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75 aniversario de Mayo 1937
Yo he sido testigo en Barcelona
06/05/2012 | George Orwell

[Se cumple el 75 aniversario de las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona y otras ciudades de Catalunya, y se vuelve a tratar sobre ello en no poca medida por iniciativa de la Fundación Andreu Nin que ha organizado jornadas al respecto en Asturias, Barcelona y Madrid. También han aparecido algunos libros que abordan y explican el proceso histórico, singularmente el de Josep Antoni Pozo González (Poder legal y poder real en la Cataluña revolucionaria de 1936, Ediciones Espuela de Plata, Colección España en armas, 23. Sevilla 2012; seguido de una segunda parte publicado en catalán por Edicions Dau, La Catalunya Antifeixista), así como Barbarie fascista y revolución social, obra colectiva de autores afines a la FAN (Salvador Trallero Editor), sin olvidar la recopilación de los artículos sobre la guerra de España aparecidos en la revista socialista de izquierdas, La Flèche. Crónicas y artículos sobre la guerra de España, 1936-1939, edición de Maria Roig y Fernando Casal para esta misma editorial ubicada en Seriñen

En todos los casos, la referencia al testimonio de Orwell es obligada, por lo cual creemos de interés reeditar este artículo aparecido en la revista inglesa Controversy en agosto de 1937 y también incluido en el número 255 de La Révolution Prolétarienne, 25 de septiembre de 1937; apareció en la web de la Iniciativa Socialista, y finalmente en la edición de Tusquets, Orwell en España, que sería complementada por la edición de Homenaje a Cataluña (Ed. Debate), la más completa que se haya realizado hasta ahora y que deja atrás las viejas ediciones que habían respetado los cambios y los cortes de la edición censurada por el franquismo. PG-A].

 

Ya se ha escrito mucho sobre las
revueltas de mayo en Barcelona, y un cuadro sinóptico de los principales
acontecimientos ha sido minuciosamente trazado por Fenner Brockway en el
panfleto “La verdad sobre las jornadas
de Barcelona”
; cuadro que, en mi opinión, es totalmente exacto. Creo,
pues, que lo más útil que puedo hacer es añadir simplemente, en mi calidad de
testigo ocular algunas notas marginales referentes a algunos puntos
particularmente discutidos.

 

Consideremos, ante todo, la cuestión
de la meta perseguida, suponiendo que exista alguna, por la pretendida
insurrección.

La prensa comunista ha afirmado que
todo había sido una tentativa cuidadosamente preparada para derribar al
Gobierno, e incluso para entregar Cataluña a los fascistas, provocando la
intervención extranjera en Barcelona. Esta última insinuación es demasiado
ridícula para precisar una refutación. ¿Si fuera cierto que el POUM y el ala
izquierda de los anarquistas se hubieran aliado a los fascistas, cómo explicar
que los milicianos en primera línea no hayan desertado, dejando una brecha
abierta en el frente? ¿Cómo explicar que los transportistas, miembros de la CNT, hayan continuado, a pesar
de la huelga, el abastecimiento de víveres al frente? Sin embargo, no puedo
afirmar con plena certidumbre que un proyecto revolucionario preciso no haya
existido en el ánimo de un pequeño número de extremistas, los
bolchevique-leninistas en particular (que se tiene la costumbre de llamar
trotsquistas), que distribuyeron octavillas en las barricadas. Lo que puedo
afirmar es que los hombres de las barricadas no han considerado en ningún
momento que tomaron parte en una revolución. Todos teníamos la sensación de
estar defendiéndonos de una tentativa de golpe de Estado por parte de los
guardias civiles que se habían apoderado por la fuerza de la Central Telefónica,
y que aún podían apoderarse de otros locales si no nos mostrábamos determinados
a luchar.

