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Ucrania
Aspiraciones democráticas y rivalidad interimperialista
11/08/2014 | Kevin B. Anderson

Ucrania no solo pone a prueba a los movimientos democráticos o a los imperialismos desiguales de EE UU/UE y Rusia, sino también a la izquierda mundial. Del mismo modo que en otros momentos “difíciles”, como las guerras de Bosnia y Kosovo, de Irán en 2009 o la revuelta libia, nuestro apoyo a la democracia y los derechos humanos ha entrado en conflicto en algunos casos con la posición tradicional de que el capitalismo neoliberal, encabezado por EE UU, constituye la principal amenaza para la humanidad. La revuelta de Maidán que tumbó a la cleptocracia oligárquica de Víktor Yanukóvich en Ucrania no era socialista y ni siquiera socialdemócrata; es más, cosechó los aplausos de EE UU y de la UE, que sin duda trataron de sacar provecho de ella en detrimento de Rusia. Esto hizo que algunos militantes de la izquierda se inclinaran a favor de la Rusia de Vladímir Putin y se abstuvieran de apoyar la revuelta de Maidán y a Ucrania, incluso ante la anexión por parte de Rusia de una porción del territorio ucraniano y las amenazas de desmembrar el país. Este artículo adopta un punto de vista diferente. En la tradición de la izquierda antiestalinista y en particular de la corriente marxista-humanista a la que pertenezco desde hace tiempo, sostengo que podemos y debemos apoyar a los movimientos populares y democráticos progresistas incluso en los casos en que se enfrentan a regímenes a los que se opone el gobierno estadounidense, al tiempo que hemos de oponernos a la guerra y la hegemonía de EE UU.

El movimiento de Maidán: una revuelta democrática ante las narices de Putin

La revuelta ucraniana de 2013-2014 mostró la creatividad de las masas movilizadas y la fragilidad del poder del Estado, aunque se rodeara de un aparato policial represivo y contara con el apoyo de un aliado imperialista extranjero. El derrocamiento del gobierno prorruso de Yanukóvich vino precedido de amplias protestas callejeras que reunieron a más de 500.000 personas y de la ocupación durante semanas de la plaza central de Kiev, el Maidán, desde el final del invierno. Pese a los esfuerzos de Rusia por apoyarlo y a la represión policial, que causó más de un centenar de muertos, al final del régimen se colapsó. La policía se esfumó, el ejército se negó a atacar a la población y Yanukóvich salió huyendo para salvar la vida.

La revuelta de Maidán puso nervioso al régimen de Putin en Rusia, que ha conocido protestas democráticas persistentes durante los últimos dos años a pesar de la creciente represión estatal. Como escribió el periodista británico James Meek: “El gran temor de Putin es que el pueblo de una futura Ucrania mejor pudiera inspirar una unificación completamente distinta con sus hermanos eslavos del este en su lado de la frontera, una causa común de revuelta popular contra él y otros dirigentes como él. La revolución en Maidan Nesaleshnosti –la plaza de la Independencia en ucranio– es lo que más se parece a un guion de su propia caída” (London Review of Books, 20 de marzo de 2014). Desde una óptica similar, el sociólogo ucraniano Volodimir Ishchenko sostuvo que al anexionarse Crimea, Putin no solo actuaba por motivos territoriales e imperiales, sino también por la situación interna en Rusia: “Crimea era necesaria para potenciar el patriotismo en la población rusa y para menoscabar toda posibilidad de que la oposición rusa –que se inspiraba mucho en Maidán– pudiera intentar algo parecido en Rusia” (“For Ukrainians, as for any other people in the world, the main threat is capitalism,” LeftEast, 30 de abril de 2014).

