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Poder Constituyente
Políticas nuevas desde Estados Unidos
08/08/2014 | Dan La Botz

[El Procés Constituent –el movimiento sociopolítico que propugna la apertura de un proceso constituyente en Catalunya– acogió los pasados 19 y 20 de julio en Barcelona el V Congreso Internacional del Poder Constituyente. Acudieron ponentes de muy diversos países, desde Chile hasta Islandia, desde Grecia hasta EE UU, para exponer sus puntos de vista sobre la necesidad de un cambio de régimen, no solo político, sino también económico y social, frente al poder cada vez más concentrado en manos de una exigua minoría de grandes capitalistas y explicar sus experiencias recientes en este terreno. VIENTO SUR publicó ya, el pasado 2 de agosto, la intervención de Margretb Tryggvadóttir sobre “El proceso constitucional en Islandia”. Publicamos a continuación la ponencia de Dan La Botz, periodista y sociólogo estadounidense, vinculado al sindicalismo alternativo y miembro de Solidarity, una organización socialista, feminista y antirracista. La Botz envió un vídeo con su ponencia, pronunciada en castellano.]

Compañeros y compañeras,

Saludos solidarios desde los Estados Unidos. Me alegra poder participar en el V Congreso Internacional de Poder Constituyente de esta manera electrónica, aunque hubiera preferido estar ahí con ustedes, para conocerles y poder intercambiar impresiones sobre la situación actual y propuestas para el futuro. Quisiera compartirles el panorama que ofrece la actual situación económica, social y política de los Estados Unidos, para lo cual convendría situarles en el contexto de los últimos diez años. Sin embargo, me voy a centrar en el periodo asociado a la Administración del Presidente Barack Obama, la crisis económica, los movimientos sociales y la evolución reciente de la política electoral. El eje de esta presentación va ser el movimiento Occupy Wall Street y las campañas políticas independientes del último año.

Creo que debemos empezar con la campaña electoral para la presidencia del país en el año 2007. El pueblo norteamericano se había cansado de la política del Presidente George W. Bush del Partido Republicano, de las guerras de Irak y Afganistán. En los últimos días de la campaña, algunos bancos y otras instituciones financieras (como Lehman Brothers, Bear Stearns y Merrill Lynch) cayeron en bancarrota poniendo en peligro toda la economía norteamericana. Ante esta situación, las palabras clave de la retórica de Obama —“Esperanza” y “Cambio”— atrajeron aún más la atención del pueblo. La mayoría del electorado, entre ellos muchos jóvenes, latinoamericanos y afro-americanos, fueron a votar en noviembre de 2007; el 53% votaron por Obama y, por primera vez, los americanos eligieron un presidente de raza negra.

Había muchas esperanzas puestas en Obama. Pero, con el desarrollo de la crisis, la luna de miel presidencial se vino abajo y las velas se apagaron. El país cayó en la mayor depresión económica habida desde los años treinta. El nivel de desempleo oficial creció del 5 al 10% en un año. Si bien, oficialmente, el nivel de desempleo entre los trabajadores de raza blanca era del 10% -en realidad se aproximó al 15% si se toman en cuenta las personas que, desesperadas, dejaron de buscar empleo-, nivel que llegó a casi el 20% para la gente latinoamericana y al 30% para la de raza negra. Al mismo tiempo, en dos años, casi el 15% de los pagos hipotecarios se atrasaron y dos millones de personas perdieron sus casas en ejecuciones hipotecarias. El Gobierno de Obama (la Secretaría de Hacienda y el Congreso) respondió con un programa para salvar a los bancos y a las grandes corporaciones, tales como las del automóvil. Al mismo tiempo, el Presidente congeló los salarios de los empleados federales, el primer paso hacia la política de austeridad. Había una impresionante colaboración entre gobierno y banqueros mientras crecía el desempleo, los desalojos y la desesperación de la gente. Obama declaró que salvaban la economía, pero era la economía de los capitalistas, la de los ricos, la que se salvaba mientras que la economía comunitaria, la economía doméstica de millones de personas se desplomaba. Creció entre mucha gente la idea de que el gobierno les ignoró completamente, que no les hizo caso o, mejor aún, que le importaba un comino lo que les ocurriera.

Como pasa frecuentemente en situaciones tan drásticas, había incomprensión, frustración y depresión psicológica entre las capas de la sociedad más afectadas por la crisis (la clase media-baja, la trabajadora, los latinoamericanos y los afro-americanos) pero no había una respuesta activa ni por parte de los sindicatos de la Federación Americana de Trabajo (AFL-CIO), ni por parte de organizaciones nacionales tales como la Organización Nacional por el Progreso de la Gente de Color (NAACP) que históricamente ha representado a la raza negra, o el Consejo de la Raza, que más recientemente representa a la comunidad latina, o la Organización para la Mujeres (NOW). Hay que recordar que en los Estados Unidos no existe, ni ha existido, un partido socialista o comunista, ni un partido laboral, ni ningún otro partido de izquierda que hubiera podido brindar un análisis, ofrecer una orientación política, o prestar una estructura organizativa y de cuadros políticos para ayudar a montar una oposición a las políticas patronales y gubernamentales. Por eso, la crisis económica y la situación social cada día más difícil no acabó en movimiento social y político por parte de los trabajadores y grupos oprimidos.

