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Intervención en el acto en memoria de Enrique Ruano Casanova
“No podremos olvidar nunca la experiencia de aquella lucha común”
21/01/2009 | Jaime Pastor

Recordar hoy a Enrique Ruano nos lleva a muchos que estudiábamos en la Universidad de Madrid a finales de los años 60 a rememorar esa rápida amistad que se forjaba entonces en las luchas comunes, en el Sindicato Democrático y, en nuestro caso también, en la militancia política dentro una misma organización, el “Felipe”; a revivir, en suma, una experiencia compartida de unos tiempos convulsos y de intensa agitación que tuvieron un trágico final con el asesinato de Enrique por la policía franquista y, luego, con el estado de excepción y la consiguiente represión. Unos años definitivamente inolvidables, además, para quienes formábamos parte de la nueva generación política que fue emergiendo y creciendo en el siguiente decenio.

¿Por qué cosas luchábamos entonces en la Universidad franquista? Por las libertades, sin duda, contra la represión y la dictadura, por la construcción de un sindicato libre y democrático, por otra Universidad democrática, crítica y popular, por todo eso, por supuesto. Pero también por otra sociedad, por cambiar el mundo de base, con mayor razón a medida que también aquí llegaban los vientos de rebeldía de la juventud que en Estados Unidos, en Alemania, Italia, Checoslovaquia y, sobre todo, Francia, denunciaba la “miseria del medio estudiantil”, protestaba frente a la guerra de Estados Unidos de Norteamérica contra el pueblo vietnamita o se identificaba con el mensaje guevarista de “Crear dos, tres, muchos Vietnam”.

No pretendo afirmar que la mayoría del estudiantado madrileño asumiera en el curso clave, el 67-68, ese “Gran Rechazo” que se extendía a escala mundial, y que tan bien sintetizara Herbert Marcuse, frente a un mundo dominado entonces por los dos grandes bloques. Pero sí éramos una minoría muy activa y con creciente audiencia y apoyos, tanto en Madrid como en otras Universidades, que se iba autodefiniendo no sólo como antifranquista sino también como anticapitalista, antiimperialista y antiestalinista. Luchábamos contra la dictadura, habíamos logrado destruir el SEU (pese a Martín Villa, entre muchos otros) e imponer un sindicato libre con una actividad cada vez más pública, nos solidarizábamos con el pueblo vietnamita, rechazábamos los consejos de prudencia de un Jean-Jacques Servan-Schreiber que vino a la Facultad de Derecho en febrero del 68 y apoyábamos las luchas de los mineros asturianos y de los obreros madrileños, cada vez más agrupados en torno a Comisiones Obreras. De todo eso se encargaban de denunciarnos la dictadura, sus jueces y las autoridades académicas de entonces cada vez que nos detenían o nos abrían expediente de expulsión. También leíamos a los poetas malditos por la dictadura: a León Felipe (a quien quisimos rendir un homenaje en la Facultad de Filosofía aquel año 68 en que murió y nos lo impidió la policía), a García, Lorca, a Antonio Machado, a Blas de Otero (que estuvo también con nosotros aquel año). Y escuchábamos a cantautores como Raimon, Paco Ibáñez, Mariá Albero, Chicho Sánchez Ferlosio y muchos y muchas que empezaron a darse a conocer entonces como María del Mar Bonet.

Y teníamos hambre de marxismo, de un marxismo en sus distintas versiones (no, desde luego, en el caso del “Felipe”, en la de los manuales de la editorial Progreso); buscábamos sobre todo las interpretaciones y prácticas defendidas por los derrotados por el estalinismo, o las de quienes formaban parte de la nueva izquierda de entonces y nos ofrecían análisis y propuestas capaces de reinterpretar y responder a lo que entonces se denominaba “neocapitalismo” o a lo que luego se llamaría “socialismo real”. Algunos veníamos del catolicismo militante y por eso quizás empezamos leyendo a Marx con el filtro de estudiosos como Jean-Yves Calvez, muy pronto seguido por otros como Henri Lefebvre, pero también con las primeras obras suyas que empezaban a publicar editoriales como Ciencia Nueva. A través del “Felipe” y de los Cuadernos de Ruedo Ibérico nos irían llegando también pensadores como André Gorz, Lelio Basso o Karel Kosik o, entre nosotros, José Ramón Recalde; pero pronto, tras el Mayo francés, conoceríamos igualmente a otros como Castoriadis, Lefort, Morin o Ernest Mandel. Luego iría pesando más Lenin, acompañado para unos por Mao o para otros, como Manuel Garí, Miguel Romero, aquí también presente, y yo mismo, por Trotsky. Las lecturas, los caminos y las prácticas escogidas serían más tarde todavía más divergentes pero ése es ya otro capítulo de la historia que no toca abordar hoy.

