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Francia: memoria de un crimen de Estado
17 de octubre de 1961: decir la verdad en pro de la reconciliación
21/10/2011 | Edwy Plenel (Mediapart)

[El pasado 17 de octubre miles de personas se manifestaron en París para exigir el reconocimiento de la verdad sobre la violenta represión de otra manifestación celebrada 50 años antes, el 17 de octubre de 1961, en plena lucha por la independencia de Argelia. El recorrido de la manifestación fue el mismo: desde el cine Gran Rex, en el bulevar Bonne Nouvelle, hasta el Pont St. Michel, donde se arrojaron flores al Sena para recordar a los manifestantes que fueron muertos y arrojados al río por la policía francesa. La manifestación del lunes pasado fue convocada por varias organizaciones memorialistas y de derechos humanos que reclaman el reconocimiento de la masacre del 17 de octubre como un crimen de Estado y el libre acceso a los archivos para historiadores y ciudadanos. El diario Mediapart impulsó un llamamiento para el reconocimiento oficial de la tragedia y llamó a la manifestación. En el artículo que reproducimos su director, Edwy Plenel, nos recuerda los hechos y su contexto histórico al tiempo que explica su propia valoración sobre lo que debería significar el cincuentenario.
En un fragmento del llamamiento publicado hace 50 años por la revista Les Temps Modernes (reproducido en el artículo) se establece una clara relación entre los judíos retenidos para ser deportados a los campos nazis y los confinados del 17 de octubre en espera de ser devueltos a Argelia. Hoy en día, 50 años más tarde, esta relación debería extenderse a las medidas de expulsión masiva de inmigrantes preconizadas por numerosos grupos europeos de extrema derecha.
Martí Caussa]

La fecha del 17 de octubre de 1961 forma parte de nuestra historia y debemos contemplarla de frente. Ese día, en París, una manifestación pacífica de trabajadores entonces considerados franceses –“franceses musulmanes de Argelia” en la terminología oficial– que habían salido a la calle a protestar contra el toque de queda racista decretado contra ellos, y que solo a ellos afectaba, fue salvajemente reprimida por la policía de la capital bajo las órdenes de su jefe, el prefecto Maurice Papon. Mediapart reclama el reconocimiento oficial de aquella masacre, que según los historiadores segó la vida de más de 300 personas.

Después de la tragedia del 17 de octubre de 1961, Kateb Yasín (1929-1989), gran poeta argelino, se dirigió a todos nosotros, al pueblo de Francia:

Pueblo francés, lo has visto todo,
Sí, todo y con tus propios ojos.
Has visto nuestra sangre correr,
Has visto a la policía
Matar a manifestantes
Y arrojarlos al Sena.
El Sena enrojecido
No ha dejado los días siguientes
De escupir en el rostro
Del pueblo de la Comuna
Esos cuerpos martirizados
Que recordaban a los parisinos
Sus propias revoluciones,
Su propia resistencia.
Pueblo francés, lo has visto todo,
Sí, todo y con tus propios ojos.
Y ahora, ¿vas a hablar?
Y ahora, ¿vas a callar?

Tras un silencio demasiado largo, ha llegado la hora de hablar, y de hablar sin tapujos. No solo de escuchar este llamamiento, como reclaman desde hace decenios historiadores profesionales y militantes de la memoria, sino de acudir a la cita de este pasado lleno de contenido presente. El 17 de octubre de 1961 es una fecha tan francesa como argelina. Aquella manifestación fue sin duda uno de los hitos de la conquista de la independencia, que tan cara le costó, por el pueblo argelino: había sido organizada por la Federación de Francia del FLN, que pretendía consolidar la relación de fuerzas frente a un poder gaullista que al tiempo que iniciaba conversaciones de paz aspiraba a debilitar y dividir a su interlocutor independentista. Pero la manifestación és también un jalón fundamental de nuestra propia historia nacional, de esos que el recuerdo utiliza para crear, de cara al futuro, una memoria despierta, impregnada de lucidez y fraternidad.

