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Oriente Medio
Víctimas y agentes. Mujeres sirias y palestinas en Líbano
02/12/2013 | Martine Storti

Las mujeres sirias y palestinas, refugiadas en Líbano, víctimas y agentes, encerradas en la tradición y en ruptura forzada con ella.

Completamente vestida de negro, solo su rostro es visible, rostro fino, fatigado, con rasgos tensos, pero veo claramente que es joven, incluso muy joven,
17 años, quizá 18, y en sus brazos un niño al que no le doy más de algunos días. Mendiga con su recién nacido en una calle de Beirut, una mendiga entre
otras mendigas, es una de las primeras cosas que se te dicen a propósito de los refugiados sirios cuando llegas a Beirut , “ahora hay mendicidad” (pero
veré menos mendigos en las calles de la capital libanesa que en las de París).

Las mujeres sirias y palestinas refugiadas en Líbano son a la vez víctimas y agentes, están encerradas en la tradición y en ruptura forzada con ella.

No sabré jamás cómo ha llegado esta joven a Beirut ni cómo vive allí, sabré solo que es una entre más de un millón de personas como ella. Un millón, (quizá
incluso más), tal es la cifra dada este mes de noviembre de 2013 sobre el número de sirios refugiados en Líbano: a los 800.000 registrados por el HCR (Alto
Comisariado para los refugiados) hay que añadir los palestinos de Siria -90.000, contabilizados por el UNRWA (Oficina de socorro y trabajos para los
refugiados de Palestina) y probablemente algunos miles de personas que no figuran en ninguna lista. Además, esta cifra está en constante cambio puesto que
cada día mujeres, hombres y niños franquean la frontera, en coches, carros, motos, a pie. Como a mediados de noviembre, cuando miles de refugiados que
huían de los combates de Qara, llegaban a Ersal, en el norte de la Bekaa, una ciudad más bien pobre y que albergaba ya a muy numerosos sirios.

Hace un año en Líbano eran 100.000, hoy son más de un millón, es decir un cuarto de la población de un país que cuenta con 4,2 millones de habitantes (¡el
equivalente a 15 millones de refugiados si tal situación se diera en Francia!).

Dejad vuestras fronteras abiertas, dice una Europa que cierra las suyas, acoged a los refugiados, añade, (Europa no es solo las instituciones, somos
nosotros, soy yo) y tratadlos tan bien como sea posible, lenguaje que mantenemos en Líbano así como en los demás países fronterizos de Siria, en particular
Jordania y Turquía.

En efecto, en Líbano, refugiados sirios hay por todas partes, sobre todo en el norte y en el este, a lo largo de la frontera siria, pero también en Beirut
y en el sur. “No hay campos oficiales y organizados”, ha dicho Líbano, “experto” en la materia con los palestinos presentes desde 1948. De ahí múltiples
formas de alojamiento, a menudo privadas del mínimo en materia de acceso al agua potable, a los sanitarios, a la atención básica sanitaria: agrupamientos
de algunas tiendas, hangares, restos de edificios, parkings, barracones, garajes, edificios públicos abandonados, construcciones precarias hechas de
uralita y ladrillos de cemento, instalación entre amigos, sirios o libaneses, alquiler de habitaciones y de apartamentos.

No encontrarás muchos refugiados en los lujosos edificios y hoteles del centro de Beirut, en las calles y avenidas que se siguen llamando Clémenceau,
Weygand o Foch en un país cada vez menos francófono. Sin embargo no falta sitio en esos suntuosos edificios en gran medida desocupados, vecinos de las
tiendas de Chanel, Dior o Bulgari, donde los clientes son cada vez más raros, más raros en cualquier caso que los policías, militares o agentes de
seguridad privados que les protegen día y noche. La mayor parte de los sirios viven en barrios más populares mientras que los palestinos de Siria han ido,
al menos algunos de ellos, a encontrar a sus compatriotas instalados en Sabra o Chatila, campo de siniestra memoria, pero que sigue ahí, ghetto
sobrepoblado cuyos edificios miserables aumentan de altura cada año.

Con este aflujo de refugiados, la insuficiencia de los medios puestos en marcha, la falta de coordinación de los diferentes actores (aunque comienza a
mejorar) y el aumento continuo de las personas afectadas hacen que la situación sea en el caso de la mayor parte de los refugiados muy difícil, como
muestra un reciente informe de la ONG Oxfam que subraya su empobrecimiento constante. ¿De qué viven? De la ayuda (que está disminuyendo) aportada por las
agencias de la ONU y las ONG internacionales o locales, de sus ahorros, del dinero que hacen llegar los que se han quedado en Siria y de la ayuda de la
diáspora siria, del endeudamiento, del trabajo si lo encuentran. Y como aceptan salarios más bajos que los autóctonos, por ejemplo en la construcción o en
el campo, una cólera está en ascenso del lado libanés, en una rivalidad de los pobres entre sí, enfrentándose los obreros libaneses más a los sirios que a
unos patronos encantados de pagar salarios más bajos.

