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Intervención en el acto en memoria de Enrique Ruano Casanova
Razones de un homenaje: necesidad de la memoria
21/01/2009 | Manuel Garí

Hace 40 años le robaron la vida a Enrique y nos robaron a quienes lo queríamos su compañía, generosidad y sueños. Tras su asesinato, Enrique Ruano, se convirtió en un símbolo de lucha por la libertad y la revolución para una generación de jóvenes. Su muerte marcó la conciencia de muchos estudiantes porque la propia vida de Enrique reflejaba la transformación y vivencias de esa generación. La juventud estudiantil se sentía incómoda en los empobrecedores márgenes culturales impuestos por la dictadura y las asfixiantes costumbres morales del nacional-catolicismo e intentaba otras interpretaciones del Evangelio. Las creencias religiosas y la generosidad de Enrique evolucionaron y se convirtieron en valores, ideas y militancia de izquierda.

El lema de la pancarta “luchador de libertad”, si bien suena extraño en castellano, es la expresión que los estudiantes griegos del 68 tomaron de un antiguo poema para expresar sintéticamente los objetivos de jóvenes que, como Enrique, luchaban por:
la libertad de cada persona para diseñar su vida de forma autónoma,
la libertad para participar activa y democráticamente en las decisiones políticas que les afectaran y
la libertad frente a cualquier forma de opresión o explotación.

Enrique entendía la lucha por las libertades íntimamente unida a la lucha por la emancipación social. La sociedad de mujeres y hombres libres la identificaba pues con la sociedad socialista.

La universidad que le tocó vivir a Enrique durante los años de 1965, 1966, 1967 y 1968 conoció una interesante experiencia bajo una dictadura: un sindicalismo estudiantil democrático, asambleario y no clandestino. Las movilizaciones fueron continuas pero no tuvieron la amplitud y masividad de las francesas en mayo del 68 dada la existencia de la dictadura, la falta de libertades y el menor número de estudiantes.

Pero el movimiento estudiantil español a la vez se sentía parte del amplio movimiento de esperanza que recorrió el mundo: la solidaridad con el pueblo vietnamita, la guerrilla latinoamericana, los movimientos democratizadores en algunos países del Pacto de Varsovia, el pueblo palestino o las luchas estudiantiles de México, Tokio, Berlín y Roma y las movilizaciones de la población negra norteamericana por los derechos civiles.

Enrique fue activista del SDEUM y militante del FLP. Ello era coherente con su actitud de inquieta búsqueda del conocimiento frente a la indigencia intelectual de quien se refugia en la seguridad que proporciona la ortodoxia acrítica, su aversión al autoritarismo y las formas burocráticas existentes en la misma izquierda, su ir a la raíz de los problemas, de ahí su racional y serena radicalidad, su combatividad, su actitud cooperante y no sectaria con el resto de corrientes de izquierda y su firme creencia en la autoorganización del movimiento estudiantil y del movimiento obrero.

Ernesto Portuondo en su trabajo Forja de rebeldes sobre la universidad de los años sesenta da con la clave del rápido crecimiento del FLP cuando afirma que “…no solo era la segunda organización en importancia dentro de la resistencia antifranquista en muchas zonas, sino que era la más íntimamente vinculada al propio movimiento de las universidades”. La identificación con Enrique de tanta gente que ni le conocía, también estuvo motivada porque su militancia era expresión de las aspiraciones de su generación.

Sin embargo unos pocos años más tarde, la juventud -incluidos los sectores situados a la izquierda- ignora todo de su vida y de su muerte. Ignora hasta su nombre. Como desconoce también la historia y los nombres de otros estudiantes y trabajadores víctimas del franquismo. Esta misma constatación la han hecho diversos profesores universitarios en diversos trabajos, como, por ejemplo hace dos años Carlos Berzosa en un artículo de prensa. Esta es por si sola una buena razón para rendirle este homenaje. Pero no es la única.

A principios del pasado año mientras preparábamos Miguel Romero, Jaime Pastor y yo la edición de un libro titulado 1968. El mundo pudo cambiar de base, indagué sobre la percepción que actualmente tiene la juventud alemana sobre ese año. Por un e:mail de mi hijo David tuve conocimiento de una encuesta realizada a finales de 2007 entre los jóvenes berlineses de 20 a 30 años, en la que el 52% de ellos declaraba saber quien era Rudi Dutschke, líder estudiantil que sufrió un atentado el 11 de abril de 1968 y murió años después, en 1979, a consecuencias de las secuelas del atentado, y decía conocer su trágica muerte. Porcentaje que alcanzaba el 58% entre los universitarios y el 79% entre los que se auto ubicaban en la izquierda. A la luz de ese contraste es obvio y necesario preguntarse ¿qué ha ocurrido en nuestro país para que el olvido, la ignorancia y la amnesia se hayan instalado tan velozmente en la mayoría de la sociedad? Esta es una segunda razón para realizar este acto y cuántas actividades y reflexiones posteriores sean necesarias.

Bajo el ala protectora del repetido latiguillo de la modélica transición española han anidado mistificaciones de todo tipo. En la sociedad española se ha instalado una explicación mágica del tránsito entre la dictadura y la democracia parlamentaria que bien podría resumirse parafraseando el cursi verso: “la democracia ha venido, nadie sabe cómo ha sido”. La juventud desconoce la historia de las luchas de los años sesenta y setenta. Desconoce su historia reciente, la historia del doloroso parto de las libertades democráticas y los derechos sociales. Ello no es casual, se ha construido de forma sistemática la mentira, la re-escritura interesada y falsa de los hechos, las actitudes y los papeles.