La primera respuesta política a la crisis vino del Tea Party, organización de ultra-derecha que toma su nombre de un evento precursor a la Revolución de Independencia de los Estados Unidos, cuando los patriotas americanos de Boston tiraron al mar el té enviado de Gran Bretaña para mostrar su oposición al pago de impuestos. El Tea Party, con una política liberal de derechas, recibió fondos de fundaciones conservadoras que usó para desarrollar su base de clase media y trabajadora que se opuso a cualquier tipo de intervención por parte del gobierno federal. Las características fundamentales del Tea Party son estas:

1) se opone al “Estado de bienestar” y a los correspondientes impuestos;

2) basa sus valores en la religión cristiana evangélica;

3) consecuentemente, se opone a gays y lesbianas y a su derecho al matrimonio;

4) también, claro, está en contra del derecho de la mujer al aborto;

5) está en contra de la “inmigración ilegal” (una política teñida de racismo);

6) reclama el derecho de los ciudadanos a llevar el tipo de armas que quieran y donde

quieran.

El Tea Party también se caracterizó por un racismo encubierto hacia el “Presidente negro”, cosa que se evidenció en las pancartas que se vieron en las manifestaciones, donde el presidente aparecía en caricaturas feas e insultantes. A principios de 2009, el Tea Party dirigió su oposición a la propuesta de Ley de Asistencia Sanitaria Asequible (Affordable Care Act) presentada por Obama, acusando al Presidente de tratar de imponer un sistema socialista. La ley, basada completamente en normas capitalistas, exigía a los ciudadanos el pago de un seguro de salud a la vez que se requería a las compañías la aceptación de clientes con condiciones previas. Fue realmente la campaña contra lo que llamaron “Obamacare” lo que hizo crecer al Tea Party, llegando a ser una fuerza impresionante en varios Estados. El discurso del Tea Party en contra de Obama, en contra del “Estado de bienestar” y, sobre todo, en contra de su proposición de Ley de Atención Sanitaria Accesible a todos, llegó a dominar las primeras planas de los periódicos, los shows de noticias de la radio y la televisión y la consciencia del pueblo. Pero, curiosamente, abrió también la puerta a un debate sobre socialismo en un país conocido por su anti-comunismo.

Muy pronto, el Tea Party entró en la política electoral apoyando a los candidatos más conservadores del Partido Republicano. En 2010, el Tea Party apoyó 138 candidatos, 129 para la cámara baja y 9 para el senado. Ganaron 5 escaños para el senado y 40 escaños en la cámara baja. El impacto fue tremendo, provocando que el ala republicana se moviera más a la derecha y amenazando a conservadores tradicionales con oponentes aún más conservadores. Surgieron candidatos más derechistas de forma generalizada, incluso allí donde no había organizaciones del Tea Party. Tal fue el caso de Scott Walker, quien ganó la elección para Gobernador de Wisconsin en noviembre de 2010. En febrero de 2011, propuso, y la legislatura estatal aprobó, una ley que básicamente despojaba a los trabajadores estatales de todos sus derechos sindicales.

La respuesta fue inmediata. En febrero mismo, cien mil trabajadores ocuparon la plaza frente al Capitolio en la ciudad de Madison y miles ocuparon el propio Capitolio. Los maestros se pusieron en huelga en Madison y otras ciudades del estado. Había, entre los sindicalistas, debates sobre declarar o no una huelga general, algo desconocido en los Estados Unidos. Pero la huelga general no se convocó y el partido Demócrata, junto con la burocracia sindical, colaboró en el desalojo de los trabajadores de la plaza y del Capitolio, insistiendo en que sería mejor luchar en el campo electoral. En marzo la calma se había restablecido. A pesar de sus manifestaciones y ocupaciones, los trabajadores no habían podido ni parar ni revocar la ley anti-sindical. Sin embargo, por primera vez, había una repuesta colectiva, por parte de la clase trabajadora, a la crisis y a la nueva política de austeridad del gobierno.