Y luego está lo que se murmura, y luego se dice, y luego se escribe, como un artículo publicado por el Spiegel afirmando que “ un número creciente de refugiados sobreviven vendiendo sus órganos”, habiendo reemplazado de alguna forma los sirios a los palestinos en un país
en el que existe, en efecto, un comercio ilegal de órganos. ¿Golpe mediático del Spiegel o verdadera red? Esperamos investigaciones de otros
periodistas, de las autoridades locales, de las instancias internacionales.

Cuando la palabra refugiada se conjuga en femenino

Las mujeres y las jóvenes representan más de la mitad de los refugiados y ellas están en la mayor parte de los casos en primera fila para todo lo que tiene
que ver con la supervivencia cotidiana, es decir, la alimentación, el cuidado de los numerosos niños, la casa, la organización de la vida cotidiana, lo que
no es forzosamente cómodo en tiempo normal pero aún menos en condiciones materiales difíciles. En un campo informal, a pesar de las ayudas, la tarea se
vuelve incluso insuperable. Investigaciones dirigidas por varias asociaciones muestran que las mujeres ponen las necesidades de su marido y de sus hijos
por delante de las suyas. Algunas están solas, jugando entonces un papel inhabitual de jefe de familia, porque son viudas o porque los hombres (maridos,
padres, jóvenes adultos) han permanecido en Siria, para combatir o para continuar trabajando, guardar la casa o las tierras. Solas también a veces mujeres
embarazadas, que llegan después de kilómetros en coche, en camión o a pie, y como subraya una comadrona de MSF, “ sin haber podido consultar un médico, sin saber si su bebé va bien y sin siquiera saber dónde van a dar a luz”.

Numerosas son también las que creían abandonar su casa, su ciudad o pueblo por algunos días o algunas semanas y que están en Líbano desde hace varios meses
sin saber cuando volverán a su casa. Incluso estimando justa la lucha contra el régimen de Bachar el Assad, viendo su situación actual, la vida de antes es
evocada como feliz, mientras que la incertidumbre por el futuro se vuelve insoportable.

Lo que es vivido en Líbano supone una conmoción en las costumbres y papeles tradicionales. Una conmoción que puede ser estresante, desestabilizadora. La
constatación de no poder ya corresponder al modelo femenino dominante en Siria -no desplazarse sola, no tomar decisión sin el aval de un hombre-, genera
ansiedad y culpabilidad. Sentimiento también de perder su dignidad perdiendo toda intimidad en condiciones de vida en las que domina la promiscuidad
mientras que la tradicional separación entre universos femenino y masculino es derribada en los refugios de fortuna o en los apartamentos sobrepoblados.

Pero las nuevas condiciones de vida y las nuevas responsabilidades asumidas conducen también a las mujeres a convertirse en más autónomas, y por ello a
poner en cuestión el modelo tradicional. Lo más frecuente, en efecto, es que sean las mujeres quienes acudan a las distribuciones de alimentación, sean
ellas las que insistan ante los directores para que sus niños sean aceptados en las escuelas libanesas, ellas las que acudan a los centros recientemente
creados donde se distribuyen kits de higiene, mantas, colchones, ropa, sean ellas las que vayan a buscar los formularios para tener ayudas, mientras que no
pocos hombres encuentran demasiado humillante reclamar una asistencia.

En ciertos centros se han organizado grupos de discusión, iniciaciones y formaciones en higiene, en inglés, o en informática. O se proporciona apoyo
psicológico. Puede entonces comenzar a operarse una vuelta sobre sí misma, una forma de no formar ya solo parte de una masa indiferenciada -los refugiados
y las refugiadas- sino de volver a ser un individuo. Puede también comenzar a decir lo que ha sido sufrido, el stress de la guerra, las violencias, las
violaciones. “Esto toma su tiempo”, me dice Jimmi, una joven libanesa que dirige el centro de Caritas en Dekwaneh. En mayo pasado, el centro se
ocupaba de 500 familias refugiadas, es decir, alrededor de 4.000 personas, 6 meses más tarde son 1.300 familias las que disfrutan de una asistencia
parcial. “

Al comienzo las mujeres no hablan jamás de ellas, pero poco a poco se sienten en confianza y se atreven a decir lo que les ha ocurrido en Siria así
como lo que les ocurre también en Líbano

”. Franquear una frontera no significa necesariamente para las mujeres estar seguras, pues aún pueden sufrir violencias sexuales y sexistas (SGBV según la
terminología onusiana -violencia sexual y basada en el género).

