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Intervención francesa en Malí
Tormenta en el Sahara
18/01/2013 | Tino Brugos

Finalmente se produjo la anunciada intervención francesa en Malí. El pasado día 11 de enero comenzaron a difundirse las primeras noticias de una ofensiva de la insurgencia islamista que habría iniciado un avance hacia el sur de Malí, traspasando la frontera que se autoimpuso la pasada primavera tras liberar el territorio tuareg del Azawad.

Contra todo pronóstico los datos no se ajustaban al esquema esperado, que contemplaba un escenario de intervención internacional que entraría en la región tuareg, con los combatientes islamistas atrincherados en las ciudades o en los bastiones montañosos del desierto del Sahara. Por el contrario, diversos grupos milicianos, armados y motorizados, avanzaban con rapidez hacia el sur penetrando en el corazón de la región del Sahel, corazón del territorio de Mali.

Al día siguiente la diplomacia francesa anunció al mundo el inicio de la Operación Serval, al mismo tiempo que daba explicaciones sobre otro operativo fracasado en Somalia que tenía como objetivo la liberación de un rehén francés en manos de fuerzas islamistas. Como consecuencia del mismo el secuestrado fue ejecutado, cumpliéndose así los temores expresados por familiares y amistades que denunciaron insistentemente en los meses anteriores que cualquier operativo militar pondría en grave riesgo su vida. El hecho de que Francia tenga varios rehenes en manos de grupos islamistas ha contribuido a endurecer la posición oficial del Elíseo que se niega en redondo a negociar con terroristas.

Fue el propio François Hollande quien hizo las primeras manifestaciones oficiales a propósito de Malí explicando que se trataba de un operativo que tenía como objetivo detener el avance rebelde y que para ello se basaba en la resolución aprobada por las Naciones Unidas que abría la puerta a la intervención internacional. En todo caso su declaración hablaba de objetivos limitados a un período de corta duración en el que la presencia francesa se reduciría a bombardeos aéreos sin entablar combates directos sobre el terreno.

Transcurrida una semana la situación ha tomado un cariz preocupante puesto que los datos que se manejaban al comienzo no coinciden con la rápida evolución de los acontecimientos. Diversas voces habían anunciado con anterioridad la existencia de un serio riesgo de regionalización del conflicto. Los acontecimientos de Argelia, donde un grupo islamista ha efectuado una toma masiva de rehenes occidentales que ha provocado la intervención militar y la muerte de un número todavía indeterminado de personas avala lo acertado de esta idea. Igualmente se denunció la inviabilidad de una intervención basada en las fuerzas militares de los estados miembros de la CEDAO, organismo que agrupa a varios estados del África occidental. De momento los hechos hablan por sí solos. De los 3.300 efectivos previstos procedentes de varios países, solo se han desplegado 900 soldados nigerianos que estarían preparándose para salir de la capital, Bamako, y enfrentarse a las fuerzas insurgentes. Nada o muy poco se sabe del resto de aportaciones procedentes de Burkina Faso, Níger, Togo y Senegal. Lo cierto es que la gravedad de la situación está obligando a Francia a poner a sus propias tropas sobre el terreno y se habrían desarrollado los primeros enfrentamientos directos. Se alcula que hay ya unos dos mil soldados franceses implicados en el operativo aunque no todos desplegados en disposición de combatir.

Otro elemento que llama la atención es la soledad con la que Francia se está encontrando ante este operativo militar en el escenario internacional. Además de las dificultades previstas para concretar la participación africana, es significativo el apoyo frío con el que se ha recibido la noticia. Más allá de una manifestación de comprensión y solidaridad de carácter formal, los países miembros de la OTAN, la Unión Europea y los Estados Unidos no demuestran ningún entusiasmo ante una intervención cuyos resultados parecen difíciles de predecir. Inglaterra ha señalado su comprensión y apoyo, los Estados Unidos han anunciado su colaboración en tareas de inteligencia aportando la información ofrecida por vuelos no tripulados, al tiempo que el Estado Español se ha limitado a permitir el uso del espacio aéreo al Ejército francés. Existe el temor generalizado de que un apoyo a la intervención podría ocasionar represalias con atentados en diversas ciudades occidentales por parte de comandos islamistas.

Quizás el elemento más significativo de todas estas reacciones sea el de Argelia que, en la última semana, cambió su posición ante la intervención. De negarse a dar su apoyo a la misma pasó a avalarla, llegando incluso a ofertar el uso del espacio aéreo para todos los aspectos relacionados con la intervención francesa. Es, hasta el momento, uno de los apoyos más decididos logrado por Francia, que previsiblemente se va a consolidar tras los acontecimientos señalados de la toma de rehenes en su territorio.

