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Europa industrial
Interés nacional contra interés social
07/06/2014 | Claude Gabriel

Toda ambición de ruptura sistémica debe ir acompañada de una revisión detallada del mundo legado por el capitalismo. Este inventario debe distinguir entre los hechos necesariamente reversibles y los que se inscriben de forma más prolongada en la evolución de las diversas formaciones sociales. La primera categoría se refiere más o menos a mecanismos que la transición postcapitalista debe esforzarse por subvertir. La segunda categoría es de una dimensión mucho más compleja, pues se aplica a efectos acumulativos que no están ligados solamente o a veces no esencialmente al capitalismo en sí (ciencia, técnicas, etc.). Un planteamiento programático anticapitalista debe por tanto saber distinguir lo que está “a su alcance” en el horizonte temporal concebible y lo que, al contrario, se impondrá “de todas formas” como factores objetivos a largo plazo. Es así en lo que se refiere a ciertos aspectos de la mundialización, de la organización productiva y de las evoluciones tecnológicas.

Es decir, hay que evitar reducir todo a simples contingencias y síntomas del capitalismo o, peor, solo a consecuencia actual del capitalismo financiarizado. Si la marca del capitalismo está casi en todas partes, no reúne sin embargo por sí misma a todos los factores explicativos del mundo real en cuyo seno intentamos formular una alternativa al sistema dominante. El “hagamos tabla rasa” es falso por varias razones. En primer lugar porque, como todo el mundo sabe, no tiene en cuenta los ritmos complejos de una transición sistémica,. Pero también porque el capitalismo ha introducido –a su manera, volveré sobre ello– ciertas formas de racionalidad a la organización económica que hay que superar en un sentido progresista y no regresivo. En fin y sobre todo, porque una parte de la herencia objetiva supera al propio capitalismo.

Pensar una forma diferente de integración

El mal intrínseco del capitalismo es que su racionalidad no está dirigida más que por la ganancia y su acaparamiento. La racionalidad a nivel de la empresa está desconectada de las necesidades racionales de la sociedad. El capital tiene necesidad de economizar medios “a su manera”, puesto que eso mejora la cuenta de resultados y por tanto el saldo de productos y de cargas que va a ser finalmente confiscado. Así pues, nivel de la empresa, va a ser muy cuidadoso respecto a los despilfarros de todo tipo (lo que no excluye los fenómenos burocráticos y de disfuncionamiento). Pero esta economía de medios se hace en parte en detrimento de los y las asalariadas y en el marco de la competencia mercantil. El despilfarro se remite al nivel global, una parte es externalizado. Existen pues dos formas diferentes de racionalidad, una a nivel de empresa y otra a nivel de la organización productiva global, de la sociedad y del llamado bien común.

Pero el capital, en su búsqueda de beneficio, nos habrá legado previamente un sistema productivo que contiene una parte de racionalidad tangible. Para quien quiera economizar trabajo, por ejemplo, la cuestión del tamaño crítico y de las economías de escala es importante. Todo el mundo comprende que las capacidades de producción en la industria y ciertos servicios esenciales no pueden ser segmentadas de cualquier forma. Hay que tener en consideración la complejidad de los procesos y el nivel de producción de masas. Es así como a lo largo del tiempo hemos pasado de industrias con mercados locales a industrias que sirven a un mercado nacional unificado.

Actualmente la organización productiva se “racionaliza” a nivel continental y mundial, pues se trata de economizar capital, de concentrar activos y de controlar mercados cada vez más amplios. La mayor parte de los centros industriales de Europa trabajan para mercados europeos bastante más amplios que el de su país de implantación. Pero ¿poner en cuestión las necesidades propias del capital en esta evolución nos exime del problema? ¿Más allá de la herencia capitalista, habría que volver a una segmentación nacional (o incluso regional) de la organización productiva? ¿La denuncia del capitalismo debería conducirnos a reconstituir espacios productivos nacionales estricto sensu? La respuesta me parece negativa para una mayoría de casos. Pero con ciertas condiciones: que se encuentre un justo punto de equilibrio en materia de flujos físicos y de huella de carbono, y que la inversión y la asignación de medios se preocupen de las necesidades del conjunto de los territorios.