El 17 de octubre de 1961 fue en primer lugar una manifestación legítima contra una decisión administrativa sin precedentes después del régimen de Vichy: un toque de queda racista, basado en criterios étnicos. El 5 de octubre de ese año, el prefecto de policía del departamento del Sena, Maurice Papon (de quien se descubrirá más tarde que colaboró activamente en la deportación de judíos de la prefectura de Gironda), so pretexto de luchar contra los independentistas argelinos asimilados a “terroristas”, impuso un toque de queda para los “franceses musulmanes de Argelia”, que a partir de entonces tenían que abstenerse de circular por la vía pública entre las 20.30 y las 5.30 horas y cuyos despachos de bebidas que regentaban o frecuentaban debían cerrar cada día a las 19 horas.

El 17 de octubre de 1961 fue asimismo una manifestación del pueblo trabajador de la región parisina, de obreros y empleados acompañados de sus familias, venidos en muchos casos del extrarradio, en particular de Nanterre, una inmensa aglomeración de chabolas donde estaba confinada aquella mano de obra industrial. Esa tarde, una parte de la clase obrera francesa, cuyas filas se han ido renovando continuamente gracias a la inmigración, desfilaba pacíficamente por las avenidas de la capital, con esa alegría de haber sabido afrontar la prohibición, la vergüenza y la humillación. Y sobre todo con una gran dignidad, la de aquellos que no tienen más riqueza que su trabajo y que quedaba reflejada hasta en la cuidada vestimenta de los manifestantes. Por cierto que el toque de queda de Maurice Papon contemplaba una única excepción: la de los obreros que trabajaban en turnos rotatorios, obligados a acudir a la fábrica en plena noche y que tenían que exhibir un pase para poder circular.

El 17 de octubre de 1961 fue, finalmente, la más terrible represión policial de una manifestación pacífica en la historia moderna de nuestra República. Las consignas de los organizadores eran estrictas, hasta el punto de que previamente se cacheó a los manifestantes: nada de violencia, nada de armas, ni siquiera una simple navaja. La violencia que se abatió sobre los manifestantes, a veces incluso antes de que se formaran los cortejos, pues muchos fueron detenidos sobre la base de una selección étnica a la salida del metro, fue de una ferocidad inimaginable. No solo hubo decenas de desaparecidos –muertos a palos, lanzados al Sena, matados por balas–, sino también 13.000 detenidos y hombres confinados durante días, sin ninguna asistencia, en el recinto del palacio de deportes de la Porte de Versailles.

Desde “Temps modernes” hasta policías de la resistencia: el honor de Francia

Esta violencia inusitada fue denunciada inmediatamente sobre todo por policías, en una paradoja que solo es aparente. La asociación de policías de la resistencia –la segunda guerra mundial había terminado apenas 16 años antes– redactó un folleto anónimo con testimonios de miembros de las fuerzas del orden, que se publicó en France-Observateur, dirigido entonces por Claude Bourdet y Gilles Martinet. El texto, que contiene relatos de hechos muy concretos –en especial sobre “el centenar largo” de argelinos acorralados sobre el puente de Neuilly, “asesinados y arrojados sistemáticamente al Sena”–, defiende el honor de una policía republicana frente a un “sucesión de hechos monstruosa (que) no hará más que acumular masacres y mantener una situación de pogromo permanente”.

Inmediatamente después del 17 de octubre de 1961 comenzó a circular un llamamiento lanzado por la revista Les Temps modernes, suscrito por 229 intelectuales franceses, entre ellos 28 profesores universitarios. No está de más releer hoy este texto impecable que honra a esta Francia, la nuestra, que supo decir NO a la injusticia y a la ignominia, magníficamente ilustrada en aquellos años por la revista dirigida por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, aunque también por el Comité Audin y su periódico Vérité et Liberté, impulsado por Pierre-Vidal Naquet, Jacques Panijel y Laurent Schwartz, así como por el editor y librero François Maspero, refugio insustituible y emblema de todas las resistencias de entonces. El llamamiento decía:

“Con un coraje y una dignidad admirables, los trabajadores argelinos de la región parisina acaban de manifestarse contra la represión cada vez más feroz de que son víctimas y contra el régimen discriminatorio que quiere imponerles el gobierno. En respuesta a su manifestación pacífica se ha desencadenado la violencia policial y de nuevo han muerto argelinos porque querían vivir libres.
Si se quedan de brazos cruzados, los franceses se convertirán en cómplices de la furia racista escenificada en París y que nos retrotrae a los días más negros de la ocupación nazi: nos negamos a distinguir entre los argelinos confinados en el Palacio de deportes a la espera de ser ‘devueltos’ y los judíos retenidos en Drancy antes de ser deportados.
Para poner fin a este escándalo no basta con protestas morales. Los abajo firmantes llaman encarecidamente a todos los partidos, sindicatos y organizaciones democráticas no solo a exigir la abolición inmediata de las medidas indignas, sino a manifestar su solidaridad con los trabajadores argelinos llamando a sus afiliados a oponerse sobre el terreno a la repetición de tales actos de violencia.”

Unos meses después, el 8 de febrero de 1962, esta violencia se abatió, en los alrededores de la estación de metro de Charonne, sobre una manifestación no violenta por la paz en Argelia. La inmensa emoción suscitada por los nueve muertos de Charonne eclipsó durante mucho tiempo el recuerdo de las decenas de víctimas del 17 de octubre de 1961. Como si aquellos formaran parte de nuestra historia francesa mientras que estas no pertenecieran más que a la causa argelina. Es a todas luces este olvido el que hay que reparar hoy. Porque en esta ocultación está en juego nuestra relación con la cuestión colonial en general y, en particular, con la parte argelina de nuestra historia y de nuestro pueblo.

Llamamiento de Mediapart a la verdad y la reconciliación

Este es el sentido del llamamiento lanzado por Mediapart, junto con la asociación Au nom de la mémoire (En nombre de la memoria), para que se reconozca oficialmente la tragedia del 17 de octubre de 1961. Si nos acogemos a esta fecha no es únicamente para reclamar justicia para las víctimas, sino también para abrir un nuevo capítulo en la historia común de ambos pueblos, argelino y francés. El 50º aniversario de la tragedia del 17 de octubre de 1961 inaugura, en efecto, el año del cincuentenario de la independencia de Argelia, con todas sus etapas conmemorativas, en particular la de la muerte, el 6 de diciembre de 1961, de Frantz Fanon, ese martiniqués excepcional, antiguo combatiente de la Francia Libre que abrazó la causa independentista argelina y se convirtió a los ojos del mundo entero en el abanderado de la revuelta de los parias de la Tierra.

Apostamos por que este cincuentenario brinde la ocasión de retomar el hilo de una historia común entre Francia y Argelia. “Ni arrepentimiento ni venganza –escribimos–, sino justicia de la verdad y reconciliación de los pueblos: así es como construiremos una nueva fraternidad franco-argelina.” Al volver la espalda a las inútiles guerras de memorias y a las confrontaciones fratricidas de víctimas, nuestro llamamiento pretende poner fin a la instrumentalización política de este pasado maltratado por ciertos poderes, en particular la actual presidencia francesa, que dejan supurar las heridas indefinidamente con ánimo de dividir, convocando a los fantasmas para que batallen hasta el infinito.

Decir la verdad sobre el pasado es reconocerse en el presente y descubrirse para el futuro. Sobre el 17 de octubre de 1961, a pesar de las numerosas trabas a la apertura de los archivos, ya se conoce lo esencial de la verdad, establecida por los historiadores, ilustrada por escritores, relatada por asociaciones. Hay que citar en este contexto, entre muchos otros, los nombres de Didier Daeninckx, Jean-Luc Einaudi, Mehdi Lallaoui, Anne Tristan y Gilles Manceron. Pero lo que todavía falta, tras el discurso pronunciado por Jacques Chirac en París, en el emplazamiento del Velódromo de Invierno, con respecto a la responsabilidad del Estado francés en la deportación de los judíos, es esa palabra oficial que apacigua y libera, que consuela y reconcilia al mismo tiempo.

Con razón numerosos historiadores critican la explotación partidaria y politiquera del pasado, de la que el poder actual dio un ejemplo caricaturesco apropiándose del calvario del joven comunista Guy Môquet, fusilado por los nazis en 1941. Para no caer en esta trampa, nuestro planteamiento unificador se inspira en el uso colectivo del pasado que han conservado las sociedades que menos se han alejado de sus saberes tradicionales. Nuestro llamamiento se reclama por tanto de lo que supieron inventar, con Nelson Mandela y Desmond Tutu, los militantes del combate contra el apartheid en Sudáfrica tras la caída del régimen racista.

