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Rebelión | Entrevista con Gilbert Achcar
Las causas de la matanza de París
25/02/2015 | Ahmed Shawki

Tras la masacre perpetrada en las oficinas de Charlie Hebdo en París y la oleada de represión e islamofobia que la siguió, a finales de enero Achcar habló con Ahmed Shawki sobre la cuestión de la izquierda en Francia y la necesidad internacional de organizar una respuesta antiracista y antiimperialista.

-Ahmed Shawki: Ante el ataque contra Charlie Hebdo, ¿cuál ha sido la reacción de la sociedad francesa en general y del Estado francés y la clase gobernante en particular?

-Gilbert Achcar: La reacción ha sido la que cabía esperar. La reacción inicial fue de shock masivo, algo parecido a la reacción inicial ante el 11-S en Estados Unidos, aunque obviamente es una gran exageración colocar ambos ataques en pie de igualdad como muchos hicieron, especialmente en Francia.

Y, desde luego, el shock fue explotado de inmediato por el gobierno francés de la misma forma en que el 11-S fue aprovechado por la administración Bush para silenciar a los críticos y conseguir un apoyo más amplio en nombre de la “unidad nacional”. De repente, la popularidad de François Hollande subió como la espuma desde un nivel muy bajo. Lo mismo sucedió con George W. Bush, cuya popularidad era bien escasa antes del 11-S, consiguiendo incrementarla más allá de lo que nadie hubiera podido soñar.

Se produjeron reacciones muy parecidas en ambas sociedades, que quedaron paralizadas y aterrorizadas; por supuesto que los crímenes fueron espantosos. En ambos casos, la clase gobernante se aprovechó del shock para despertar sentimientos nacionalistas y conseguir apoyos para el Estado: En Francia, las fuerzas policiales han sido aclamadas como los grandes héroes, movilizando a varias decenas de miles de policías para cazar a tres lunáticos asesinos. Sin lugar a dudas, los bomberos de Nueva York merecieron muchas más alabanzas por su valentía.

No hay nada muy original en todo esto. En cambio, sí que es bastante original la forma en que los debates fueron evolucionando posteriormente.

Como todo el mundo sabe, el ataque contra Charlie Hebdo y el ataque antisemita contra un supermercado kosher en París fueron perpetrados por dos jóvenes de ascendencia argelina y uno de ascendencia maliense, los tres nacidos en Francia. En los últimos días ha habido un cambio importante en la discusión sobre los ataques, suavizándose algo en el sentido de reconocer cada vez más el hecho de que algo está fallando en la sociedad francesa: la forma en la que trata a las personas de origen inmigrante.

Este cambio llegó a un punto en el que el Primer Ministro francés Manuel Valls afirmó públicamente dos semanas después del ataque que en Francia había un “apartheid territorial, social y étnico” con respecto a las personas de origen inmigrante. Esa es una descripción extremadamente fuerte y, como cabía esperar, fue masivamente criticada, incluso desde dentro del gabinete que Valls preside.

Pero de alguna forma representó una reivindicación para quienes desde el principio decían que estos terribles ataques harían que la gente pensara sobre todo en las condiciones que llevaron a los jóvenes a tal nivel de resentimiento que estuvieron dispuestos a implicarse en ataques suicidas para matar. Ninguna razón puede servir de excusa para los asesinatos perpetrados, pero es indispensable investigar el origen de ese odio y resentimiento en lugar de caer en la inepta explicación ofrecida en su día por George W. Bush tras el 11-S: “Nos odian por nuestras libertades”.

Esto nos lleva a la raíz del problema, que es a la que el primer ministro francés estaba refiriéndose. La raíz del problema es la situación de las poblaciones de origen inmigrante en Francia. Un indicio obvio y muy elocuente de esto es el hecho de que una mayoría de los presos que se hallan en las prisiones francesas son de origen musulmán, aunque los musulmanes constituyen menos del 10% de la población. Y tenemos también el hecho relacionado de que la sociedad y el Estado francés nunca han saldado realmente cuentas con su legado colonial.