Seis meses después, en septiembre de 2011, un pequeño grupo de inconformistas tomó el Parque Zuccotti, en el área de Wall Street, el centro financiero no solo de los Estados Unidos sino del mundo. Rápidamente otros se sumaron —trabajadores, desempleados, sindicalistas, activistas sociales de los movimientos ambientales, activistas de movimientos LGTB (en defensa de los derechos de los gays, lesbianas, bisexuales y transexuales). La ocupación tenía varias facetas. Fue simultáneamente una protesta en contra de los bancos y otras grandes corporaciones, un movimiento de reivindicación de los derechos de los trabajadores, una celebración de la creatividad del pueblo común y corriente, un intento de fundar una comunidad democrática y igualitaria, un paso adelante en la búsqueda de una sociedad más justa.

Occupy Wall Street emergía debido a dos aspectos fundamentales: el crecimiento de la enorme desigualdad en la sociedad y el rechazo del papel del dinero en la política. Hay que entender que en las elecciones de 2012 los candidatos, partidos y otras organizaciones políticas gastaron casi siete mil millones de dólares. Los ricos que más dinero tienen son los que dominan un proceso electoral donde los partidos políticos dependen de sus contribuciones para pagar los anuncios y spots en la televisión. El famoso lema del movimiento Occupy -“Somos el 99%”- resonó en las mentes y los corazones de buena parte del pueblo americano. Nosotros somos el 99% pero el 1% controla y domina la economía y la política. Es importante entender que Occupy Wall Street no era un movimiento socialista ni un movimiento anticapitalista. El movimiento se declaró en contra del sistema existente, no solamente de palabra sino también con hechos. Sin embargo, no calificó el carácter del sistema ni indicó un sistema alternativo. Occupy Wall Street rechazó la idea de desarrollar un programa, para evitar caer en manos de algún partido político. Rechazó a todos los partidos políticos, a políticos y candidatos y también a los sectores de la izquierda que querían dirigir o salvar al movimiento. Tampoco era un movimiento anarquista, aunque hay que reconocer el sabor y estilo del anarquismo en su rechazo a líderes, sus asambleas tumultuosas, sus muchos comités que se formaron espontáneamente y se encargaron de todo y su aspiración a una democracia directa como antítesis de la democracia comercial, corrupta y autoritaria que se practica en los Estados Unidos.

El movimiento se extendió rápidamente por la mayoría de los Estados. Multitud de grupos ocuparon plazas, parques y otros sitios de las grandes ciudades, de pueblos pequeños y de campus universitarios. Decenas de miles de personas participaron en las ocupaciones, las manifestaciones, las marchas, en muchas formas creativas de protesta. De repente, Occupy Wall Street había desplazado al Tea Party de los medios masivos de comunicación y la cuestión de la desigualad ocupó el centro del debate nacional. El gran éxito de Occupy Wall Street fue mostrar, una vez más, la posibilidad de respuesta masiva y desde abajo al sistema que tanto había abusado de la clase trabajadora y de los pobres. Occupy Wall Street llegó a ser el mayor movimiento social reivindicativo desde las movilizaciones por los derechos civiles de los negros, las movilizaciones en contra de la guerra de los Estados Unidos en Vietnam y los movimientos feministas de los años 70. La llegada del invierno, junto con la dura represión por parte de los policías enviados por los alcaldes del Partido Demócrata, que aplastaron las ocupaciones y golpearon y encarcelaron a los activistas, devastó al movimiento que por la primavera de 2012 había casi desaparecido.

Y año después vimos por primera vez una fuerte respuesta por parte de los sindicatos. En septiembre de 2012, el Sindicato de Maestros de Chicago llevó a cabo una huelga que no fue solamente para los maestros sino también para las comunidades y los estudiantes. Aunque el éxito no fue total, la huelga consiguió defender los salarios y condiciones laborales de los maestros; tuvo menos éxito en evitar el cierre de escuelas en los barrios de comunidades negras. La victoria, aunque parcial, de los maestros de Chicago animó a otros sindicatos de educadores en otras partes y ya existe un frente de los sindicatos más militantes en Chicago, Los Ángeles y otros lugares. Pero lamentablemente Chicago ha sido una excepción. Hay que confesar que la debilidad y la pasividad de los sindicatos son notorias, aunque hay pequeñas luchas militantes en un lugar u otro cada día.

Está claro que, en un país tan grande como los Estados Unidos siempre hay movimientos sociales de varios tipos y en diferentes ciudades, estados y regiones, y entre diferentes sectores de la población. Recientemente, hemos tenido ejemplos de decenas de miles de ambientalistas manifestándose en contra de la propuesta del conducto Keystone, que se extendería de Canadá a Texas. Hay un movimiento en el sur que se llama Moral Mondays (lunes morales) en el Estado de North Carolina y otros Estados del sur. También tenemos protestas en contra del maltrato, el racismo y la violencia de los policías en varios Estados, recientemente en New Mexico. Pero, desde Occupy Wall Street, no hemos tenido un movimiento que de expresión a las necesidades, deseos y esperanzas del pueblo trabajador en su totalidad.