 

Mi interpretación de la situación se
basa en lo que los hombres hacían y decían realmente en aquel momento, y es la
siguiente: los trabajadores bajaron a la calle espontáneamente para defenderse,
y sólo había dos cosas que conscientemente querían, la restitución de la Central Telefónica
y el desarme de los odiados guardias civiles. Hay que tener en cuenta también
el resentimiento causado por la creciente miseria en Barcelona y el lujoso tren
de vida de la burguesía. Ahora bien, es probable que existiera la posibilidad
de derribar el Gobierno si se hubiera encontrado un jefe capaz de sacar
partido. Parece plenamente admitido que el tercer día los obreros estaban en
condiciones de tomar el poder en la ciudad; no puede negarse que los guardias
civiles estaban profundamente desmoralizados y se rendían en masa. El Gobierno
de Valencia podía, ciertamente, enviar tropas frescas para aplastar a los
trabajadores (envió seis mil guardias de asalto cuando la lucha había acabado);
pero no podía mantener esas tropas en Barcelona si los transportistas decidían
no abastecerlos. Sin embargo, de hecho, no se encontró un jefe revolucionario
decidido. Los líderes anarquistas desaprobaron toda la acción y dijeron: “Volved
al trabajo”. Los líderes del POUM permanecieron dudosos. Las órdenes que
recibimos en las barricadas defendidas por hombres del POUM, órdenes que
emanaban directamente de la dirección del POUM, nos conminaban a sostener a la CNT, pero sin disparar, a
menos que nos disparasen primero o que nuestros locales fueran atacados.
(Personalmente, he sufrido en varias ocasiones el tiroteo, sin disparar como
respuesta). Luego, como los víveres iban disminuyendo, los trabajadores, poco a
poco, unos tras otros, volvieron al trabajo; y naturalmente, una vez que se les
dejó dispersarse sin dificultad, empezaron las represalias.

 

Saber si se debió sacar partido de
la situación revolucionaria es otra cuestión. Si he de dar mi opinión, yo
respondería no. En primer lugar, es dudoso que los trabajadores hubiesen podido
conservar el poder más de algunas semanas; y, en segundo lugar, ello hubiera
significado la pérdida de la guerra contra Franco. Por otra parte, la actitud
esencialmente defensiva de los obreros era a todas luces legítima: estuviesen o
no en guerra, tenían el derecho de defender lo que habían conquistado en julio
del 36. Quizá sea obvio decir que la revolución ha sido definitivamente perdida
en esos días de mayo. Pero creo, sin embargo, que es un mal menor, aunque, a
decir verdad, muy poco menor, el de perder la revolución que el de perder la
guerra.

 

El segundo punto discutido concierne
a los participantes. La táctica de la prensa comunista, casi desde el
principio, fue la de pretender que la insurrección era únicamente, o casi
únicamente, obra del POUM (secundado por algunos malhechores irresponsables, si
hemos de creer el Daily Worker de Nueva York). Cualquiera que estuviese
en Barcelona en esa época sabe que es una afirmación absurda. La enorme mayoría
de los que defendían las barricadas pertenecían generalmente a la CNT. Y es éste un punto
importante, pues el POUM ha sido recientemente suprimido como chivo expiatorio
de la revuelta de mayo; los cuatrocientos, o más, miembros del POUM, que
pueblan en estos momentos las celdas inmundas e infestadas de chinches de
Barcelona, lo están, oficialmente, por su participación en los disturbios de
mayo. Es, pues, esencial demostrar que por dos buenas razones el POUM no ha
sido, ni podía ser el motor. Primera razón: el POUM era un partido minoritario.
Si se suma al número de miembros del partido los milicianos en permiso, y los
apoyos y simpatizantes de todo tipo, el número de miembros del POUM en la calle
no se acercaba ni con mucho a los diez mil (y probablemente no eran más de
cinco mil); ahora bien, el número de participantes en la revuelta se cifraba en
decenas de millares. Segunda razón: hubo una huelga general, o casi general,
que duró varios días. Sin embargo, el POUM no tenía por sí solo poder alguno
para desencadenar una huelga, y la huelga no hubiera tenido lugar si los
militantes de la CNT
no hubiesen querido. En cuanto a los comprometidos en el otro lado de la
barricada, el Daily Worker de Londres, en una de sus ediciones, tuvo la
desvergüenza de pretender que la insurrección había sido reprimida por el
Ejército Popular. Todos saben en Barcelona, y el Daily Worker no puede
ignorarlo, que el Ejército Popular ha permanecido neutral y sus tropas no han
salido de sus acuartelamientos durante todo el período de disturbios. Algunos
soldados, sin embargo, tomaron parte, pero a título individual. Yo he visto
dos, uno en las barricadas del POUM.