Sobre este último tema, llama la atención que el autoexamen de la sociedad estadounidense sobre la guerra de Vietnam haya sido mucho más radical y amplio –reflejado en la inmensa movilización habida dentro de los mismos EEUU contra esa guerra– de lo que lo fue nunca en Francia respecto a la guerra de Argelia, aunque esta última no fue menos brutal, si no más, y se produjo después de un siglo de salvaje ocupación colonial de aquel país.

Francia es un país donde, lo creas o no, el parlamento votó en 2005 –es decir, hace sólo diez años, ¡no hace medio siglo!– una ley sobre el legado colonial que homenajeaba a los hombres y mujeres, especialmente a los militares, que tomaron parte en la empresa colonial. Y se pedía, entre otras cosas, que las escuelas enseñaran “el papel positivo de la presencia francesa en ultramar, especialmente en el Norte de África”. Esa porción particular de la ley fue rechazada por decreto presidencial un año después de producirse una inmensa protesta organizada por las organizaciones de emigrantes, la izquierda, los historiadores y los maestros. Pero el sólo hecho de que una ley de tal tenor fuera aprobada por mayoría parlamentaria es sencillamente indignante.

¿Puedes contarnos algo más acerca de las reacciones ante la declaración del primer ministro sobre el “apartheid” de Francia? Porque es una declaración sorprendente.

Es muy sorprendente. Eso sí, Valls no es precisamente un radical ni siquiera un progresista. Pertenece al ala derecha del Partido Socialista. Fue ministro del interior antes de convertirse en primer ministro y fue criticado desde la derecha por entrar en competencia con la extrema derecha –con Marine Le Pen– intentando ver quién llegaba más lejos en el tema de la inmigración. Y ahora, de repente va y hace esa declaración tan fuerte.

No resulta extraño que le llovieran las críticas desde muchos sectores, no sólo por parte de la oposición de la derecha sino también en su propio partido e incluso de alguna gente de la izquierda, todos ellos diciendo que se había pasado de la raya y que no debería haber utilizado la palabra apartheid.

Sus críticos más sobrios señalaron el hecho de que no hay apartheid legal en Francia, a diferencia de lo que había existido hace unas cuantas décadas en Sudáfrica o en el Sur de EEUU hace medio siglo. Pero uno no puede negar seriamente la realidad de una segregación “territorial, social y étnica” en Francia que es similar a la que aún prevalece en EEUU.

La situación de las poblaciones de origen emigrante en Francia se acerca más, de hecho, a las de los negros de EEUU que al apartheid en sentido estricto. Esas poblaciones se concentran en zonas separadas en la periferia de las ciudades y viven en condiciones extremadamente frustrantes. Además de todo eso, encontramos un racismo generalizado en la sociedad francesa que se manifiesta de diversas formas, entre ellas la discriminación en el empleo, en la vivienda, etc.

En este último aspecto, Francia está incluso peor que EEUU, desde luego que no vamos a ver pronto una persona de ascendencia africana elegida para presidente de Francia, como no sea en la imaginación salvaje de un infame novelista francés islamófobo. Es realmente –y lamentablemente– mucho más probable que se elija a un candidato de extrema derecha para la presidencia francesa. Después de todo, en 2002, Jean Marie le Pen se las arregló para llegar hasta la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, derrotando al candidato del Partido Socialista en la primera vuelta.

Esto nos lleva una cuestión relacionada con la extrema derecha francesa, que es muy poderosa a nivel electoral, con la hija de Le Pen, Marine, dirigiendo un Frente Nacional “reformado”. Lo que yo entiendo es que el Frente Nacional, que basa históricamente su inspiración en la extrema derecha –incluyendo a la derecha fascista–, está ahora intentando incorporar a sus filas a dirigentes de los gays, de otras minorías, de los judíos. Pero está señalando a la población inmigrante, y en particular a los musulmanes, como el “nuevo enemigo”. ¿Es esa, más o menos, la trayectoria?

