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Transgénicos
No dejemos que los expertos dicten su ley
01/10/2012 | Jean-Pierre Berlan

El complejo genético-industrial y los científicos interesados en el éxito industrial de los transgénicos, tienen enfrente a una opinión pública a la que su sentido común le dice que si los científicos están en los laboratorios no es porque sepan mucho, sino porque apenas saben nada y que es peligroso confiar en ignorantes; incluso si, como buenos dialécticos (pero también ignorantes en eso), se hacen pasar por “sabios”.

¿Son científicamente peligrosos los transgénicos? En lugar de dejarnos atrapar por un término que trata de situar el problema en la transformación genética (que nos llevaría a confiar el problema a expertos) lo que hemos de hacer es preocuparnos de lo que comemos.

Las leyes y los reglamentos sobre los transgénicos exigen que las plantas sembradas sean “homogéneas” -idénticas o casi- y “estables”, lo que implica que la misma planta debe ser vendida año tras año. Por lo tanto, un productor de semillas hace copias exactas de un modelo de planta. Nadie negará que es más correcto referirse a ellas con el término “clon” que con el habitual, “variedad”, que expresa lo que es variado, ¡lo diverso!
Estos clones son “pesticidas”. En su discurso de clausura del Grenelle del Medio Ambiente /1, el presidente Nicolas Sarkozy reprobó los “transgénicos pesticidas”, que en la época eran el 99,6% de los transgénicos vendidos. Cinco años más tarde, el porcentaje es el mismo.

Estos clones pesticidas o bien producen una toxina insecticida o bien absorben un herbicida al que son resistentes. Pero, cada vez más, realizan las dos funciones a la vez. La toxina insecticida es producida por todas las células de la planta. El herbicida, por su parte, debe penetrar en la planta para actuar, y ahí su acción es neutralizada por la modificación genética de la misma. La planta sobrevive y el herbicida permanece en ella (es el caso del Roundup de Monsanto). En ambos casos, el pesticida llega a los alimentos. Así pues, la industria agro-tóxica está a punto de cambiar el estatus de los pesticidas: de productos tóxicos a eliminar de la alimentación al máximo posible, a productos que forman parte de ella.

No hay riesgo. Basta con asegurar “científicamente” que “en el estado actual de los conocimientos científicos”, no se puede demostrar “científicamente” una eventual toxicidad. La ausencia de prueba se convierte en la prueba de la ausencia. Sin embargo, el estado de estos conocimientos es incipiente. Por ejemplo, no se sabe mucho de cómo afectará al “desarrollo” del óvulo fecundado en un organismo adulto, dada la complejidad de los tejidos y la complejidad espacial, hormonal, fisiológica, física, etc.

Sumergir todo en un baño de perturbadores hormonales y otros productos químicos resulta aún más imprudente en la medida que esas moléculas pueden entrar en sinergia y alcanzar un toxicidad fuera de control. En una palabra, al igual que Italia impuso un plato sublime y simple: la pasta al pesto, el cártel agrotóxico quiere imponernos la pasta al pesticida. Ahora bien, no van a ser los “expertos” quienes decidan sobre nuestros gustos.

Además, estos clones pesticidas están patentados. ¿Cuál es el problema? El problema es que los seres vivos se reproducen y multiplican gratuitamente, que la ley de la vida se opone a la ley de la ganancia. Pero, por lo visto, la ley de la vida se equivoca. En 1998, Terminator, el transgénico que permite esterilizar las plantas, reveló el secreto mejor guardado de la genética agrícola: separar lo que la vida confunde, aislar la producción de la reproducción.

Y resulta más sencillo, discreto y gratuito llevar a cabo esta separación legalmente; hacerlo con la directiva 98/44 del Parlamento Europeo y del Consejo “sobre patentabilidad de las invenciones biotecnológicas”, que, en nombre de la innovación, fue adoptada por el Parlamento francés a finales de 2004, con el voto en contra del grupo comunista. Pero la patente -cuyo monopolio refuerza el cártel- es exactamente lo opuesto al dogma económico que, desde Adam Smith, enseña que la fuente de la innovación está en la competencia.

¿Puede una sociedad democrática dejar que sus leyes para regular las patentes de los clones pesticidas (o cualquier otra cuestión) las dicten los expertos - esos “hombres competentes que se equivocan siguiendo las reglas” (Paul Valéry)- ? No hay necesidad de expertos para darse cuenta de que corremos hacia el desastre. Se implantan clones mientras agoniza la diversidad biológica cultivada. Clones pesticidas que permiten evitar los costosos test impuestos a los agrotóxicos químicos y nos convierten en adictos a venenos que crean su propio mercado y lo amplían, pues las plagas y los patógenos les evitan. Clones pesticidas patentados que confían nuestro futuro biológico a los fabricantes de productos acabados en “cida”, a los fabricantes de la muerte.

La expresión OGM (organismos genéticamente modificados) y los debates que impone revelan el estado de nuestra democracia. Llamar a las cosas por su nombre permite renovar la democracia; desmontar una legislación desfasada sobre semillas que impone los clones y condena a asociaciones, como la asociación Kokopelli 3/, que luchan por salvaguardar la diversidad; luchar seriamente contra la adicción a los pesticidas y, sobre todo, acabar con las patentes sobre los seres vivos. ¿No dijo el Partido Socialista que exigiría su renegociación?

Por supuesto, sus aduladores anuncian la llegada de transgénicos filantrópicos y verdes y que los transgénicos van a alimentar al planeta y proteger el medio ambiente. Pero lo único que seguimos teniendo son clones de pesticidas patentados. ¿Cómo podría haber transgénicos filantrópicos y verdes en una sociedad en que la maximización de la ganancia es la única regla, en la que científicos domeñados reemplazan a la democracia y en la que los fabricantes de la muerte tienen toda la libertad para confiscar la vida?

Los transgénicos filantrópicos y verdes serían los de una sociedad democrática y libre; por lo tanto, filantrópica y verde que, por eso mismo, no tendría necesidad de ellos.

28/09/2012

Jean Pierre Berlan, es antiguo director de investigación en el Instituto Nacional de la Investigación Agronómica (INRA).

1/ Promovida por Sakozy en 2007 con el fin de elaborar una hoja de ruta para hacer frente a ”la crisis climática y ecológica francesa.” [N de la R]

2/ Kokopelli es una de las principales organizaciones francesas de protección de la biodiversidad mediante la preservación y difusión de las semillas tradicionales. Ha sido denunciada ante los tribunales franceses por la empresa Graines Baumaux, que pide una sanción de 100.000 € y el cese de su actividad. [N de la R]

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article26494

Le Monde 28/09/2012

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR.





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