Pero, volviendo al 68, la sacudida del Mayo francés nos afectó a todos y una nueva radicalidad se puso en marcha, llena de esperanzas pero también de grandes ilusiones nunca satisfechas. Pero en nuestro caso siempre quedará el simbolismo de actos como el recital de Raimon, que conmemoramos el pasado mayo en la Universidad Complutense de Madrid, o esas asambleas y manifestaciones tan masivas que hicieron temer a la dictadura una confluencia explosiva del movimiento estudiantil con el nuevo movimiento obrero de entonces. A propósito de esto me limitaré a citar aquí un párrafo de la Declaración que la organización estudiantil del “Felipe” difundió en el acto de Raimon para dar alguna idea de la centralidad que se reconocía a la alianza con ese movimiento obrero:

“La lucha de los universitarios de Francia, Alemania e Italia aporta nuevos datos que enriquecen la lucha revolucionaria y que exigen un replanteamiento general de ésta. Los universitarios españoles, salvando la diferencia de situación, hemos introducido con nuestra lucha un nuevo impulso, una nueva viabilidad en la lucha revolucionaria. Esta experiencia debe ser analizada e incorporada por la clase obrera. Por eso los universitarios, a través de nuestra organización de vanguardia, el Sindicato Democrático, debemos exigir, basados en la fuerza real de nuestra lucha, y en el enriquecimiento que aportamos, la incorporación a la lucha de la clase obrera”.

Todavía el otoño del 68 continuó siendo muy agitado en la Universidad de Madrid. Recuerdo, sobre todo, las asambleas del 15 y del 31 de octubre en la Facultad de Derecho, en donde estudiaban Enrique, Lola González Ruiz, Javier Sauquillo y José María Mohedano, todos ellos compañeros del “Felipe”, entre otros: allí intentamos dar un nuevo paso en la lucha contra la dictadura que para gente como Román Oria, José María Mohedano y yo mismo supuso el práctico final de nuestra presencia pública en la Universidad tras la orden de caza y captura que el gobierno abrió contra nosotros.

Entraríamos así en tiempos más duros en los que el SDEUM tropezó con una dura represión y el “Felipe” tuvo que organizarse mejor y plantearse seriamente una mayor presencia en el movimiento obrero, con Enrique como uno de los compañeros más dispuestos a emprender esa tarea, como ha recordado ahora José Luis Zárraga.

Más tarde, llegarían las detenciones de Enrique y los demás compañeros un 19 de enero de hace 40 años. Justamente el 22 de enero mi compañera Lucía González, también bajo orden de caza y captura, y yo mismo nos enterábamos y nos sentíamos conmocionados con tan triste noticia después de haber pasado la frontera francesa y llegar a Pau, leyendo Le Monde en una de esas crónicas –creo recordar- que escribía José Antonio Novais, alguien que jugó un buen papel dentro de la tan necesaria labor contrainformativa frente a la dictadura.

Luego, nos enteraríamos del sucio trabajo realizado por un autodenominado periodista, Alfredo Semprún, quien, en colaboración estrecha con la policía franquista, desde las páginas del diario ABC, se dedicó a intoxicar y a difamar a Enrique queriendo convertir el asesinato en “suicidio”. Poco después, fue el ministro de Información y Turismo de Franco, Manuel Fraga Iribarne, quien asumió el papel de pregonero de la dictadura queriendo justificar la declaración del estado de excepción en todo el país: según él, la represión masiva se hacía necesaria, ya que, cito textualmente, “es mejor prevenir que curar, no vamos a esperar a una jornada de mayo para que luego sea más difícil y más caro el arreglo”. Más tarde, el almirante Carrero Blanco acusaba a (cito) “la insensatez de unos pocos caídos en el ateísmo, en la droga y en el anarquismo sabe Dios por qué medios inconfesables...” de ser los responsables de los “desórdenes” estudiantiles. Un estado de excepción que, por cierto, fue apoyado también por la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal y que desvelaría de nuevo la cara más brutal y represiva de la dictadura.

Después de los cuatro decenios transcurridos desde entonces, no podremos olvidar nunca la experiencia de aquella lucha común, de lo que significó la conquista de un sindicato libre bajo una dictadura, de la originalidad de una organización política que tuvo un rápido crecimiento en esos años tan intensos y ensayó un camino nuevo dentro de la izquierda pese a que ello le costara, tras las convulsiones post-sesentayochistas, su propia desaparición. De todo esto el mejor símbolo fue y sigue siéndolo Enrique Ruano Casanova. Por eso y pese a los pactos de amnesia que se nos quiere seguir imponiendo, tenemos que exigir una vez más justicia para Enrique, sin duda; pero también deberíamos continuar mostrándonos fieles al espíritu de rebeldía que compartíamos con él, sobre todo cuando, como estamos comprobando hoy con la crisis sistémica y civilizatoria actual, “40 años no son nada” y se hace más necesario que entonces luchar por transformar el mundo y cambiar la vida y, también, cambiar esta Universidad.

Madrid, 20 de enero de 2009
Jaime Pastor es profesor titular de Ciencia Politica en la UNED. Es miembro del Consejo Asesor de VIENTO SUR y militante de Izquierda Anticapitalista






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