El epílogo de la Constitución provisional de Sudáfrica de 1993 emplea una palabra de las lenguas bantúes, ubuntu, que designa “la calidad inherente al hecho de ser una persona entre otras personas”. Es, en otras palabras, un llamamiento a la relación, más allá de los dramas y las heridas, que aquel primer texto constitucional traducía del modo siguiente: “La adopción de esta Constitución sienta la base sólida sobre la cual el pueblo sudafricano trascenderá las divisiones y luchas del pasado, que causaron graves violaciones de los derechos humanos, la transgresión de los principios de humanidad en el transcurso de conflictos violentos y un legado de odio, miedo, culpabilidad y venganza. Ahora podemos hacerle frente sobre la base de una necesidad de comprensión y no de venganza, de una necesidad de reparación y no de represalias, de una necesidad de ubuntu y no de victimización.”

Por un “ubuntu” a la francesa sobre nuestro pasado colonial

El ubuntu a la francesa que proponemos solemnemente nos remite en primer lugar a nuestra historia argelina, que afecta directamente a millones de franceses y sus familiares y amigos: porque de ahí vienen, porque salieron de ahí, porque participaron en aquello, porque fueron testigos o actores, etc. Pero nos remite también, más en general, al largo pasado de imperio colonial de Francia, que en 1962 llegó a su fin, pero cuyos territorios de ultramar, de las Antillas a Nueva Caledonia, siguen ahí para recordar su persistencia. A nosotros nos toca reinventar esta relación de humanidad mutua en que se refunde duraderamente la política de los pueblos, en vez de los intereses miopes de los gobiernos.

“No está prohibido, escribió en 2004 el historiador Maurice Olender en la introducción a un número de la revista Le genre humain en relación con la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica, inspirarse en esta forma de humanidad mutua que hace que lo que hiere a uno afecte al otro, que lo que alivia a uno cure al otro, que lo que autoriza la memoria y el olvido de unos y otros abra el camino a proyectos políticos comunes”. Este es el estado de espíritu de esta nueva fraternidad franco-argelina que preconizamos, con la idea de impulsar una práctica sensible de la política, la intuición de la relación y la atención al otro.

Por consiguiente, el lunes 17 de octubre de 2011 saldremos por la tarde a manifestarnos en París, de los grandes bulevares al puente de St. Michel, con la esperanza de que se pronuncie, al amparo de una alternancia política altamente deseable, esa palabra oficial de la verdad y reconciliación que abrirá una nueva vía a nuestros dos pueblos, francés y argelino, indisolublemente vinculados por la historia y la geografía, tanto en el pasado como en el presente.

Al final de su reciente ensayo sobre la triple ocultación de la masacre del 17 de octubre de 1961, el historiador Gilles Manceron recuerda que en la tarde del 8 de febrero de 1962, en la prisión de la Santé, un francés encarcelado por apoyar al FLN notó de pronto un silencio plúmbeo mientras circulaba la noticia de los muertos de Charonne. Después, cuenta, “de golpe se escuchó cómo ganaba volumen, con acento argelino, el canto de la Marsellesa, ese ‘Allons, enfants de la patrie’. Os aseguro que estábamos todos allí dándonos la mano, con una emoción… que sigue resonando hoy en día. Era su homenaje a los muertos de Charonne, que protestaban contra la guerra de Argelia… y que también eran sus muertos.”

Igual que los de Charonne lo son para los argelinos, los muertos del 17 de octubre de 1961 también son nuestros. Y siguen esperándonos, nos aguardan y nos reclaman, para que por fin seamos fieles a esa exigencia que nos formuló el joven Frantz Fanon, en 1952, en un deseo incansable de todo lo que la humanidad puede compartir: “Que jamás el instrumento domine al hombre. Que cese para siempre la opresión del hombre por el hombre. Es decir, la mía sobre otro. Que yo pueda descubrir y querer al hombre, dondequiera que se halle.”

Eso, dondequiera que se halle.

16/10/2011

Edwy Plenel es director del periódico electrónico Mediapart

Traducción: VIENTO SUR





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