La prolongación del conflicto con ramificaciones hacia otros países del área y una previsible complejidad forzará a los países europeos y los Estados Unidos a cerrar filas con Francia, que se verá con dificultades graves si no logra implicar de manera efectiva a los países africanos de la zona. En todo caso, también se han reiterado los problemas que plantearán unas tropas mal entrenadas y equipadas para enfrentarse a una situación compleja en un terreno que desconocen como es el desierto. Todos los pronósticos coinciden en que si la intervención se complica será necesario el uso de moderna tecnología que solo puede venir de una intervención norteamericana en el conflicto.

Las dificultades que enfrenta la intervención

A una semana de su inicio Francia tiene que hacer frente a más dificultades de las previstas al inicio. En primer lugar debe proceder a clarificar los objetivos de la misma. Desde que se produjeron los acontecimientos de la pasada primavera las declaraciones oficiales se remiten continuamente al restablecimiento de la situación en Mali, un concepto equívoco puesto que nos hace retroceder al momento previo al golpe protagonizado por el ejército. Si por restablecer la situación se entiende la integridad territorial de Mali y por lo tanto el restablecimiento de la autoridad de Bamako sobre el Azawad, surgirán dificultades porque eso supone ignorar la problemática planteada por el pueblo tuareg que está en el origen del conflicto. Todavía más, este argumento implica desconocer la existencia de una diversidad dentro del movimiento tuareg.

No es cierto que toda la insurgencia tuareg sea islamista y por lo tanto susceptible de ser acusada de islamismo. Existe una facción laica, el MNLA (Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad), que ha pasado a un segundo plano ante el ascenso de las corrientes fundamentalistas. La posición del MNLA ha quedado clara a lo largo de estos meses. No combatirán la intervención si su objetivo se concreta en la erradicación de los sectores yihadistas y se plantea una solución política al problema del Azawad. En el caso de que no sea así, se manifiestan dispuestos a engrosar las filas del rechazo a la misma. De este argumento se desprende la necesidad, para Francia, de precisar muy bien qué entiende por terrorismo y terroristas en un contexto fluido en el que los sectores salafistas se confunden con los yihadistas, y los originarios tuaregs con los huéspedes islamistas procedentes de Argelia.

Otro aspecto a concretar es el cuadro jurídico en el que se inscribe la intervención. Más allá de la resolución de la ONU tendrá que hacer frente a las aspiraciones contradictorias de los gobernantes de Mali, que aspiran únicamente a la recuperación del control del Azawad sin entrar a discutir las causas del conflicto, a las presiones de los gobiernos de la región, a las posiciones contradictorias de algunos de los países vecinos. Todo ello sin contar con la debilidad de las fuerzas políticas de Mali, que gestionan un estado fracasado con profundas divisiones, sobre los pasos a seguir en esta coyuntura.

Este último aspecto nos lleva a lo que se perfila como un punto clave: la salida del conflicto. Serán necesarias intensas gestiones políticas para resolver una complicada madeja en la que se entremezclan los intereses de un gobierno ilegítimo surgido de un golpe militar, con las visiones patrimonialistas del estado que tienen buena parte de las fuerzas políticas de Mali, las cuales se niegan a reconocer la existencia de un problema previo con el pueblo tuareg. Las profundas divisiones entre la clase política de Mali se perfilan como una grave dificultad a la hora de tomar determinadas decisiones, algo que algunos analistas han señalado como un elemento que, paradójicamente, beneficia a Francia puesto que un poder local débil facilita la toma de decisiones y su posterior imposición.

De hecho algunas voces han recordado que, en los últimos años, el fantasma del islamismo ha sido utilizado como pretexto en diversas ocasiones, bien para justificar peticiones de ayuda internacional por parte de los gobernantes de Bamako, o bien para intervenir en el país alegando la debilidad de las estructuras del estado para imponer su autoridad. Lo cierto es que este fantasma permite a Francia aparecer ante la opinión pública internacional como legitimada para lanzarse a una operación militar que tiene como objetivo la consolidación de su presencia y dominio neocolonial en la región, que se concreta en la continuada intervención en los asuntos internos en estados como Chad, Níger o Malí, en el despliegue militar en Chad y Burkina Faso, en la explotación de los yacimientos de uranio de Níger, etc.

Desde esta perspectiva, Francia estaría realizando una intervención que, camuflada como un operativo multinacional, esconde un objetivo diferente: consolidar su papel como gendarme de la zona. En este sentido sus objetivos irían más allá, puesto que estaría intentando mostrar su capacidad para seguir siendo la potencia hegemónica en la zona, a la que tienen que acudir en petición de ayuda los débiles gobiernos surgidos en la mayoría de las ocasiones de élites corruptas o de golpes de estado; y también estaría dando una lección a quienes desde la insurgencia aspirar a cambiar las reglas del juego. Se trataría de mostrar que no habrá ninguna posibilidad de cambio sin el aval previo de la metrópoli, del mismo modo que nadie podrá tener aspiraciones reales a un cambio político si ello significa amenazar los intereses metropolitanos por la vía del chantaje y los secuestros, o poniendo en dificultades la explotación de recursos económicos, como por ejemplo los yacimientos de uranio de Níger gestionados por la compañía francesa Areva

18/01/2013





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