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Tribuna VIENTO SUR
1914-1918, la Gran Guerra
02/08/2014 | Petxo Idoiaga

El patriotismo es el último refugio de los canallas

Como estos días se nos recuerda reiteradamente, hace 100 años, el 28 de julio de 1914, el Imperio Austro-Húngaro declaró la guerra a Serbia y con ello se desencadenó la Iª Guerra Mundial que enfrentó, a los Aliados (Francia, Reino Unido y Rusia –además de Serbia– al inicio, con la posterior incorporación de Japón e Italia y la decisiva de EE UU en 1917; en 1918 la Rusia soviética abandonó la guerra), contra los Imperios Centrales (con Alemania como principal protagonista junto a Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria). Cuando, el 11 de noviembre de 1918, finalizó la contienda se cerró con más de 15 millones de muertos y la ruina económica de los contendientes (con la excepción de EE UU cuyo peso económico se multiplicó gracias a la guerra).

VIENTO SUR ha publicado ya dos excelentes artículos sobre este tema, uno, de Jesús Rodríguez, de análisis global (22 de julio) y otro más específico sobre las controversias y los puntos en común de Lenin y Kautsky, escrito por Lars T. Lith (26 de julio). En el nº135 de la edición en papel de VIENTO SUR habrá, además, un artículo de Patrick Le Moal sobre esa Gran Guerra y el contexto de los conflictos interimpèrialistas. Habrá en esta nuestra web, nuevas reflexiones sobre ello. Aunque, inevitablemente, mencionaré algunas cuestiones que fueron ya señalas por los anteriores artículos y que volverán a serlo en posteriores, mi intención es reflexionar sobre la importancia que tuvo el patriotismo –al que Lenin calificó, certeramente, como “socialchovinismo”– en el desencadenamiento y el curso de la que entonces se llamó la Gran Guerra (aunque aquella gran barbarie belicista sería pocos años después superada por la IIª Guerra Mundial).

El 4 de agosto de 1914, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) votó por unanimidad en el Reichstag (parlamento alemán) a favor de los créditos para llevar adelante la guerra y los sindicatos llamaron a la movilización nacional a favor de ella y contra todo tipo de huelgas que pudiera cuestionarla. En su alegato a favor de los créditos de guerra, los parlamentarios del SPD afirmaron: “En el momento del peligro, nosotros no abandonamos a nuestra patria”. Muy pocos días antes, el 25 de julio, su Comité Director había publicado, en sentido completamente contrario, lo siguiente: ¡Nosotros rechazamos la guerra! ¡Abajo la guerra! ¡Viva la confraternidad internacional de los pueblos! El SPD era el mayor partido obrero del mundo con más de 100.000 militantes y decenas de periódicos, y era, además, el buque insignia de la referencia socialista mundial, de la IIª Internacional.

Pero Alemania no fue el único país donde la socialdemocracia se hundió en el patriotismo socialchovinista. En Bélgica, el presidente de la IIª Internacional, Vandervelde, fue nombrado ministro del gobierno, al igual que el socialista Jules Guesde en Francia, donde el Partido socialista votó, también por unanimidad, a favor de los créditos de la guerra contra Alemania y otro tanto ocurrió en Suecia, Noruega, Holanda y Suiza. En Inglaterra los laboristas fueron quienes organizaron el reclutamiento. En la izquierda de Rusia enfrentada al zarismo viejos dirigentes del movimiento obrero, como Plejánov o el líder de los anarquistas, Kropotkin, así como un grupo del Partido bolchevique de la emigración en Francia, llamaron a la defensa contra el “militarismo alemán”. Así, la IIª Internacional se convirtió, en palabras de la revolucionaria alemana Rosa Luxenburg “en un montón de fieras salvajes inyectadas de rabia nacionalista que se lanzan a mutuo degüello por la mayor gloria de la moral y del orden burgués”. Su grupo Die Internationale y un par de pequeños núcleos revolucionarios en Alemania; en Rusia la fracción socialdemócrata de la Duma, los bolcheviques agrupados con Lenin, el grupo relacionado con Trosky y los mencheviqes de Martov; en Francia una parte del sindicalismo; en Holanda la gente De Tribune; una parte de socialistas italianos; y en Bulgaria la mayoría del Tesniaks, fueron lo único antibelicista e internacionalista visible.