En términos generales, la extrema derecha en la Europa actual, excepto los extremistas fanáticos, no se centra en el antisemitismo, ni siquiera en la intolerancia contra los homosexuales. De hecho, una de las figuras principales de la extrema derecha en Holanda es abiertamente gay y solía justificar su islamofobia refiriéndose a la supuesta homofobia de los emigrantes de origen musulmán.

Por tanto, esa no es la plataforma de la extrema derecha de nuestros días. El objetivo favorito de su discurso del odio es el islam. Los musulmanes son sus chivos expiatorios, mucho más que los judíos o cualquier otra víctima del fascismo y del nazismo de las décadas de 1930 y 1940, excepto los rumanos, que todavía siguen siendo el blanco de mucho odio racista. Pero en estos momentos es el islam el que es, de lejos, el blanco principal del odio de la extrema derecha.

Esta islamofobia se presenta muy a menudo con la pretensión de que no se trata de racismo, de que sólo se está rechazando la religión y no a los mismos musulmanes, mientras no lleven a cabo sus prácticas como tales.

Es decir, que hay “malos musulmanes” y “buenos musulmanes”, siendo los últimos los que “beben alcohol y comen cerdo”, i.e., los que no son religiosos y se adaptan totalmente a la cultura occidental cristiana. Los musulmanes mejor recibidos –en sentido étnico, desde luego– son la pequeña minoría que se incorpora al coro islamófobo, buscando recompensa por su colaboración, al igual que los nativos coloniales que trabajaban para sus amos coloniales.

Es este enfoque antiislam el que impregna las manifestaciones organizadas en Alemania por un movimiento que afirma estar luchando contra “la islamización de Occidente”. Este tipo de ideología es común a la extrema derecha por toda Europa, aunque quizá algo menos respecto al Partido de la Independencia británico, que ataca a todos los inmigrantes, incluidos los que proceden de países de la Unión Europea.

Se ha sugerido que la izquierda francesa hace una escasa labor a la hora de cuestionar el racismo institucional existente en la sociedad francesa. ¿Piensas que eso es así?

Sin duda. La izquierda francesa –y por tal me estoy refiriendo desde lo que suele llamarse “izquierda radical” hasta la izquierda del Partido Socialista, a la que yo no llamaría realmente “izquierda”– tiene un pobre historial en relación con las personas de origen inmigrante. Este es un fallo importante, aunque, desde luego, puedes encontrar situaciones parecidas en la mayoría de los países imperialistas.

La ausencia de una conexión fuerte con estas poblaciones, y especialmente con sus jóvenes, significa que hay pocos estímulos cuando el resentimiento que se acumula entre ellos por razones legítimas va en la dirección equivocada, que en casos extremos lleva al fanatismo asesino que hemos visto en juego.

Los registros históricos del Partido Comunista francés respecto al anticolonialismo, especialmente en el caso de Argelia, están lejos de ser limpios en sentido general. Dentro de Francia, la lucha contra la discriminación étnica y el legado colonial no ha sido una cuestión fundamental en las acciones de la izquierda, y esto ha llevado a muchos jóvenes que se sentían atraídos hacia la izquierda a rechazarla en algún momento y a desarrollar sentimientos de mucha amargura hacia ella.

Esto está habitualmente conectado con una tradición de la izquierda francesa que uno podría llamar “secularismo radical” o “fundamentalismo secular”.

¿Estás refiriéndote a la “laicidad”?

“Laicidad” significa secularismo. Hay algo más allá de eso, llamémoslo tradición “anticlerical”, que ha sido muy fuerte en la izquierda a nivel histórico en Francia. Puede adoptar la forma de arrogancia secular hacia la religión y los creyentes en general.

Mientras que la religión atacada sea la dominante, no hay un gran problema, aunque después pueda ser políticamente contraproducente. Como el joven Marx señaló convenientemente, la misma religión que es una herramienta ideológica en manos de las clases dominantes puede ser también el “suspiro de alivio de los oprimidos”.

