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Entrevista a Sabino Ormazabal
“La noviolencia, si algo debe ser, es acción”
15/05/2013 | José Luis Fernández Casadevante

Hace más de tres décadas que Sabino Ormazabal iniciaba su implicación en los movimientos sociales vascos ecologistas y antimilitaristas, comprometiéndose activamente durante todo este tiempo en las estrategias de desobediencia civil y noviolencia. Pionero divulgador durante años de cuestiones ambientales en el desaparecido diario Egin, es investigador sobre la historia y las posibles estrategias de reconocimiento de las víctimas de motivación política en el País Vasco y fue represaliado en el Macrosumario 18/98. Actualmente colabora con el grupo de trabajo Bidea Helburu, entre cuyas actividades destaca la recuperación y difusión de la historia de las experiencias de desobediencia civil en el País Vasco.

Pregunta: Tu biografía se encuentra estrechamente ligada desde la Transición a las dinámicas de desobediencia civil impulsadas por los movimientos sociales ecologistas y antimilitarista vascos. ¿Cómo fueron las primeras acciones colectivas que se desarrollaron en aquel contexto? ¿Cuáles eran sus rasgos principales?

Respuesta: Algunas de estas expresiones venían desde décadas anteriores, como las clases de euskera clandestinas que desde los años 40 impartían en casas particulares las andereños, mujeres maestras que se arriesgaban en un contexto en el que este idioma estaba prohibido y perseguido por el franquismo. También se comprometían y exponían a multas y represión las madres y padres que enviaban a sus hijas e hijos a recibir esas clases fuera de la enseñanza oficial y obligatoria que ignoraba la realidad cultural vasca. Asimismo, en los años sesenta del siglo XX y posteriores, empiezan a producirse boicots a diversos actos oficiales o festivos (como la tamborrada de Donostia, por ejemplo) e impagos de multas ante la situación represiva. Se trataba de personas que preferían ir a la cárcel antes que contribuir a impulsar económicamente al aparato coercitivo franquista. Estas personas venían de sectores de la cultura (multados por reeditar publicaciones censuradas, por el simple hecho de tocar el txistu...), del movimiento obrero (acusados de difundir propaganda “subversiva”...), sacerdotes progresistas (perseguidos por el contenido de sus sermones, por no querer bendecir obras públicas u oficiar misa ante la parafernalia franquista), etc.

Ya en los años setenta, con una estrategia desobediente algo más elaborada, comienzan los primeros objetores de conciencia antimilitaristas a negarse a realizar el servicio militar obligatorio, embrión de lo que años después será la insumisión. Se multiplican las actividades vecinales y el aprendizaje autogestionario. No se espera a mejores situaciones ni a las lógicas partidistas, se autoconstruye: la universidad popular de Rekaldeberri en 1973, las bibliotecas populares, la rehabilitación de espacios para la vida y el encuentro... secuestros de autobuses urbanos en demanda de ampliación de líneas, pasos peatonales pintados por la gente en lugares peligrosos con mucho tráfico... Impagos antinucleares a los recibos de luz de la empresa eléctrica que construía la central nuclear de Lemóniz y el tapiado de varias de sus oficinas (Urretxu, Donostia), apagones de luz masivos y coordinados a la misma hora, boicot de los trabajadores portuarios a descargar material para la central nuclear en 1979 y posterior solidaridad de los estibadores y marinos franceses al intentar descargarlo en puertos europeos... Se materializan autoinculpaciones durante los juicios por aborto de 11 mujeres en Basauri; se efectúan cambios en las denominaciones del callejero urbano; se producen encierros en fábricas (Potasas de Navarra, Babcock Wilcox...) y la ocupación de entidades financieras para obstaculizar su funcionamiento por trabajadores en huelga (Firestone, Sarrió, Elma...) con apertura de cuentas corrientes con céntimos de pesetas, ingresos en una ventanilla sacándolos en otra... Se producen las primeras ocupaciones de locales para uso juvenil en 1977, las primeras radios libres...