 

El tercer punto concierne a la
pretendida acumulación de armas del POUM en Barcelona.  Se ha difundido de tal modo este cuento que
incluso un observador como H. N. Brailsford, por lo general con gran sentido
crítico, lo acepta sin verificarlo, llegando a hablar de tanques y piezas de
artillería que el POUM habría robado en los arsenales del Gobierno (New
Statesman
, 22 de mayo). En realidad, el POUM poseía desgraciadamente pocas
armas, tanto en el frente como en la retaguardia. Durante los combates
callejeros, estuve en las tres principales fortalezas del POUM, la sede de su
Comité Ejecutivo, la del Comité Local y el Hotel Falcón.

Vale la pena enumerar detalladamente
el armamento almacenado en estos edificios. Había en total unos ochenta
fusiles, algunos de ellos defectuosos, además de algunas viejas armas de
distintos modelos, todas fuera de uso por carencia de proyectiles adecuados. En
cuanto a las municiones: unos cincuenta cartuchos por fusil, ninguna
ametralladora, ni pistolas, ni balas de pistola, algunas cajas de granadas de
mano, que además nos habían sido enviadas por la CNT tras el inicio del combate. Un eminente
oficial de milicias que me habló sobre el tema pensaba que en Barcelona el POUM
poseía en total unos 150 fusiles y una sola ametralladora. Era, pues, como se
ve, el armamento justo para los guardias que en esta época, todos los partidos
sin excepción, PSUC, CNT-FAI, situaban en sus locales más importantes. ¿Quizá
se argumentará que, incluso durante las jornadas de mayo, el POUM continuaba
escondiendo sus armas? ¿Pero entonces en qué queda la teoría de la revuelta de
mayo, insurrección dirigida por el POUM para derrocar al Gobierno?

 

En realidad, el mayor culpable, y
con mucho, en cuanto al tema de las armas retenidas lejos del frente es el
propio Gobierno. La infantería en el frente de Aragón estaba mucho peor armada
que en Inglaterra un colegio de OTC. Por el contrario, las tropas de la
retaguardia, guardias civiles, guardias de asalto, carabineros, que no habían
sido destinados al frente, sino a mantener el orden (en realidad: intimidar a
los trabajadores) en la retaguardia, estaban armadas hasta los dientes.

Las tropas del frente de Aragón
tenían fusiles Mauser deteriorados que se encasquillaban generalmente al cabo
de cinco disparos, una ametralladora por cada cincuenta hombres, y una pistola
o revólver por cada treinta hombres. Y esas armas, tan necesarias en las
trincheras de la línea de fuego, no eran distribuidas por el Gobierno, sino que
habían de ser compradas ilegalmente y con grandes dificultades. Los guardias de
asalto poseían fusiles rusos, flamantemente nuevos, además cada grupo de doce
hombres tenía su ametralladora. Estos datos hablan por sí solos. Un Gobierno
que envía muchachos de quince años al frente con fusiles viejos con más de
cuarenta años, y guarda sus hombres más fuertes y sus armas más modernas en la
retaguardia, está manifiestamente más asustado por la revolución que por los
fascistas. Ahí está la explicación de la debilidad de la política de guerra de
los últimos seis meses, y del compromiso mediante el cual seguramente se
terminará la guerra.

