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Francia
El debate sobre la identidad
28/01/2010 | Manifiesto por la supresión del Ministerio de Identidad Nacional e Inmigración/ Etienne Balibar

[El 4 de diciembre del 2009 un colectivo de investigadores sobre las naciones y los nacionalismos, la inmigración, el asilo y las minorías visibles, el racismo y la xenofobia, se rebelaba contra la organización de un “gran debate” sobre la identidad nacional, advirtiendo que los “derrapes” estaban inscritos en la lógica de este debate y, de forma más fundamental, en la institucionalización de esta política en un ministerio. Este colectivo elaboró un Manifiesto (que reproducimos a continuación) llamando a los ciudadanos, asociaciones, partidos y candidatos a las elecciones futuras a exigir la supresión del Ministerio de Identidad nacional e Inmigración porque ponía en peligro la democracia.
En una conferencia de prensa celebrada el 11 de enero del 2010 en la Asamblea Nacional se anunció el éxito obtenido en la firma de este manifiesto. Para más información se puede visitar la página web del colectivo:
www.pourlasuppressionduministeredelidentitenationale.org
Esta página contiene también enlaces a varios textos de referencia, de los cuales hemos traducido el del filósofo Etienne Balibar, que se reproduce a continuación del Manifiesto].


Manifiesto por la supresión del Ministerio de Identidad Nacional e Inmigración

Exigimos la supresión del Ministerio Identidad Nacional e Inmigración.

La creación de un ministerio encargado de la Inmigración y la “Identidad Nacional”, que fue una promesa electoral de Nicolás Sarkozy, ha introducido en nuestro país un riesgo de repliegue identitario y de exclusión cuya profunda gravedad vamos experimentando día a día desde hace dos años y medio. Se han introducido en la escena pública, de forma muy oficial, palabras que designan y estigmatizan al extranjero y, por extensión, a cualquiera que tenga aspecto extranjero. Refugiados y emigrantes, particularmente originarios del Mediterráneo y de África, así como sus descendientes, son separados de “nosotros” los franceses, de una forma que no es sólo virtual, sino que las fronteras se materializan en los terrenos material, administrativo e ideológico.

¿Qué ha salido de este ministerio? Nuevos objetivos de expulsión de extranjeros (27.000 por año), detenciones masivas de sin papeles, encierro de niños en centros de retención, el delito de la solidaridad, la expulsión de exiliados hacia países en guerra despreciando el derecho de asilo, la multiplicación de los controles de identidad según la fisonomía de la gente, en fin, la discrecionalidad de los derechos de ciudadanía, prefectura por prefectura, rompiendo con el principio de igualdad....

En esta fisura de la República se han hundido nuestros dirigentes. Mediante declaraciones inadmisibles en una democracia, banalizadas y ya cotidianas, legitiman todos los comportamientos y todas las palabras de rechazo, de violencia, y de repliegue identitario. No estamos ante “deslizamientos” individuales. Sino que estos hechos son la consecuencia lógica de una política que el gobierno desea desarrollar todavía más bajo la cobertura de un “debate” sobre la identidad nacional. Se nos quiere convertir en coautores y corresponsables del control identitario sobre Francia.

La circular ministerial dirigida a las prefecturas para enmarcar el debate lanza una pregunta: “¿Porqué la cuestión de la identidad nacional genera malestar en ciertos intelectuales, sociólogos o historiadores?”. La respuesta es sencilla. No podemos aceptar que se nos utilice para que la mirada inquisidora de un poder identitario pueda escudriñar la vida y los gestos de cada cual.

Por eso ha llegado el momento de reafirmar públicamente, contra este rapto nacionalista de la idea de nación, los ideales universalistas que están en el fundamento de nuestra República.

Llamamos pues a los ciudadanos, las asociaciones, los partidos y los candidatos de las futuras elecciones a exigir con nosotros la supresión de este “Ministerio de Identidad nacional e Inmigración”, pues pone en peligro la democracia.

Primeros firmantes : Michel Agier (antropólogo, EHESS y IRD), Etienne Balibar (filósofo, universidad Paris-X y university of California), Marie-Claude Blanc-Chaléard (historiadora, universidad Paris-X), Luc Boltanski (sociólogo, EHESS), Marcel Detienne (historiador, EPHE y universidad Johns Hopkins), Eric Fassin (sociólogo, ENS), Michel Feher (filósofo, Paris), Françoise Héritier (antropólogo, Collège de France), Daniel Kunth (astrofísico, CNRS), Laurent Mucchielli (sociólogo, CNRS), Pap Ndiaye (historiador, EHESS), Gérard Noiriel (historiador, EHESS), Mathieu Potte-Bonneville (filósofo, Collège international de philosophie), Richard Rechtman (siquiatra, Institut Marcel Rivière, CHS la Verrière), Serge Slama (jurista, universidad de Evry), Emmanuel Terray (antropólogo, EHESS), Tzvetan Todorov (historiador, CNRS), Paul Virilio (urbanista, Ecole spéciale d’architecture de Paris), Sophie Wahnich (historiador, CNRS) et Patrick Weil (historiador, CNRS)