Ahora bien, la revuelta de Maidán mostró varias contradicciones. Una de ellas radica en la emergencia de grupos de extrema derecha. Aunque solo fueran una pequeña minoría dentro del movimiento, estos grupos estaban bien organizados y preparados para la lucha callejera. Un reportaje reciente de un corresponsal anarquista describe la fuerza relativa de esos grupos: “La autodefensa de Maidán estaba organizada en ‘centurias’, y algunas organizaciones o corrientes creaban las suyas propias. En total había unas 50 centurias de estas. Sin embargo, a pesar del nombre muchas de ellas no comprendían a más de 30 o 40 personas. Alrededor de diez centurias estaban dominadas por derechistas o fascistas, otras manifestaban posiciones nacionalistas, pero con elementos más liberales o democráticos.” En el artículo también se señala que la izquierda conformaba una parte muy pequeña, a menudo marginada, del movimiento de protesta, en ocasiones debido a los ataques de grupos derechistas. A pesar de todo, algunos “anarquistas, comunistas y socialistas” participaron en la ocupación, por parte de 300 estudiantes, del ministerio de Educación en Kiev (“Ucrania: Report from a visit in Kiev in April 2014,” libcom.org, 29 de abril de 2014). Así, mientras que la idea de calificar la revuelta de fascista o reaccionaria no dejó de ser un bulo propagado por la propaganda estatal rusa, el surgimiento de la extrema derecha como tendencia constituye sin duda un grave peligro para el movimiento democrático ucraniano.

Una segunda contradicción del movimiento de Maidán afectó a una parte importante de su plataforma reivindicativa, al reclamar la adhesión a la Unión Europea (UE) en vez de la Unión Económica Euroasiática de Putin. Este fue el tema que sirvió de espoleta de las manifestaciones iniciales en novimbre de 2013, pues la mayoría de ucranianos se escandalizaron ante la negativa de Yanukóvich de firmar un pacto con la UE, que para ellos era evidentemente una manera de evadirse de la red económica y política cada vez más autoritaria que estaban tejiendo Putin. La UE ofreció a Ucrania un préstamo de miles de millones de dólares a cambio de una “reforma” económica no especificada. En aquel entonces y más tarde, el movimiento democrático ucraniano apenas ha tenido en cuenta el terrible coste humano de las políticas de austeridad que la UE y otras instancias prestamistas internacionales exigirían a cambio de los préstamos, empezando por los recortes de los salarios y las pensiones y el aumento de los precios de productos básicos. Y eso en un país que ya se hallaba al borde del colapso económico.

Esta carencia se debe al hecho de que la clase obrera no apareció bajo su propia bandera y a la debilidad de la izquierda, por lo que la revuelta democrática careció de una dimensión socioeconómica, por no decir anticapitalista. Hubo sin embargo algunas protestas aisladas centradas en cuestiones económicas, como relata el corresponsal anarquista arriba mencionado: “El 9 de abril fuimos a una concentración de trabajadoras sociales delante de un edificio gubernamental cerca de Maidán. Son las primeras despedidas tras el acuerdo con el FMI [Fondo Monetario Internacional]. Han acudido alrededor de 200 personas (procedentes de distintas partes de Ucrania) a esta... concentración en el exterior del edificio gubernamental. Muchas trabajadoras blanden sus pancartas hechas por ellas mismas y corean consignas dirigidas al gobierno como ‘Intercambiemos los salarios’, ‘Empezad con los recortes por vosotros mismos’ y ‘Las reformas son para mejorar, no para crear desempleo y pobreza’. La mayoría son mujeres.

Una tercera contradicción se refiere a la estrechez de miras del nacionalismo ucraniano predominante en buena parte del movimiento, así como en el nuevo gobierno de Kiev. Así, cuando Yanukóvich estaba perdiendo el poder, el parlamento, que por entonces ya se había pasado a la oposición, llevó a cabo una votación –de consecuencias fatales– para abolir la ley de cooficialidad lingüística de 2012, que había declarado el ruso como lengua cooficial de la nación, junto con el ucranio. A pesar de que la abolición nunca llegó a tomar efecto porque fue vetada por el presidente de la República en funciones, el daño político fue enorme, pues entregó una poderosa arma propagandística a Putin y sus aliados en Ucrania oriental, donde los rusoparlanetes son la gran mayoría. Es más, muchos ucranianos del este temieron con razón que el tipo de política neoliberal favorecida por el nuevo poder en Kiev abriría la región industrializada de Donbás a la competencia de importaciones más baratas de productos manufacturados del extranjero, dando pie a despidos masivos.