Consciente del enorme interés que el tema despierta, creo que debo decir algo sobre el movimiento de los inmigrantes en los Estados Unidos. Los Estados Unidos tienen una población de 318 millones de personas, de la que un 12.5% (38.5 millones) son inmigrantes con o sin documentos. La gran mayoría de inmigrantes vienen legalmente, pero hay cerca de 12 millones que no tienen papeles. En 2004, el presidente George W. Bush propuso una liberalización de las leyes migratorias y en 2006 hubo enormes manifestaciones de millones de inmigrantes en todas partes de los Estados Unidos. Fue la mayor ola de manifestaciones de toda la historia del país. Pero hay que entender que este no fue un movimiento radical ni militante, sino una manifestación pacífica pidiendo el derecho de vivir y trabajar en el país sin hostigamiento, penas legales, encarcelamiento, o deportación. El movimiento de 2006 no tuvo éxito y desapareció, aunque los inmigrantes han continuado organizándose y protestando en varios lugares, especialmente aquellos jóvenes que llegaron al país con sus padres y que ahora quieren acceder a las universidades públicas. Pero el movimiento no es grande ni poderoso en este momento.

Con todo, el espíritu anti-sistema de Occupy Wall Street sigue vivo. Ha tomado otra forma, esta vez política. Como ya mencioné, no existe un partido de izquierda en los Estados Unidos y Occupy Wall Street no es nada parecido al partido Podemos que ha surgido de los “indignados” en el Estado español. Por eso, el primer y gran beneficiario del cambio de consciencia de Occupy Wall Street fue Bill de Blasio, un candidato progresista a la alcaldía de Nueva York por el Partido Demócrata. El alcalde anterior fue el billonario Michael R. Bloomberg, el séptimo hombre más rico de los Estados Unidos y el decimotercero del mundo. El aspirante a sucesor, en cambio, era una persona insignificante. De Blasio, con un programa social subrayando la necesidad de educación y viviendas para la mayoría, tenía el apoyo de los sindicatos, de los grupos comunitarios, de afro-americanos y de latinoamericanos.

Cansada de un gobierno de y para los ricos, la gente votó en favor del candidato demócrata y, en noviembre de 2013, de Blasio ganaba con un total abrumador del 73 % de los votos. Está claro que el Partido Demócrata es un partido capitalista y de Blasio, si es fiel a sus ideales, va a encontrarse en una jaula construida durante décadas por el partido, las burocracias sindicales y los grandes capitalistas. Pero el voto en su favor representa un cambio radical en las actitudes del electorado. Aparece, dentro del Partido Demócrata, una nueva fuerza progresista que tiene la posibilidad de mover el partido un poco a la izquierda, aunque todavía no representa una alternativa para la clase trabajadora y otros grupos.

Al mismo tiempo, hemos visto por primera vez en décadas la aparición de varias candidaturas independientes, del partido verde, candidaturas individuales y organizaciones socialistas. También en noviembre de 2013, Khasama Sawant, una activista de Occupy Seattle y candidata de Alternativa Socialista, un pequeño grupo socialista revolucionario, derrotó al cabeza de lista del Partido Demócrata y gano un escaño en el ayuntamiento de Seattle, Washington. El New York Times y otros periódicos, así como los medios de telecomunicaciones a nivel nacional, reconocieron su victoria como parte de un cambio importante en la política nacional. También ha habido otras candidaturas interesantes: de grupos sindicales en Lorain, Ohio; de socialistas independientes en Wisconsin; y del Partido Verde en varias localidades. Candidaturas electorales de esta clase representan una novedad en los Estados Unidos.

Así pues, ¿cuál es el balance de la última década? y ¿dónde estamos en este momento? En primer lugar, hay que decir que la protesta de los maestros de Wisconsin, así como Occupy Wall Street o la huelga de los maestros de Chicago representan pasos importantes en la reconstrucción de movimientos sindicales y sociales. En segundo lugar, el espíritu de esos movimientos está encontrando actualmente, poco a poco, expresión en la política. La recuperación parcial de la economía se ha hecho a expensas de la clase trabajadora, que ha sufrido recortes salariales, pérdida de trabajos a tiempo completo y aumento de la precariedad, junto con recortes en el presupuesto social y la reducción de servicios sociales. Todo eso sugiere que vamos a ver otros brotes de descontento y rebelión en el futuro. Nuestro trabajo es analizar la coyuntura, educar y capacitar a cuadros políticos para los movimientos de resistencia y organizarnos con la gente que critica y lucha, para que sus esfuerzos resulten exitosos y avancemos hacia la sociedad democrática, igualitaria, justa y con dignidad para todos, la sociedad que todos queremos.

Les mando un abrazo solidario y les brindo mis mejores deseos por el éxito del congreso y por la victoria de los pueblos en nuestras luchas.

Muchas gracias.



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