En su muy documentado libro A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945) Enzo Traverso realiza una minuciosa descripción de la “fiebre chauvinista” que se desató en toda Europa, lo que él denomina “la nacionalización de las masas”, la euforia popular favorable a la confrontación bélica. Dentro de ello tiene particular interés el relato que hace sobre cómo impregnó hasta los tuétanos el propio mundo de la gran cultura. En Francia, “de Gide a Proust, de Anatole France a Claudel, de Durkheim a Bergson y Péguy, todos saludan la guerra como una suerte de liberación”. Y otro tanto ocurre en el otro bando: “el Berliner Tagblatt publica, en octubre de 1914, un célebre manifiesto en el cual noventa y tres eruditos de renombre mundial, muchos de ellos eran premio Nobel, defienden la causa alemana por ser la causa de la KULTUR”. En Austria ocurre lo mismo y el chovinismo va desde Wittgenstein hasta Freud. En Inglaterra H.G. Wells, Thomas Hardy o Chesterton “se transforman en propagandistas de la cruzada antialemana”. En Rusiaincluso poetas como Maiakovski, Blok y Esenin, enemigos del zarismo, “se enrolan en la cruzada contra la ‘barbarie germánica’”.

También en este mundo de la cultura, la oposición a la fiebre chovinista fue escasa: significativo el papel de Romain Rolland en Francia, de Bertrand Russell en Londres, de Karl Kraus en Viena, de un joven Gramsci en Italia o de un Kafka que el 6 de agosto de ese 1914 escribe: “Desfile patriótico.(…). Presencio estas manifestaciones con mi mirada malvada. Estos desfiles son uno de los fenómenos más repugnantes que acompañan a la guerra”. Pero son sólo casos aislados en ese 1914 de masivos patriotismos.

El todavía reciente artefacto de la cultura popular, el cine, recibió pronto el bautismo de su utilidad para la propaganda belicista y chovinista. Aunque en los países Aliados ya hubo antes del inicio de la contienda films antialemanes (“films de hunos”), la propaganda patriótica y belicista dominó a partir de 1914. En Alemania, donde se consideraba que la victoria iba a ser casi inmediata, la propaganda cinematográfica reflejaba, a comienzos de la guerra, esa representación popular de la victoria segura y cierta; cuando, más adelante, el frente se estancó en la “guerra de posiciones” se desarrolló una propaganda belicista pura y dura e incluso, en 1917, se unificaron con tal finalidad las diversas productoras en la UFA (Universum Film A.G.). EE UU entró en guerra el 5 de abril de 1917 y, a partir de entonces, su gobierno suprimió la exhibición de películas pacifistas y el Comité Federal de Información Pública creó una sección cinematográfica con fines de propaganda militarista.

Entre agosto y septiembre del mismo 1914, Trosky escribió La guerra y la Internacional donde argumentaba muy claramente sobre las causas de la guerra: “El significado real y objetivo de la guerra es el aniquilamiento de los actuales centros nacionales económicos y su sustitución por una economía mundial. Pero el camino que los gobiernos proponen para resolver el problema del imperialismo no es a través de la inteligente y organizada cooperación de todos los productores de la humanidad, sino su realización por medio de la explotación del sistema económico mundial por la clase capitalista del país victorioso, la cual será así transformada de gran poder nacional en poder mundial”. En el mismo sentido, en su El Socialismo y la guerra, Lenin decía: “Durante decenios, casi desde hace medio siglo, los gobiernos y las clases dominantes de Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, Austria y Rusia practicaron una política de saqueo de las colonias, de opresión de otras naciones y de aplastamiento del movimiento obrero. Y esta política precisamente, y sólo ésta, es la que se prolonga en la guerra actual”.

Uno y otro coincidían, también, en su explicación del patriotismo como idea legitimadora de la guerra y pantalla que ocultaba las verdaderas razones de ésta. “Toda disquisición sobre el actual choque sangriento en el sentido de que es una acción de defensa nacional, es o bien hipocresía o bien ceguera”, en palabras de Trosky. “El socialchovinismo es la sustentación de la idea de ‘defensa de la patria’ en la guerra actual”en palabras de Lenin.

El presagio de una guerra rápida –la “guerra de movimientos” (“para Navidades en casa”)– que había sido un elemento importante de la propaganda belicista, particularmente en Alemania, se quebró pronto. La esperada movilidad de la infantería y la caballería de cada bando se vió detenida, de golpe, por el fuego de las ametralladoras, las granadas y los cañones.