De esta forma, la teoría desobediente se va curtiendo a partir de la práctica realizada, y no al revés, aunque poco a poco ésta se enriquece con el conocimiento de otras referencias que se van filtrando desde fuera: Marchas de Pascua en Alemania, Rosa Parks y Luther King en EEUU o la experiencia de Larzac en Francia.

Pregunta: La tensión entre la desobediencia civil y otras corrientes políticas que defendían la violencia revolucionaria o apoyaban a grupos armados, flotaba en el ambiente de la época. El proceso de consolidación democrática va deslegitimando el recurso a la violencia en las dinámicas de transformación social. En el País Vasco esta tensión se alarga en el tiempo con el enquistamiento del “conflicto vasco”. ¿Cómo condiciona esta tensión al desarrollo y evolución de los movimientos sociales vascos?

Respuesta: En todas las épocas y territorios se ha producido ese choque entre las distintas posiciones y métodos de disidencia frente al monopolio de la violencia del Estado. Antes y durante la lucha no violenta de Gandhi en la India, numerosos grupos armados se enfrentaban de forma violenta contra el colonialismo inglés. El País Vasco no ha sido una excepción: en todos estos años más de mil personas han muerto a manos de las diferentes organizaciones armadas, de los grupos parapoliciales y del Estado; miles de personas han resultado heridas, muchas han quedado con secuelas; se cuentan por miles las denuncias de torturas y malos tratos; son 250 los secuestros de personas habidos de toda índole y autoría, todavía hay seis personas desaparecidas.

Si evidente es el inmenso dolor y sufrimiento causado, esa situación violenta ha salpicado y condicionado en todo momento no sólo a los movimientos sociales sino al quehacer diario de este pueblo. Los debates han sido múltiples y cada generación nueva heredaba esa situación, cada vez más enquistada. El cuestionamiento de los métodos violentos para encarar situaciones políticas se ha ido dando escalonadamente y cada cual ha ido descargándose de esa lógica perniciosa en momentos distintos, y por razones diversas. Por esa evolución hemos pasado una gran parte de la sociedad vasca, unos antes y otros después.

Por eso, no es que hubiera tensión entre la desobediencia civil y quienes apoyaban a grupos armados, sino que el esfuerzo realizado ha ido encaminado a evolucionar del «todos los métodos son válidos y se complementan» a que «no todo vale»; a que no hay complementación posible, por razones éticas y políticas. Ha habido personas, movimientos y colectivos que lo han tenido claro desde el principio y otros que se han movido después.

Pregunta: En ese contexto desde la Fundación Joxemi Zumalabe se apoyó el debate sobre el papel de la desobediencia civil como herramienta capaz de cortocircuitar la lógica del “conflicto vasco”. ¿Qué pensabais que aportaba como estrategia? ¿Cuáles eran sus valores añadidos?

Respuesta: La Fundación Joxemi Zumalabe no tenía como objetivo contar con estrategias sobre lo que debía o no debía hacerse desde los movimientos sociales, porque no pretendía sustituirlos ni dirigirlos. Sus integrantes provenían de diversas culturas políticas y sociales y se buscaba diversidad y aportar desde ella. Tampoco era su función hacer campañas, sino fomentar los debates y el encuentro entre los distintos colectivos. Fue así como, entre otras cosas (consumo responsable, papel de la izquierda, ordenación del territorio), se ayudó a realizar varias jornadas de estudio y debate en las que se abordaron las posibilidades y los límites de la desobediencia civil como filosofía y herramienta para abordar los diferentes conflictos, no solo el denominado “conflicto vasco”.

Las propuestas que surgían eran variadas, no se ligaban a un único espectro ideológico, y lo que se aportaba era la puesta en conocimiento y la reflexión de todas esas prácticas y realidades de desobediencia civil llevadas a cabo a lo largo de la historia y del planeta. Algunos de los encuentros, además, coincidieron con una tregua de ETA, lo que facilitaba el acercamiento a este debate de posiciones más alejadas. Esos encuentros, que eran públicos y abiertos, son los que estuvieron en el punto de mira –policial primero, judicial después– que pretendía cortar de raíz los brotes de desobediencia civil más organizados que empezaban a engendrarse en la sociedad vasca.

