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México
“Un país rico con una población pobre”
23/06/2012 | Raphaël Morán (Mediapart)

El balneario de Los Cabos, donde acaban de reunirse los dirigentes del G20, es la viva imagen de la economía mexicana: una miseria creciente tras una vitrina de modernidad. Basta alejarse unos kilómetros de la costa, con sus grandes hoteles, para encontrar auténticas chabolas. A pesar del crecimiento económico, el sexenio del presidente Felipe Calderón, que ahora llega a su fin, habrá sido el del aumento de la desigualdad y de la pobreza. La elección presidencial tendrá lugar el 1 de julio y Josefina Vázquez, candidata del Partido de Acción Nacional (PAN), que la eligió para tomar el relevo de Calderón, no tiene ninguna posibilidad según los sondeos. Se sitúa muy por detrás del candidato del histórico Partido Revolucionario Institucional (PRI, que estuvo en el poder de 1929 a 2000), Enrique Peña Nieto.

De creer a las instituciones internacionales, sin embargo, en México todo marcha sobre ruedas. Christine Lagarde, secretaria general del Fondo Monetario Internacional (FMI), ha puesto como ejemplo la gestión de la crisis por el Gobierno mexicano. El secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), José Ángel Gurría, incluso ha adoptado un tono lírico al afirmar que México se halla “casi en otro planeta con su 4 % de crecimiento” del Producto Interior Bruto (PIB) en el primer trimestre de 2012.

Alumno ejemplar, México ha privatizado centenares de empresas públicas a partir de 1982 y suscrito el acuerdo de libre comercio norteamericano en 1994. Hoy, la segunda economía de América Latina, después de Brasil, cuenta incluso con un presupuesto equilibrado y con una deuda pública del 36,5 % del PIB, cosa con la que ni sueñan los países europeos. ¿Hace falta alguna prueba más de que el capitalismo mexicano funciona bien? El magnate mexicano de las telecomunicaciones, Carlos Slim, figura una vez más en el primer puesto de la lista Forbes de las mayores fortunas del mundo, con nada menos que 69.000 millones de dólares.

La mayoría de derechas saliente se jacta de haber reducido la pobreza gracias a sus emblemáticos programas sociales. En vísperas de la tregua electoral, que prohíbe al Gobierno hacer publicidad de sus actividades, el presidente Calderón mencionó por última vez los méritos de “Oportunidades”. Este programa social, inaugurado en 1977, retomado más tarde por la derecha cuando llegó al poder, consiste en ofrecer ayudas a cambio de la escolarización de los niños, un modelo que desde entonces ha sido copiado en otros países. Con el apoyo del Banco Mundial, Oportunidades se centra sobre todo en las poblaciones rurales marginadas, previendo una ayuda económica alimentaria de 225 pesos al mes (unos 13 euros) más 3 euros para gastos de energía. Se benefician de este programa cerca de 5 millones de familias mexicanas.

Asimismo se conceden becas de manera progresiva, a medida que los niños avanzan en el sistema de enseñanza (hasta los 21 años), alcanzando como máximo los 121 euros por mes y por familia. Se trata de una gran ayuda en un país en que el salario mínimo es de unos 60 pesos al día (el equivalente a 3,4 euros). El efecto positivo es que entre quienes se benefician del programa, la proporción de niños de 5 a 13 años que trabajan ha disminuido del 2,6 % al 1,1 % entre 2003 y 2009. En 2011, el Gobierno de Calderón anunció incluso que había establecido la cobertura sanitaria universal de la población mexicana, afiliando al “Seguro Popular” a más de 50 millones de mexicanos que hasta entonces no contaban con ningún seguro médico.

La mitad de la población, en la pobreza

Sin embargo, para muchos sociólogos y economistas, estos avances, aunque merezcan un aplauso, no son suficientes. “La cobertura sanitaria universal solo se ha alcanzado sobre el papel”, dice Araceli Damián, economista del Colegio de México especializada en la pobreza. En realidad, “la capacidad de los servicios sanitarios no da para atender a la población inscrita”, sin contar ya a los individuos inscritos “contra su voluntad”. En cuanto al programa Oportunidades, atiende a los efectos sin ir a las raíces del problema: por mucho que aumente la tasa de escolarización, no hay más puestos de trabajo para las familias. “Los beneficiarios más favorecidos abandonan su lugar de residencia para ir a buscar trabajo en otro sitio”, apunta Araceli Damián.