El aumento de las agresiones sexuales en el seno de las familias es señalado por varias encuestas, así como las agresiones sexuales en los campos
informales, los abrigos improvisados, los alojamientos en precario. Las viudas, las mujeres solas, temen tanto el acoso, la agresión, que algunas disimulan
la muerte de su marido o aparentan recibir llamadas telefónicas de un esposo para que se las deje tranquilas. Se constata también un aumento de los
matrimonios precoces, a menudo con buenas intenciones, para salvar a las jóvenes de la precariedad y de la pobreza. En el hermoso documental realizado por
Carole Mansour, Not who we are (No es lo que somos) que por el momento no ha sido difundido más que en Líbano y que está consagrado a cinco
refugiadas, una de ellas cuenta la decisión tomada -y que lamenta- de casar a dos de sus hijas (16 y 14 años) con hombres que no conocían, “ justo para que pudieran comer lo necesario”, no sabiendo si “saldría bien o mal”.

A las dos chicas no les ha ido demasiado mal, si se tiene en cuenta que a veces estos matrimonios concertados en Líbano no son más que la entrada en una
red de prostitución. Leila, de la asociación palestina Najdeh, es clara: “ las redes de prostitución existen en la frontera con la complicidad de algunos que pertenecen a las fuerzas del orden”. A esas redes se añade el
desarrollo de una prostitución ocasional, llamada de supervivencia (survival sex), que se ejerce incluso con determinado personal humanitario:
favores sexuales contra alimentación o bienes materiales o dinero para pagar un alquiler...

Como en el caso de la venta de órganos, circulan numerosos rumores. Se impone una investigación precisa, oficial, a fin de conocer la amplitud del
fenómeno, de identificar las redes, los lugares, los responsables, ¡tanto más cuanto que en Líbano, la prostitución, aunque prohibida, no es una novedad!.

También hay que tomar medidas de protección de forma urgente. Asociaciones internacionales como el IRC (International rescue committee) o
libanesas comienzan a dedicarse a ello, por ejemplo ABNAAD (Centro de recursos para la igualdad de los sexos) que desde junio de 2013 ha abierto tres
centros de acogida temporales (en el sur, norte y en la Bekaa) para chicas y mujeres (que pueden ir con sus hijos) víctimas de violencias y en peligro
inmediato. Otras ofrecen servicios jurídicos, difunden informaciones y llevan a cabo campañas de sensibilización por la igualdad mujeres/hombres. En el
curso de la campaña internacional “16 días contra la violencia contra las mujeres” que se desarrolla este año del 25 de noviembre (Jornada internacional
contra la violencia contra la mujer) al 10 de diciembre (Jornada internacional de los derechos humanos), la task force contra las violencias de
género del HCR organiza una serie de acciones en común con varias asociaciones (en particular ABAAD, LECORVAW, Caritas) en diferentes ciudades y zonas del
país sobre el tema de la igualdad entre los sexos, los derechos de las mujeres, la lucha contra la violación... ¿Es suficiente? Seguro que no, la
dispersión de las refugiadas, el alejamiento de los lugares de los encuentros, el peso terrible de las urgencias cotidianas, limitan el número de mujeres
que acceden a los centros y a las informaciones.

Más allá de la necesaria sensibilización, la cuestión de las violencias, de la violación, de los matrimonios forzados, de la prostitución en situación de
guerra y de crisis debe ser aún más tomada en cuenta y los actos sancionados. Lo que está en juego, eso es algo que se sabe, no se refiere solo a las
refugiadas de Medio Oriente. Es mundial, debe remitir a los estados concernidos pero también al Tribunal Penal Internacional, el Consejo de Seguridad de la
ONU, no siendo menos importante la lucha contra la violación de los derechos de las mujeres y de las jóvenes que la lucha contra las armas químicas.

Samar (14 años): “Quiero volver a Siria para ir a la escuela”

Las jóvenes sirias vienen de un país en el que la escolarización era antes de la guerra muy importante (más del 90%).

En Líbano, solo la cuarta parte de los niños en edad de serlo están escolarizados, bien en escuelas informales, bien en escuelas públicas libanesas.
Frecuentadas por los más desfavorecidos, que no pueden ir a la enseñanza privada, en gran medida mayoritaria en Líbano, ya eran consideradas de mala
calidad, algunas de ellas acogen más niños sirios que libaneses, lo que no deja de plantear problemas, mientas que otras se cierran a los sirios, a demanda
de los padres libaneses. Sin embargo esto es crucial: ir a la escuela, incluso sin estar al nivel, incluso teniendo dificultades de lengua o de contenidos
escolares, es a la vez encontrar algo de una vida normal y no hipotecar demasiado su futuro.