De pronto, desaparecen de escena los movimientos sociales, sujetos colectivos que activamente reivindicaron los derechos laborales, sindicales y políticos. Y, sin que medie reacción intelectual y política suficiente ante la farsa, resulta que la democracia parlamentaria es fruto de la labor de unas individualidades. Aún más, roza ya el insulto a la inteligencia el que una parte de jerarcas del franquismo, como Martín Villa, ahora se presenten como los artífices de la democracia cuando simplemente fueron lo suficientemente inteligentes para ver que el barco franquista hacia aguas. No fueron ellos quienes con su esfuerzo y arrojo alumbraron las libertades, fueron gentes como Enrique y tantos y tantos desconocidos. Conocer, discutir y dar a conocer los hechos es otra razón para celebrar actos como este.

Otra de las mentiras insistentemente difundidas gira en torno al carácter incruento del tardo-franquismo e inicios de la transición que simplemente quedan desmentidas consultando las hemerotecas. Si hablar de las numerosas víctimas de los años 40 resulta irritante para amplios sectores de la derecha -que por otro lado hacen esfuerzos por desmarcarse de aquella herencia- a las víctimas de los años sesenta y setenta, aunque su número sea menor, podríamos calificarlas de las víctimas incómodas. Su memoria debe ser enterrada. Ruano formaba parte de ese grupo. La razón no es otra que bastantes de los que gobernaban y adoptaban decisiones, manipulaban la información o ejecutaban las órdenes siguen vivos y se les ha concedido el carné de padres de la democracia, cuando no de demócratas de toda la vida.

El olvido o el silencio sobre sus responsabilidades, en la práctica significó que fueron los principales beneficiarios de la amnistía. Tal como expresa Jorge Riechmann en uno de sus poemas sobre un verso de Hasenclever, “los asesinos están sentados en la ópera y siguen disfrutando de palco reservado.” El “caso Ruano” es paradigma de la impunidad de los represores y de la necesidad de hacer justicia política a través de la memoria ya que no pudo hacerse justicia en los tribunales.

La noticia del asesinato de Ruano se extendió rápidamente mediante el “boca oído” y la rudimentaria prensa clandestina. La indignación se tornó acción. Bien pudiera parecer que las gentes ya hubieran leído los versos escritos 20 años más tarde por el ya citado poeta:
“Ciudadanos, salid a las calles, salid a las calles, que se abre el cielo sin que logremos por cierto ver el cielo abierto.”

Más de 5.000 personas firmaron, bajo vigilancia policial, su condolencia en la casa de Ruano. El entierro se realizó sin anuncio previo y con fuerte presencia de “grises” armados Durante tres días proliferaron multitudinarias asambleas, sentadas y homenajes. La mayor parte de universidades españolas se pusieron en huelga y realizaron manifestaciones pese al acoso policial. En Madrid coincidieron en la calle miles de bachilleres, universitarios y jóvenes trabajadores.

El asesinato reforzó la confluencia de los movimientos sociales antifranquistas nacida en los agitados años 66 al 68 en los que obreros y estudiantes, cada vez en mayor número no solo salieron a la calle y supieron hacer frente a la violencia represiva, sino que comenzaron a organizarse de forma creciente y su voz ganó peso y audiencia en el conjunto de la sociedad en abierto desafío al régimen franquista que los señaló como enemigos a batir.

El gobierno, con el Ministro de Información Manuel Fraga Iribarne como portavoz, intentó desinformar difundiendo las tesis del suicidio y la marginalidad de la protesta, pero el día 24 de enero, ante la magnitud de los acontecimientos, decretó el estado de excepción en todo el territorio español. La manipulación de la verdad del pregonero del gobierno no caló en las mentes de la gente. Todo era demasiado burdo: a los detenidos se les acusó de repartir unos panfletos que no habían distribuido, de pertenecer a un partido inexistente que solo era una expresión en unos papeles de debate interno del FLP; se efectúo un registro en una casa que nada contenía y se mintió sobre el final de Enrique. La supuesta marginalidad de movilizaciones minoritarias encaminadas según el Ministro a “turbar la paz en España” y “a llevar a la juventud a una orgía de nihilismo”, quedó en entredicho: la indignación aunaba a muchas decenas de miles.

Más de 500 estudiantes y de 200 sindicalistas, en su mayoría de Comisiones Obreras, fueron detenidos y varios profesores desterrados. La durísima represión no logró detener al movimiento obrero que protagonizó importantes huelgas en todo el país durante y después del decreto, ni del movimiento estudiantil fuera de Madrid, dónde por otro lado, al curso siguiente se reanudaron las movilizaciones. Todo ello probaba que la sociedad española había perdido el miedo colectivo y se atrevía a desafiar al régimen que, a su vez, mostraba su incapacidad de controlar la situación.

La fase de liberalización del Régimen había terminado. Comenzó el largo y sangriento declive del franquismo y se evidenció la inviabilidad de la dictadura ya que perdía base social hasta en la misma universidad, entonces coto reservado a los hijos de la burguesía.

Hacer memoria sirve para construir el futuro desde la recuperación de la verdad y las luchas del pasado en el presente. Una sociedad aquejada del mal de alzheimer, al igual que la persona que lo padece, no tiene futuro. Hoy nuestra herramienta de justicia es la memoria histórica y política. Antes de terminar mi intervención y dar paso a María del Mar Bonet quiero concluir con las palabras de otro amigo mediterráneo, Lluis Llach en Campanades a morts, que hago mías:

“Assassins de raons, de vides,
que mai no tingueu repòs en cap dels vostres dies
i que en la mort us persegueixin les nostres memòries.»

“Asesinos de razones, de vidas,
que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestros días
y que en la muerte os persigan nuestras memorias.”



Madrid, 20 de enero de 2009

Manuel Garí es economista. Es miembro de la Redacción de VIENTO SUR y militante de Izquierda Anticapitalista







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