Si el Gobierno mexicano puede jactarse de haber mejorado aquí o allá el nivel de vida de ciertas poblaciones, el balance económico de Calderón está marcado por la lacra del empobrecimiento masivo. México ha conocido un crecimiento medio de alrededor del 1,27 % en los últimos seis años y fue duramente golpeado por la recesión de 2009; desde entonces, en tan solo dos años, 3,2 millones de mexicanos han caído en la pobreza, que afecta ahora a más del 50 % de la población. Mientras que algunas localidades de México todavía ven cómo se levantan lujosas torres, determinadas poblaciones pasan hambre. El pasado mes de enero, la comunidad raramuri (o tarahumaras) del norte del país, víctima de la sequía, registró un nuevo aumento de las muertes por malnutrición.

Desde 2006, la aparentemente baja tasa de desempleo oculta en realidad un crecimiento de la economía sumergida, que permite sobrevivir a alrededor del 26 % de la población mexicana. Y lo que es peor, el poder adquisitivo ha bajado. El candidato de la izquierda moderada, Andrés Manuel López Obrador, que está pisando los talones al del PRI y que ya había perdido las elecciones de 2006 por muy poco, recuerda regularmente que hace seis años el salario mínimo permitía comprar 7 kilos de tortillas, mientras que hoy solo se pueden adquirir 5 kilos.

Pobreza creciente, caída del poder adquisitivo y aumento de las desigualdades: el México prometedor ya no existe. “México es un país rico con una población pobre. La política económica ha consistido en mantener bajos salarios para seguir siendo competitivos”, explica Araceli Damián. “Pero no podemos competir con China o India en términos de mano de obra. El mercado interior se ha reducido y resulta difícil alcanzar una fuerte crecimiento cuando la población apenas tiene qué comer”. A diferencia de Brasil, que ha sabido diversificar su economía, invertir en investigación científica (el triple que México) y luchar seriamente contra la pobreza, el Gobierno mexicano no ha tenido la ambición de liberar al país de la fortísima dependencia de EE UU. Las exportaciones al vecino del norte, las rentas del petróleo y las remesas de dinero de las familias emigradas siguen siendo las principales fuentes de la economía mexicana.

A este balance se añade otro: la violencia asociada a la guerra entre bandas del crimen organizado. Desde 2006 han sido asesinadas 60.000 personas y ciudades enteras están económicamente varadas. Es el caso de la región de Monterrey, donde la renta media de los barrios residenciales ricos del extrarradio llegaba a igualar el promedio de EE UU. Si esta violencia cuesta –según Standard & Poor’s– alrededor de un punto porcentual de crecimiento de México, más que nada tiende a descomponer el tejido social. José Luis de la Cruz, del Tecnológico de Monterrey, apunta a este círculo vicioso: cuanta más pobreza hay, más aumenta la delincuencia, lo que ahuyenta las inversiones y echa por tierra las perspectivas de empleo…

¿La solución? Profundas reformas a favor de la justicia social, en primer lugar en materia fiscal. “Las clases sociales ricas no están acostumbradas a pagar impuestos”, lamenta Araceli Damián. Preguntado por Mediapart, Alfred Rodríguez, presidente de la Cámara de Comercio franco-mexicana, también reconoce que México “recauda muy pocos impuestos”. Con un nivel de recaudación de tan solo el 21 % del PIB (frente a más del 40 % en Francia), esto es “un freno al desarrollo”, admite el empresario. Él ve la solución en las tecnologías avanzadas: “pensar en México para fabricar más barato es un error”, y la inversión extranjera puede apostar, en cambio, por áreas de excelencia, añade. “El sector aeronáutico es un ejemplo: crece porque cuenta con trabajadores cualificados”, explica en alusión al recién inaugurado parque de Querétaro.

El culebrón de la política mexicana –la reforma del sector petrolero– está pendiente y es campo de batalla entre partidarios y enemigos de la privatización de Pemex. La falta de inversión pública y el crecimiento del sector automovilístico han llevado al país a una situación absurda: por falta de refinerías, México exporta petróleo e importa gasolina… El próximo presidente mexicano tendrá que desarrollar en primer lugar el mercado interior, sin lo cual el país seguirá preguntándose durante mucho tiempo por qué se ha dejado sobrepasar por Brasil.


18/6/2012

Traducción: VIENTO SUR






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