Más que una desintegración, hay que pensar en otra forma de integración . Es una exigencia de los volúmenes de producción, la sofisticación tecnológica y las economías de medios a poner en marcha (economía de tiempo de trabajo, de materias primas, eficacia de la oferta)– ¡especialmente en una sociedad postcapitalista! La exigencia medioambiental exige justamente que ,en ciertos casos, la producción sea limitada a una salida local o regional y, en otros casos, que sea racionalizada y concentrada para servir a las necesidades continentales.

El capital responde de forma caótica a esta exigencia, aunque su tendencia natural sea la ampliación constante de la acumulación y de los mercados. Pues debe hacer frente a situaciones de sobreacumulación y de sobrecapacidades, y entonces debe destruir riqueza para pasar a una etapa superior de integración y de sinergias (como muestra la crisis actual de la industria automóvil europea). Eso debe ser también superado.

Complejidad científica y tecnológica

La otra ola de fondo que se impone a todo planteamiento transitorio es la larga historia acumulativa de la ciencia y de las tecnologías. Hay mayor valor añadido en unos casos y mayor valor de uso en otros. Pero parece indudable que una parte creciente de los bienes y servicios producidos necesita una cantidad creciente de trabajo, y una parte mayor de trabajo intelectual. Sigue siendo posible negar su alcance estigmatizando solo la avaricia del capitalismo productivista en cada evolución científica o tecnológica. Puede ser una opción, pero no creo que eso pueda aplicarse en todo.

Sabemos que en el capitalismo las inversiones afluyen hacia nuevos procedimientos cuando la generalización de éstos anuncia nuevas ganancias. Pero en muchos casos, el capital se contenta con ser oportunista en relación a “ofertas” nuevas de la ciencia. Se puede entonces afirmar que un sistema económico diferente haría sin duda mejor uso de todo ello en beneficio de la colectividad. Pero lo que importa aquí es señalar la complejidad cognitiva creciente, que no se reduce a un legado del capitalismo. Esto se ha impuesto al capitalismo como se nos impone también a nosotros en un futuro postcapitalista.

Sin embargo, ¿qué consecuencias tendrá sobre la organización productiva? Ya hoy bajo el reino de la mercancía, se puede decir que esos “contenidos productivos” aumentan la complejidad de los procesos, de las redes de colaboración, de las dependencias cognitivas y tecnológicas. Simultáneamente esto aumenta los riesgos de fracaso. El capital ha respondido con la transnacionalización de su organización, empezando por la investigación y el desarrollo, con asociaciones productivas entre diversos centros, con partenariados, con la integración en el seno de una organización continental o mundial de los saber-hacer, etc. Ha respondido también con alianzas capitalistas para reducir el riesgo financiero y con una oferta a escala mundial a fin de amortiguar, en el mercado más amplio, los enormes costes en capital de determinadas producciones. Es fácil de comprender que no se conciben trenes de gran velocidad solo para el espacio nacional, que no se desarrollan lanzadores de satélites solo para los satélites franceses o italianos. Muchos sectores registran este movimiento: farmacia, técnicas médicas, energía, transporte aéreo, nuevos materiales, etc. ¿Deriva esto solo del capitalismo? No. El derrocamiento de este último no suprimirá lo que deriva de una contingencia distinta de la mercancía.

La ruptura sistémica modificará sin duda la parte ligada a los mecanismos de la ganancia, pero deberá adaptarse a la complejidad científica y tecnológica creciente de ciertos bienes. Sobre este punto, las respuestas no serán sistemáticamente inversas a las del capital. Al contrario incluso, pues las soluciones de este último están siempre son a medias tintas, a medio camino, debido a sus contradicciones. Las nociones de tamaño crítico, de transnacionalización de la investigación, de los procesos y salidas deberán tenerse en cuenta. La complejidad demanda respuestas productivas que ya no pueden ser reunidas en el plano nacional.

¿Es progresista y de izquierdas el interés nacional?