A pesar de estas contradicciones, la revuelta ucraniana fue en conjunto un acontecimiento positivo, que demostró tanto el poder como la creatividad de un movimiento democrático de masas en una región marcada por un creciente autoritarismo. Es más, logró efectivamente derrocar a un gobierno, cosa que no se ve todos los días. Esto no solo sacudió a Ucrania, sino también a Rusia, e incluso llegó a preocupar a regímenes tan lejanos como el de Irán, donde se desencadenó una disputa entre periódicos reformistas y conservadores (“La révolution ukrainienne dérange les conservateurs en Iran,” Le Monde, 28 de febrero de 2014).

Rivalidades interimperialistas y solidaridad internacional

Pocos días después de la caída de Yanukóvich, Putin emprendió la anexión de Crimea, un territorio que Rusia llevaba reclamando desde hacía tiempo y que alberga a una de sus principales bases navales. En Crimea vive una clara mayoría de rusohablantes, además de los destacamentos de personal militar ruso que residen allí, aunque también existe una minoría significativa de tártaros crimeos predominantemente musulmanes (12 % de la población), así como de ucranioparlantes (24 %). Estas minorías quedaron casi completamente silenciadas durante una farsa de referéndum relámpago en que se dijo que hubo un improbable 80 % de participación y una antigua mayoría típicamente soviética del 97 % votó supuestamente por separarse de Ucrania y unirse a Rusia.

La anexión de Crimea por la Rusia de Putin dio pie a sanciones y amenazas por parte de EE UU y de la UE con vistas a aislar a Rusia, resucitando el clima de la guerra fría. EE UU ha vertido sus habituales lágrimas de cocodrilo por Crimea a pesar de que ocupa Guantánamo, un enclave segregado del territorio cubano. De hecho, la conducta general de Putin desde la revuelta de Maidán, al concentrar a 40.000 soldados junto a la frontera y emitir declaraciones belicosas sobre la protección de las minorías rusas en todas partes, es casi un fiel reflejo del modo en que Washington se ha comportado tradicionalmente con respecto a América Latina.

Un tipo distinto de respuesta fue la solidaridad internacional democrática y antiimperialista. En el interior de Rusia, la oposición democrática organizó una manifestación bastante masiva, que reunió a 50.000 personas, el 15 de marzo, en la víspera del referéndum de Crimea. Entre las consignas que se corearon estuvo la de “Manos fuera de Ucrania” y “No a la guerra”. Hubo una contramanifestación mucho menos concurrida, convocada bajo el lema de “No habrá Maidán en Moscú” (Le Monde, 16 de febrero de 2014). Esto probablemente sea cierto en estos momentos, pero sin duda el fantasma de Maidán persigue a Putin por mucho que su actitud patriotera haya mejorado temporalmente sus índices de popularidad. La anexión de Crimea también mereció la condena de la Asamblea General de las Naciones Unidas tras una votación sesgada.

Los sectores de la izquierda que se han mostrado reacios a dar su apoyo al movimiento de Maidán –junto con expertos internacionales de la escuela “realista”– señalan a menudo que la OTAN se ha extendido desde 1991 a la mayor parte de Europa del este y los países bálticos, violando las promesas dadas a los líderes de Rusia cuando se hundió la Unión Soviética. Está claro que la OTAN ha actuado como lo que es, una alianza imperialista, sacando provecho de la debilidad de su antiguo rival y practicando una especie de agresión velada que sembró una gran desconfianza en el Estado y el pueblo rusos. Pese a las aseveraciones actuales de EE UU y la UE de que únicamente están interesados en una asociación económica con Ucrania, y no en su incorporación a la OTAN, hemos de recordar que el vicepresidente estadounidense Joe Biden declaró durante una visita a Kiev en 2009 que EE UU “apoyará firmemente” el ingreso en la OTAN (Ellen Barry, “Biden Says U.S. Still Backs Ucrania in NATO”, New York Times, 23 de julio de 2009, A8). Escaldado por las desastrosas guerras en Irak y Afganistán, la oposición del público a nuevas aventuras extranjeras y la escasez de recursos durante la Gran Recesión, el gobierno estadounidense se muestra ahora más comedido. Sin embargo, no por ello ha renunciado al objetivo global de dominar el mundo.