Samar, 14 años, querría ir a la escuela. Pero no va. La paradoja es que desde hace más de un año, vive en lo que era aún hace unos meses una escuela,
situada en Chhime, en el Monte Líbano, escuela transformada por su propietario en centro para refugiados y alquilada a una asociación local. 200 personas
se amontonan allí, cada pequeña aula se ha convertido en salón o dormitorio para cada familia, mientras que cocina y sanitarios son comunes. Samar vive
allí con sus padres, sus dos hermanas y sus dos hermanos. En Siria, iba a una escuela secundaria y había decidido ser maestra. Desde que está en Líbano,
como los 90 niños en edad de estar escolarizados que viven en este centro, no va a la escuela, pues no puede pagar el coche que podría llevarla a la
escuela pública, situada a tres horas a pie, que ha aceptado matricularlas. Coste de la operación: 100 dólares por niño dos veces al año. Pero el dinero
falta a las familias así como a la pequeña asociación que les apoya y que ya ha dejado de pagar el alquiler, en detrimento del propietario inquieto.

¿Qué hacen esos niños durante todo el día? “ Cuando no juegan en el patio o no ayudan a sus padres en ciertas tareas, leen el Corán para no perder la costumbre de la lectura”. Samar, con el
velo sobre la cabeza (como su hermana que no tiene más que 12 años), de ojos chispeantes, lo dice con firmeza: “preferiría volver a Siria, incluso bajo las bombas, e ir a la escuela, mejor que permanecer aquí sin hacer nada”. Su madre aprueba, ella también querría volver a Siria, comparte también las ganas de su hija de continuar sus estudios. ¿Casarla a los 16
años, como se casó ella? “No, es demasiado pronto, es frecuente en Siria, pero no quiero eso para mi hija”. Hay ahí como una esperanza: pues esta
mujer de 30 años, madre de 5 hijos de 14 a 3 años, con la ropa y el pañuelo negros, que, respetuosa de la tradición en lo que respecta a ella, vive
recluida para no enfrentarse a la calle, a los demás, a las miradas, parece querer para su hija mayor una vida diferente, una manera diferente de vivir.

Este asunto de la escuela, se podría decir incluso este deseo de escuela, sigue siendo central en las situaciones de crisis (guerras, conflictos,
catástrofes). Si bien se toma más en cuenta desde hace algunos años, si la reescolarización forma parte ya de las situaciones de crisis y de la inmediata
postcrisis, las acciones realizadas siguen siendo insuficientes, mientras que la UNICEF tiene dificultades para obtener los fondos necesarios. Tratándose
de la situación en Líbano, ¿porqué no movilizar a los enseñantes sirios que existen seguramente entre los refugiados a fin de organizar sesiones escolares?
En el ejemplo que acabo de tomar, hay en efecto, entre las doscientas personas presentes, una profesora siria. Estaría de acuerdo en enseñar a condición de
ser pagada, lo que es comprensible.

Sin concluir

Flujo continuo de refugiados, medios de todo tipo completamente insuficientes a pesar de la entrega de mucha gente, efectos políticos, económicos, sociales
sobre el país de acogida, ascenso de una intolerancia, a veces de un miedo y de una exasperación hacia los refugiados... La cuestión punzante es: ¿cuánto
tiempo puede durar una situación así, en un país sobreendeudado cuyo gobierno ha dimitido en marzo de 2013, en donde el estado es casi inexistente, la
corrupción endémica y la unidad sigue siendo incierta?

¿Qué hay que hacer, sabiendo que la vuelta de la paz a Siria, cualquiera que sea, no es probablemente algo a corto plazo? ¿Crear zonas seguras bajo control
internacional en Siria? ¿Pasillos humanitarios? ¿Desplegar medios más importantes en los países fronterizos? ¿Decidir crear verdaderos campos, organizados,
estructurados, que permitan una asistencia más fácil? ¿Aumentar la acogida de refugiados en otros países? ¿Todo ello a la vez? Plantear también otra
cuestión, ingenua sin duda alguna: ¿porqué la energía política y diplomática desplegada con razón a propósito de las armas químicas no se despliega también
para el tema humanitario?

En Líbano el invierno que viene se ha anunciado como riguroso. “Temo que haya muertos de frío, de enfermedades, entre los refugiados” me dice una
amiga libanesa. ¿Es a eso a lo que hay que esperar? ¿Es eso lo que esperamos?

26/11/2013


http://blogs.mediapart.fr/blog/martinestorti/261113/syriennes-et-palestiniennes-refugiees-au-liban

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR





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