¿Y qué valores añadidos aportaba la desobediencia civil no violenta como para convocar unas jornadas? Tanto entonces como ahora aporta coherencia entre fines y medios (no crea nuevas injusticias en su acción, trata de humanizar el conflicto, busca la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se pretende y cómo se pretende), se plantea salir de la dinámica en la que se quiere encerrar a la disidencia, lo que supone un cambio cultural en la acción política... Trata, asimismo, de ser gradual en lo que hace; y de hacerlo de forma transparente y pública. Identifica qué acciones permiten lograr lo que se pretende, no sustituye la participación popular ni intenta controlarla, y asume las consecuencias que conlleva cada acto.

Pregunta: Esa defensa de la desobediencia termina por implicarte, junto a compañeros de la Fundación Joxemi Zumalabe, en el Macrosumario 18/98. El juez Garzón instruye un sumario en el que se desarrolla el concepto del “entorno de ETA” y se llega a equiparar desobediencia y terrorismo. De forma resumida, ¿cómo vivís ese proceso que va de la represión de la Audiencia Nacional y la criminalización mediática hasta la absolución por el Tribunal Supremo?

Respuesta: La verdad es que de la teoría del «entorno de ETA» se va pasando a que «todo es ETA». De la misma forma en que ETA amplía sus objetivos en los atentados, el Estado va ensanchando la línea que judicialmente indicaba quién es miembro o quién colabora con una organización armada. Todo el mundo intuía hasta entonces dónde estaba la línea del delito, pero esa línea se va difuminando: primero con la tesis del «entorno», después con el «entorno del entorno» y, finalmente, con la de que «todo es ETA». Se amplía así una definición de terrorismo sin límites claros y se estira el chicle de la excepcionalidad en las nuevas leyes y políticas penales, procesales y penitenciarias que se van instaurando.

Cuando en octubre de 2000 se detiene al patronato de la Fundación Joxemi Zumalabe, la convulsión social en el territorio vasco es grande. Nadie se lo esperaba. Se habían cerrado para entonces una radio y un periódico (Aznar había dicho: «¿Alguien pensaba que no nos íbamos a atrever?»), así como diversas publicaciones, e ilegalizado diversas organizaciones. Pero el operativo contra la Zumalabe, acusada de practicar la desobediencia civil al servicio de ETA, activó la alarma roja para muchos sectores. Y aquello no terminó allí. Tres años después, el Gobierno de Aznar cerró un segundo periódico, el único que se editaba en euskera, y se detuvo a toda su dirección. Todos sus miembros denunciaron torturas y recientemente el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó al Estado español por no investigarlas en el caso del director del periódico, Martxelo Otamendi.

El caso Zumalabe fue introducido en el sumario 18/98, y en el juicio oral se vio hasta dónde llegaba esa primera teoría del «entorno». Menos mal que en la instrucción final quedaron fuera muchos colectivos y personas citados en el auto de acusación, pero algunos informes policiales indicaban que los entornos no tenían fin: un documento policial de 1997 señalaba, entre otros, a una asociación musical, a una asociación pro legalización de la marihuana, a tres sindicatos de agricultores (UAGN, UAGA y EHNE) y a varios grupos y plataformas ecologistas, antinucleares y antimilitaristas (Coordinadora Antivertedero de Aranguren, Coordinadora contra Garoña, Asamblea Antipolígono de Tiro de Las Bardenas...). Todo era ETA, y contra ETA valía todo.

La Audiencia Nacional condenó a nueve años de cárcel y a una millonada de multa a cada miembro de la Fundación, y la mayoría de las personas encausadas en el 18/98 terminó en la cárcel. Dos años después, de forma inédita, el Tribunal Supremo dictó un nuevo auto en el que decía que el periódico Egin no se debía haber cerrado y que «la desobediencia civil puede ser concebida como un método legítimo de discrepancia frente al Estado, cuya admisión como tal forma de ideología o pensamiento, no puede ser cuestionada en un Estado democrático».