¿Qué hay del imperialismo ruso, sumamente debilitado desde 1991? A este respecto también es preciso señalar que los detractores del imperialismo estadounidense y occidental no suelen recordar que Putin, al igual que EE UU con respecto a la OTAN y Rusia, ha violado las garantías que dio Rusia en 1994, cuando firmó junto con Washington y Londres el Memorándum de Budapest. En aquel acuerdo, las tres potencias se comprometieron a respetar la integridad territorial de Ucrania a cambio de su promesa de entregar su arsenal nuclear, el tercero más grande del mundo. Ucrania cumplió su parte en 1996, convirtiéndose así en uno de los dos únicos países –el otro es Sudáfrica– que han renunciado a su armamento atómico. Además, yo añadiría que el hecho de criticar que EE UU y la OTAN hayan interferido en la esfera de influencia de Rusia obedece a una lógica imperialista, una lógica que la izquierda ha de rechazar en todas sus formas, tanto si esa esfera está dominada por Washington como si lo está por otra potencia mundial o regional.

Kerry y Obama promocionan sus credenciales democráticas cuando apoyan la revuelta de Maidán o se oponen al matonismo ruso en Ucrania, pero guardan silencio sobre cuestiones que les afectan más directamente, como la condena de Cecily McMillan, la activista de Occupy Wall Street cuyo “delito” consistió en dar un codazo a un policía que le había manoseado los pechos durante la disolución de una manifestación en 2012. En un notable gesto de internacionalismo desde abajo, dos opositoras a Putin del grupo Pussy Riot, Maria Alyójina y Nadeshda Tolokonnikova, visitaron a McMillan en señal de solidaridad en la cárcel de Rikers Island. “Ha sido una decisión muy mala meterla en prisión”, dijo Tolokonnikova. Las dos activistas rusas sabían muy bien de qué hablaban, pues acababan de cumplir su condena de cárcel a comienzos de año (James McKinley, “Like-Minded Russians Visit Occupy Wall Street Inmate at Rikers Island”, New York Times, 9 de mayo de 2014, A19).

El este de Ucrania y el peligro de guerra civil

En una serie de ciudades del este de Ucrania en que predominan los rusoparlantes, y especialmente en la más grande, Donetsk (un millón de habitantes), militantes favorables a Putin y armados hasta los dientes ocuparon edificios gubernamentales. No está claro hasta qué punto se implicaron agentes de los servicios secretos de Rusia. El grado de apoyo popular a estos irredentos que abogan por romper con Ucrania y unirse a Rusia está todavía menos claro. En primer lugar, convendría señalar que no han logrado hacerse con el control de Jarkiv (1,5 millones de habitantes), la ciudad más grande del este de Ucrania. En segundo lugar, mientras algunos han querido equiparar estos actos a la revuelta de Maidán, el grado de participación masiva es mucho más bajo. En tercer lugar, un sondeo del Pew Research Center publicado el 8 de mayo revela la existencia de un alto porcentaje de apoyo a una Ucrania unida en todas las regiones: “Entre los ucranianos, el 77 % dicen que Ucrania debería permanecer unida, frente al 14 % que piensan que las regiones deberían tener derecho a separarse si lo desean… Una mayoría un poco menor (el 70 %) del este del país –que incluye zonas del litoral del mar Negro y fronterizas con Rusia– también prefieren la unidad.” Finalmente, conviene señalar que la cara pública de esas ocupaciones incluye a figuras sumamente dudosas, como por ejemplo la de Denis Pushilin en Donetsk, conocido por su participación en un fraude masivo a base de un “esquema Ponzi”.

Sin embargo, como desmuestra también el sondeo de Pew, apoyar la unidad de Ucrania no es lo mismo que apoyar al gobierno actual de Kiev, formado por políticos de regímenes anteriores, en su mayoría relacionados con oligarcas corruptos: tan solo el 41 % de la población tiene una opinión favorable sobre el mismo, aunque con algunas diferencias regionales.

El 11 de mayo, los secesionistas celebraron un referéndum muy controvertido sobre el “autogobierno” en las regiones de Donetsk y Luhansk. En los días previos, Putin emitió señales contradictorias con respecto a esta medida e incluso llegó a solicitar que se pospusiera el referéndum. Los resultados de la consulta, como era de prever, estuvieron sesgados, aunque el grado de participación real no está claro. Tampoco estaba claro si Putin se decidiría realmente a incorporar a estas dos regiones orientales como había hecho con Crimea. Lo que sí estaba claro es que esta operación estaba destinada a perturbar las elecciones generales ucranianas convocadas para el 25 de mayo, en las que casi todos los observadores predecían una victoria aplastante a escala nacional (aunque no en algunas zonas del este) de los candidatos que declaraban apoyar el legado de la revuelta de Maidán.