Pero esto es mucho más cierto cuando la religión en cuestión es la fe particular de una parte oprimida y explotada de la sociedad, la religión de los pisoteados, como en el judaísmo ayer y en el islam hoy –en Occidente–. No puedes tener la misma actitud hacia el judaísmo en la Europa de la década de 1930, por ejemplo, que en el Israel de hoy en día; ni la misma actitud ante el islam en la Europa actual que en los países de mayoría musulmana. Del mismo modo, no puedes tener la misma actitud ante la cristiandad, digamos, en el Egipto de hoy en día, donde los cristianos son una minoría oprimida, que en los países de mayoría cristiana.

Este es el problema con Charlie Hebdo. Algunas de las personas implicadas en Charlie Hebdo eran muy de izquierdas. Stéphane Charbonnier, conocido como Charb, el editor de la revista, que fue el objetivo principal de los asesinos, era bajo cualquier estándar un hombre de izquierdas. Tenía lazos estrechos con el Partido Comunista y el ambiente de la izquierda en general. Su funeral se celebró con la melodía de la Internacional, y el elogio que hizo de él Luz, una superviviente del equipo editorial de Charlie Hebdo, incluyó una amarga crítica a la derecha y a la extrema derecha francesas, al Papa y también a Benjamin Netanyahu.

En este sentido, la comparación que algunos han hecho de Charlie Hebdo con una publicación nazi que publica viñetas antisemitas en la Alemania nazi es completamente absurda. Charlie Hebdo no es, en absoluto, una publicación de la extrema derecha, y la Francia actual no es, decididamente, un Estado de estilo nazi.

Charlie Hebdo es más bien un ejemplo flagrante del secularismo arrogante de la izquierda que antes mencionaba, que es una actitud generalizada en la izquierda de buena fe, es decir, la firme creencia en que el secularismo y el anticlericalismo son principios básicos de la tradición de izquierdas. Se consideran parte de una identidad de izquierdas, junto con el feminismo y otras causas emancipatorias.

Soy consciente de que uno de los principales debates en la izquierda francesa, a lo largo de más o menos los últimos diez años, se ha centrado en la cuestión del velo y los derechos de las mujeres musulmanas a llevar el hiyab en público. ¿Puedes hablarnos de los aspectos implícitos en ese debate?

Ese es otro ejemplo del mismo problema. Surgió en 1989 con la cuestión de las muchachas que iban al colegio con pañuelo en la cabeza contando con el apoyo de sus familias, y se las expulsó por insistir en llevarlo. Esta situación llevó en 2004 a que se promulgara una ley que prohíbe los símbolos religiosos “ostentosos” en la indumentaria en los colegios públicos.

Parte de la izquierda –en realidad yo diría que la inmensa mayoría de la izquierda francesa, incluido el Partido Comunista– apoyó esta prohibición en nombre de “ayudar” a las jóvenes a luchar contra la imposición opresiva del pañuelo por parte de sus familias, y en la convicción de que ya que el uso del velo es un símbolo de la opresión de las mujeres, prohibirlo era una forma de desafiar esa opresión, así como de mantener el carácter laico de los colegios públicos.

El problema principal de este secularismo arrogante –se podría decir de esa arrogancia tan orientalista– es la creencia en que la liberación puede “imponerse” a los oprimidos. La idea es que al obligarte a quitarte el pañuelo, te estoy “liberando”, te guste o no. No hace falta decir que esto no es sino una reproducción exacta de la mentalidad colonial.

Creo que para algunas personas, esa crítica a la izquierda francesa por su secularismo arrogante se mezcla con la vacilación a la hora de hacer un análisis de izquierdas del islamismo político, especialmente la variedad reaccionaria tras el ataque contra Charlie Hebdo o los ataques del 11-S en EEUU. Tocaste el tema en tu libro “El choque de barbaries”, ¿verdad?

En efecto, escribí ese libro tras el 11-S. Cuando te enfrentas a un ataque como ese, hay que utilizar inevitablemente el término “barbarie” para describirlo.