Se me había pedido una respuesta “resumida”, pero no es fácil resumir nueve años de proceso durante los cuales se produjeron dos detenciones, pasamos ocho meses de cárcel provisional (en mi caso), teníamos que firmar dos veces a la semana en el Juzgado, un juicio en la Audiencia Nacional que duró 16 meses, hay compañeros que siguen aún en la cárcel... todo esto sumado a la criminalización mediática, que funcionó al dictado del gabinete de comunicación policial y no rectificó cuando salimos libres.

Pregunta: El paso de los años parece no haber erosionado tu compromiso con la noviolencia y la desobediencia. En el pasado reciente escribías el libro 500 ejemplos de noviolencia. Otra forma de contar la historia. Un texto que recorre los principales episodios de desobediencia civil sucedidos a nivel internacional y en suelo vasco. ¿Cuáles serían algunos de los hitos que has ubicado en ese camino?

Respuesta: El libro editado por Bidea Helburu combina una mayoría de actuaciones desobedientes llevadas a cabo en Euskal Herria con otras más conocidas y emblemáticas realizadas en otros puntos del planeta. Nos remontamos con esta recopilación hasta la Historia Antigua para pasar a continuación, de una forma cronológica, por distintos episodios que han sido referenciales para la lucha activa noviolenta en el País Vasco y en el mundo.

En ese recorrido se cuenta cómo van surgiendo diversas prácticas y conceptos como el activismo no violento, la no colaboración con la injusticia, la desobediencia civil, el boicot, la lucha por la igualdad, la solidaridad, la insumisión, la resistencia pasiva... y se citan fechas y protagonistas. También se aportan en los anexos diferentes resoluciones insumisas y antimilitaristas de los ayuntamientos e instituciones vascas.

Pregunta: El libro sigue la estela de Howard Zinn, al perseguir narrar las historias de sujetos colectivos, temáticas y repertorios de acción invisibilizados por la historia oficial. ¿Por qué esas historias con minúsculas se ven excluidas o infravaloradas desde la Historia con mayúsculas?

Respuesta: Aquello que no se cuenta, se olvida. Lo que no se transmite, no ha existido. Si los movimientos sociales no cuentan su historia, lo que prevalece es la historia oficial de los poderosos y ganadores de siempre. La de los uniformados y tiranos. No es difícil leer o escuchar en la actualidad relatos históricos del tipo que «Franco fue quien posibilitó el paso de la dictadura a la democracia», que «la monarquía fue quien la asentó y evitó involuciones», que gracias a «una élite que supo estar a su altura» vivimos en un sistema de libertades y derechos... La sociedad civil parece que no ha existido, que no ha habido resistencia popular. No se quieren recordar las huelgas y luchas con centenares de muertos, heridos, años de cárcel, destierros, despidos, multas, censuras...

Recopilar una gran parte del rico bagaje de la acción social no sólo aporta que la memoria histórica de lo sucedido pueda ser contrastada con los relatos oficiales sino que, además, sirve de referencia para el conocimiento y la práctica colectiva. Que se conozca aquello que se ha hecho allí y aquí, de esta u otra forma, con sus discursos. Difundir más de 500 ejemplos de prácticas noviolentas posibilita a los movimientos y colectivos sociales nuevas ideas para copiarlas, mejorarlas y desarrollarlas en el proceso de transformación del mundo y la sociedad en la que vivimos.

No se trata en este caso de decir lo que habría que hacer, sino que se cuenta lo que ya se ha hecho. Es práctica llevada a cabo, que sirve para aprender de ella. Contamos nuestra historia para seguir haciéndola y la contamos a nuestra manera. Tú has citado a Zinn. Pues bien, en La otra historia de EEUU se puede leer una frase adecuada a lo que estamos hablando. Dice así Zinn: «Yo no trato de escribir una historia objetiva o completa. No hay tales cosas, cada historia es incompleta. Mi idea fue que el punto de vista ortodoxo ha sido ya usado miles de veces». Algo así hemos tratado de hacer.