En la fase actual de mundialización, con sus olas de fusiones-absorciones, la cuestión del “interés nacional” ha resurgido incluso en el seno de una parte de la “izquierda de la izquierda”. Pero ¿de qué se trata precisamente y cual puede ser la función progresista y liberadora de esta noción en la era de un sistema productivo mundializado? Tres elementos se entrecruzan, con ponderaciones diferentes según los casos, en esta indignación patriótica.

- El primero, sin duda el más frustrante, consiste en querer defender la naturaleza “francesa” de una empresa, lo que más o menos explícitamente equivale a querer defender el principio de una propiedad del capital mayoritariamente poseída por estructuras financieras calificables de francesas. Este planteamiento, un poco ingenuo del capitalismo contemporáneo, remite a una concepción económica del mundo en la que primaría aún el criterio de los intercambios y las competencias entre naciones.

Sin embargo, aunque este factor no ha desaparecido –por diversas razones y según los sectores– no tiene ya valor de factor esencial para comprender la organización geoestratégica del capital y sus múltiples razones. Este contrasentido tiene mas implicaciones que las doctrinales. Pues para esos defensores del interés nacional, la compra de una empresa extranjera por un capital calificado como francés no constituye ningún problema. Que Renault compre el 40% de Nissan, o que Orange compre numerosos pequeños operadores telefónicos en el mundo, que los bancos franceses hagan su mercado a costa de pequeñas entidades extranjeras, no provoca ninguna queja. Por el contrario, ¡nada de Donfeng (China) en PSA, nada de Siemens en Alsthom! Libertad para el capital “francés” para colonizar el capital extranjero, pero en absoluto a la inversa. Cuando este tipo de pensamiento se viste de anticapitalismo formal, hay motivos para inquietarse.

- La segunda línea de defensa del interés nacional es más seria. Consiste en considerar que una industria mantenida bajo control francés es algo sensato desde el punto de vista de las necesidades económicas y sociales de la sociedad francesa en su conjunto. Una política industrial (a poco que exista) tendría por tanto necesidad de empresas más o menos sometidas a la voluntad gubernamental. Sin duda. Pero, en ese caso, hay que ir más lejos, hay que expropiar al capital financiero existente en esas empresa, aunque sea “francés”, para protegerse de todas las transnacionalizaciones abusivas de su organización. El problema no es pues ya la naturaleza francesa de la familia Peugeot o la identidad nacional de los miembros del consejo de administración de Airbus sino el del control político. Sin embargo, como la transnacionalización industrial de esos grupos es en parte independiente de la composición nacional del capital, hay que asegurarse de que una empresa así sometida a las necesidades “nacionales” siga siendo una posibilidad objetiva. Pues la dirección de la sede social no lo es todo. Los grandes grupos llamados franceses son ya firmas transnacionales cuya organización productiva no se reduce, en absoluto, al espacio hexagonal. ¿Habría que renunciar a ese capital deslocalizado? ¿Pero al precio de qué riesgos productivos y tecnológicos? Solo los presentadores de los telediarios de las 8 de la tarde sugieren todavía la idea de que Ariane Espace o Airbus son “franceses”. Y los defensores (en particular sindicales) de la independencia energética de Francia olvidan que la red nuclear francesa no existiría tal cual es actualmente sin los pedidos del extranjero, pero sobre todo olvidan la parte importante de los sistemas complejos comprados en el mundo para sostener las actividades de Arkema (química), de EDF y de Alsthom.

- El tercer planteamiento que coquetea conscientemente con el “interés nacional” consiste en defender el principio de una empresa anclada en una historia nacional y por tanto menos inclinada a sacrificar (voluntariamente o debido a la presión pública) el empleo en Francia. La historia “nacional” de una multinacional tiene en efecto un peso real a pesar de su superación acelerada. Es evidente en los sectores fuertemente dependientes de la diplomacia (petróleo, energía, armamento entre otros). Por lo demás el conjuro al carácter “nacional” de tal empresa para “salvar el empleo” es una broma que se sirve de la nostalgia de un tiempo pasado, de un periodo superado del capitalismo sin vuelta atrás posible.