Ahora bien, ¿cómo deberían reaccionar los antiimperialistas? Hay dos posibles formas. Una, decir: “No, esto no es una barbarie”. Eso es ridículo, porque es obvio que lo es. ¿Por qué no debería uno considerar igual de bárbara la masacre perpetrada por el islamófobo Anders Breivik, el fanático noruego de extrema derecha, en 2012, pero no las masacres del 11-S o la matanza de París, si vamos al caso? Este sería un caso extremo de “orientalismo al revés”, sustituyendo el desprecio hacia el islam por una posición muy ingenua y acrítica hacia todo lo que se haga en nombre del islam.

Lo que es políticamente erróneo y peligroso no es el uso de términos como “barbarie”, “terrible” y similares, sino el de la inapropiada categoría política de “fascismo”. Muchos en la izquierda francesa –el Partido Comunista, pero también miembros de la extrema izquierda y, más recientemente, el filósofo posmaoísta Alain Badiou– han etiquetado los ataques de París como “fascistas” y han descrito a quienes los perpetraron como “fascistas”.

Esto no tiene ningún sentido en términos sociopolíticos, ya que el fascismo es un movimiento de masas ultranacionalista cuya principal vocación es salvar al capitalismo aplastando cualquier cosa que pueda amenazarlo, empezando por los movimientos de trabajadores y la promoción de un imperialismo agresivo. Es una tontería aplicar esta categoría a las corrientes terroristas inspiradas en el fundamentalismo religioso en países dominados por el imperialismo.

Ese uso de la etiqueta “fascismo” desdibuja todo lo que hace de él una categoría sociopolítica característica. Si uno desea diluir una categoría sociopolítica de esta forma, entonces fenómenos como el estalinismo o, más aún, las dictaduras baazistas en el Iraq anterior a 2003, o la Siria actual, mantienen muchos más parecidos con el fascismo histórico que al-Qaida o el pretendido Estado Islámico en Iraq y Siria.

El mal uso de la etiqueta empezó con los neocon en la administración Bush y otros que llamaban a al-Qaida “islamo-fascismo”, y es muy desafortunado que la gente de la izquierda caiga en esa trampa. El objetivo político obvio de ese mal uso de esa etiqueta –ya que se considera al fascismo como el mal último y al mismo nazismo como un avatar del fascismo– es justificar cada acción en su contra, incluidas las guerras imperialistas.

Recuerdo bien una discusión en la que me invitaron a participar en París inmediatamente después del 11-S, organizada por el Partido Comunista. Uno de los oradores, un importante miembro de ese partido, explicó que al-Qaida y el fundamentalismo islámico constituyen el nuevo fascismo, contra el cual era legítimo apoyar la guerra de los Estados de Occidente, de la misma forma que era legítimo que la URSS se aliara con EEUU y el Reino Unido contra los poderes fascistas en la II Guerra Mundial. Puede encontrarse un eco directo de la misma racionalidad en la descripción neocon de la “guerra contra el terror” en el sentido de que se trataba una “Tercera Guerra Mundial” contra el “fascismo islámico”.

Volviendo a la etiqueta de “bárbaro”, la otra forma de reaccionar, desde luego, es decir: Sí, esas masacres son realmente una barbaridad pero son, en primer lugar, una reacción a la barbarie capitalista-imperialista, que es mucho peor. Esa es la reacción que tuvieron muchos en la izquierda tras el 11-S. Noam Chomsky fue probablemente el más destacado entre quienes explicaron que, con todo lo terribles que fueron los ataques del 11-S, quedaban eclipsados por las masacres perpetradas por el imperialismo estadounidense.

En mi libro sobre “el choque de barbaries”, subrayé que la barbarie de los fuertes es la principal culpable y que es la causa fundamental que lleva a la aparición de contrabarbaries en el lado opuesto. Este “choque de barbaries” es el verdadero rostro de lo que se ha descrito, y aún se sigue describiendo, como “choque de civilizaciones”. Como Rosa Luxemburgo señaló hace un siglo: las dinámicas de la crisis del capitalismo y el imperialismo no dejan otra opción a largo plazo que el “socialismo o la barbarie”.