 

Cuando el POUM, la oposición de
izquierda (pretendidamente trotsquista) heredera del comunismo español, fue
suprimida el 16 y 17 de junio, el hecho en sí mismo no sorprendió a nadie. Ya
desde mayo, e incluso desde febrero, era evidente que el POUM sería liquidado si
los comunistas conseguían sus propósitos. Sin embargo, lo repentino de la
supresión y la mezcla de perfidia y brutalidad con la que fue llevada la
acción, cogió a todos, incluso a los líderes, desprevenidos.

Oficialmente, el partido fue
suprimido haciendo recaer sobre los jefes del POUM la acusación, repetida
durante meses en la prensa comunista sin que fuera tomada en serio por nadie en
España, de estar a sueldo de los fascistas.

El 16 de junio, Andrés Nin, el líder
del partido, fue arrestado en su despacho. La misma noche, sin previo aviso, la
policía irrumpió en el hotel Falcón, una especie de pensión familiar organizada
por el POUM y frecuentada principalmente por los milicianos con permiso,
deteniendo a todos los que allí se encontraban, sin acusarles de nada en
particular. Al día siguiente por la mañana, el POUM fue declarado ilegal, y
todos sus locales, no solamente las oficinas, bibliotecas, etc., sino también
las librerías y sanatorios para los heridos fueron embargados por la policía.
En pocos días casi la totalidad de los cuarenta miembros del Comité Ejecutivo
fueron detenidos. Uno o dos de ellos, habiendo conseguido esconderse, fueron
obligados a entregarse cuando, con medios sacados de los fascistas, se tomó a
sus mujeres como rehenes. Nin fue transferido a Valencia, y de allí, a Madrid,
acusado de haber vendido informaciones militares al enemigo. Es inútil decir
que las habituales confesiones, las misteriosas cartas escritas con tinta
invisible, y otras pruebas, estaban ya listas para salir con tal abundancia
que, razonablemente, no se podía considerarlas sino como preparadas con
antelación. Hacia el 19 de junio, desde Valencia llegó a Barcelona la noticia
de que Nin había sido fusilado. Esperábamos que el rumor fuera falso, pero
apenas es necesario subrayar la obligación para el Gobierno de Valencia de
fusilar algunos, una docena, quizá líderes del POUM si quiere que sus
acusaciones sean tomadas en serio. Durante este tiempo, la base del partido, no
solamente los miembros, sino también los soldados pertenecientes a las milicias
del POUM, y los simpatizantes o apoyos de cualquier tipo eran arrojados a
prisión en cuanto la policía podía capturarlos. Quizá sea imposible realizar
una estadística exacta, pero todo indica que, durante la primera semana, hubo
más de cuatrocientas detenciones, solamente en Barcelona. Se sabe, sin lugar a
dudas, que las prisiones estaban tan llenas que un elevado número de
prisioneros hubo de ser encerrado en tiendas y otros depósitos provisionales.
Según todas mis investigaciones ninguna distinción se ha hecho en estas
detenciones entre los que tomaron parte o no en los disturbios de mayo. En
cambio, la prohibición del POUM tuvo validez retroactiva. Dado que el POUM
acababa de ser ilegalizado, todos los que, en alguna ocasión, habían
pertenecido al POUM fueron considerados infractores de la ley. La policía
arrestó incluso a los heridos de los sanatorios. Entre los detenidos en una de
las prisiones he visto, por ejemplo, dos hombres conocidos por mí, amputados de
una pierna; y también un niño que no tenía más de doce años.

 

Y hay que pensar en lo que significa
prácticamente el encarcelamiento en España en este momento. Sin hablar de la
superpoblación de las cárceles provisionales, de las condiciones insalubres, de
la falta de luz y aire y de la alimentación inmunda, se da la ausencia total de
algo que pudiera parecerse a la legalidad. Nada más legítimo, por ejemplo, que
el habeas corpus; pues bien, según la ley actualmente vigente en España, o, en
todo caso, según su aplicación actual, cualquiera podía ser encarcelado
indefinidamente, no sólo sin juicio, sino incluso sin acusación. Y en tanto no
existe acusación, las autoridades pueden, si quieren, incomunicarle (es decir,
uno no tiene el derecho de comunicarse ni siquiera con un abogado ni cualquier
otra persona ajena a la prisión). Es fácil entender qué valor cabe dar a las
confesiones obtenidas en tales condiciones. la situación es peor aún para los
más pobres, dada la supresión del Socorro Rojo del POUM, que facilitaba un abogado
a los encarcelados, y que ahora ha sido suprimido como otras organizaciones del
POUM.

