre el efecto de la inmigración en las cuentas de la seguridad social realizado por la MIRE, el centro de investigación del ministerio de Sanidad, Asuntos Sociales y Trabajo. El economista Lionel Ragot participó en el mismo.

Después de calcular el importe de las retenciones y cotizaciones ingresadas por el Estado y el nivel de las prestaciones percibidas por los inmigrantes, concluye, teniendo en cuenta la estructura de edad, que “globalmente la contribución de los inmigrantes al presupuesto de las administraciones públicas en 2005 dio un saldo positivo de unos 12.000 millones de euros. (…) Si desglosamos esto por inmigrante, resulta que a grandes rasgos la contribución neta de cada uno de ellos fue en 2005 de 2.250 euros, mientras que la de un nativo era de 1.500 euros”. Cuanto más cualificado esté un extranjero, tanto mayor es su aportación a la hacienda pública, constata Lionel Ragot, quien recuerda asimismo que las dos partidas de gastos representadas por el subsidio de desempleo y las ayudas a la vivienda “son mucho menos importantes en el conjunto de las transferencias sociales, pues las dos partidas principales son las pensiones de jubilación y la sanidad”.

Preguntado sobre el mismo tema, Joël Oudinet comparte el análisis. “Los estudios, dice, demuestran que el saldo es más bien positivo: en promedio aportan más en impuestos que lo que obtienen de ayudas sociales. El efecto es tanto más positivo, cuanto más cualificados estén los inmigrantes.”

Teniendo en cuenta las perspectivas demográficas, y en particular el envejecimiento de la población, Lionel Ragot va todavía más lejos. Sin los inmigrantes será más difícil pagar las pensiones y financiar la sanidad. “Nuestros resultados son muy claros, insiste. Si comparamos el escenario con y sin inmigración, se ve perfectamente que esta contribuye a la financiación de la protección social, porque sin ella en 2050 no haría falta reunir un 3 % más del PIB para financiar la protección social, sino alrededor del 4,3 %. Esto demuestra que la inmigración reduce la carga fiscal asociada al fenómeno del envejecimiento demográfico.”

5. ¿La inmigración hace que bajen los salarios?

La presidenta del Frente Nacional repite que la inmigración “viene impulsada por la gran patronal, para la que constituye una deslocalización a domicilio que le permite comprimir los costes sociales”. En esta cuestión, Marine Le Pen también ha convencido a los políticos de la derecha. En este caso es Hervé Morin, exministro de Defensa y presidente del Nuevo Centro, quien declara: “Cuando Claude Guéant dice que hay que parar los flujos migratorios, yo lo apruebo, porque los flujos migratorios pesan sobre el poder adquisitivo, porque pesan sobre los salarios.” Sin embargo, este supuesto carece de fundamento.

Es cierto que teóricamente “los salarios son efectivamente susceptibles de bajar si hay competencia entre los demandantes de empleo”, dice el economista Joël Oudinet. “(Pero) esto sólo ocurre en los empleos sustituibles: cuando concurren el mismo tipo de aptitudes y cualificaciones. A la inversa, en el caso de los empleos complementarios, sus retribuciones aumentarán. De hecho, todos los estudios demuestran que los efectos son muy limitados. Podemos ver disminuciones en algunos casos en que hay competencia, y aumentos en los que no la hay, pero la repercusión es muy débil.”

Además, los “autóctonos” no son las primeras víctimas de eventuales reducciones salariales: “La competencia se produce fundamentalmente entre los antiguos inmigrantes y los recién llegados,” señala el economista. “Por tanto, son aquellos los primeros en ver cómo disminuyen sus salarios. Esto se debe a que se encuentran en el mismo sector: construcción, hostelería, comercio, servicios, labores domésticas… En toda Europa, son inmigrantes los que mueven estos sectores.”

Un estudio reciente, realizado en 2010 por Javier Ortega, investigador de la London School of Economics, y Grégory Verdugo, investigador asociado al Banco de Francia, indica incluso que la presencia de inmigrantes en el mercado de trabajo tiene más bien un efecto positivo sobre los ingresos de los nativos. Con respecto al periodo de 1962 a 1999, los autores constatan que no solo “la inmigración ha ayudado a los autóctonos a ascender peldaños en su carrera profesional”, sino que además “la llegada de migrantes con un determinado nivel educativo y una experiencia dada ha permitido a los autóctonos del mismo nivel liberarse de la necesidad de ocupar empleos mal remunerados y acceder a puestos mejor pagados.” Así, “un crecimiento del 10 % de la inmigración comporta un alza del orden del 3 % de los salarios de los nativos.”

6. ¿Ocupan los inmigrantes los puestos de trabajo de los nativos?

Igualmente arraigada en el espíritu de los franceses, esta idea no tiene más razón de ser que la anterior, pues el mercado de trabajo se ensancha para adaptarse a la llegada de la nueva mano de obra. “Los inmigrantes también son consumidores, por lo que generan una demanda suplementaria, y por tanto, empleos, subraya Joël Oudinet. Todos los estudios demuestran, y esto es todavía más significativo que en el caso de los salarios, que los migrantes que llegan crean sus propios puestos de trabajo. En 2007 simulamos un modelo macroeconométrico al respecto: suponiendo un aumento del 10 % del flujo inmigratorio en el Reino Unido, la tasa de paro solo aumentaría 0,01 puntos al cabo de 13 años. Y si llegara hasta un 1 % de la población activa, la tasa de paro no aumentaría más que un 0,58 %.”

Los ejemplos empíricos de los repatriados de Argelia en 1962 y de los cubanos en Florida confirman el efecto casi nulo de los flujos, incluso masivos, de extranjeros sobre la tasa de paro de los países de acogida. Además, segmentos enteros de los sectores de servicios, de la construcción, de la agricultura, de la hostelería y de las obras públicas reclutan masivamente su mano de obra entre la población inmigrante, pues tienen dificultades para encontrar demandantes de empleos penosos y precarios.

7. ¿Carece Francia de viviendas para acoger a los inmigrantes?

Este argumento se utiliza continuamente, a veces incluso por gente de izquierda. Sin embargo, los análisis del demógrafo François Héran lo desbaratan por completo. “Se dice que la capacidad de acogida de Francia es finita, cuantificable y ya está saturada. Ahora bien, la adecuación entre los flujos de entrada y los medios disponibles es un asunto muy complejo,” dice, apuntando, junto a las llegadas de extranjeros, a los nacimientos inesperados, como el baby boom que provocó la llegada de 7 millones de personas, o al aumento de las personas mayores, “que representan otros 7 u 8 millones de supervivientes adicionales que no estaban previstos, a causa de la prolongación de la esperanza de vida.”

De ahí su conclusión, alejada de los lugares comunes: “Se ha dicho que nuestra capacidad de acogida es limitada y que sintiéndolo mucho habrá que frenar la entrada de inmigrantes. Pero debe tenerse en cuenta que una política demográfica, por utilizar palabras mayores, consiste en hacer frente a este fenómeno, es decir, en acoger todo aumento imprevisto de la población, del que forman parte los inmigrantes. Con la diferencia de que hay épocas en que se va a buscarles.”

12/5/2011

Traducción: VIENTO SUR

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/1.- http://www.cettefrancela.net
/2.- Ministro del Interior, Ultramar, Colectividades Territoriales e Inmigración desde febrero de 2011



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