Una semana antes del referéndum se produjeron los primeros encontronazos graves entre militantes prorrusos y los defensores de una Ucrania unida en la ciudad porturaria meridional de Odesa, donde murieron asesinados más de 40 prorrusos. Aunque los detalles exactos son objeto de controversia, el siguiente informe que me remitió un sociólogo que tiene buenos contactos en Odesa y está relacionado desde hace tiempo con la izquierda antiestalinista suena convincente: “En la ciudad había una acampada ‘prorrusa’. Los acampados estaban armados… El viernes, las fuerzas ‘proucranianas’ se manifestaron a favor de la unidad nacional. Los ‘prorrusos’ los atacaron. Creo que… la policía se mantuvo al margen cuando los ‘prorrusos’ atacaron. En la batalla subsiguiente, los ‘prorrusos’, que eran mucho menos numerosos, se batieron en retirada y se dividieron en dos grupos. Uno de estos se parapetó en un edificio y la batalla continuó. Los ‘prorrusos’ armados disparaban desde el interior del edificio contra sus oponentes, algunos de los cuales improvisaron cócteles mólotov y los lanzaron contra el inmueble. El edificio ardió con terribles consecuencias… ¿Qué se deduce de todo esto? Los ‘prorrusos’ trataban, sin éxito, de tomar Odesa; atacaron a una manifestación que se oponía a sus designios; y fueron derrotados. No se trata de una masacre calculada fríamente, sino de una tragedia de esas que suelen ocurrir cuando se desarrolla una situación de guerra civil.

Aunque no se tratara de una masacre fríamente calculada, cosa que es necesario decir, también hay que decir, por supuesto, que algunos de los “proucranianos” expresaron algunas emociones grotescas cuando vieron el edificio en llamas con personas en el interior que estaban muriendo. Odesa no solo muestra el peligro del irredentismo ruso, sino también el de un nacionalismo ucraniano estrecho. Esta forma de nacionalismo, como ya ocurrió con motivo del voto en contra de la lengua rusa, o de los intentos mal planteados por parte del ejército ucraniano, que es muy débil, de intervenir con fuerza en el este, no sirve para nada más que para incrementar el apoyo al separatismo en esa parte del país.

Putin y la mezcla de neoestalinismo y paneslavismo

El régimen de Putin abraza una ideología neoestalinista que concibe el colapso de la URSS como una tragedia. Tributaria del chovinismo ruso, esta visión del mundo también comprende elementos de versiones más antiguas del paneslavismo zarista, especialmente la noción de “proteger” a las minorías rusas en el extranjero. Esta extraña combinación se ve en la manera en que Putin venera al eslavófilo conservador Alexandr Solshenitsin (quien negaba la existencia de una nación ucraniana separada de Rusia), al tiempo que manifiesta nostalgia por el régimen estalinista que encarceló al escritor. Putin confirmó esta opinión el 12 de marzo de este año, cuando habló por teléfono con Mustafá Dshemélev, un venerado líder de la minoría tártara de Crimea. Putin trataba visiblemente de tranquilizar a los tártaros, dándoles garantías de que no serían perseguidos al integrarse en Rusia como lo fueron en la Unión Soviética, que los deportó masivamente a Asia Central en 1944. Sin embargo, tal como informó Dshemélev asombrado, Putin también sugirió que la independencia de Ucrania en 1991 de la antigua Unión Soviética carecía de validez: “Putin planteó la cuestión de que la autoproclamación de la independencia de Ucrania no se había ajustado a las leyes soviéticas relativas al procedimiento de abandono de la estructura de la URSS” (“Ucrania se separó de la URSS de forma no legítima”, Agencia de Noticias de Crimea QHA, 13 de marzo de 2014; véase asimismo Sylvie Kaufmann, “Après la Crimée, un autre monde”, Le Monde, 17 de marzo de 2014).