Pregunta: «Hemos de comprender la necesidad de tábanos no violentos creadores de una tensión social que sirva de acicate para que las personas superen las oscuras profundidades del prejuicio...». Esta cita de Martin Luther King inspira uno de los últimos proyectos en los que te has involucrado, el documental Tábanos. ¿En qué consiste este ejercicio de recuperación de la memoria de las luchas sociales noviolentas en el País Vasco?

Respuesta: Se trata de ampliar al campo audiovisual los mismos objetivos que se perseguían con el libro. En esta ocasión nos hemos juntado en el proyecto dos colectivos: Bidea Helburu, un colectivo vasco de noviolencia activa, y Fora de Quadre, una asociación catalana de periodistas que tiene en su haber diversos documentales sobre cómo quedan las sociedades civiles de Líbano, Bosnia, Ruanda o Guatemala tras los conflictos violentos.

Ziztadak/Tábanos es un documental vasco-catalán realizado en común en 2012, de forma consensuada, en muy poco tiempo y con medios modestos. Tiene dos objetivos fundamentales que son: contar la historia de otra forma, a partir de hechos reales y en base a relatos de protagonistas que los han vivido, y contarla además a través de la acción noviolenta, explicándola de la forma más pedagógica posible.

Cuando King se encontraba en la cárcel de Birmingham, en 1963, redactó un escrito dirigido a convencer a la población afroamericana para que pasase a la acción, a que actuase como tábanos noviolentos. En nuestro país y en muchas partes del mundo siempre han existido tábanos molestos con lo establecido, tábanos que se han enfrentado a las injusticias. El documental es una suma de tábanos variopintos que sirven de ejemplo para ayudar a un debate necesario sobre los límites de la desobediencia civil.

Pregunta: ¿Qué podemos aprender de la historia olvidada o relegada a la penumbra de la desobediencia? ¿Qué aporta el formato audiovisual que no hagan los libros?

Respuesta: Muchas cosas nos entran por los ojos. Cuando leemos algo intentamos viajar mentalmente a los lugares que nos cuentan, intentamos imaginarlos, queremos saber quién es quién en el relato. El formato audiovisual te permite hacerlo.

Es verdad que el libro puede abarcar más episodios y que el documental no puede contar los 500 ejemplos que la publicación escrita recoge. Pero la película pone caras y lugares a las secuencias que estás narrando. Hemos juntado a diversos participantes en algunas de las luchas en las que se ha empleado la desobediencia civil y hemos vuelto con ellas y ellos a los lugares emblemáticos en los que se desarrollaron las luchas. Sobre el terreno nos han contado cómo vivieron el proceso y el desenlace, las victorias o las derrotas, lo que han aprendido de ambas.

Me preguntas sobre qué es lo que se ha aprendido de todo ello. Hay una frase que suele repetir constantemente Pepe Beunza, el primer objetor de conciencia político y antimilitarista al servicio militar obligatorio del Estado español, que parafrasea a las Madres de la Plaza de Mayo argentinas: «La única lucha que se pierde es la que se abandona». Las luchas desobedientes que se recogen se dan en circunstancias y etapas diferentes, pero tienen en común la decisión de emprenderlas con convicción y la voluntad de empezar desde abajo, implicando al mayor número de gente posible.

Contar todo ello es cultura, es memoria, y Bidea Helburu ha añadido un tercer soporte al libro y al documental, una página web. En www.bideahelburu.org se están colgando por temas, ámbito geográfico o tipo de actividad muchas de las acciones noviolentas que aparecen en el libro, y se pide además que quien conozca otras más las cuelgue asimismo en la web para el conocimiento popular.

Pregunta: En el año 2003 escribías el libro Un mapa inacabado del sufrimiento. Queda mucho por hacer, donde tratabas de recopilar el conjunto de agravios y dolor producido en el País Vasco por la violencia política de todo tipo (terrorismo, grupos paramilitares o de extrema derecha, represión de movilizaciones sociales...). Una recopilación orientada a promover escenarios de reconciliación, reencuentro y reconstrucción de una sociedad civil no polarizada. En el nuevo escenario abierto en el País Vasco, ¿cómo de acabado está el mapa del sufrimiento y qué es lo prioritario que queda por hacer?