El problema está ahí. Aunque toda respuesta reivindicativa y, sobre todo, programática no es más que una hipótesis, es necesario formular correctamente los datos de partida. Este es el caso de toda reivindicación que se opone a los mecanismos económicos actuales. No se trata aquí de negar las realidades nacionales cuando se refieren a la historia, la cultura, o a las instituciones, sino de comprender la pérdida avanzada de relación entre esas “necesidades nacionales”, democráticas, y el funcionamiento real del capitalismo contemporáneo, así como la evolución irreversible de los sistemas de producción.

La alternativa a Europa es Europa

No hablo aquí ni de la confección de redes de pesca, ni de la impresión de periódicos, ni de la fabricación de tubos de PVC para la construcción... Ahí, la dimensión regional o “nacional” debe a veces bastar para evitar el coste social y ecológico del transporte a larga distancia. Pero curiosamente, la cuestión de interés nacional se plantea precisamente como cuando se habla de los grandes sectores tecnológicos como son, por ejemplo, la energía, el transporte terrestre y aéreo, la farmacia, las telecomunicaciones, los sistemas inteligentes, etc.

En estas ramas, el interés social o democrático no se encuentra en el interés nacional y recíprocamente. Observemos el capitalismo, aprendamos de sus respuestas contradictorias, señalemos lo que es irreversible, subrayemos lo que no le es imputable y que se impone también a nosotros en el marco de una historia más larga aún que la del capitalismo. No se puede responder a la mundialización e incluso a la organización europea de las grandes firmas con una visión primitiva de la producción misma. “Primitiva” en el sentido de un mundo que ha pasado ya. No habrá ya, en muchos sectores, vuelta atrás y toda política de ruptura con el capitalismo no solo debe tenerlo en cuenta para la credibilidad de sus eslogans, sino integrarlo a su propia construcción alternativa. Las respuestas industriales y energéticas relativas a los grandes sistemas tecnológicos no pueden ya ser “francesas”.

Debido a ello, la “nacionalización” (ya sea “socialización”, “bajo control de los trabajadores”, o de otro tipo) debe concebirse como un acto político primero, pero de corto plazo. La respuesta progresista, sistémica, racional, debe ser europea, pues si no lo fuera toda la construcción productiva legada por el pasado podría hundirse y la “ruptura” sería una pesadilla regresiva. La referencia al interés nacional es pues más que nunca un veneno del propagandismo.

Sin otro horizonte que la nostalgia del pasado, da una visión falsa de los contenidos del internacionalismo. Y la consigna de “nacionalización”, incluso de expropiación, no debería tener nada que ver con el patriotismo económico. Es necesario, más que nunca, recordar que la ruptura comienza a nivel nacional pero que debe imperativamente proseguirse a nivel internacional a riesgo de esclerotizarse muy rápidamente. Sobre los grandes sistemas industriales, el capitalismo no ha introducido demasiada internacionalización sino más bien poca. Sería erróneo pensar que una inversión del proceso –siempre posible o inevitable al comienzo– pueda ser una respuesta duradera. Es algo que muchos asalariados saben en cuanto conocen un poco la cartografía de su grupo y los intercambios entre filiales.

Esto plantea sin duda muchas otras cuestiones, en particular la del retraso político de la izquierda radical respecto a la organización internacional del propio capital. Los planteamientos autogestionarios, cualesquiera que sean sus formas deben ser rediscutidos y adaptados a la nueva situación. Pero un repliegue sobre “producimos aquí, para nosotros” no es la respuesta adecuada.

La demagogia chovinista y la ingenuidad patriótica deben relacionarse con lo que ha ocurrido desde hace varios decenios. Facilitan el trabajo de quienes conciben la integración europea como un nuevo espacio de concentración del capital y de competencia social. Finalmente ¿qué hay mejor para ellos que ver a los asalariados de cada país enfrentarse a la competencia de los demás y reclamarse de su “interés nacional” respectivo?

http://www.npa2009.org/content/leurope-industrielle-interet-national-contre-interet-social

14/05/2014

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR







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