Estas cuestiones tienen profundas resonancias en la historia de Rusia y Ucrania. Lenin fustigaba el chovinismo ruso y llegó incluso a apoyar el derecho de Ucrania a la independencia: “Si Finlandia, Polonia o Ucrania se segregan de Rusia, no hay nada malo en ello. ¿Cuál es el problema? Quien diga que sería malo es un chovinista. Hay que estar loco para continuar con la política del zar Nicolás… Esto es rechazar la táctica del internacionalismo, esto es chovinismo de la peor especie. ¿Qué hay de malo en que Finlandia se separe?… El proletariado no puede hacer uso de la fuerza porque no debe impedir que los pueblos logren su libertad” (Discurso sobre la cuestión nacional, Séptima conferencia panrusa del Partido Socialdemócrata de Rusia (bolchevique), 29 de abril [12 de mayo] de 1917).

El filósofo Slavoy Zizek menciona este acervo revolucionario en un reciente artículo en que defiende los derechos nacionales de Ucrania frente a Rusia: “La edad de oro de la identidad nacional ucraniana no fue la Rusia zarista –que cercenó la autoafirmación nacional ucraniana–, sino la primera década de la Unión Soviética, cuando el poder soviético aplicó en una Ucrania devastada por la guerra y el hambre una política de ‘indigenización’. Se revitalizaron la cultura y la lengua ucranianas y se establecieron los derechos a atención sanitaria, a la educación y la seguridad social. La indigenización siguió los principios formulados por Lenin en términos nada ambiguos” (“Barbarism with a Human Face”, London Review of Books, 8 de mayo de 2014).

La tragedia de la Rusia de 1917, una revolución que se transformó en su contrario, sigue obsesionando hoy tanto a Rusia como a Ucrania, incluso tras el colapso de la URSS. Las primeras semanas de dominio ruso en Crimea muestran bastante a las claras cuáles son los designios que tienen en mente los amigos de Putin para el este de Ucrania. Si consideramos que el trato dado a las minorías étnicas y sexuales proporciona una indicación inequívoca del carácter progresista o reaccionario de un régimen político, ya podemos observar dos tendencias preocupantes: 1) Persecución de los tártaros: a Dshemélev le impidieron volver a Crimea después de viajar a Kiev, lo que provocó una manifestación de 2.000 tártaros junto al paso fronterizo cuando intentó regresar a su casa (“Crimée: heurts entre Tatars et forces de l’ordre,” Le Monde, 4 de mayo de 2013). 2) Persecución de la comunidad LGBT: el desfile del Orgullo programado para los días 22 y 23 de abril fue suspendido al amparo de la ley rusa que prohíbe la “propaganda homosexual”, causando un gran malestar en el conjunto de la comunidad, algunos de cuyos miembros se plantean emigrar lo antes posible (Daniel Reynolds, “Rusia’s ‘Gay Propaganda’ Law Takes Effect in Crimea,” Advocate, 1 de mayo de 2014).

Los terribles legados de la hambruna y la deportación bajo el régimen de Stalin, de la ocupación nazi y del holocausto, así como de la catástrofe nuclear de Chernobil, pesan sobre Ucrania y toda la región, tanto en términos de memoria como de premonición para el futuro. Ahí está el peligro de una guerra civil etnorregional, como en los Balcanes en la década de 1990. Ucrania se enfrenta hoy a una profunda crisis económica, política y cultural y se ve atrapada entre dos imperialismos rivales. Su camino hacia el progreso no está en absoluto despejado, en particular porque su movimiento democrático no ha abordado la opresión del capital y de clase y se ve constreñido por la política de austeridad de EE UU y la UE. No obstante, tras haber protagonizado no una, sino dos revueltas democráticas a lo largo del último decenio, el pueblo ucraniano ha hecho gala de un profundo anhelo de autodeterminación en el sentido más amplio y de democracia desde abajo. Sin duda los excesos nacionalistas ucranianos, como en Odesa, ilustran las profundas contradicciones a que se enfrenta el movimiento democrático, pero vista globalmente, la revuelta de Maidán supone un desafío a la potencia imperialista regional, Rusia, cuyo régimen cada vez más autoritario hace todo lo posible por asegurar que el experimento democrático de Ucrania acabe en un miserable fracaso.

06/2014

http://newpol.org/content/Ucrania-d...

Kevin B. Anderson es profesor de Sociología, Ciencias Políticas y Estudios Feministas en la Universidad de California, Santa Barbara.

Traducción: VIENTO SUR





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