Respuesta: Queda por hacer un reconocimiento integral, completo, de todas las vulneraciones de derechos humanos que han sucedido. Tiene que haber, para ello, una investigación exhaustiva de los hechos, para lo que la Administración tiene que facilitar el acceso adecuado a la información y al proceso de reparación. No se puede repetir lo acontecido con la Ley de Memoria Histórica 52/2007, de 26 de diciembre.

Por ello, ese proceso de reparación debe culminar en una nueva Ley o incorporar a las ya existentes el conjunto de víctimas de violaciones de derechos humanos, para evitar discriminaciones entre la diversa tipología de víctimas. Los criterios de reparación deben sustentarse en el Derecho internacional de los derechos humanos, por lo que debe reconocerse el derecho de todas las víctimas a la verdad, justicia y reparación.

La consecución de todo ello vendría favorecida por la creación de algún tipo de mecanismo de verdad, que pudiera facilitar la consciencia de las conculcaciones habidas, los atentados sin aclarar de toda índole, los testimonios no relatados convenientemente, especialmente los de tortura; el paradero de las seis personas desaparecidas, los niveles de extorsión y amenazas habidos durante todos estos años, a cuánta gente ha afectado... En esta materia deben tenerse en cuenta los pros y contras de la experiencia internacional a la hora de poner en marcha un mecanismo de esta índole.

En este camino se necesitan tres cosas además: un reconocimiento público y sincero del daño causado por todas las partes que han ejercido violencia política, incluida la implicación y la responsabilidad del Estado; el desarme definitivo de ETA, acabar con las leyes e instituciones excepcionales, como es la Audiencia Nacional, así como la elaboración de una estrategia común de reconciliación social, política y de memoria que lleve a un reconocimiento mutuo y a la integración. Como ves, no es poco lo que queda.

Pregunta: Abandonando el País Vasco. La desobediencia civil de masas parece haberse convertido en la herramienta de transformación privilegiada de algunos de los movimientos sociales más influyentes a nivel internacional. La primavera árabe, el 15M, Occupy... usan la desobediencia como forma de decir NO a lo establecido y simultáneamente como forma de poner en construcción otra realidad. ¿En estos episodios podríamos hablar de una dimensión educativa de la desobediencia civil? ¿En qué consistiría esta suerte de pedagogía de los movimientos sociales?

Respuesta: Si sólo se hubiese funcionado con los límites de la ley, la humanidad no habría avanzado hasta la situación actual. Muchos de los avances que se han dado en la sociedad se han producido cuando un número considerable de personas ha traspasado los límites de la legalidad. Muchas iniciativas para el cambio social pueden no ser legales, pero sí son legítimas e imprescindibles para avanzar si buscan el bien común de la sociedad y no la avaricia personal.

Claro está, ello conlleva riesgos, sufrimiento y posibles multas, golpes o cárcel, o algo peor. Pero también educa y crea referencias, ejemplo a seguir, atracción mimética, solidaridad, ilusión, respeto, coherencia... interpela al resto, compromete. Algunas iniciativas consiguen sus objetivos, o parte de ellos: modificar situaciones que parecían imposibles de cambiar. Pero la desobediencia civil no es la panacea y hay ejemplos de ello, como la experiencia del campamento de Agadym Izik, en Al Aaiun, que fue destruido por los militares marroquíes que hicieron una nueva escabechina entre la población saharaui (muertos, desaparecidos, torturas...).

La gente del SAT andaluz (y antes el SOC) lleva muchos años por la senda de la desobediencia civil y ha conseguido hacerse oír ocupando pacíficamente oficinas del INEM, bancos y fincas sin cultivar, realizando expropiaciones simbólicas de alimentos en grandes superficies de Écija (Sevilla) y Arcos de la Frontera (Cádiz) para luego distribuirlos entre gente necesitada (también ha habido acciones similares de la CIG en El Ferrol y de La Trastienda en Mérida), e impulsando una ristra de autoinculpaciones por esas acciones. Lo repiten una y otra vez, están inmersos en una carrera de fondo.