Europa ante el riesgo de regresiones identitarias

Etienne Balibar

En este fin de año, y de decenio, la actualidad y la memoria se cruzan ante algunas imágenes reveladoras de la forma en que evoluciona la “cuestión de Europa”. Su efecto es más bien discordante. Por una parte está la entrada en vigor del tratado de Lisboa, que parece confirmar el avance hacia un porvenir “post-nacional”, incluso al precio de compromisos en materia de democratización y de extensión de derechos. Por otra parte está la deriva racista de las opiniones públicas, cuyo signo es la “votación de los minaretes” (Suiza, que no es oficialmente miembro de la UE, es el espejo que refleja nuestra imagen). Por último está el balance equívoco de veinte años de reunificación del continente europeo. Nada es sencillo, nada es homogéneo, nada es fatal. Pero hay una pregunta candente: ¿estamos dando los primeros pasos hacia una nueva ciudadanía o hacia una regresión identitaria? Las reflexiones que propongo son bastante pesimistas. Pero quieren sugerir que hay más posibilidades de evolución, o de bifurcación, de las que imaginamos.

Retrocedamos a 1989. Para la mitad de Europa fue una verdadera revolución: apertura de fronteras, derrocamiento de una máquina de poder, transformación de las relaciones sociales, mutación de los discursos a menudo por iniciativa de los propios ciudadanos. La definición de Lenín: “los de arriba ya no podían gobernar, los de abajo no querían ya ser gobernados como antes”, se aplica aquí perfectamente. Pero esta revolución no fue percibida de la misma forma en el interior y el exterior. Y sus consecuencias no han eliminado la confusión. Dan fe de ello la persistente dificultad de tratar a los “nuevos miembros” de la Unión en pie de igualdad, gozando de las mismas capacidades que los “miembros fundadores”, y la tendencia simétrica de las naciones de Europa del Este a actuar como fuerzas reactivas, constantemente en busca de reconocimiento. Este desencuentro resulta más extraño porque, desde muchos puntos de vista, las transformaciones del paisaje político en toda Europa proceden de las mismas causas y conducen a las mismas diferenciaciones (cada vez menos reductibles, hay que decirlo claramente, a las antiguas nociones de derecha e izquierda).

Una parte esencial de estos desencuentros derivan del efecto acumulado de las ideologías de guerra fría y de la mundialización económica. Las revoluciones del Este no tenían, esencialmente, nada que ver con la generalización del mercado, ni con la aspiración a un individualismo sin freno. Reclamaban la independencia nacional, el pluralismo ideológico y las libertades públicas. Pero la reconversión de las nomenclaturas en agentes del capitalismo transnacional, la obsesión de la amenaza rusa y la percepción del fin de la guerra fría como victoria absoluta de los principios del liberalismo económico, llevaron a privilegiar la alianza militar con los Estados Unidos y a reproducir la subordinación del estado al mercado, que aparecía como el modelo más “occidental”. Había pocas posibilidades que ocurriera otra cosa puesto que, al mismo tiempo, los estados que habían desarrollado el “modelo social europeo” (resultado de toda una historia de luchas de clases, de guerras y reconstrucciones, de colonizaciones y descolonizaciones, pero también de respuesta al desafío comunista) estaban desmantelándolo. La reunificación de Europa ha coincidido pues con la adopción de una agenda de desregulación y de privatización generalizada, cuya consagración jurídica fracasó con la retirada del tratado de 2004, pero que ha proseguido sin cesar en la práctica.

Una lección que se puede extraer es la siguiente: mientras que los “europeos” tienden a ver su historia como endógena, como una obra de la que son los únicos autores (y se la representan como la confirmación de una identidad, el resultado de una aventura colectiva, y de la reparación de las heridas mutuamente infligidas), esta historia es en buena medida decidida en otra parte. No se desarrolla en Europa, sino en una provincia del mundo cuya autonomía es cada vez más relativa. Esto es cierto tanto desde el punto de vista de las relaciones de fuerzas sociales, como de los recursos o de las influencias culturales. Esta evolución hacia un neoliberalismo en parte inconfesado tiene dos consecuencias importantes, cuyas lógicas no hay que confundir, pero cuya superposición contribuye a hacer hoy de la xenofobia un factor determinante de la política en Europa.