Tras la batalla del Marne los frentes se estancaron y se pasó a la “guerra de posiciones”. Europa entera se vio a travesada por miles de kilómetros de trincheras de las que salir significaba la muerte segura ante el fuego de las cercanas trincheras enemigas y en las que quedarse significaba un horror físico y psicológico insoportable. Además ahí se impuso el código de los militares de élite, casi todos pertenecientes a las clases altas de la sociedad, que no sólo escapaban de ese horror de las trincheras viviendo en cómodas viviendas, sino que, además, mandaban a sus tropas al campo de batalla pese a saber que aquello significaba una muerte masiva, pero con la esperanza de hacer sólo propios los laureles de la victoria. Las matanzas de Verdun, Somme, Passendale en Ypres, etc. son consecuencias de esos elitistas juegos militares por romper el frente enemigo.

En la crítica que Enzo Traverso realiza sobre el papel de los intelectuales europeos en vísperas de la guerra, se recoge, también, la que se refiere a su papel como propagandistas del mito del heroísmo y de la muerte en el campo de honor. Cita concretamente el Zwischenbetrachtung (Sociología de la religión) de Max Weber, donde este gran intelectual alemán considera que la guerra genera en el espíritu de los combatientes “una comunidad incondicional en el sacrificio (y) este carácter extraordinario de la fraternidad y de la muerte en la guerra” constituye un fenómeno moderno y secular “que el combate comparte con el carisma sagrado y la experiencia de la comunidad con Dios”.

Pero con el horror de las trincheras aparece, como dice Traverso, “el cambio repentino de una imagen a otra que le es antinómica: la figura del héroe es reemplazada por aquella del ‘soldado desconocido’, la muerte en el campo de honor es reemplazada por la muerte en el matadero”.

Y las consecuencias políticas de ello fueron muy importantes. En las retaguardias nacionales se generaron movimientos de protesta. Sin duda alguna el triunfo de la revolución proletaria en Rusia, motivado en gran parte por la oposición a la guerra, fue el caso principal; pero en casi toda Europa florecieron movimientos huelguísticos de gran importancia. Y en los frentes de guerra surgieron deserciones bastante masivas, pese a que los altos oficiales imponían graves castigos, incluida la pena de muerte.

El mundo de la alta cultura vivió, también, un revolcón. Valga como ejemplo las palabras de Sigmund Freud en su Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte escrito en 1915 y cuyo primer capítulo se titula, significativamente, “Nuestra decepción sobre la guerra” y comienza así: “Arrastrados por el torbellino de esta época de guerra, sólo unilateralmente informados, a distancia insuficiente de las grandes transformaciones que se han cumplido ya o empiezan a cumplirse y sin atisbo alguno del futuro que se está estructurando, andamos descaminados en la significación que atribuimos a las impresiones que nos agobian y en la valoración de los juicios que formamos. Quiere parecernos como si jamás acontecimiento alguno hubiera destruido tantos preciados bienes comunes a la Humanidad, trastornado tantas inteligencias, entre las más claras, y rebajado tan fundamentalmente las cosas más elevadas”.

En ese espacio de cultura popular que es el cine, ya en 1919, aún en el periodo del cine mudo, Abel Gance dirige Yo acuso, la historia dedos hombres, uno casado, y el otro amante de la esposa del primero, que se reúnen en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, y cómo esta historia se convierte en un pequeño ejemplo de los horrores de la guerra, en cuya escena final los soldados muertos se levantan de sus tumbas para denunciar a sus gobiernos.

Pero será el cine sonoro quien nos mostrará verdaderas joyas artísticas contra el chovinismo y el belicismo. Sin novedad en el frente, película de 1930 dirigida por Lewis Milestone adaptando la novela del mismo título de Erich Maria Remarque, relata la historia de unos adolescentes alemanes, unos jóvenes estudiantes, que aleccionados por su anciano profesor sobre el gran honor que supone el luchar por la “Madre Patria”, marchan a combatir con entusiasmo para intentar defender su país, encontrándose en el campo de batalla con un horror insospechado que marcará para siempre sus vidas. El texto escrito con el que se inicia la película finaliza diciendo que ésta "sencillamente trata de hablar de una generación de hombres a quienes a pesar de haber escapado de las bombas, la guerra destruyó”.