 

Pero el aspecto más odioso, quizá,
de todo sea el haber impedido deliberadamente que toda información sobre estos
hechos llegase a las tropas del frente de Aragón, por lo menos durante cinco
días o más. Precisamente yo estaba en el frente del 15 al 20 de junio. Me
trasladaron en ambulancia a pueblos de segunda línea, Siétamo, Barbastro,
Monzón, etcétera. En todos estos lugares, los cuarteles generales de milicias del
POUM, sus Comités del Socorro Rojo y demás organizaciones funcionaban
normalmente; incluso tan lejos como en Lérida (a 100 kilómetros de Barcelona) y
hasta el 20 de junio, absolutamente nadie sabía que el POUM había sido
suprimido; no se decía una palabra en los diarios de Barcelona, mientras en el
mismo momento en los de Valencia (que no llegaban al frente de Aragón)
resplandecía el relato de la traición de Nin.

 

Como tantos otros camaradas he
conocido la amarga experiencia del regreso a Barcelona para encontrarme con la
supresión del POUM durante mi ausencia. Por suerte, fui prevenido justo a
tiempo para poder escaparme, pero otros no tuvieron ocasión. Todo miliciano del
POUM que viniese del frente en esta época podía elegir entre esconderse
inmediatamente o ser metido instantáneamente en prisión. ¡Una recepción
verdaderamente agradable tras tres o cuatro meses en primera línea del frente!
La razón de esto era evidente: la ofensiva de Huesca acababa de empezar, y el
Gobierno temía probablemente que si los milicianos del POUM se enteraban de lo
que sucedía, estos abandonasen el frente. Personalmente no creo que la
fidelidad de los milicianos se hubiera debilitado. Pero, en todo caso, tenían
derecho a conocer la verdad. Hay algo indeciblemente odioso en el hecho de
enviar hombres al combate (cuando yo abandonaba Siétamo, la lucha ya se había
iniciado y los primeros heridos, metidos en las ambulancias, eran zarandeados
en las abominables carreteras) ocultándoles que en ese mismo momento, a sus
espaldas, su partido era suprimido, sus jefes denunciados como traidores, y sus
amigos y parientes metidos en prisión.

 

El POUM era sin duda el más débil en
número de todos los partidos revolucionarios, y su supresión no atañe, sino
relativamente, a pocas personas. Según todos los indicios, no habrá en total
más que una veintena, de fusilados o condenados a largas penas de prisión,
centenares de existencias destrozadas, y algunos millares de perseguidos
pasajeramente. Sin embargo, su supresión es, como síntoma, muy importante. En
primer lugar, muestra claramente al extranjero lo que ya era evidente a ojos de
algunos observadores en España: que el actual Gobierno tiene más puntos de
semejanza que de diferencia con el fascismo (Lo que no significa en modo alguno
que no valga la pena luchar contra el fascismo más abierto de Franco y Hitler.
En cuanto a mí, ya había comprendido desde mayo la tendencia fascista del
Gobierno, pero no por eso dejé de ir de nuevo voluntario al frente, como hice).

 

En segundo lugar, la eliminación del
POUM es un signo descorazonador del inminente ataque contra los anarquistas.
Ellos son los enemigos que los comunistas realmente temen, mucho más de lo que
nunca han temido al POUM, numéricamente insignificante. Los líderes anarquistas
han tenido ahora una demostración de los métodos que se emplearán también con
ellos: la única esperanza que resta en lo que atañe a la revolución, y
probablemente también a la victoria en la guerra, es que la lección les sea
útil y se decidan y se preparen para defenderse antes de que sea tarde.
 

 





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