La primera, es que la clase obrera (en sentido amplio, fluctuante entre el trabajo asalariado y el precario) confrontada a la devastación del nivel de vida, al desmantelamiento de la seguridad social, a la anulación de las perspectivas de cualificación, a la extensión y a la institucionalización del paro, a la reducción de sus rentas, tiende a identificar la defensa de su estatus –del que a menudo no queda más que un recuerdo cargado de amargura- con la exclusión de los emigrantes. Su llegada y su instalación permanente, generación tras generación, simbolizan el carácter irresistible de la mundialización capitalista. Se reacciona como si, ante la descomposición de la ciudadanía que había tenido por marco el estado nacional-social, y en ausencia de alternativa creíble, la fetichización de la forma nacional y la conversión del extranjero en enemigo pudieran conjurar la desaparición del contenido social.

La segunda consecuencia es muy diferente: es la confiscación de la política europea por los gobiernos y, particularmente, por los gobiernos de los estados-nación (relativamente) más poderosos, como Inglaterra, Francia y Alemania. Perece una paradoja cuando resulta que se han reforzado los poderes de Estrasburgo y que muchas normas de las que dependen el medio ambiente, las actividades profesionales, los programas de formación, los recursos jurídicos de los ciudadanos europeos, son elaboradas sobre una base casi federal. Pero en realidad se trata de un riesgo mayor, porque en un momento en que los ciclos económicos están en una fase de incertidumbre sin fin previsible, se necesitan con urgencia, en materia de control de las operaciones financieras y de relanzamiento de las inversiones, iniciativas continentales que serán inaplicables sin apoyo popular y sin legitimidad transnacional. Esta confiscación de la política se explica porque la clase política y administrativa que ocupa el poder sigue postulando “ignorar al pueblo” y no tiene otro horizonte que su propia reproducción. Pero es también un asalto mano armada realizado por los gobiernos, sacando partido de la ampliación y desviando el sentido de las resistencias a la internacionalización liberal.

El efecto combinado de la desesperación de las clases populares (prolongado por la inquietud de las clases medias, en un momento que triunfa la insolencia de los nuevos ricos) y de la estrategia autoinmunitaria de los gobernantes, es que ya no hay poder “constituyente” en Europa, ni siquiera un poder verdaderamente “legislativo”. Estatismo sin estado, había propuesto yo hace tiempo. En esta situación el discurso nacionalista lo invade todo, como lo ilustra la manipulación francesa del “debate” sobre la identidad nacional. El otro esencial, no “europeo” o no “cristiano” (figura fantasmal, pero que se encarna en individuos reales, objetivos concretos de la violencia) es la obsesión más visible. Pero no nos engañemos, la xenofobia apunta al extranjero en general. Apunta a la diferencia. Desde muchos puntos de vista el racismo antiemigrante o antimusulmán no es más que la extensión de una desconfianza fundamental que no se confiesa como tal hacia el vecino, hacia el que no se adapta a las normas

¿Significa esto que vivimos el final del proyecto de superación de los nacionalismos?. En cualquier caso es el fin de su utopía. Pero, falta de utopía, Europa se desagrega. A menos que los ciudadanos, constituyendo una especie de partido o de red a través de las fronteras, se comprometan en una larga marcha por la reconstrucción de las perspectivas, en una especie de utopía sin utopismo, desprovista de toda ilusión cuando no de todo objetivo. A parte de “la hipótesis comunista”, que lo resuelve todo de golpe, las formulaciones en las que uno piensa oscilan evidentemente entre lo inaccesible y lo ya conocido: luchar contra el monopolio de los políticos y de los expertos; entregar a la representación popular su capacidad de controlar a los gobernantes y de forjar alianzas a todos los niveles de las instituciones políticas; inventar modos de producción, sistemas de seguridad social y de empleo que estén fundados en la circulación de los individuos y la prioridad de los bienes comunes; hacer retroceder la xenofobia, comenzando por una campaña internacional por los derechos cívicos y el reconocimiento de las minorías; imaginar una educación pública que restaure la igualdad de oportunidades, generalice la traducción de los idiomas y la movilidad de todos los estudiantes... En definitiva, democratizar la democracia y prevenir tanto como sea posible las estrategias de innovación del capitalismo que se elaboran a nuestras espaldas.

Se trata quizá de una tarea para una generación, más que para un decenio. Sobre todo se necesitan palabras nuevas, mejor articuladas con las resistencias y las revueltas, y con las aspiraciones generales de la sociedad, de cuya expresión nacen las revoluciones históricas. El comienzo sin embargo no puede esperar demasiado. Otras construcciones políticas se han hundido, otras civilizaciones han declinado en una crisis mundial. ¿No estamos en una de ellas? Parece que sí, tanto si los mercados se “recuperan” como si no

Publicado en Libération, el 21/12/2009
Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR





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