Si partimos de valorar como lo más importante el proceso, el camino, los medios empleados, la forma de abordar los conflictos y su humanización, la imaginación, la constancia... la acción noviolenta de la desobediencia civil es pura pedagogía. Quien la asume no quiere perder por el camino los principios que han motivado su estímulo para actuar, no quiere dejarlos para un futuro indeterminado. No quiere imitar los mismos valores y métodos que denigra y pretende cambiar. Tampoco delega responsabilidades. Puede partir de pequeñas iniciativas y gestos diarios, pero trata de sumar todos ellos. El día que logre hacerlo habrá calado en la opinión pública un virus sin retorno. La desobediencia civil es presente, pero sobre todo es futuro.

Pregunta: La noviolencia siempre ha planteado la necesidad de humanizar los conflictos, de conjugar la coherencia entre principios, medios y fines. Vivimos un tiempo en el que las crisis van a irse superponiendo (ecológica, energética, económica...) y la respuesta ante el crecimiento de la contestación social se está traduciendo, por parte del Estado español, en reformas penales orientadas a penar con prisión la resistencia noviolenta. En este contexto, ¿qué papel debe jugar la desobediencia, cuáles son sus aportes?

Respuesta: Hay una primera actitud que debe quedar clara: o cada cual nos movemos junto a otras gentes o podemos inútilmente esperar a Godot. No podemos esperar a lo que puedan ofrecernos desde el exterior, a lo que pueda aprobarse en tal o cual Administración, si es que lo aprueban. La noviolencia, si algo debe ser, es acción, y se ha llevado a cabo en países y situaciones políticas y represivas más adversas. Su aporte principal es que si bien los aparatos del Estado están curtidos y preparados a responder ante situaciones violentas, con la noviolencia activa no están habituados y puede descolocarlos, incluso desordenar su orden y maquinaria.

Para ello es importante no entrar al trapo rojo que nos ponen delante pensando que vamos a embestir, sino construir espacios propios en otras coordenadas. Podemos recordar al respecto lo sucedido en marzo de 2009 en Barcelona, lo que luego popularmente ha sido designada como «la estrategia de la Pantera Rosa». Tras una serie de episodios en los que los Mossos d’Esquadra habían cargado violentamente contra las protestas estudiantiles que cuestionaban el plan Bolonia, cargas indiscriminadas que habían producido 140 personas heridas, se convocó una gran manifestación a la que asistieron miles de personas. Interior había considerado la protesta como de «alto riesgo» y blindó el centro de Barcelona con cientos de antidisturbios para no dejarles pasar por Las Ramblas. Pero los antidisturbios esperaron en vano, ya que los organizadores de la manifestación decidieron cambiar el rumbo y no caer en una estrategia represiva «que quería convertir a Bolonia en un tema de orden público y no de debate público», en palabras de los colectivos organizadores. Hicieron un dibujo en la pared y desertaron de su frame para construir el suyo propio, en el barrio de Sants. Así lo describieron: «Desarmamos a los armados, que todavía nos están buscando. No comparecemos en su campo de batalla».

Tan importante como escoger el terreno y salirse de la parcela en la que nos quieren mantener indefinidamente, es aprender de lo que ya fue escrito 500 años antes en Orleáns. Sí, ya en el siglo XVI, en un pionero ensayo sobre la no colaboración escrito por Étienne de La Boétie: «Se trata de destruir el poder del tirano mediante el retiro no violento del apoyo o consentimiento a su autoridad [...] No pretendo que os enfrentéis a él, o que lo tambaleéis, sino simplemente que dejéis de sostenerlo. Entonces veréis cómo, cual un gran coloso privado de la base que lo sostiene, se desplomará y se romperá por sí solo». Que piense cada cual lo que podría hacerse en este terreno.

Esta entrevista apareción en el número 120 de la revista “Papeles de relaciones ecosociales y cambio global” (invierno 2012/13)

http://www.fuhem.es/ecosocial/articulos.aspx?v=9239&n=0





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