Los ataques del 11-S en 2001, los de Madrid en 2004, los de Londres en 2005 y el reciente de París, fueron reivindicados todos por al-Qaida, una organización extremadamente reaccionaria. Junto con otras organizaciones afines, son los enemigos jurados de cualquiera en la izquierda en los países donde tienen presencia. Por ejemplo, un destacado miembro del denominado Estado Islámico en Iraq y Siria se jactó de haber organizado el asesinato de dos importantes dirigentes de la izquierda tunecina en 2013.

Los jóvenes que perpetraron los asesinatos en París se cobijaban en organizaciones terroristas que se sitúan en la extrema derecha en los países de mayoría musulmana. Al-Qaida es un brote del wahabismo, la interpretación más reaccionaria del islam y la ideología oficial del reino saudí y, como todo el mundo sabe, el reino saudí es el mejor amigo de EEUU en el Oriente Medio, aparte de Israel.

La gente de izquierdas no debería aparecer disculpando o apoyando en forma alguna organizaciones como esas. Debemos denunciarlas por lo que son, pero debemos también hacer hincapié al mismo tiempo en que la responsabilidad principal en su aparición la tienen quienes en primer lugar empezaron el “choque de barbaries”, y cuya barbarie es brutal en una escala incomparablemente mayor: las potencias imperialistas y, sobre todo, EEUU.

Hay realmente una conexión directa y obvia entre las dos. EEUU, junto con el reino saudí, ha estado fomentando durante décadas esas corrientes fundamentalistas militantes islámicas en la lucha contra la izquierda en los países de mayoría musulmana. Estas corrientes estuvieron durante mucho tiempo asociadas con EEUU, una colaboración histórica que culminó en la guerra de la década de 1980 en Afganistán, cuando los saudíes y la dictadura pakistaní contaban con el apoyo de Washington contra la Unión Soviética.

Lo que sucedió finalmente es que, al igual que en la historia de Frankenstein, algunas secciones de esas fuerzas se volvieron contra la monarquía saudí y contra EEUU. Esta es la historia de al-Qaida: sus fundadores estaban aliados con EEUU y el reino saudí durante la lucha contra la ocupación soviética en Afganistán, pero se volvieron contra ambos debido al despliegue de tropas estadounidenses sobre suelo saudí en preparación de la primera guerra de EEUU contra Iraq en 1991.

Por tanto, la administración de Bush padre provocó un cambio radical de postura de al-Qaida en contra de EEUU con la primera guerra contra Iraq, y Bush hijo la reforzó con la invasión de Iraq. Esta última se llevó a cabo poniendo en marcha inmensas mentiras, una de las cuales fue que era necesaria para destruir a al-Qaida, aunque no había conexión alguna entre al-Qaida e Iraq. El resultado de la ocupación estadounidense en aquel país impulsó realmente y de forma enorme a al-Qaida, permitiéndole apropiarse de una base crucial de territorio en el Oriente Medio, cuando anteriormente estaba limitada a Afganistán.

Lo que hoy se llama el Estado Islámico en Iraq y Siria no es sino un desarrollo más de lo que era la rama de al-Qaida en Iraq, una organización que no existía allí antes de la invasión de 2003 y que vio la luz gracias a la ocupación. Quedó derrotada y marginada a partir de 2007, pero después se las arregló para reaparecer en Siria aprovechando las condiciones creadas por la guerra civil en ese país y la extrema brutalidad del régimen sirio. Y ahí está, golpeando de nuevo ahora en el corazón de Occidente. Como dice el sabio refrán popular: “Quien siembra vientos, recoge tempestades”.

2/02/2015

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=195232

http://socialistworker.org/2015/02/02/what-caused-the-killings

Traducción: Sinfo Fernández para Rebelión.



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