En 1937 Jean Renoir dirigió una de las consideradas obras maestras del cine, La gran ilusión. Después de que su avión fuera abatido, sus dos tripulantes, franceses, son detenidos por tropas alemanas y llevados a un campo de prisiones para oficiales en Hallsbach. Uno de ellos, Boïeldieu, es aristócrata y militar de carrera; el otro, Maréchal, persona de extracto social humilde, se ha hecho teniente por méritos en la lucha. El campo de internamiento está dirigido por el capitán von Rauffenstein, también aristócrata y aferrado a los códigos de honor de la oficialidad. Los presos están preparando una evasión de la que informan a los dos recién llegados. Entre los presos hay personajes que representan a los diversos extractos sociales de entonces (un hijo de banquero, un actor de teatro, un ingeniero, un profesor). En el film no aparece el frente de batalla. Se dedica, más bien, a narrar las relaciones humanas, la amistad que se produce entre los dos aristócratas, Boïeldieu y von Rauffenestein, frente a la que Maréchal establece con su guardián, un hombre de origen social tan humilde como el suyo. Estas relaciones de clase retratan un potente discurso contra la injusticia social internacional y son, además, la base para un igualmente potente alegato pacifista.

Hay otras conocidas películas antibélicas; algunas memorables como Rey y Patria (1964) de Joseph Losey o Jonny cogió su fusil (1971) de Dalton Trumbo; otras más flojas artísticamente y en su fuerza antibelicista como Ases del cielo (1976) de Jack Gold, El barón rojo (2008) de Nikolai Müllerschön o la reciente Caballo de batalla (2011) de Steven Spielberg (aunque en esta, el escenario de las trincheras es espectacular). También ha habido películas de gran éxito en las que la Iª Guerra Mundial actuaba como escenario de fondo: La reina de África (1951) de Jonh Huston o Leyendas de pasión (1999) de Eward Zick son, quizás, las más conocidas.

Pero de toda la filmografía antibelicista y antichovinista sobre la Iª Guerra Mundial, la más destacable es, sin duda, Senderos de Gloria (1957) de Stanley Kubrick, que, por cierto, fue el título que Jesús Rodríguez puso a su artículo, citado ya, en esta web de VIENTO SUR. El argumento y el desarrollo de la historia están basados en hechos reales: durante el conflicto bélico y como consecuencia del fracaso estrepitoso de un ataque erróneo y mal planeado, el general francés Deletoile hizo fusilar a cinco hombres de la 5ª Compañía del Regimiento 63 acusados de cobardía como castigo ejemplar para sus tropas.

En la primera parte del film el general Mireau pasea por las trincheras de su regimiento; son imágenes sobrecogedoras que chocan brutalmente con los alegatos patrioteros con los que se dirige a cada soldado. El coronel Dax (Kirk Douglas) le enseña la “colina de las hormigas” plagada de ametralladoras y cañones alemanes que está al otro lado. El general Mireau le ordena atacar aquella fortaleza inexpugnable. El intento de asalto es una carnicería y las imágenes con las que se representa son espeluznantes; los soldados franceses comienzan a retroceder hacia las trincheras y el general Mireau ordena a su artillería que dispare contra sus propios camaradas. Aunque no se cumple esta orden el general decide elegir al azar a varios soldados para juzgarlos por cobardía y ocultar su responsabilidad en el ataque. El coronel Dax, que había sido abogado antes de la guerra, se opone rotundamente, pero hasta el máximo superior, el general Broulard, en apariencia más moderado, acepta que los juzgados sean tres y acepta, también, que Dax los defienda. Los juegos de luces y sombras de esa escena entre los tres oficiales, así como las del juicio crean un clima difícil de encontrar en otras películas. Todo el juicio es una farsa y los tres soldados son condenados y ejecutados. En la última escena de la película los soldados están bebiendo en un bar; el dueño del mismo trae ante ellos a una joven mujer alemana para que cante; los soldados gritan, le dicen barbaridades a la mujer; ésta, asustadísima, empieza a cantar una canción popular alemana; poco a poco cambian las miradas de los soldados, callan sus gritos y se van sumando, suavemente a la canción. Fuera del bar el coronel Dax deja que termine la canción y sabe que, después, debe volver a llevar esos soldados a las trincheras.

En la conversación en la que el general Mireau encarga al coronel Dax atacar “la colina de las hormigas” aquel reconoce abiertamente que al menos la mitad de los soldados morirán, pero, añade “tendremos la colina de las hormigas” y ante la abierta duda de Dax de poder conseguirlo, añade “toda Francia depende de usted”. El coronel Dax le contesta: “No soy un toro, mi general. No me ponga delante la bandera de Francia para que embista”. El general Mireau se irrita, reivindica el patriotismo francés y añade que “donde hay un patriota hay un hombre honrado”. Tomando una frase del crítico literario Dr. Johnson (1709-1784), el coronel Dax contesta: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.

La película no pudo exhibirse en Francia hasta 1972; en España estuvo prohibida hasta 1986.

1/08/2014





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